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Alberto Becerra Ramos

(Mayo-septiembre de 1944)

Tienes catorce años de edad, años acumulados

uno debajo de otro, metidos en la boca de la tierra,

vestidos de no sé qué rincón,

años inolvidables en tu olvido.

Has crecido en otro lado y por eso no sabes

cómo nos queda esto de la vida,

y en qué forma nos comemos el silencio de ustedes.

Te han comido en otro lado y por eso no sabes

tomar en cuenta el alba, combatir con tu miedo,

avizorar los ojos en miradas no dadas,

arrastrarte por tu cuerpo olfateándote el alma

o la resurrección, oír la sangre

y ver la noche desde alguna tarde.

Porque la vida donde tú estuviste por tres meses

fue tan pequeña que no te la tocó nadie,

ni las palabras, porque aún no sabías hablar.

No te diste cuenta de dónde estabas

y qué bueno que así haya sido, porque entonces

ya te habrás olvidado de tu enfermedad que era

más grande que tú -cualquiera hubiese pensado al verla,

que era de un adulto-

y de la pequeña caja donde te guardaron

para protegerte no recuerdo de qué.

Catorce años tienes, y pienso

lo injusto que es quitarle a alguien catorce años

cuando sólo posee tres meses, porque

¿de dónde va uno a sacar lo que no tiene,

si no es de la muerte?

¿Y cuál es ahora tu nombre de catorce años?

Tal vez sea nuestra madre la única en saberlo,

ella sigue hablando de tí como escribiendo cartas

que ya nadie lee. (La semana pasada

fue como si un oscuro Correo le hubiera devuelto

una carta con el siguiente sello:

«Cambió de domicilio».)

Entonces hermano ¿qué hacemos por ti?

Tu último recurso es nuestra memoria,

tu recuerdo aferrado a nosotros como un náufrago.

Sí, anduviste entre los dientes de aquella enfermedad,

tu llanto se veía muy chiquito junto a ella tan grande.

Algunos, si mal no recuerdo, pensaban

que no sufrías tanto porque no comprendías que sufrías.

Por eso te guardaron los que urdieron tu vida,

no sé si Dios, no sé ni quién,

tal vez nosotros; tus papás, tus hermanos

que como tú no mordíamos, porque vivíamos entonces

en el país de la primera dentición.

Y hoy tu corazón y tu nombre, acta de nacimiento y bautizo

-delito y su absolución, según dicen los enterados de ello- no son tuyos porque tú no estás,

porque no tienes espacio donde maldecir o cosechar;

si ni siquiera sabes en qué árbol creciste

ni cómo te cortaron.

Por eso nada te pertenece, todo lo tuyo es nuestro

por compasión a ti y a nosotros.

¿Y a qué decir más datos si tu muerte es el dato?

¿A qué jugar con huesos si la muerte es un hueso

difícil de roer?

Tu muerte es como una niña que te acompaña a todas partes,

a todos los recuerdos que te invitan

a pasar el día con ellos.

Estás en tu paz; tu silencio nos dice que no tienes silencio, la digestión del tiempo; que no padeces huesos ni memoria.

Estás guardado en tu muerte,

conservado para la eternidad sin ti.

Destruido dulcemente,

dormido en el regazo de una sombra que no existe;

tu cuerpo casi frío en nuestra memoria,

no asaltado por sueños.

Septiembre de 1958.