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Jose Woldenberg

1. LAS ELECCIONES QUE VIENEN

Día a día nos acercamos a los comicios federales. Y día a día crece la tensión. Esta última es producto natural de una contienda que ha logrado erosionar buena parte de las certezas y fórmulas del pasado. La mayor competitividad desgasta la certidumbre en torno a ganadores y perdedores definidos de antemano, una sociedad mas vigilante y una legislación mejor construida estrechan las posibilidades de maniobra en relación al conteo de los votos, y la globalización de las relaciones políticas le impone al país la necesidad de unos comicios sin sombra de duda.

La mejor noticia en relación al proceso electoral es que los principales partidos del país (PRI, PAN y PRD) han logrado mantener y multiplicar una serie de acuerdos sucesivos tendientes a otorgar certidumbre y confianza a los competidores. Se trata de un esfuerzo no exento de problemas, donde cabe destacarse las diferencias internas en el seno del PRD, pero que sin embargo se ha sostenido y ofrece la evidencia de que las opciones que hoy se le ofrecen a los electores pueden construir un escenario civilizado para su competencia.

No obstante, no todo lo que rodea al proceso electoral resulta venturoso. Por el contrario, el ambiente político se encuentra cargado de signos ominosos y el propio trayecto electoral debe servir para trascenderlos.

El levantamiento de Chiapas se encuentra petrificado y su capacidad explosiva no esta desactivada del todo. Por el contrario. La ruta de la salida negociada y pacifica encontró, por lo pronto, un No del EZLN, que muy probablemente deje el desenlace del conflicto hasta después de los comicios federales. De esa manera el conflicto armado en Chiapas gravitara sobre las elecciones, y el resultado de estas ultimas sin duda impactará a los sucesos de Chiapas.

Con todo, el levantamiento armado se encuentra congelado. No tenemos paz pero tampoco guerra. Y esto ultimo merece ser siempre valorado. El primer intento de negociación al parecer no llegó al puerto que hubiésemos deseado por un calculo político del EZLN. Este ultimo decidió escalar sus demandas volviendo a la exigencia de la renuncia del presidente de la República y el establecimiento de un gobierno de transición. El reclamo no parece ser el mas oportuno de cara a una elección en curso que llevara precisamente a la formación de un nuevo gobierno, pero sobre todo no parece expresar una concordancia muy firme entre la base de apoyo del EZLN y esas reivindicaciones. Es, si, una decisión política de primer orden que parece destinada a no desactivar por completo el conflicto hasta que las elecciones o la presente administración no hayan terminado.

Como quiera que sea, el gobierno está obligado a intentar una vez más reabrir las negociaciones, lo cual sería un signo más que positivo de cara a las elecciones próximas. No obstante esa vía no resulta sencilla, puesto que el EZLN a llamado a la celebración de una Convención para formar algo así como su frente amplio de respaldo. La situación es crítica, y lo menos que la traída y llevada sociedad civil puede exigir al EZLN y al gobierno es el esfuerzo por no volver a desencadenar el estado de guerra.

Por otro lado, el proceso acelerado de cambios y la construcción de un escenario electoral mas competido, está modificando muchas de las pautas de comportamiento de las élites en México. Por un lado la preocupación sincera y por el otro la idea de que a río revuelto.. ., tienden a hacer más marcados los protagonismos y a desencadenar intentos de asociación y participación de todo tipo.

No nos referimos al ya muchas veces ilustrado fenomeno de la emergencia de un buen numero de agrupacion de la sociedad civil que han puesto en el centro de la atención pública diversos reclamos (derechos humanos, ecología democracia, etc.) y que hoy por hoy tejen una densa red de relaciones que soporta un reclamo diferenciado y extendido. Ese es un fenómeno natural, promisorio, que acota y exige poder público, y que expresa el afan participativo de amplias capas de la población. Nos referimos a la tentación elitista de «resolver» las cosas por encima de los actores centrales del litigio electoral.

Todo parece indicar que en un proceso de transito, el desgaste de las instituciones, la inoperancia de los circuitos que antes funcionaban, el sentimiento de incertidumbre y oportunidad, ponen en pie todo tipo de apuestas. No obstante, pueden resultar altamente erosionadoras aquellas que intenten interferir con las transformaciones democraticas que se pueden dar por la vía democratica (es decir la que incluye a los partidos, las elecciones, los acuerdos en el marco de las leyes e instituciones, que a su vez tienen que ser reformadas). Es decir, cualquier intento por sustituir a la ley por el pacto discrecional, a los partidos por las personalidades, a las elecciones por los acuerdos, y a los acuerdos necesarios por las puestas en escena.

Vivimos un proceso electoral que se encuentra en curso. Unas ofertas crecen y otras decrecen y ello es natural. Lo que sin embargo debemos preservar por el bien de todos es que el mismo transcurra por la vía institucional, se lleve a cabo como marca la ley, que la voluntad ciudadana sea respetada cien por ciento y que al final ganadores y perdedores sepan que la vía de la política sigue abierta, y que triunfos y derrotas en un sentido democratico pueden y deben ser transitorias, reversibles. En el país y sus instituciones políticas hay lugar para todos.

2. LA RENUNCIA DE MANUEL CAMACHO SOLIS

El pasado jueves 16 de junio, Manuel Camacho Solís anuncio su renuncia al cargo de Comisionado para la Paz y la Reconciliación en Chiapas, para el que fue nombrado por el presidente Salinas en enero, luego de que el alzamiento del EZLN hizo aflorar vastas zonas de fragilidad e ineficiencia en el aparato estatal de seguridad e información, y después de que, sobre todo en la capital de la República, asomaron preocupantes inclinaciones de algunos sectores en favor del llamado guerrerista del EZLN. Camacho tenia como misión desplegar una efectiva iniciativa de paz mediante el dialogo, adelantada ya por el presidente cuando todavía tenían preeminencia los movimientos bélicos en ambas partes del conflicto. El nombramiento de Camacho, inédito dentro de la tradición estatal mexicana, tenia otro propósito importante: desactivar la movilización urbana pro-EZ que se estaba gestando en el Distrito Federal y en influyentes capas de la opinión pública nacional, y en todo caso trocarla en una posición pro-paz, que le diera a la acción gubernamental por lo menos un campo de respiro y una retaguardia menos hostil.

En ambos terrenos, Camacho fue eficaz y protagonizó uno de los momentos mas insólitos de ésta ya muy prolongada transición de México hacia una sociedad abierta y una política moderna. Transición al fin, luz y sombra de caracteres y voluntades, la acción de Camacho no estuvo ajena a la ambigüedad y al protagonismo que la dilución de los linderos privantes durante el autoritarismo no sólo permiten sino estimulan. Pero en ello no estuvo ni estará solo: ambigüedad y protagonismo son y serán, por un buen tiempo, pasarelas preferidas por muchos de los nuevos talantes que buscan un nuevo lugar en un sistema político que no acaba por adquirir perfiles claros y mas o menos duraderos.

Camacho abordó de modo equívoco sus relaciones con el candidato de su partido y con el PRI mismo y ello le acarreó gran animosidad, que el columnismo a la orden se encargó de hacer estridente y, en las ultimas fechas, amenazante. Los equívocos y su obligada contraparte de agresividad y rechazo en importantes sectores del Establecimiento, desembocaron al fin en su retiro del cargo y, a su decir, de la política activa hasta el fin del sexenio. Los antecedentes inmediatos de la renuncia son: la negativa del EZLN frente a las propuestas pacificadoras del gobierno, expuestas por Camacho en las conversaciones en la catedral de San Cristóbal, y que en un primer momento fueron presentados como «compromisos» producto de la propia negociación; la calificación del resultado de esas platicas como un fracaso, hecha por el candidato priísta Ernesto Zedillo, y, sin duda, la especulación propiciada por la asistencia de Camacho a una comida de periodistas, intelectuales y políticos, donde, según uno de sus más entusiastas convocantes se formaría un grupo de presión para la transición democrática. Los equívocos e imprecisiones de esta nueva ronda de política «en la sociedad civil» por parte de Camacho y sus compañeros de mesa, de nuevo expuesta de modo alarmista por parte de los medios y destacados columnistas, seguramente llevaron al estado mayor zedillista a decidirse por la vía rápida. El fast track escogido fue precisamente la calificación de los diálogos de Chiapas como un fracaso, afirmación que Camacho calificó a su vez como un «voto de censura» a su trabajo y como un obstáculo a la pacificación por la vía política que el había postulado. Poco o ningún servicio a la causa de una paz justa y digna en Chiapas le hacen las apresuradas tomas de partido que en estos días han tenido lugar, e igual cosa sucede con las casi intransitables, por opacas, tomas de posición del obispo Ruiz, que sigue hablando de transiciones e interinatos como si fueran simples parábolas del Evangelio y no figuras decisivas y peligrosas, en estos momentos de gran definición política nacional.

Mas allá de la pacificación, que puede y debe encontrar otros cauces, lo que la renuncia de Camacho pone de nuevo sobre la mesa es la creciente incapacidad de los grupos gobernantes para construir plataformas eficientes donde dirimir sus inevitables conflictos, sin dar lugar a olas de especulación e incertidumbre que no sólo dañan la ya dañada imagen del sistema político privante, sino afectan a veces directamente la estabilidad de las relaciones político-sociales y los reflejos del sistema financiero, de por si frágiles y vulnerables como resultado de sus propias y también inconclusas transiciones. Los empeños de Camacho por una paz justa en Chiapas, que nadie puede ni debería regatearle, no son, sin embargo, proyectables a su desempeño como político prominente y voluntarioso que ha sido y es. Si seguirá siéndolo, y sería lamentable que ello no ocurriera, depende en gran medida de que logre superar de una vez por todas los fantasmas de la mutación, que en su caso se volvieron retórica esquiva y confusa y un horizonte de alianzas y convergencias muy proclives a la confusión y a la dictadura de una frivolidad elitista que en nada benefició al político de la concertación y el transito pactado.