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CUADERNO NEXOS

La ingobernabilidad: ¿Una hipótesis que se autoconfirma?

Germán Pérez Fernández del Castillo. Exconsejero magistradodel Consejo General del Instituto Federal Electoral (IFE).

Entre las hipótesis mas socorridas en las ciencias sociales, Raymond Aron coloca las que se autoconfirman. Por ejemplo, cuando se anuncia que habrá escasez de gasolina, se precipitan los consumidores a las gasolineras y se forman largas filas para llenar el tanque de gasolina y la bidones. La demanda artificial hizo que, efectivamente, la gasolina escaseara.

En círculos cada vez mas extensos de nuestra sociedad se elabora actualmente una hipótesis que tiende a autoconfirmarse. En numerosa ámbitos se disemina una especie de fatalidad de un inevitable conflicto postelectoral. Ese conflicto alcanzaría tales proporciones que sería ineludible la instalación de un gobierno de transición, entre cuyas funciones esenciales estaría organizar nuevas elecciones. Se trata, en efecto, de un claro vivo ejemplo de hipótesis que pretende autoconfirmarse.

1) Para algunos analistas que se expresan en la prensa o en otros foros los riesgos de inestabilidad generalizada que sobrevendrán al proceso electoral, guardan una relación directamente proporcional a la dimensión de fraude que, afirman, se perpetrara el 21 de agosto. La ecuación fraude electoral=ingobernabilidad (y su contraria: limpieza electoral=paz y concordia) esta fundamentada en indicios y suposiciones que no tienen conexión con los hechos reales del proceso y responden, así sea involuntariamente, a los intereses de esos críticos. Pero ya alcanzaron su objetivo: . golpes de descalificaciones, hoy existe en segmentos de la ciudadanía una innegable y artificial confusión ante la validez de instrumentos, instituciones y legislación electorales. Meses de negociaciones y acuerdo entre partidos y autoridades; reformas legales; modificaciones estructurales de los órganos electorales de decisión; verificaciones a un padrón ya verificado, levantado durante años de intenso trabajo de cientos de miles de ciudadanos, pierden todo sentido frente a la contundencia de una sentencia premonitoria: el fraude ya se cometió. Esto no es literatura son afirmaciones que cimientan, acrecientan y consolidan suspicacias y dudas en el electorado.

2) La ecuación fraude=ingobernabilidad tendrá posibilidades de ser una hipótesis autoconfirmable sólo si logra penetrar en la opinión pública y alcanzar el rango de verdad de sentido común. La hipótesis que tiende a autoconfirmarse requiere esparcirse con fuerza suficiente para que la opinión pública la tome como un hecho casi natural, lógico, inevitable.

3) La calificación social de los procesos electorales en el país cobra rasgos extrajurídicos. La legitimidad y la credibilidad de los procesos es, como lo demuestra nuestra historia reciente, mas un proceso de formación de opinión pública que jurídico. Mucho han contribuido a esta situación algunos críticos, de quienes hay razones para dudar de su imparcialidad. El papel que representan en el escenario público corresponde al de un moralista indignado. Se inician en la academia, prosiguen en la opinión critica (el que no critica no vende), se revisten de imparcialidad y, por lo tanto y finalmente, quedan aptos para enjuiciar. Los resultados de sus esfuerzos están a la vista: dudan y hacen dudar a franjas importantes de la opinión pública de la indelebilidad de la tinta que se usara el 21 de agosto; predicen el fraude cibernético; sostienen la parcialidad de los órganos electorales y niegan la honorabilidad de sus funcionarios; anatematizan, sentencian, se proclaman, a través de suposiciones y presunciones encubiertas, detentores de objetividad. Así pues, el primer miembro de la ecuación fraude=ingobernabilidad se da por hecho. El segundo, la ingobernabilidad, se ha ido asentando a partir de machaconas, reiterativas declaraciones sobre la inminente incapacidad del actual sistema político para resolver sus problemas. Para cocinar la hipótesis de la ingobernabilidad se mezclan realidades incuestionables con apreciaciones discutibles; se salpica el resultado con pobreza extrema, desempleo. falta de servicios al tiempo que se calienta con suposiciones de fraude generalizado; finalmente, se adereza con frases como «el pueblo no soportara el inminente fraude», «fin al régimen de partido de Estado», «Chiapas es cada rincón de México y en cualquier momento se incendiará el país»… Y la ingobernabilidad ya esta sobre la mesa.

4) Conforme se acerca el 21 de agosto, el circulo se cierra, los tiempos se acortan y la hipótesis parece descender a la tierra: uno, se proclama la fatalidad de la ingobernabilidad si existe fraude electoral; dos, se anuncia el fraude también como inexorable, pese a todos los esfuerzos y programas institucionales que actúan en sentido inverso; tres, se condena sin atenuantes al sistema, se aterra a la población anunciando un estado de ingobernabilidad y violencia de dimensiones y consecuencias imprevisibles; y cuatro, cínica y generosamente se ofrece la salida por el único camino que evite la catástrofe: un gobierno de transición encargado de organizar un nuevo proceso electoral. Aunque se piense que a río revuelto ganancia de pescadores, no se olvide que en nuestro país el río puede desbordarse y volcar la barca del pescador.

5) Existe otra realidad actuante, formada por fuerzas y actores políticos que se desplazan al margen de la «inminente» ingobernabilidad. ¿A quién le conviene el futuro desolador de violencia que pitan esos críticos? ¿Los agremiados de los sindicatos seguirán a sus dirigencias en los fatales designios de la ingobernabilidad? ¿Y los empresarios, que ante cualquier aspaviento expatrían sus capitales, abandonaran sus posiciones para inaugurar de una vez por todas el paraiso democrático? ¿Tomaran las armas la CNC y la CCI? ¿Quiere la Iglesia realmente la violencia? ¿Y nuestras conservadoras clases medias, con sus órganos liberales de arquitectos, abogados y vecinos, se lanzará a las calles a reclamar derechos políticos? ¿Y los partidos? No hay fuerzas políticas interactuantes y orgánicas que validen la tesis de la ingobernabilidad. Esta nos llevaría al gobierno de transición, pero ¿a quién le conviene un gobierno de transición? Habría que aquilatar la relación entre los promotores de la ecuación fraude electoral=ingobernabilidad con los del gobierno de transición.

6) La hipótesis de la ingobernabilidad en el momento actual perjudica a todos. Los aprendices de brujo calculan mal porque no consideran la posible derrota electoral del «partido de Estado». En el terreno tanto tiempo abonado por ellos y con tan buenas técnicas para que brote una situación de ingobernabilidad, no se podría distinguir si la siembra perjudicará a un partido o a otro. El partido oficial vuelto oposición (o cualquier otra fuerza no necesariamente partidista) se encontraría con todos los elementos servidos para volverle ingobernable el país al próximo candidato ganador, pues perder la Presidencia no significa dejar la dirigencia de los grupos sociales en que se apoya.

7) La profecía de la ingobernabilidad, por último, solamente puede darse en mentalidades de elite que acaban forzosamente por despreciar al ciudadano, la fuerza de su voto y las aspiraciones democraticas: la democracia es respeto al ganador o al perdedor. Debemos partir de que nuestra democracia nos hará respetar como autoridad cualquiera de las fuerzas que ganen, y como igual a cualquiera de las que pierdan.