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Heberto Padilla. Poeta cubano. Entre sus últimos libros, La mala memoria.

Alonso, Borges, Zalamea, Guillén y Reyes comparten el don de la traducción. Sin embargo, la labor de los traductores excepcionales resulta minúscula frente a la cantidad de traslados incomprensibles, traducciones traidoras que aniquilan el original y echan por tierra los puentes indispensables entre las diversas literaturas.

Los que comenzamos a leer antes de que aprendiésemos la lengua de los escritores que admirábamos, tuvimos la suerte de entrar en el Retrato del artista adolescente de James Joyce gracias a la espléndida traducción de Dámaso Alonso y en el Faulkner de Las palmeras salvajes y en el Orlando de Virginia Woolf por las extraordinarias versiones de Jorge Luis Borges. Yo, que tenía especial interés en los poetas, tuve la dicha de leer a Saint-John Perse en la traducción de Jorge Zalamea, la más bella que exista en lengua alguna Ni T. S. Eliot, que tradujo al inglés el Anábasis de Perse, logró infundirle el vigor que Zalamea puso al verter en español los versos del gran poeta francés. A Paul Valéry lo deslumbró la traducción de Jorge Guillén de su Cementerio marino, al punto de que le escribió inmediatamente citando una de las líneas magistrales: «Ebrio de carne azul». Y agregó: «Me adoro en español».

¿Qué habría sido de la obra de Dostoievski en nuestro idioma si no hubiera existido Rafael Cansinos Assens? A Shakespeare no se le ha leído realmente en castellano. El intento de Pablo Neruda de darnos un Romeo y Julieta que fuese digno del autor no logró su objetivo. Sin embargo, los alemanes se enorgullecen de su Shakespeare como de algo propio y no hay ruso que no admire las versiones de Boris Pasternak. Pero nosotros no hemos contado hasta ahora con versiones que en realidad nos satisfagan.

Recuerdo las que hizo el mexicano Alfonso Reyes de las obras de Chesterton. Son tan hermosas que cuando tuve la oportunidad de poder al fin leerlas en inglés, nunca pude apartar de mi lectura el eco de la inolvidable versión de Alfonso Reyes. Sí, porque hay autores que ganan en la traducción y otros que perecen en ella Byron exalta el romancero español cuando lo vierte al inglés, pero el renombrado Longfellow convirtió las coplas de Jorge Manrique en una estructura larga y ramplona que se mofa del bello original. T. S. Eliot reprochaba a los franceses la sobrestimación de un Edgar Allan Poe mejorado en exceso por las traducciones de Baudelaire y Mallarmé. Para él toda la poesía inglesa de Poe no era más que un sonsonete monocorde. ¿Y no detestó por años Ezra Pound al grandioso Walt Whitman hasta que hizo «el pacto» conciliador de que nos habla en su poema? Pushkin decía que el traductor de prosa es un colaborador en tanto que el de poesía es un esclavo. Todo depende del grado de esclavitud y colaboración. Cuando García Márquez nos habla de la influencia que ejerció en su juventud el Orlando de Virginia Woolf no podemos olvidar que era la traducción de Borges la que había leído. ¿Y cuántos jóvenes lectores de filosofía agradecen el trabajo de Ortega y Gasset en hacemos llegar a través de la Revista de Occidente, en versiones rigurosas, todas las grandes obras que hoy nos parecen tan familiares? Vivencia es un término de uso diario ahora, pero apenas se recuerda que fue casi creado en español para designar una categoría de Dilthey. Ortega y sus colaboradores pudieron contentarse con su lectura directa del alemán, pero a él no se lo permitía su admirable vertiente pedagógica. Era un hombre ganado por la pasión de pensar y educar.

La Escuela de Traductores de Toledo es una referencia obligada cada vez que mencionamos el arte de la traducción, pero salvo algunas facultades de España e Iberoamérica son contados los centros que se inspiran en aquel viejo rigor y no tengo memoria de que hayan graduado a alguno de los que hoy traducen profesionalmente en nuestra lengua.

«Francés traducido» llamaba Unamuno a aquella parodia de español que ciertos traductores hacían de los escritores franceses y hay que decir que el hábito persiste. Borges llegó a afirmar que hemos pasado del inglés al francés y del francés a la incomunicada ignorancia.

Estoy de acuerdo que la demanda editorial no puede ser atendida por los traductores de buena calidad que quisiéramos, ¿pero se ha hecho algún esfuerzo por encontrar a correctores de estilo que viertan al español el idioma aproximativo, fantasmal, que caracteriza gran parte de las versiones publicadas? Si existieran, tendríamos que reconocer que son igual de mediocres.

¿Es justo que Alicia en el país de las maravillas ande por las librerías en una traducción en que ni siquiera se tomaron trabajo de suprimir las comillas que los ingleses emplean para presentar los diálogos? Lo cierto es que nos hemos vuelto descuidados y muy pocos mantienen el rigor de otros tiempos. Gentes como Goethe o Virginia Woolf, que estudiaron español para leer a CeNantes sin intermediarios, o Unamuno, que llegó a estudiar papiamento para leer a los poetas negros de Curazao, no se las encuentra muy fácilmente. Hay un mundo pedestre, serial que manipula todas las intenciones Ante esa realidad debemos jerarquiza a los traductores como se hace con las figuras literarias y otorgar premios que reconozcan su labor. Es sorprendente ver que en las críticas que publica nuestros periódicos y revistas apenas s aluda al valor de las traducciones como si el español de los libros no fuese responsabilidad de los traductores. Yo veo en esto una de las causas de por qué anda hoy tan mal la literatura traducida de nuestro idioma.