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Horacio Ortiz. Es editor del suplemento Lectura del periódico El Nacional.

Ni panfleto de izquierda ni replica de derecha, tampoco una novela política ni una historia de amor, Sonar en cubano es, «tal vez, la historia de una cultura fragmentada por las circunstancias, dolorosamente escindida, rencorosa. Es el camino de la separación cuya unidad se encuentra en los sueños, en la nostalgia de la sangre y sin cachondería, en su negritud y su blancura».

Cristina García Soñar en cubano Espasa Calpe Literaria Trad. Marisol Palés México, 1993 323 pp.

De entrada, pareciera que Soñar en cubano plantea una alternativa, la querella entre la vida en la isla»prohibida» y sus defensores, y la férrea lucha entablada desde fuera por los cubanos que abandonaron la tierra de Changó en busca de la libertad perdida, incluso aquellos descendientes que por razones ajenas a sí mismos, tuvieron que alejarse de sus familiares prorrevolucionarios. Este es el caso de Celia Almeida, casada por despecho con Jorge del Pino, padre de Lourdes, Felicia y Javier, abuelo de Pilar, Luz, Ivanito e Irinita.

Decíamos pareciera porque, en el fondo, esta historia es la crónica de un amor, el de Celia y su eterno enamorado Gustavo, quien la abandona para huir a España. A raíz de esta renuncia, Celia decide casarse con Jorge, dando paso a una vida vacía en la que pervive el amor por aquel hombre que le robara el corazón.

Celia, Lourdes, Felicia y Pilar son las mujeres que protagonizan este ir y venir de amores con sanguíneos. Lourdes odia a Celia, su madre, pues al nacer es entregada por esta a Jorge jurando no recordar nunca su nombre. Celia odia a Jorge. Felicia vive enloquecida, no comprende el proceso vivido en la isla desde la Revolución, intenta asesinar a Hugo, padre de sus hijos, es internada y separada de ellos. Pilar vive con su madre (Lourdes) en Nueva York y añora el momento de retornar a Cuba con su abuela, la única que en realidad la quiere.

Asumido lo anterior, dejando de lado la posibilidad (obtusa en este caso) de una novela cursi y sensiblera, aun a pesar del cuadro que se presenta, entremos al mundo real de Soñar en cubano.

Los tiempos van desde los veintes hasta nuestros días. Cuba es el burdel de América, sus mujeres son depositarias del desfogue de todo aquel que pueda pagar un viaje de Florida a La Habana. Sube Batista y cae Batista, llega la Revolución. Salen de Cuba lodos aquellos que lo deseen, entre ellos Lourdes, Rufino y su hija Pilar. Lourdes esta convencida de que algún día, no muy lejano, los usurpadores, los «sucios comunistas», dejaran que la paz retorne a la isla.

Celia ve cómo sus hijos se van, en direcciones opuestas pero se alejan. Lourdes a Nueva York, Javier a Checoslovaquia de donde volverá enloquecido por el abandono de Irina, y Felicia se aleja en su interior, en la locura que la perderá al final entre santos y brujería.

Aunque ligeramente, todos los personajes tienen una cierta importancia en la historia; sus locuras cotidianas, su transitar citadino (unos en Nueva York y otros en Cuba) y sus esperanzas, se entremezclan en un solo sueño, la libertad. Unos la entienden como la permanencia de la revolución, otros como la caída de la desgracia comunista, pero en el fondo cada uno defiende su posición y todas parecen ser válidas.

Para Cristina García, estadunidense de origen cubano y autora de Sonar en cubano, la polémica no se centra en la ideología de sus personajes aunque de hecho sea importante en la defensa que cada uno hace de su historia, sino más bien en la reivindicación del tan vilipendiado ejercicio de la autodeterminación, ya desde lo más entrañable de la familia, ya desde la revolución, ya desde el american way en el que se han sumido miles de cubanos desde su llegada a la tierra prometida. Lourdes vislumbra su regreso a Cuba y lo cifra en la caída del Líder, y lo hace desde el mostrador de su pastelería y también desde la frialdad de la gran manzana neoyorkina en la que no hay cabida (salvo escasas excepciones) para los latinos, en la que la vida vale lo que marque el taxímetro. Pilar, su hija, sólo piensa en pintar, pintarlo todo, las calles, la pobreza, mezclar los colores de tal forma que representen lo que siente después de irse a la cama con su novio, mezclar los tonos que expresen las caras de sus deseos pero, sobre todo, desea pintar a su abuela Celia, que se encuentra tan lejos por razones que no comprende bien pero supone absurdas a juzgar por las peroratas interminables de su madre. Celia, la matriarca, anhela el retorno de su familia y el de su amado Gustavo.

El encuentro se da, paradójicamente, por la muerte de Jorge del Pino, residente también en América. Felicia continúa perdida en el marasmo de la nada.

En Soñar en cubano no hay lecturas entre líneas; tal vez sea esto lo que la hace novedosa, no adoctrina, no juzga, cada lector desde su posición obtendrá lo que desee de su lectura. Compartirá la vehemencia de Celia en su apoyo irrenunciable al Líder, en su trabajo social en la comunidad, ya como juez comunal, ya como madre revolucionaria, ya como amante frustrada. Compartirá también la confusión del odio de Lourdes hacia su madre, falso arquetipo de la revolución que ella tanto detesta y por la que esta dispuesta a desperdiciar su vida para verla caer.

Con este libro, Cristina García nos propone un acercamiento al dolor que ha sufrido la comunidad de cubanos, no precisamente contrarrevolucionarios, que están lejos de su tierra y que no saben bien a bien cual fue el proceso de su alejamiento, aquellos que solo saben que la vida en la América continental no ha sido nada fácil y que los ha empujado incluso a la miseria (de la que muchos incluso nunca salieron). Una comunidad ajena a la Revolución que la juzga desde fuera y a la que, a pesar de tener tantas fallas, no tuvieron acceso. Una comunidad alejada de sus raíces pero que extraña algo más, algo que se respira en las playas isleñas, en La Habana, en su gente, en el idioma que se ha tornado también lejano.

Soñar en cubano no es pues un panfleto de izquierda, tampoco una réplica de derecha. No es una novela política ni una historia de amor. Es, tal vez, la historia de una cultura fragmentada por las circunstancias, dolorosamente escindida, rencorosa. Es el camino de la separación cuya unidad se encuentra en los sueños, en la nostalgia de la sangre y su cachondería, en su negritud y en su blancura.