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Roberto Pliego. Escritor. Es editor de la revista nexos; columnista de El Dominical, suplemento del periódico El Nacional.

La más reciente novela de Carlos Fuentes reafirma, como cada aventura suya, que nunca es el mismo. Hay muchos Fuentes, uno por cada libro, como escribe Roberto Pliego en estas páginas.

Carlos Fuentes. Diana o la cazadora solitaria Alfaguara México, 1994 235 pp.

En su ensayo introductorio a La creación de Nikolai Gogol, el libro gigantesco de Donald Fanger y de la crítica literaria más reciente, Carlos Fuentes pintaba su propio retrato con los trazos y los colores que le sugería el destino eternamente aplazado del gran pajarraco ruso. La vida de Gogol es inconcebible sin la literatura, escribió entonces Fuentes; es más, la vida de Gogol no tiene significado al margen de la literatura. ¿Quien es Gogol, preguntaba Fuentes lector de Fanger?: un enigma, un molde dispuesto a recibir la materia propicia con la que pueda operar su siguiente metamorfosis. Gogol es la troika lanzada hacia adelante, lo abierto y posible, una no-identidad que sólo se resuelve en identidad mediante la intercesión de la literatura. Escribiendo de Gogol, Fuentes escribía -¿puede haber otra forma de escritura?- de si mismo. Gogol, el extraño ante todos, el acertijo en la cabeza de todos, el autoproclamado inventor del ferrocarril, el disfraz y la máscara sin cuerpo, lo sabemos ahora, y por mediación de Fuentes lector de Gogol, ha reencarnado en Carlos Fuentes. O mejor dicho: Fuentes, que sabe que a Gogol le quedaba cualquier traje, le ha hecho ponerse el de su mexicanidad universal, el de su universalidad a base de maíz y frijol, como clave de que su vida sólo tiene sentido en la medida que puede traducirlo todo en literatura.

Escuchemos a Gogol, lector contemporáneo de Carlos Fuentes: «Odio todo lo que no es literatura». «No poseo vida fuera de la literatura». Escuchemos a Carlos Fuentes, precursor de Nikolai Gogol: «Con razón o sin ella, yo he vivido para escribir. La literatura, casi desde la infancia, ha sido para mí el filtro de la experiencia, desde el temor a un castigo paterno hasta la noche de amor más reciente. Sexo, política, alma, todo para mi pasa por la experiencia literaria. La expectativa del libro refina y fortalece los datos de la vida vivida».

La declaración esta contenida en Diana o la cazadora solitaria y señala uno de los caminos que podríamos seguir para llegar hasta ella. Al inicio del camino hay un letrero que dice, o que sugiere estas palabras: «esta novela fue escrita por Carlos Fuentes, probablemente su protagonista, quizás el mismo que nos habla, se planta frente a ciertos hechos de su vida, los recuerda mediante la escritura y los crea mediante el deseo y la memoria». Eso se dice, o se sugiere. Pero ¿acaso Fuentes, desde que declara, como Gogol, no poseer vida fuera de la literatura, no es, como este, no Fuentes mismo, es decir, no el Fuentes que habita fuera de sus libros, sino otro, la creación y la memoria y el deseo de Fuentes?

Diana o la cazadora solitaria guarda todas las condiciones del libro que hubiera deseado Gogol y escribiría Carlos Fuentes. Debe ser juzgado por su apego a lo literario, no a lo que se consideraría un manejo de la vida real. No es un momento en la vida de Carlos Fuentes; es decir, no es un momento, a secas, en la vida de Carlos Fuentes, es un momento en la vida literaria de Carlos Fuentes. Es literatura y, en esa medida, importa muy poco que sea o no una pieza autobiográfica. Para Fuentes, ya se sabe, los únicos hechos potenciales, auténticos y dinámicos son los hechos literarios. Sólo por eso, Diana o la cazadora solitaria es un libro autobiográfico: es capaz de transformar la vida vivida en el misterio infranqueable de la literatura. Es, como toda novela que viene y va hacia Fuentes, un árbol.

¿Que esta ahí? Una ambigüedad, algo mitad desnudo y mitad oculto. Lo que esta ahí es el misterio de la pareja enamorada pero efímera, ese «triángulo incompleto», esa «figura trunca», un signo excitante y secreto. Como en Cervantes, como en Kundera, las cosas no se definen de antemano; son y no son; no son lo que parecen ser. Sólo son ellas mismas cuando dejan de serlo y buscan la orilla de lo que, al cabo, era posible. Lo que está ahí es el amor en cada una de sus formas: el que inaugura, el que nombra, el que inventa, el que desea, el que goza, el que hiere, el que hace sangrar, el que se basta a si mismo, el que se donjuaniza, el que se duele, el que se quema, el que vuela, el que se abisma el que se abandona, el que se come huele y oye y toca, el que dura poco y mucho, el que rasga y muerde y viola y e estornuda, el que es de todos porque pertenece al recuerdo de uno solo, el; que no es de nadie porque no entiende a todos, el que se extingue o se bifurca o se desdobla o es idealización, efigie, cine, lileratura, nadie.

La amorosa transformación de los hechos vividos en hechos literarios efectuada por Fuentes no es solo un acto de magia, es una metamorfosis y tiene un doble propósito: atrapar la figura pasajera de la actriz Diana Soren, un enigma en busca de algo superior, la otra Diana Soren, la potencial e invisible; y convocar, a través de un texto, a varios de los personajes y de los estados emotivos e intelectuales del México sacudido por la matanza de Tlatelolco, el fin del idilio sesentero, la derrota estadunidense en Vietnam y la expansión institucional de la calumnia y la mentira.

Amorosamente, Fuentes realiza el milagro de construir un espacio novelístico donde se celebra la comunión de los cuerpos, aunque, como lo saben Diana Soren y Carlos, ese encuentro este marcado por la certeza de que la perentoriedad es el único triunfo del erotismo.

Lo transitorio, lo provisional o fugitivo, no es la herejía del amor sino, según leemos, una de las condiciones para seguir existiendo. Carlos y Diana lo saben con tanto desenfadado que se someten a ese símbolo de nuestra modernidad que es la noción de eternidad como lo que «mientras dure». Fila es una de las verdades novelísticas de Diana o la cazadora solitaria: que sido hay permanencia en lo que no quiere permanecer. La otra verdad tiene que ver con la identidad y el deseo de ser otro.

En ese punto expansivo comienza a perfilarse la otra historia de la novela, y eso gracias a un hecho que representa, justamente, la sumisión de la realidad frente al deseo que opera sobre ella y busca transformarla. El caso es que Diana Soren anda tras la hora de su metamorfosis. El caso es que quiere ser negra, la mujer blanca que ha dejado de serlo para convertirse en la mujer negra de un pantera negra. Si: la pareja son tres, un triángulo de lados desiguales: A ama a B que a su vez ama a C y así progresiva y exponencialmente hasta el infinito.

El deseo de ser otra es la pasión y la falla que precipitan a Diana Soren a la ruina y la indigencia moral. En un mundo sin dioses, ¿qué mejor instancia para castigar la rebelión que el FBI? Diana esta enamorada de cualquier figura que encarne la insumisión y por ello debe ser castigada, excluida de Hollywood, exhibida en la plaza pública para escarmiento de quienes también alimentan el deseo de torcer su destino.

Fuentes la atrapa en ese momento de tránsito acelerado. No la congela; la ofrece en movimiento, mientras encanta al mundo y el mundo ignora que busca ingresar al círculo mágico de las metamorfosis. Diana Soren fracasa. Basta escucharla para saber que ella también ignora algo, y muy grande: que hay instituciones encargadas de administrar castigo, a la hora debida, y a las personas debidas. Diana Soren abomina de las identidades estáticas y el FBI ríe. Pero no importa; acaso la tentación de ser otra vale, por sí misma, la pena. Por eso es trágica.

Mudar, amar, retar al mundo: Diana Soren, la cazadora solitaria, no necesita un compañero de ruta. No necesita de Carlos, el narrador-protagonista, el enamorado de sus propios juegos amorosos, el escritor seco y agotado por la rutina, el don Juan mexicano cuya curiosidad por las mujeres es menor que su avidez literaria. Nadie puede acompañar a Diana Soren en su búsqueda. Carlos, en cambio, si quiere cómplices. Por eso escribe esa historia en la que nada existe en estado de pureza ni aislamiento. Si Diana nos pide: déjenme sola, expúlsenme de su vida para conseguir así la aprobación únanime de la otra Diana Soren, la posible, Carlos apela al lector y asume el riesgo de confrontarse y exponerse ante él. 

Con Diana o la cazadora solitaria, Carlos Fuentes ha operado una más de sus ya numerosas metamorfosis. Lo incuestionable es reconocer que Fuentes es sus libros y que cada libro suyo es un acto gogoliano de identidad abierta y disparada al futuro. Como la troika de Las almas muertas, un estandarte del «yo mismo» en busca de todas sus posibilidades.