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CUADERNO NEXOS

Del clóset de Acción Nacional

Soledad Loaeza. Politóloga. Entre sus últimos libros ha coordinado, en colaboración, Auge, crisis y ajuste, 1982-1988 (FCE).

El éxito de Diego Femandez de Cevallos en el debate televisado con sus dos principales contrincantes ha colocado a Acción Nacional en la cresta de la ola elcctoralista. Para mantenerse en esa posicion la dirigencia actual del partido ha sabido capitalizar las dotes personales de su candidato, simpático, audaz y buen polemista; pero los estrategas panistas han calculado con gran inteligencia sus oportunidades, y también han sabido ocultar con mucho cuidado en el fondo del clóset los temas y las posiciones del partido y de Fernández de Cevallos, que podrían ahuyentar a los electores mas liberales.

Todos sabemos, o intuimos, que piensan los panistas en el poder sobre el aborto, las minorías sexuales, la religión y la presencia de Dios sobre la tierra; pero como también creemos en el voto hacemos como que no vemos todo lo demás. La actual dirigencia panista sabe bien que los años de mayor aislamiento del partido fueron también los años en que el PAN estaba abiertamente gobernado por los católicos. Acción Nacional ha tenido siempre un ala liberal, que hoy le sirve para abrirse espacio en la sociedad plural y moderna que pretende gobernar.

Sin embargo, las convicciones, como el dinero, no se esconden. Cuando Diego Fernández de Cevallos explica las razones por las cuales no esta casado por lo civil revela mucho mas de lo que quisiera, y plantea uno de los temas que los panistas quisieran mantener en el ultimo cajón del clóset, al menos por ahora; un tema que se refiere a la autoridad del Estado y a sus funciones de organización de la vida social. Es cierto, no hay ninguna ley que lo obligue a uno a casarse -como dice el candidato panista en su defensa-, es uno de los pocos rasgos liberales del Estado mexicano del cual el hoy pretende beneficiarse, pero cuando Fernández de Cevallos se caso en la iglesia y repudió el registro civil, se puso voluntariamente al margen de la ley con el propósito de sustraer del ámbito publico una decisión que el considera que pertenece exclusivamente al ámbito de lo privado. Aquí lo que esta en juego no son las convicciones democráticas de Fernández de Cevallos, sino su actitud frente a la República. 

La democracia liberal es distinta de la República, pero las democracias contemporáneas no pueden funcionar sin el cuerpo de derechos políticos, garantías y reglamentaciones individuales y colectivas que definen la frontera entre lo que es público y lo que es privado. El matrimonio es, ademas de romance, un contrato civil. Así lo inventaron los romanos, y las mujeres sólo podemos agradecerles que no hayan dejado solamente al cuidado divino y a la conciencia de los maridos las responsabilidades que contraen cuando se unen a sus esposas, aunque sea por amor.

Cuando el credo republicano distingue lo publico de lo privado no solamente esta definiendo las reglas de la convivencia social y del estado de derecho, gran tema de la actualidad nacional, sino que subordina a los gobiernos y a todos los ciudadanos a la autoridad de las leyes elaboradas por ellos mismos, o por sus representantes. La ley de Dios puede o no ser compatible con las leyes humanas que son las únicas que si nos obligan y protegen a todos por igual, independientemente de que seamos católicos, judíos o haré krishnas. Para los republicanos la ley divina no es superior a las que se han elaborado con base en la razón y en el respeto a la diversidad de opiniones y de credos. Es de llamar la atención que Diego Fernández de Cevallos, que quiere ser presidente de todos los mexicanos, diga que solo se inclina ante Dios, porque entonces, como cuando le dio la espalda al registro civil, también se está poniendo voluntariamente al margen de la Constitución republicana de 1917.

Los activistas católicos que están en el PAN y que defienden su participación pública en actos religiosos, explican su comportamiento con el argumento de que no tienen ningún motivo para ocultar sus creencias, de las cuales -dicen- tampoco se avergüenzan. Nadie les pide que pasen a las catacumbas; se trata de que respeten la distinción republicana entre sus actos públicos y sus actos privados, que no hagan religión cuando están haciendo política, o viceversa. La verdad es que digan lo que digan, todo acto publico de un hombre publico es política. El continuum que establecen entre una actividad y otra sólo puede llevar a los fundamentalismos que, como el del Islam, no distinguen entre autoridad religiosa y autoridad civil. Dadas estas actitudes, si efectivamente Fernández de Cevallos llega a la Presidencia de la República, entonces aparentemente lo único que podemos pedir es que Dios nos agarre confesados.

El tema de la autoridad publica no se detiene en el registro civil, pues mientras Fernández de Cevallos sostiene que la unión entre un hombre y una mujer es una decisión privada, en cambio, le parece que «hay que decir si a la vida». Sin embargo, muchos creemos que la decisión de tener o no un hijo es por excelencia privada, concierne a la mujer y a su pareja; pero en ese caso los panistas, a la voz de «íHomicidio!», se acogen a la autoridad pública, a la divina, a la privada y a todas las que pueden para defender sus posiciones al respecto.

Según algunos cálculos (Reforma, 20 de junio) de los tres candidatos mas fuertes el panista es el que lleva a cabo la campana mas discreta: menos concentraciones, giras escasas fuera del Distrito Federal, menos entrevistas y apariciones en publico. Es posible que sea esta una estrategia habilísima, pero este diseño de campaña también corresponde a una idea profunda en relación al tema de lo público y lo privado. Refleja, por una parte, la voluntad de reducir al mínimo la esfera pública -voluntad que explica la ausencia de programa económico, por ejemplo, con una visión muy distinta de la del candidato del PRI, por cierto-, y por la otra, la inveterada desconfianza panista a las masas. Es mejor comunicarse con ellas por el radio y la televisión, que las mantienen dispersas en la privacía del hogar, del taller o cuando mucho del café, que todas juntas. Porque finalmente, los panistas, fieles a si mismos, prefieren la glorieta a la plaza pública.