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Mario Ojeda Gómez Presidente de El Colegio de México.

Con motivo del 96 aniversario del natalicio de Daniel Cosío Villegas -«el hombre libre de prejuicios y el pletórico de sentido común, que supo llamar a las cosas por su verdadero nombre, y que al morir dejó un vacío de valor de sensatez», Mario Ojeda Gómez pronunció las palabras siguientes.

Una vez alguien dijo, para frascando el refrán chino, que un mexicano, para realmente formarse en los azares de la vida profesional, debería pasar, tarde o temprano, por tres experiencias básicas: escribir un libro, desempeñar un puesto de responsabilidad pública y enfrentar a Don Daniel Cosío Villegas en discusión. Creo ser uno de los afortunados mexicanos que puede morir tranquilo, pues habiendo cumplido – aunque a medias- con los dos primeros requisitos, tuve la fortuna de debatir con don Daniel, no una, sino innumerables veces y sobre los más diversos temas. Debatir con don Daniel siempre significó aprender, aprender el arte de la discusión, aprender acerca del tema discutido, pero sobre todo, aprender de su gran sentido común.

Esta noche, en que un grupo de sus discípulos y amigos nos encontramos reunidos para rendirle homenaje, quisiera recordar a don Daniel a través de uno de los rasgos de su personalidad que más le admiré: su gran sentido común. Ese sentido común que le permitió enfrentar la vida con inteligencia y acometer innumerables empresas con confianza y con seguridad; sentido común que encontraba su mejor manifestación cuando venía aunado a ese otro gran rasgo de su personalidad: la ironía. Don Daniel manejó la ironía como forma peculiar de expresarse, que no por ello dejó de encerrar siempre verdades profundas.

Recuerdo, por ejemplo, que alguna vez, en nuestras comidas de los lunes, alguien alababa la decisión presidencial le haber llevado a un grupo de jóvenes imberbes a altos puestos gubernamentales. Don Daniel, tomándome como interlocutor, se volvió hacia mí, y a modo le comentario me preguntó: «Amigo Ojeda, ¿quién cree usted que pueda hacer más daño al país, un viejo tonto o un joven brillante?

Otra ocasión, en que alguno de los miembros de El Colegio manifestó su enojo por la escasa circulación de nuestros libros, don Daniel le dijo: «Mire usted, los libros de El Colegio están condenados a ser, felizmente, éxitos académicos y fracasos comerciales».

Para ilustrar cómo la falta de sentido común puede traducirse en peligrosa irresponsabilidad política, un día le oí decir «Esté usted seguro de que el 99% de los mexicanos rechazaría una orden del presidente de la República para pilotear su avión, argumentando, claro está, el grave peligro que se correría, por no tener la preparación para hacerlo; sin embargo, esté usted seguro también que ese mismo 99% de mexicanos no vacilaría en aceptar ser nombrado secretario de Hacienda, a pesar de que se trata de una maquinaria mucho más compleja que el avión presidencial y, por lo tanto, más peligrosa y difícil de manejar».

Este extraordinario sentido común fue el que le permitió dirigir, con gran sensibilidad y acierto, las instituciones que creó y ayudó a fundar. Por ejemplo, El Colegio de México mantuvo por muchos años una especial resistencia a los horarios corridos de su personal académico. Don Daniel sabía bien que esta era una forma realista de apartar a sus investigadores de la tentación del chambismo. Y es que don Daniel era un convencido de que la justificación de El Colegio es su productividad y de que ésta se explica, a su vez, por dos pilares básicos: la eficiencia de su biblioteca y la dedicación, en tiempo completo, de sus investigadores y de sus alumnos.

Enemigo acérrimo de la demagogia, don Daniel cuidó siempre, con gran esmero, que ésta no penetrara en sus instituciones. Ni siquiera escondida a través de un falso ropaje de democracia. Soy testigo de cómo, a través de una práctica reiterada diariamente, don Daniel mantuvo un delicado equilibrio entre lo que él llamaba la demagogia de arriba y la demagogia de abajo, refiriéndose, obviamente, a la del gobierno por un lado y a la de ciertos intelectuales por el otro. En una ocasión, en que evaluábamos él y yo el trabajo de un colega, al ver la falta de firmeza en mis comentarios, don Daniel me dijo: «Amigo Ojeda, a los intelectuales siempre nos es más difícil criticar la demagogia de los propios intelectuales que la demagogia de los políticos».

De don Daniel aprendí el valor de la crítica académica; de cómo, para aprender, es necesario aceptar con humildad la crítica de los demás, y de cómo, para enseñar, es necesario saber criticar sin ofender. Al observar la pasividad hacia la crítica de tantos profesores, convertidos en simples empleados académicos, la fuerza de los argumentos de don Daniel vuelve a mi mente en toda su amplitud. Y es que muchos de los que hoy día se llaman a sí mismos profesores, no tienen en realidad esa vocación y, por ello, se vuelven contra sus propias instituciones o simplemente las abandonan al asalto de la demagogia por el temor «al qué dirán» del mundillo intelectual, algo que a don Daniel jamás importó. Además, tenía la firme idea de que los paniaguados, los pusilánimes, o los que anteponen sus intereses a los valores académicos, no son, ni nunca serán, profesores universitarios.

Don Daniel sabía bien que para el desarrollo académico de México hay que liberar a sus instituciones de dogmas y prejuicios y fomentar en ellas la actitud hacia el análisis crítico y objetivo; comprendía que, además, ésta es la mejor forma de elevar la calidad de la educación superior y la investigación académica

En su espléndido artículo sobre «La necesidad de estudiar a los Estados Unidos», Don Daniel nos dejó una gran lección. Allí nos dice que «uno de los hechos más desconcertantes del mexicano (pese a la necesidad que tuvo, tiene y tendrá de estudiar y entender a la potencia hegemónica del Norte) es su olímpico desdén intelectual por Estados Unidos: lo llena de injurias, le achaca todos sus males, le regocijan sus fracasos y ansía su desaparición de la tierra; pero eso sí, jamás ha intentado ni intenta estudiarlo y entenderlo. El mexicano [decía Don Daniel] tiene prejuicios (arraigados e inconmovibles) [sobre los Estados Unidos] pero no juicios, o sea opiniones basadas en el estudio y en la reflexión».

De don Daniel yo aprendí muchas cosas a través de un proceso informal de educación. Trabajar a su lado durante varios años significó para mí una especie de curso de posgrado que marcó definitivamente mi destino profesional. Me siento orgulloso de ocupar el puesto que él detentó con anterioridad.

Todo lo que aquí he dicho no es sino parte del mejor recuerdo que guardo de don Daniel: el don Daniel que más admiro y que más extraño; el hombre libre de prejuicios y pletórico de sentido común, que supo llamar a las cosas por su verdadero nombre, y que al morir dejó un vacío de valor y sensatez.

Don Daniel: un grupo de sus discípulos y amigos nos hemos reunido este día para recordarlo.