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CUADERNO NEXOS

El EZLN, los partidos y las elecciones

Arnaldo Córdova. Analista político. Prepara una continuación de su anterior La ideología de la Revolución Mexicana.

El EZLN, al dar a conocer su rechazo a las propuestas hechas por el Comisionado para la Paz y la Reconciliación que intentaban dar satisfacción a sus 34 demandas a través de los comunicados del 11 de junio, tuvo buen cuidado de remarcar en todos estos documentos el interés especial que le representan las elecciones del 21 de agosto. Es verdad que en uno de ellos anuncia que mantendrá el cese al fuego para «no interferir en el proceso electoral de agosto venidero», pero es una promesa que contradice flagrantemente todos los documentos, porque casi en todos los puntos tratados en los mismos se involucra a las elecciones de muchas maneras. Por ejemplo, se las descalifica porque se considera que serán, sin remedio, fraudulentas; se dice que el EZLN será el poder armado garante de la limpieza del proceso electoral; se descalifica, asimismo, a los partidos, diciendo, entre otras cosas, que nuevos partidos surgiran, con «una nueva cultura política» que hoy no se da en los que existen; de darse unas elecciones sucias, se amenaza con ir de nuevo a la guerra; se sugiere que no podrá haber elecciones limpias si el actual presidente y los gobernadores de los estados no renuncian previamente a sus cargos y se forma un «gobierno provisional» que organice los comicios.

Por lo visto, el EZLN no escogió el primero de enero para dar su golpe tan sólo porque era el día de entrada en vigor del TLC, sino para convertirse, deliberadamente, en un factor determinante del proceso electoral. No puede negarse que, en gran medida, lo ha logrado. La insurrección fue decisiva, en efecto, para que Jorge Carpizo llegara a la Secretaria de Gobernacion y, mediante sus buenos oficios, el 27 de enero los partidos y sus candidatos (con la misteriosa excepción del PPS) firmaran un acuerdo que condujo directamente a una nueva reforma de la legislación electoral que nos hizo avanzar mucho más que las anteriores; seis ciudadanos sin tacha fueron elegidos por la Cámara de Diputados para integrar el Consejo General del IFE; los partidos han cambiado en mucho sus posiciones, destacando el hecho de que el candidato oficial a la Presidencia de la Republica, por fin aceptó debatir con sus oponentes. Todo ello no hubiera ocurrido, a buen seguro, si no hubieramos tenido una rebelión armada en Chiapas. Todo mundo lo ha reconocido y los zapatistas lo saben. Pudieron haberlo aprovechado para intentar nuevos logros en bien de la democratización del país. Su situación ha sido privilegiada por el hecho tan claro para todos de que el gobierno no puede echarles al Ejercito encima mientras se está dando una competencia electoral tan reñida; la oposición sacaría partido de ello y la sociedad podría precipitarse en el caos que provoca siempre el temor a la violencia y a la inseguridad. Eso también lo saben los dirigentes guerrilleros. Tal vez fue por eso que decidieron rechazar las propuestas que les hiciera el comisionado Camacho. A todas luces, se han vuelto un tanto prepotentes al darse cuenta de que son intocables, al menos por ahora.

Frente a las elecciones, en concreto, los zapatistas exigen, desde luego, que sean limpias, pero no creen que lo puedan ser y se van al extremo de rechazarlas también. Su alternativa, por lo mismo, no es luchar porque se respete el voto ciudadano, sino por cambiar antes las instituciones que nos rigen, derrocando al gobierno e instaurando otro provisional que se encargue de realizar otras elecciones. Las que están en curso y los esfuerzos democratizadores que se han hecho en tomo a ellas, en realidad, no les interesan ya. Para decirlo rápido, se han vuelto maximalistas, si no es que ya lo eran de antemano. Eso es lo que sorprende. Su capacidad de análisis (que probablemente se reduce a la del subcomandante Marcos) se ha mostrado siempre primitiva, a bulto y no es lo que los distingue. No hay, por lo tanto, para que perder el tiempo en el estudio del contenido científico de sus documentos. Pero han sorprendido por la inteligencia y el extraordinario sentido de la oportunidad que han mostrado en sus acciones. Sorprende, pues, que no se hayan hecho cargo de la increíble complejidad del proceso electoral y, sobre todo, que no hayan querido entender el rol que los partidos están desempeñando y las dificultades con las que hemos avanzado en la reforma democratizadora. El trato que le dieron al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y al PRD en la Lacandona es más que revelador: sólo los panistas más retardatarios se han atrevido a confundir al partido del sol azteca con el PRI; los zapatistas lo confundieron, además, con el PAN. Y no se puede decir que no sabían lo que estaban haciendo. La verdad es que instrumentalizaron al PRD, el partido que más y mejor los ha apoyado, para demostrar a todo el país que los partidos políticos no valen nada ni sirven para nada, igual que las elecciones. «Ustedes sigan haciéndose tontos con sus eleccioncitas -parecieron decir-. Nosotros sabemos de que lado está el verdadero poder: del lado de la esperanza con gatillo».

En lugar de apoyar los esfuerzos por llevar a cabo unas elecciones realmente democráticas, los insurrectos han preferido descalificarlas y desprestigiarlas. «No hay duda -nos dicen- de que el gobierno salinista pretende imponerse por la cultura (sic) del fraude». Para ellos no vale la pena pugnar porque haya unas elecciones convincentes y transparentes, acaso porque están convencidos de que no pueden hacer nada al respecto (yo, en cambio, pienso que podrían hacer mucho mas de lo que se imaginan, bastaría con que tomaran en serio a las elecciones y a los partidos). Su conclusión, entonces, se vuelve fácil: estas elecciones son una farsa. En su documento «Respuestas a la propuesta de acuerdos para la paz del supremo gobierno», en su punto quinto, demandan categóricamente: «A) Elecciones libres y democráticas, con igualdad de derechos y obligaciones para todas las fuerzas políticas». Eso no puede darse, de ninguna manera, en las condiciones actuales, por lo cual hacen el siguiente reclamo: «B) Para garantizar la libertad y democracia, exigimos la renuncia del titular del Ejecutivo Federal y la de los titulares ilegítimos de los ejecutivos estatales. A la renuncia del Presidente de la República deberá formarse un gobierno que organice elecciones libres y democráticas. Se exige también que se legisle el derecho de ciudadanos y grupos de ciudadanos que, sin militancia partidaria, participen en el proceso electoral como autoridad real máxima». En el muy dudoso caso de que los zapatistas crean en todo lo que dicen, lo que nos están proponiendo de nuevo es la revolución, idea en la que fruslerías tales como elecciones, partidos y reforma democrática no tienen ningún sentido. El único modo en que los partidos pueden ganarse la consideración del EZLN es «que se pronuncien por asumir un gobierno de transición política hacia la democracia», vale decir, por la revolución.

Es, justamente, con los partidos con los que los zapatistas llegan a los mayores excesos. Desde luego que nunca los han tomado en cuenta ni han sentido por ellos ningún respeto. Sus llamamientos son a la sociedad civil, a la que, por lo menos, le reconocen haberlos obligado a ellos mismos a suspender las hostilidades. La dividen en los «sin rostro» y los «con rostro» y, aunque se identifiquen con los «sin rostro», la convocan «a que retome el papel protagónico que tuvo para detener la fase militar de la guerra y se organice para conducir el esfuerzo pacífico hacia la Democracia, la Libertad y la Justicia». Sabrá Dios que entiendan por sociedad civil, pero, ciertamente, dentro de ella no están los partidos (como tontamente se imagino Antonio Gramsci). Su linea es confrontar a dicha sociedad con los partidos, que hasta ahora solo se han confrontado entre ellos mismos. Para empezar, no deberán ser los partidos los que ejerzan el poder, sino la «mayoría», o sea, la sociedad. Y aquí le dan su buena vapuleada a los partidos: «El problema del poder no sera quien es el titular, sino quien lo ejerce. Si el poder lo ejerce la mayoría, los partidos políticos se verán obligados a confrontarse a esa mayoría y no entre si. Replantear el problema del poder en este marco de Democracia, Libertad y Justicia obligara a una nueva cultura política dentro de los partidos. Una nueva clase de políticos deberá nacer y, a no dudarlo, nacerán partidos políticos de nuevo tipo». ¿Qué más se necesita para entender lo que los zapatistas piensan de los miserables partiditos con los que hoy contamos? La sociedad civil puede estar confiada en que podra organizarse y ejercer su derecho a expresar su voluntad, pues «el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional se encuentra ya en todo el territorio nacional y esta ya en posibilidad de ofrecerse al pueblo de México como garante del cumplimiento de la voluntad popular». Es una buena noticia lo mismo para los «sin rostro» como para los «con rostro» que, gracias a nuestros guerrilleros, son ya la misma cosa.

Hay un pequeño problema, empero, en este singular pronunciamiento: ¿para que van a organizarse los miembros de la sociedad civil como no sea para «derrocar» el régimen establecido o, dicho de otra manera, para hacer la revolución? Recuérdese que la condición sine qua non de la transición a la democracia, la libertad y la justicia es la desaparición de las actuales instituciones políticas y jurídicas de la nación. Resulta incomprensible que el EZLN afirme, por un lado: «Reiteramos nuestra disposición a una solución política en el transito a la democracia en México», mientras que, por otro lado, postule: «… el cumplimiento de los compromisos [?] implica necesariamente, la muerte del sistema de partido único, la muerte del sistema de partido de Estado. Por suicidio o por fusilamiento, la muerte del actual sistema político mexicano es condición necesaria, aunque no suficiente, del transito a la democracia en nuestro país». Habría coherencia en esos planteamientos sólo si los rebeldes entienden que «solución política» equivale a revolución, pues eso es y sólo eso puede significar el derrocamiento del régimen actualmente imperante. Entonces su llamamiento a la sociedad civil a organizarse entraña la exigencia de que tome las armas junto a ellos. No hay en todos los documentos una sola referencia a la necesidad de que los ciudadanos participen y se organicen para defender el voto, para que obliguen a los partidos políticos a definir mejor sus posiciones y sus ofertas y vigilen al gobierno y sus agentes para que cumplan con la ley y no utilicen su poder y sus recursos para favorecer a su partido y a sus candidatos y, en la jornada electoral, se abstengan de cometer acciones fraudulentas. Todo eso a los zapatistas los tiene sin cuidado. Para ellos las elecciones, como esta visto, sólo son la mampara que les permitirá seguir velando sus armas para cuando llegue la hora de la verdad. Ya veremos que es lo que son capaces de hacer entonces. Por lo pronto, no están haciendo política, de la que no parecen entender mucho. Están jugando a la guerra. La renuncia de Manuel Camacho como Comisionado para la Paz y la Reconciliación en Chiapas, hecho funesto y lamentable, no les favorece para nada. Pero no debe importarles, pues si su mira no era negociar con el gobierno, sino mantener sus posiciones, haciendo como que negociaban, Camacho, el mejor negociador, no tenia ya nada mas que hacer. Son los que quieren la guerra y no una transición pacifica a la democracia los que ahora dominan el escenario.