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Los primeros poemas del autor de El otoño recorre las islas iluminan el tránsito del mundo familiar y provinciano, donde la literatura ocupa las horas muertas del tiempo tropical, al estallido del reconocimiento poético que de manera tardía, pero aún más intensa, define ya una vocación. Este es un avance de la investigación biográfica que Alvaro Ruiz Abreu realiza en la actualidad sobre el poeta tabasqueño.

Los primeros pasos poéticos de José Carlos Becerra comenzaron hacia 1949, como juego y divertimento con su amigo adolescente, Jorge Gómez Sánchez. En la casa del joven Becerra leían la Biblia en las mañanas del domingo. Eran días solitarios, en aquella vida provinciana de calor y holgazanería del tiempo. Abrían ese libro y después de leer una y otra vez un versículo decidían componer un poema o un cuento, derivado de ese tema. Apostaban a ver quién lo hacía más rápido. No importaba el ganador sino la apuesta. Luego leían lo escrito y lo hacían pedazos. Salían de la casa-comercio de don Carlos Becerra Lacroix, en la calle Juárez rumbo al cementerio. Ahí les ponían epitafios a las tumbas y principalmente le inventaban una historia, casi una novela, a cada muerto. El cuidador los corría del panteón municipal de Villahermosa y entonces terminaba un ejercicio literario más de los que habitualmente inventaban para “matar el tiempo”.

Los primeros asuntos que aparecen en los textos de Becerra adolescente, en poemas y cuentos (éstos los publicó en el periódico local Rumbo Nuevo) son el fracaso de la vida familiar, la infidelidad, la muerte y el amor imposible. No es tanto su experiencia la que le interesa transmitir, sino la imagen de esa experiencia. Y aún más, la imagen convertida en realidad estética. La poesía de Becerra, y no es exagerado decir que de la primera a la última, se alimenta del silencio.

Becerra dejó más o menos claro su tardía presencia en la poesía. Desde niño escribió versos, dijo, pero “mi verdadero encuentro con la poesía ocurrió cuando tenía 21 años de edad, gracias a una extraña relectura que hice de Juan Ramón Jiménez y de Pablo Neruda”. Sin embargo, había pasado ya por la tutoría de Carlos Pellicer. Si damos crédito a sus palabras, Becerra sintió que tocaba por vez primera el territorio misterioso de la poesía en 1958.

En septiembre de ese año escribió Pequeño muerto, una especie de elegía por su hermano Alberto Becerra Ramos que murió a los tres meses de vida, en Villahermosa, en 1944. En su aniversario número catorce, Becerra le dedica estos versos que recuerdan a la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández. “El hombre yace boca abajo, mordiendo el polvo de donde viene”. Pero Becerra introduce un símil entre el crecimiento en vida y el crecimiento “en otra parte”, en la muerte. Pequeño muerto, escrito a los 21 años de edad, es decir, en el despunte de la juventud, parece sin embargo, un poema adulto. En este sentido no se trata del primer poema de un iniciado, sino de la continuación de un ejercicio practicado durante mucho tiempo y que al fin pisa con firmeza. “El joven durante su adolescencia está más cerca de la cultura de su tiempo que de la del pasado”.

Importa mucho ese poema por sus paralelismos. Pequeño muerto es un intento literario en el que Becerra no se aparta aún de sus lecturas recientes. Juan Ramón, Neruda, Hernández, Pellicer le salen al paso. Pero él toma ya su propio camino. Ahí el poeta deja ver, de alguna manera, que esa otra parte donde ha crecido su hermano es una quimera, aunque se le nombre.

Has crecido en otro lado y por eso no sabes cómo nos queda esto de la vida, y en qué forma nos comemos el silencio de ustedes. (Antología moderna de poetas tabasqueños, UJAT, 1971. p. 23.)

Le dice asimismo que en otro lado ha crecido, lo han comido, y eso explica en parte su ignorancia. No puede, a sus 14 años, avisorar el mundo de las miradas incisivas ni ver “la noche desde alguna tarde”. Los años que han pasado se los abona el poeta a los de su muerte. El poema se vuelve evocación de la muerte, y más que nada separación entre las sombras y la luz, conjunción del cuerpo y el alma. Dios no participa en este juego. El poeta cree en las palabras que transforman el mundo en imágenes, pero no en entidades divinas. Cree también en lo oculto, en los ojos que no ven, en el corazón que ya no siente, en el tacto que no palpa. La pregunta esencial de Becerra:

¿de dónde va uno a sacar lo que no tiene, si no es de la muerte?
¿Y cuál es ahora tu nombre de catorce años?

La única manera de recompensa ante la muerte es la memoria. El poeta cree que sólo ella puede recuperar la imagen borrada del hermano muerto. A este no pertenece nada, porque estuvo siempre ausente, en las sombras de la inconciencia. “Entonces hermano ¿qué hacemos por ti? / Tu último recurso es nuestra memoria, / tu recuerdo aferrado a nosotros como un náufrago”. Para este ser hubo una enfermedad más grande que él mismo: la ausencia. Es una enfermedad de la historia y de la humanidad. Finalmente lo deja ahí guardado con su muerte. Nada más. Es un poema que posteriormente practicaría de manera intensa Jaime Sabines, en el que hay diálogo con la memoria, espejos que devuelven imágenes de la muerte y un dolor que sangra por el cuerpo. Para Becerra la eternidad es lo inaprehensible, el mundo diluido. La muerte es una destrucción de los espacios. Por eso tal vez, le dice a su hermano que ha sido destruido y que su sueño frío, eterno, se encuentra guardado en “nuestra memoria”. Hay un verso de espejos: “dormido en el regazo de una sombra que no existe”. El hermano muerto se encuentra en la nada. Ni siquiera en la sombra tiene cuerpo, es si acaso la imagen de otra imagen. La realidad de ese hermano muerto se la otorga la imagen que remite a una sombra.

Escribir un poema de esas proporciones a los 21 años, más que proeza literaria, es sin duda un viaje al fondo del ser humano. Deja ver a un poeta denso, para el que no hay grandes fronteras por cruzar, sino un camino ya trazado que es preciso recorrer. Las imágenes de este poeta van brotando de su experiencia, de su talento tallado en el trópico con naturalidad impresionante. De la poesía escrita en esos años, ninguna como la de Becerra tenía el impulso irredento, desencantado y al mismo tiempo fluido. Estamos frente a un poeta que se desborda de imágenes, que entra con la palabra a los territorios del sueño, de la muerte y de la nada “Estás guardado en tu muerte, / conservado para la eternidad sin ti”. La tradición a la que responde la poesía de Becerra es casi imposible de ubicar. Juega con la poesía culta y con la popular, sube al conceptismo y desciende a la poesía coloquial.

El otro poema de esa época, opuesto al anterior, es Vamos a hacer azúcar con vidrios, un lamento intenso por los sucesos de 1959. El protagonista no es el ferrocarrilero reprimido debido a la capacidad del Estado para ejercerla. Tampoco el obrero, aunque Becerra lo cite y le dedique el poema. Estamos frente a la ironía que se extiende clara y solícita en el título mismo. Hacer azúcar con vidrios es como querer tapar el son con un dedo. La metáfora se vuelve contra el orden lógico del lenguaje. De alguna manera alude a la irracionalidad del poder; se trata de un poder sin límite aparente que concilia su discurso con lo que es turbio, incoherente, que basa su verosimilitud en la violencia. El poema se interna en la reiteración del estribillo inicial y va colocando su contrario.

Vamos a limpiarnos un poco lo que somos con el agua pura de la indignación.

El verdadero asunto que maneja Becerra aparte de la indignación por la suerte que corrió el movimiento ferrocarrilero de 1958-1959, es el de la rebeldía. A fuerza de repetirse, el verbo vamos adquiere el sentido no tanto de llamado proselitista, como de una invitación a quitarnos de encima la suciedad. “Vamos a gritar hasta que los tímpanos de Dios / o de quien sea, revienten”.

Este grito es pasajero. Becerra se hará luego el poeta de los rincones oscuros del amor, de las visitaciones del sueño. Y vivirá para contar en versos no la aventura del hombre escindido, sino para crear imágenes del cielo y del infierno, de los objetos del deseo que ponen de cabeza al mundo. Un poeta tabasqueño de su generación, Marco Antonio Acosta, ha dicho con certeza que Becerra “vivió de una esperanza, lleno de juventud e imaginación por la vida, sin pensar en la muerte, pero deseándola íntimamente”. El accidente que le cuesta la vida es en realidad este deseo íntimo que sólo él conoció. Dice Acosta: “Su muerte confirma la filosofía de Camus y la fugacidad poética de Rilke. Su poesía, de un impresionismo romántico en el fondo, no es la manifestación de una tendencia, sino la de una manifestación del ser en su incesante lucha de trascendencia”.

Extensión de su itinerario poético juvenil, el libro de Becerra que confirmó su talento y su oficio fue Relación de los hechos. Publicado en 1967 en ediciones Era, posteriormente tuvo una nueva edición en el Consejo Editorial del gobierno del Estado de Tabasco (1978). La colección Lecturas Mexicanas (2a serie), lo reeditó en 1986. Durante varios años, Becerra estuvo dedicado a este trabajo con el que pensó hacer su aparición en la escena literaria. Por estas y otras razones, es un texto de múltiples rostros que van cambiando en cada lectura. Se trata de un material poético que puede considerarse a la mitad del túnel de su producción, porque establece un parteaguas. ¿Fue el libro más comentado de Becerra, y una de sus apuestas literarias en las que se jugó todo?

Para Lezama Lima, el libro era una Anunciación, un diálogo con la naturaleza Le dice a su amigo: “he leído con detenida fruición su libro Relación de los hechos; aún en sus momentos de desolación, un brazo lo cubre con misteriosa precisión. A veces, causa la impresión de una ciudad en la que se llega en el sueño y después se torna implacable y conocida; otras veces es la ciudad desconocida que vamos reconociendo en una minuciosa fiesta de rencuentros” (El otoño recorre las islas, p. 306). Es sin duda una ciudad aprisionada que ha perdido su unidad en el universo, y sólo puede hallarla en la diversidad. En poesía sólo podemos, sigue Lezama, “definir la presencia como ausencia de ausencia, al revés del ordenamiento moral donde el mal, desde San Agustín, sólo alcanzamos a definirlo como ausencia del bien, simple ausencia de la presencia”.

En la poesía de Becerra hay un permanente elogio del amor, el desdichado y el contrariado. Neruda y sus Cien sonetos de amor le proporcionó material suficiente para edificar su propio destino poético. Sin embargo, el uso de la conversación en el poema, como en el teatro los parlamentos, tuvo que haberlo leído en T. S. Eliot.

Algo parecido a Eliot hace Becerra en sus poemas, cuando dos personas hablan en voz alta. Este recurso es evidente en Oscura palabra y en otros libros. Pero Becerra no emplea el verso breve, directo, que encalla en el punto y aparte. Prefiere un verso vasto, grandilocuente, que sigue una sintaxis fragmentada.

A Becerra lo seducen el tiempo y sus fracturas. La historia es el encuentro del azar y la voluntad humana que se doblega ante ella. Y el hombre, al menos en un poema de la intensidad de La Venta, es simplemente un rumor, hecho de vaho y de sal, salido de la selva. En este poema Becerra pregunta: “¿En dónde están los hombres que dieron este grito de batalla y este grito de sueño? /¿ Dónde están aquellos que condujeron la palabra/ y fueron llevados por ella al sitio de la oración y a la materia del silencio?”.

Relación de los hechos fue una lección de poesía onírica y al mismo tiempo existencial. Anuncio de la poesía moderna y sus mitos, era un sentimiento confuso de la presencia, que pone en duda las apariencias. Como toda la poesía moderna, venía a plantear de nuevo la significación de los fenómenos y los objetos más triviales. Pero quería permanecer. Y permanencia quiere decir en la mitad del siglo XX, ahondar en la realidad hasta convertirla en espíritu. Becerra había aprendido de Louis Aragon, al que leyó desde los años adolescentes en Villahermosa, que la tarea del poeta es quebrantar al hombre, “hacerle perder su aplomo en presencia de la vida y del universo”. Es decir, ponerlo en contacto con las cosas y el mundo de lo irracional.

Desde el poema que abre el libro, “Betania”, estamos frente a una poesía de relaciones. Como en pocos poemarios, en éste Becerra habla del olvido, de la oscuridad, del “hierro nocturno”, de la historia como un territorio vago, inicuo, indeterminado. Por esas fechas Becerra se encontraba en la Ciudad de México, trabajando en una agencia de publicidad y al mismo tiempo escribía sistemáticamente una poesía de lo etéreo.

Casi nada toma cuerpo en los versos aéreos de Becerra. Parece un poeta metafísico, que recurre a los cuerpos en oscuridad, a la historia de Lázaro para hablar de sus preocupaciones: la inmortalidad, la noche en suspenso, las sombras que inundan no el corazón humano sino las nubes infinitas. Era el tiempo en que Becerra leía un libro que es preciso tomar en cuenta para entrar en su universo poético. Me refiero a los Principios de una ciencia nueva sobre la naturaleza común de las naciones de Giovanni B. Vico. Una vida que se compuso de increíbles paradojas.

 

Alvaro Ruiz Abreu
Escritor. Su último libro es José Revueltas: Los muros de la utopía.