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La ciudad de Filadelfia, donde vivo, queda a dos horas por bus (una hora y cuarenta minutos por tren) de Nueva York. Cuando uno emprende el viaje, cruza casi de inmediato el puente sobre el río Delaware que separa los estados de Pensilvania y el de Nueva Jersey; luego, recorre un buen trecho de éste último en dirección noreste. Cuando la carretera se convierte en un laberinto de concreto y hierro, con múltiples pistas a desnivel, los pasajeros saben que Nueva York está ya cerca. Tras detenerse por unos minutos ante las cabinas de peaje, el vehículo hace un amplio giro, casi una vuelta en redondo, y uno ve por un rato las altas torres gemelas del World Trade Center, en la parte sur de Manhattan, antes de atravesar el largo túnel Lincoln bajo el río Hudson. Desde el martes 11, esas torres rectangulares ya no existen más: fueron destruidas en el peor ataque terrorista que haya ocurrido en nuestro tiempo, matando e hiriendo a miles. Peor que eso: ha herido de muerte la idea de que nuestra civilización había alcanzado un punto que hacía imposible la regresión total a la barbarie y al salvajismo más primitivos.

No hay palabras capaces de describir el horror, el pánico y el caos de las escenas provocadas por el simultáneo ataque de aviones comerciales secuestrados y piloteados por terroristas suicidas contra objetivos en Nueva York y Washington D. C. Mi intención no es referirme aquí a la violencia de hechos que han sido diseminados por todo el mundo a través de imborrables imágenes de la televisión y por recuentos en otros medios informativos. Lo que me interesa es reflexionar sobre lo que significan esos hechos en este momento histórico y en nuestro futuro inmediato.

En primer lugar, lo más aterrador de lo ocurrido es que por primera vez aviones llenos de pasajeros fueron utilizados como instrumentos de ataques suicidas, lo cual pone un gigantesco signo de interrogación sobre la aviación mundial. Ha quedado demostrado que los actuales sistemas de seguridad son inoperantes y obsoletos: los terroristas no tienen mayor dificultad en burlarlos. Quizá muchos pasajeros hayan comprobado, como yo, que en ciertos aeropuertos, el mismo llavero y la misma cantidad de monedas en el bolsillo que activa el sistema de control en un aeropuerto, no son registrados por el de otro; es decir, la seguridad es errática o dudosa, y los terroristas lo saben. Somos blancos del todo vulnerables.

En segundo lugar, es también evidente que los billones de dólares que Estados Unidos y otros países gastan en servicios de inteligencia no sirven realmente de mucho: el enemigo los supera en astucia y estrategia, y es capaz de planear en secreto algo de tan extrema complejidad como el reciente ataque. No hay manera de disimular la sobrecogedora verdad de que el atentado fue un éxito total. Que un puñado de hombres armados tomen el control de cuatro aviones —que partieron de tres distintos aeropuertos con una diferencia de apenas doce minutos— supone una extraordinaria coordinación en todos los niveles. Su acción puso de rodillas a la potencia más grande del mundo, paralizó el corazón de sus finanzas, su poder político y militar. Veinticuatro horas después, Nueva York seguía siendo una ciudad en estado de emergencia, semiparalizada y con daños incalculables por reparar.

En tercer lugar —y este es el terrible dilema que Estados Unidos y el resto del mundo encaran—, el atentado es de tal magnitud que resulta casi inevitable (salvo que ocurra un milagro) que no haya una reacción militar en gran escala. El presidente Bush ya ha declarado que su país ha sido víctima de un “acto de guerra”, lo que es un modo de preparar a la opinión pública para lo que seguramente va a venir. No discuto ese derecho (o, más bien, el impulso natural por la retribución), pero quiero llamar la atención sobre el hecho de que Estados Unidos no ha sufrido el ataque de un país, sino de una organización clandestina diseminada en diversos países árabes. Para llevar a fondo su cometido militar, Estados Unidos tendría que bombardear, invadir y quizá destruir a más de uno de esos países. Esta perspectiva debe alegrar muchísimo a los que perpetraron el ataque porque quieren convencer a todos que el único modo de combatir a sus enemigos es el exterminio total. El negocio del terrorismo es el odio indiscriminado, y la guerra que se libre contra ellos es el mejor modo de confirmarlo. Un conflicto así envolvería al mundo entero, con graves consecuencias para todos, amigos, enemigos o meros testigos. Me parece también que lo ocurrido es el corolario de acontecimientos recientes: los largos meses de violencia y tensión no resuelta entre judíos y palestinos (dirigidos por líderes poco flexibles y sin mucha imaginación) y el clima de frustración en el que acabó la reunión mundial sobre racismo. El pueblo árabe se siente incomprendido y postergado por lo que considera insensibilidad de los países de Occidente y por el incondicional apoyo de Esados Unidos a Israel. A ese resentimiento se suma el factor del fanatismo religioso, que ofrece la única salida “heroica” a los que sacrifican sus vidas en nombre de la santidad de su causa y aspiran a una recompensa celestial tras la muerte.

Para mí, este es el aspecto más abyecto de todo: el uso político de la religión para justificar el asesinato de inocentes. El terrorismo, la guerrilla y la violencia insensata —de Cisjordania a la región vasca, de Irlanda del Norte a Colombia, del Talibán a Sendero Luminoso— se presenta ahora como la única alternativa en un mundo que ha elegido librar la lucha política como una implacable forma de delincuencia global. Pese a nuestras computadoras y otros avances tecnológicos, hemos vuelto —vergonzosamente— a la época de las cavernas, adorando al nuevo dios: el odio en estado de absoluta pureza. n