En un momento de La tierra baldía, el poema de la devastación íntima y mundial que abrió el siglo XX, el poeta T.S. Eliot puso:

Torres cayendo
Jersualem Atenas Alejandría
Viena Londres
Irreales

El comienzo del siglo XXI agregará Nueva York al fragmento de Eliot. Y pensar que otro artista de vanguardia también a principios del siglo pasado, el arquitecto Le Corbusier, fue tirado a loco cuando propuso para Manhattan la construcción de un “rascacielos horizontal”, con sesenta pisos para oficinas pero lo más plano posible, de modo que pudiera culminar con “una plataforma armada contra los bombardeos aéreos” porque “la mejor arquitectura moderna es aquella preparada para la peor de las catástrofes”. Y pensar también que el arquitecto del World Trade Center en los setentas, Minuro Yamasaki, estaba enfermo del mal de altura. Un crítico dice que esto se muestra en su obra y que, como el magnate en la maravillosa película de Akira Kurosawa, Lo alto y lo bajo, en el doble rascacielos del World Trade Center Yamasaki había proyectado sus propias pesadillas “sobre todos nosotros”.

A las 10:30 de la mañana del 11 de septiembre el Lower Manhattan se había vuelto una Pompeya bajo el impacto de un ataque terrorista que estrelló dos aviones contra las Torres Gemelas del World Trade Center. En Washington, un tercer avión se había precipitado contra el Pentágono. Durante un buen tiempo nadie supo del presidente George Bush mientras su avión daba vueltas a la mitad del país en busca de seguridad. Para todos los estadunidenses, lo inimaginable se había vuelto cierto. Los desastres se acumularon más allá de la posible absorción emocional.

“¡¿Qué?!”, preguntó el conductor de la ABC Peter Jennings cuando le dijeron que una de las Torres Gemelas se había derrumbado. El escritor Ian McEwan describió:

Lo que nos espantaba era lo que no podíamos ver. Veíamos los rascacielos, el avión ladeándose, el impacto horrendo, la acumulación de polvo cubriendo las calles. Pero sólo nos quedaba a la imaginación el terror humano dentro del avión bajo los pasillos y los lobbies de los elevadores de los edificios golpeados, o abajo en las calles mientras las torres se colapsaban sobre los rescatistas y las multitudes de la mañana. Los testigos oculares nos decían que los oficinistas saltaban desde alturas tremendas, pero no podíamos verlos. Los gritos, el heroísmo y el pánico razonable, la búsqueda a tientas de teléfonos portátiles: era nuestra distancia de todo esto lo que lo volvía tan horroroso. No sangre, no gritos. Los griegos, en sus tragedias, excluían del escenario estos momentos donde ocurre lo peor, lo dejaban fuera de la escena. De ahí la palabra: obsceno. Esto era una obscenidad. Estábamos mirando la muerte a una escala increíble, pero no veíamos morir a nadie. La pesadilla estaba en la vorágine de la propia imaginación. El horror estaba a la distancia.

“Era algo horrendo”, dijo Dave Kansas, un neoyorquino que vive en un departamento de Broadway. “La gente estaba cayendo de los edificios desde muy alto. La gente empezó a gritar”. Rick Nessel trabaja en el piso veinte de una oficina que está a una cuadra de las Torres Gemelas. Dice: “Estaba sentado en mi escritorio cuando oí la explosión. Al principio pensé que habían explotado los ductos del aire acondicionado, o algo así. Luego oí a la gente que se acercaba a las ventanas. Vimos caer cosas y pensamos que eran restos de materiales pero no era así. Eran cuerpos”. Michael Specter, reportero de The New Yorker, escribió:

A las 10:27, yo estaba en el West Broadway cuando se vino abajo la segunda torre. Lo que vi fue una explosión inmensa. Pedazos de vidrio y páneles de acero volaban por el resplandor del cielo. Era, en cierto modo, deslumbrante. He cubierto como reportero varias situaciones de refugiados. He visto a heridos de guerra y a gente sin casa huir de Chechenia luego de días de bombardeos rusos, caminar millas por terrenos áridos con todas sus pertenencias amarradas a la espalda. Nunca pensé que vería algo así en los Estados Unidos. Pero eso era exactamente lo que ocurría: un éxodo gigantesco de hombres en camisas con iniciales bordadas y mujeres con zapatos de tacón alto caminando rápidamente West Broadway arriba. Había miles de nosotros y. de pronto, no se oía ninguna voz. Había sólo sirenas, helicópteros, el humo y el sonido ocasional del llanto.

Los que no gritaban o lloraban o corrían, se sentaban en las banquetas, enmudecidos, con las caras y sus trajes de negocios bañados de polvo. “Es una crisis. Deben ayudar. No hay nada más que hacer” le dijo a Associated Press la donadora de sangre Jessica McBlath, de 19 años. Doctores, enfermeras y policías bajaron del Noreste para ayudar. Una tienda de deportes se volvió un centro de refugiados, donde se pasaban camisetas para ayudar a respirar a las víctimas entre el polvo luego del colapso del World Trade Center. Se vio a un teniente de policía implorar a la gente que abandonara la segunda de las Torres Gemelas lo más rápido posible. Salvó a muchos pero, al parecer, él no se salvó. La frialdad proverbial de Nueva York y su “rampante individualismo” también se habían venido abajo, desencadenando el tipo de espíritu comunitario que da fama a los pueblos pequeños en todo Estados Unidos. Ahora en Nueva York los extraños platicaban unos con otros, intercambiando noticias y conmiseraciones. Todos comenzaban a saber de algún conocido que había muerto o que no aparecía.

Lecciones de fragilidad

Empezaron las labores de rescate, cada vez más peligrosas. El Lower Manhattan era un bosque de hierros afilados donde los voluntarios y los bomberos cavaban sin descanso. Los doctores en el hospital de St. Vincent cuentan del bombero que tuvo que cargar la cabeza decapitada de su capitán. Los perros rastreadores estaban abrumados; había demasiada carne que oler. Uno de ellos salió con un desgarrado osito de peluche en la boca. Los rescatistas encontraron los cuerpos de los pasajeros de los aviones amarrados en sus asientos, una sobrecargo con las manos atadas. Los doctores se lamentaban de que no había más sobrevivientes que atender. Todo era una morgue. Lo único que podían hacer era lavar el cascajo de los ojos de los rescatistas. Cada vez que la alarma sonaba, anunciando que otro edificio fracturado estaba a punto de desplomarse, los doctores tenían que mover la morgue. Hasta los rescatistas debían ser rescatados de las cuevas de los derrumbes, los escombros cambiantes, el aire fétido. Cuando las lluvias llegaron la noche del jueves, el peligro meramente se incrementó, mientras las cenizas se volvían caldos y los fuegos serpenteaban y escupían. El resto de la ciudad tenía una rara quietud, extrañando algo, como cuando a uno le quitan un diente y con la lengua sigue buscándoselo en el hoyo. Las torres del Worl Trade Center eran tan grandes que tenían su propio código postal; ¿ahora será retirado ese número, como se retira el de un héroe del béisbol ido de pronto? Entre los grupos de familias que vagaban de un hospital a otro —¿No vio a mi esposa, una mujer con seis meses de embarazo, en el piso 94?— , un hombre llevaba una postal de las Torres Gemelas, con un mensaje escrito: “Están perdidos. No encuentro a estos dos grandes hermanos de Nueva York”. “Aquellas eran mis montañas locales”, dijo otro neoyorquino.

El editor de una revista caminaba con un policía mientras a su alrededor caían miles de pedazos de papel que habían salido volando del World Trade Center. El editor comenzó a capturarlos con las manos y de vez en cuando se agachaba para recoger alguno. Había restos de e-mails y calendarios de escritorio y notas de Post-it. El editor trató de llenarse los bolsillos con estos papeles, pero no le cupieron todos. El policía lo vio y comenzó también a capturar papeles. Cuando llegaron al carro del editor habían acumulado tantos que tuvieron que ponerlos en la parte trasera. En su casa, el editor comenzó a leerlos. La mayoría de los papeles estaban chamuscados, pero obtuvo algunos indicios sobre un hombre llamado Andrew en la suite 101 que recibió un paquete de FedEx de Stanford el 6 de agosto y otro hombre, llamado Philip, que trabajaba en Kidder Peabody y envió un paquete, también el 6 de agosto, a General Electric por 8.83 dólares. Había parte de una novela con las iniciales “S. P.” escritas en la portadilla; la lectora había subrayado un pasaje que decía: “Había una cosa de la que ella estaba segura. Ella iba a volverse una editora”. Había un hombre llamado David que escribía largos e-mails con frases como “retención de segmento específico/recuperar” y “las entregas fueron reprioritarizadas”, y una mujer que había enviado un e-mail que sólo decía: “Nos vemos a las dos. Te ama S”. Después de leerlos, el editor los acomodó cuidadosamente en una pila y los guardó en el fondo de un armario. Luego subió las escaleras del edificio para sumarse a los otros inquilinos que se habían reunido en la azotea para ver el cielo vacío.

“Desde un punto privilegiado de Brooklyn Heights”, refiere el escritor Ian McEwan, “vimos cómo el Lower Manhattan desaparecía en el polvo. Nueva York, y por tanto todas las ciudades, parecían frágiles y vulnerables. La tecnología que nos traía estas escenas nos tenía conectados estrechamente, en una dependencia mutua y febril. Nuestro modo de vida, centralizado y dependiente de las máquinas, nos había hecho frágiles. Nuestra civilización, parecía de pronto, nuestro modo de vida, es fácil de echar abajo cuando hay recursos suficientes y crueles intenciones. Ningún sistema de defensa con misiles puede protegernos”. En efecto, observa el editorial del New York Times. “Si un vuelo lleno de conmutadores puede convertirse en un misil de guerra, ya todo es peligroso. Si cuatro aviones pueden ser tomados simultáneamente por secuestradores suicidas, ya nunca podremos estar muy seguros de que las malas intenciones puedan atajarse, sin importar qué tan ominosas o irracionales sean. Casi todos tuvimos la ocasión de preguntarnos alguna vez cómo hacían los civiles de países en guerra, sometidos a ataques, para formarse una idea de cómo era la vida antes de los ataques. Ahora lo sabemos”.

Concluye Ian McEwan.

Ayer por la tarde, durante un periodo inconmensurable, parecido al sueño, la apariencia era de una guerra total, y del imperio más poderoso del mundo en ruinas. Aquella sensación de rechazo que acompaña todas las catástrofes se desvanecía: seguramente esto no está ocurriendo. Un parpadeo y veré que no es cierto. Como millones, quizá como miles de millones alrededor del mundo, sabíamos que estábamos viviendo un tiempo que nunca podríamos olvidar. Sabíamos también, aunque era demasiado pronto para preguntarnos cómo o por qué que el mundo nunca sería el mismo. Sólo sabíamos que sería peor.

Y, concluyó el editorial del New York Times, “con un mundo de consuelo por hacer”.

El enemigo sin bandera

A la parálisis nacional, a un tiempo física y psicológica, en Estados Unidos siguió la reacción de mucha gente luchando por entender a un enemigo que no conocían. “No me espanta entrar en una guerra. Es la naturaleza de la guerra lo que me espanta. No vamos contra un país sino contra un grupo”, dijo un empleado. Un mecánico de autos opinó: “Por lo menos cuando peleábamos contra los japoneses y los alemanes, ellos daban la cara. Mostraban su bandera. Estos otros se esconden”. La reportera Nancy Gibbs escribe:

Las veladoras se volvieron armas de guerra. Nuestros enemigos habían vuelto contra nosotros a los objetos más familiares. Así, mientras el Presidente y sus generales planeaban una respuesta, para el resto de nosotros que no somos soldados y que no tenemos misiles, tuvimos veladoras, y las prendimos el viernes por la noche en un acto de luto, y en un acto de guerra. Esto es porque no peleamos con un enemigo sino con dos: uno invisible, y el otro adentro. El terror a tal escala busca acabar con el modo en que vivimos —hacer que nos encojamos cuando pasa una sirena, saltar cuando se cierra una puerta y pensar dos veces si de veras debemos tomar un avión. Si desfallecemos, ellos ganan, aunque no planten otra bomba. Así, después de la indefensión primera —¿Qué puedo hacer? Ya doné sangre— la gente empezó a darse cuenta de que lo que debían hacer era exactamente, con tanta precisión como fuera posible, lo que habrían hecho si nada de esto hubiera ocurrido”.

Una encuesta de Time y CNN llevada a cabo dos días después de los ataques mostró que el 34% de los estadunidenses cambiará algún aspecto de sus vidas en respuesta a las tragedias. Pero, mientras eso quiere decir que más del 60% no lo hará, algunos se preguntan qué tan honestos fueron algunos en sus respuestas. “La gente”, dice el Time, “ha dicho en tono alto que ningún terrorista hará que los estadunidenses alteren el modo en que viven. Y mientras tales bravuconadas nos han servido bien en el pasado, esta vez tal cosa sólo puede quitarnos el valor para admitir lo muy espantados que estamos. Hacerlo sería un paso vital para recuperarnos”.

Al pánico siguió la rabia; al luto, la ira. En algunas ciudades de Estados Unidos el patriotismo se volvió xenofobia. Mostrar la bandera estadunidense —algo que incluso los neoyorquinos suelen hacer menos, “Nueva York no es como todo Estados Unidos”— se volvió un signo importante de desafío. Las setenta banderas en la entrada principal del aeropuerto internacional de Miami que representan a las naciones a las que el aeropuerto les da servicio, fueron arriadas para dejar tan sólo la bandera estadunidense a media asta. En Queens, un Donkiri Donuts y una tienda de dulces se volvieron el blanco de un boicot por e-mails por no haber colgado banderas estadunidenses. En muchos estadunidenses cundieron rápido las demandas de una respuesta a puño cerrado de la administración Bush. Pero mientras más lo hablaban, la ira de muchos estadunidenses más se perdía en las sombras que rodeaban al enemigo.

—Lo primero en que pensé fue Pearl Harbor —dijo Hal Freeman un agente de seguridad en un edificio de Los Angeles—. Es un llamado a despertar para los Estados Unidos. Es algo que hemos necesitado por largo tiempo. Personalmente, yo los mataría a todos. Y que Dios escoja.

Al preguntársele a quiénes mataría, respondió: —Ahí está el problema. No sabemos quién lo hizo. No hay pruebas. ¿Qué vamos a hacer?

En un supermercado de Michigan, un viejo en mangas de camisa daba su opinión a todo el que lo oyera:

—Bush no hará nada por esto —decía—. Nosotros nos encargaremos. Un avión y una bomba atómica. Una bomba atómica. Con eso basta.

El cajero, inclinado sobre la caja registradora para darle a un niño el pegote de una carita feliz, se incorporó y se volvió hacia el hombre para preguntarle:

—Sí, pero ¿a quién le lanzamos la bomba?

“Es que me llamo Osama”

La xenofobia se dirigió sobre todo contra los musulmanes que viven en Estados Unidos. A mujeres musulmanas con mascadas en la cabeza se les advirtió que no salieran de sus casas. Las mezquitas y las escuelas musulmanas en los Angeles fueron cerradas.

Yasser Ahmed gerente de una tienda de dulces y golosinas en Broadway, dijo que como unas diez gentes habían entrado a la tienda para gritarle: “¡Ustedes lo hicieron!” y otras acusaciones. El mismo 11 de septiembre, en Dearborn. Michigan, donde uno de casi cada tres residentes es árabe-estadunidense, Osama Siblani. el dueño del Arab American News dijo que él y sus colegas habían recibido llamadas telefónicas hostiles, incluida una amenaza de muerte. Alguien que llamó, dijo: “¿Está Osama Siblani?”, refiere Siblani, sentándose en su escritorio con una gran botella azul de Mylanta que había llevado consigo porque sabía la iba a necesitar puesto que su padecimiento de úlcera volvería. ” ‘Soy yo’, dije y me dijeron del otro lado: Ruégale a Dios que no hayan sido los árabes’ ” porque de otro modo pagaría las consecuencias. Muchos taxistas árabes y (estos con turbante) hindúes y pakistaníes desplegaban en sus taxis la bandera de Estados Unidos. A un taxista egipcio se le preguntó por qué había quitado su tarjeta de identificación de la parte delantera del taxi. “Es que me llamo Osama”. confesó.

En todo Estados Unidos, musulmanes prominentes dijeron que habían recibido llamadas de hombres y mujeres preocupados en sus comunidades. Mohamad el-Behairy. un profesor universitario retirado en Buffalo. dice que recibió la llamada de alguien que le preguntó: “¿Nos van a mandar a campos de concentración como a los japoneses?”. El le respondió que no se preocupara, que algo como el confinamiento de japoneses-estadunidenses en la Segunda Guerra mundial era impensable. Y Behairy dijo que les recordó a todos los que llamaron que la destrucción “era una situación trágica que debía ser condenada por cualquiera que tuviera un ápice de decencia”.

Un editorial de The Wall Street Journal apuntó:

Nos dio gusto ver que algunos líderes árabes denunciaron los ataques de ayer. El egipcio Hosni Mubarak lo llamó “algo horrible e inimaginable”. Hasta Yasser Arafat envió sus condolencias. Pero estos líderes necesitan entender que sus sociedades de modo esmerado nutren e inculcan resentimientos y odios contra Estados Unidos y el mundo no-árabe. En su último número, la revista Commentary incluye un artículo con el título “Cómo se construye un bombardero suicida”, escrito por el periodista italiano Fiamma Nírenstein. Algunas cosas que incluye: Al Abram, el periódico líder patrocinado por el gobierno en Egipto, ha publicado una serie sobre cómo los judíos usan la sangre de los gentiles en la matzah (pan sin levadura). En Gaza y en el Orilla Oeste, los textos escolares elogian a un joven que se vuelve un shayid, un mártir por Palestina y el Islam. Una canción que es un hit en Palestina y Egipto se titula “Yo odio a Israel”. Estas actitudes populares y estas políticas de estado, y no algunos locos solitarios, son la amenaza de la que ayer vimos sus frutos. En Gaza, las multitudes celebraron.

Charles Krauthammer toca la misma tecla en el Time.

“¿Qué televisión de occidente divulgaría, como lo hace la televisión palestina, una canción con la letra “Qué agradable es el olor de los mártires cuya sangre enriqueció la tierra, la sangre que derrama un cuerpo fresco?”. El detalle más escalofriante de los bombardeos de los cuarteles de marines en Beirut, en 1983. es que en sus últimos segundos de vida el bombardero suicida estaba sonriendo. Bassamat al-farah. se le llama. La sonrisa de la alegría. A los bombarderos suicidas se les enseña que tienen garantizada una admisión inmediata en el paraíso, donde los espera el placer de 72 vírgenes de ojos negros.

Un escritor neoyorquino, que desde hace 19 años vive en Israel, estaba en Nueva York en una gira de autor. Sentado en un restaurant de Manhattan a las 9 de la mañana del 11 de septiembre, leía en la prensa todo lo relacionado con el bombardero suicida que en Nahariya había dejado tres muertos y unos 100 heridos. Su hija de 16 años había pasado el fin de semana con un amigo en la frontera con Líbano; en la estación de Nahariya había abordado el tren a Tel Aviv poco antes de lo ocurrido. Ahora, en Nueva York, poco después de las 9 de la mañana, el jefe de meseros se acercó discretamente, mesa por mesa, para decirles a los clientes que un avión acababa de estrellarse contra el World Trade Center. A diferencia de como la gente se habría comportado en Israel, el escritor vio que todos seguían platicando. Más aún. al salir a la Quinta Avenida, aunque veía ya escenas “israelíes” familiares, y aunque había miles de gentes impactadas por los ataques, había quienes aún hacían bromas y se reían. “Yo he estado en muchas escenas de ataques terroristas en Israel, pero tal desvergüenza era nueva para mí. Lo mismo que ver a un joven merolico vendiendo radios de transistores” mientras las Torres Gemelas humeaban. Ante los ataques contra las Torres Gemelas y poco después de ellos, el escritor confiesa: “Tuve este terrible, inevitable pensamiento israelí: quizá ahora entenderán. Quizá ahora dejarán de moralizarnos sobre por qué matar terroristas y dejarán de condonar el rechazo palestino. Quizá ahora entenderán por qué no podemos ‘compartir’ Jerusalem con Yasser Arafat, y de que aquí no sólo se trata de un conflicto entre el poderoso Israel y la indefensa Palestina sino entre el mundo árabe y el solitario estado, no musulmán, en la región. Quizá ya no nos sentiríamos solos hasta la desesperación”.

No sólo para este escritor: para muchos líderes judíos en Nueva York el sonido de las sirenas y el pánico que siguió recordaban en mucho los bombardeos suicidas que hacía poco habían paralizado a Israel. Desde las ventanas del edificio de las Comunidades Judías Unidas, el grupo que coordina a las ligas judías de caridad, podían verse las Torres Gemelas. Cuando el segundo avión dio contra la segunda torre, algunos directivos gritaron y rompieron en lágrimas, dijo Gail Hyman, vicepresidenta de asuntos públicos. Y añadió que mientras evacuaban su propio edificio, comentó uno de los isaraelíes en los grupos de seguridad: “Es algo horrible de decir, pero esto profundizará el entendimiento de lo que viven los israelíes un día sí y un día no”.

Pero otros líderes judíos, como Abraham Foxman de la Liga Anti-Difamación, no se sentían muy a gusto con la idea de que el terrorismo llegado a los Estados Unidos haría que los estadunidenses sintieran más compasión por los israelíes. “Por un lado nos acerca, pero es un precio muy alto para darse cuenta de lo que tenemos en común como pueblos. La gente entenderá, pero ¿a qué precio? No vale la pena”. Incluso recordó el momento adverso de la crisis del petróleo en los años setentas: “Un evento como este causa entre los judíos-estadunidenses la angustia de que el resto del país concluirá que la alianza de Estados Unidos con Israel implica un precio demasiado alto”.

El 13 de septiembre el articulista David Hill llamó la atención en Internet sobre una curiosa columna de Ann Coulter en el web-site de The Jewish World Review. Ann Coulter es una comentarista de extrema derecha mejor conocida por sus ataques anti-Bill y Hillary. La columna se titulaba “Esto es la guerra” y terminaba así: “Debemos invadir sus países (se refiere a los terroristas), matar a sus líderes y convertirlos al cristianismo. No tuvimos remilgos en sólo localizar y castigar a Hitler y a sus oficiales más importantes. También bombardeamos las ciudades alemanas: matamos civiles. Así es la guerra. Y esta es una guerra”. David Hill comenta: “Hoy en la noche (13 de septiembre), fui a buscar la columna y ya no estaba. La habían reemplazado con la columna de la semana ‘pasada’. ¿Es de suponerse que la Jewish World Review recibió algunas quejas por aquello de ‘convertirlos al cristianismo’, y entonces sacaron toda la columna?”.

Los frutos de la ira

Varios frutos de la ira fueron registrados por los articulistas Alexander Cockburn y Jefrey St. Clair en la publicación Counterpunch. Comentan:

El deseo de venganza es febril, atizado por políticos de izquierda y derecha, los talk-shows y las páginas editoriales de los periódicos. Los ataques de revancha contra civiles en Afganistán, Irak y otros países del Medio Oriente se ponen en primer término no como una trágica consecuencia de la guerra, sino como una especie de justicia perversa. Los líderes del Congreso llaman a una declaración de guerra, sin siquiera identificar al destinatario. Los estrategas militares de laptop en las páginas editoriales del país intentan aniquilarse entre sí en términos de quién tiene más megatones a la hora de planear contraataques, y más de uno sugiere que la única respuesta apropiada es un ataque nuclear. Todo esto en un día de luto y reflexión.

Citamos, a continuación, algunos de estos frutos de la ira.

· Este país ya está en guerra. Y en un entorno así. la disidencia política interna es inmoral sin una declaración previa de solidaridad nacional, sin una toma de partido.
Peter Beinart, editor en jefe de The New Republic.

· OLVIDEN LA JUSTICIA: ¡QUEREMOS REVANCHA!Nada de haraganeos… La justicia no debe ser prioritaria a la venganza… debíamos convertir su país (el del enemigo) en un desierto brillante.
New York Post
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· Hay que bombardearlos y al carajo. Si hay daños colaterales, que los haya. Ellos consideraron que nuestros civiles eran sacrificables.
Senador Zell Miller, Georgia.

· Debíamos darles a los talibanes. que protegen a este monstruo (Osama Bin haden), no más de 24 horas para que salgan de Kabul los civiles inocentes y empezar entonces el proceso de renovación urbana con bombardeos desde grandes alturas. Luego deberíamos internarnos ahí. cazara la rata del desierto y ejecutarlos a él y a sus seguidores en el acto. Y si Saddam Hussein anda por ahí de mirón, pues a él también.
Steve Duleavy, NY Post.

· Junto con los funerales, los lamentos y el sacudimiento de la inteligencia llega un reconocimiento triste de que Estados Unidos está en guerra y que esta vez nuestra tierra es uno de los campos de batalla. El próximo ataque probablemente no será un jet secuestrado, para lo cual tardamos mucho en prepararnos. Lo más probable es que sea un misil nuclear comprado por los terroristas o un barril de gérmenes mortíferos descargado en el depósito de agua de una ciudad. Lo cual nos pone ante la pregunta más pertinente: ¿Qué vamos a hacer para proteger nuestros cielos, para desarrollar una inmunidad innata y vacunas multivalentes. y para llevarle la guerra al enemigo? Ahora nos toca a nosotros.
Editorial del Philadelphia Daily News

· La gente que planeó los bombardeos del martes combinó una maldad world-class con una genialidad world-class para crear un efecto devastador. Y a menos de que estemos preparados para poner a nuestras mejores mentes a combatirlos en un Proyecto Manhattan Tercera Guerra Mundial de una manera igual de desafiante, de inconvencional e irremisible, estamos en problemas. Porque al tiempo en que esta puede haber sido la primera gran batalla de la Tercera Guerra Mundial, puede ser la última que utilice sólo armas convencionales, no-nucleares.
Thomas Friedman, New York Times.

· Pronto será obvio que unas cuantas organizaciones terroristas son capaces de llevara cabo un ataque masivo y coordinado. Debemos poner los recursos necesarios en un esfuerzo global para perseguirlos y capturarlos o matarlos. Será visible que esas organizaciones no pudieron operar sin la ayuda de algunos gobiernos, gobiernos con un largo record de hostilidad hacia los Estados Unidos y un record igual de largo de ayuda al terrorismo. De inmediato deberíamos empezar a construir nuestras fuerzas militares convencionales, prepararnos para lo que de modo rápido e inevitable escalará hasta volverse confrontación, muy posiblemente guerra, contra uno o más de esos poderes. El Congreso, de hecho, de modo inmediato debía declarar la guerra. No tiene que decir contra qué país. Puede declarar la guerra contra aquellos que llevaron a cabo el ataque de ayer y contra cualquier nación que pudiera haberlos ayudado. Una declaración de guerra no sería mero simbolismo. Sería un signo de voluntad v determinación para encargarse de que este conflicto llegue a una conclusión satisfactoria sin importar cuánto tiempo se lleve o qué tan difícil sea el reto.
R
obert Kagan, Washington Post.

Por último y por su parte, los fundamentalistas cristianos Jerry Falwell y Pat Robertson dijeron que tenían gran culpa en lo ocurrido las asociaciones estadunidenses por las libertades civiles, los paganos, los partidarios y las partidarias del aborto, los gays y las lesbianas. Era así porque habían enfurecido a Dios: no sólo porque entre ellos han matado a 40 millones de bebés no natos sino porque habían predicado allende los mares y durante años, su odio contra Estados Unidos, de modo que por gran culpa de ellos había veneno en los oídos y las mentes de todo el mundo árabe.

El fin de la “inocencia americana”

Entre el luto y la ira, la pregunta central que se hacen los estadunidenses es, según el articulista John Carlin, “¿Por qué a nosotros? ¿Quién nos podría odiar tanto?”. Varios otros articulistas junto con Carlin se preguntan si, después de Pearl Harbor, Vietnam, la muerte de Kennedy, este es de veras el largamente anunciado, siempre pospuesto, fin de la inocencia americana. Carlin parece resumir este fin: “Todo ha cambiado para siempre. La visión que han tenido los americanos de ellos mismos, y de su relación con el resto del planeta —y hasta posiblemente con dios— ha sido permanentemente modificada”.

Si el “fin de la inocencia” es lento, el futuro es vertiginoso. Es decir: ocurre antes de lo previsto. Durante los días posteriores al ataque terrorista contra las Torres Gemelas, se repitió que, si ni la CIA ni el FBI ni el Pentágono pudieron evitarlo, menos hubo quien lo previera —ni siquiera Nostradamus, al demostrarse que sus profecías al respecto en Internet estaban amañadas por bromistas—. Sin embargo, el Senior Associate del Carnegie Endowment for International Peace. radicado en la ciudad de Washington, lo vio con claridad hace unos meses. Anatol Lieven, de modo juguetón, puso los acontecimientos muchos años después, pero el sentido de su juguete futurista era bordar la sensación de la inminencia, y describir un presente a la vuelta de la esquina. Escribió Lieven:

Las condiciones impuestas por Israel sobre el nuevo estado palestino eran tan severas como para hacerlo inviable. Los levantamientos por todas partes llevaron al colapso de ese estado en el 2019. con una nueva ocupación militar israelí y una nueva oleada de asentamientos judíos. Esto a su vez condujo a nuevos ataques terroristas en los Estados Unidos. No fue sino hasta treinta años después que un grupo terrorista musulmán tuvo éxito en llevar a cabo un ataque de veras catastrófico en los Estados Unidos; pero incluso la limitada atrocidad sarina ocurrida en Nueva York en el 2027, y al parecer planeada desde Afganistán, fue suficiente para traer una intervención militar de Estados Unidos en ese país.

En todo caso, más allá de la exactitud profética. lo que vio Lieven es lo que vería después, con perplejidad, el editorial del New York Times del 12 de septiembre: que Estados Unidos estaba a punto de vivir, de hecho ya vivía, en “el otro lado de la grieta de la historia”.

Pero el pasado es también vertiginoso y vuelve a ocurrir, por lo mismo, antes de lo previsto. El mayor profeta para nuestros días y años inmediatos parece ser un historiador inglés del siglo XVIII. Edward Gibbon. Desde el pasado. Gibbon no cesa venir hacia nosotros para predecirnos lo que vendrá, lo que viene siempre en momentos como este, de imperio y terror: “El triunfo de la religión y de la barbarie”. Luego del luto y la ira estadunidenses, se esperan las peores cosas. Y no es la menos peor entre ellas el cumpl miento de la frase de otro hombre de razón, también di siglo XVIII, o tan longevo que abarcó otro siglo, al nacer e 1657 y morir en 1757. Vivió cien años. “Odio la guerra”, dij el escritor y científico francés Fontenelle: “Echa a perder la conversación”.

 

Fuentes:

T. S. Eliot: Selected Poems. Faber and Faber, Londres, 1973. Roberto Silvesti: “New York sotto l’attacco di Hollywood”, Il Manifesto, septiembre 12, 2001.

Jeffrey St. Clair: "Don’t Rebuild the Twin Towers" Counterpunch. septiembre 16, 2001.

“An Unfathomable Attack”, editorial, The New York Times, septiembre 12, 2001.

Caryn James: “Live Images Make Viewers Witnesses to Horror”, The New York Times, septiembre 12, 2001.

Ian McEwan: “Beyond Belief’, The Guardian, septiembre 12, 2001.

Peter Slevin y Barton Gellman: “Death Grips the Heart c Lower Manhattan”. Herald Tribune, septiembre 12, 2001.

Michael Specter: “The Twisted Sky”, The New Yorker, septiembre 12, 2001.

Civility Amid Chaos”, editorial, The Wall Street Journal, septiembre 12, 2001.

Waiting and Praying”, The Economist, septiembre 20, 2001.

Nancy Gibbs: “Mourning in America”, Time, septiembre 16, 2001

David Grann: “Scrapped”. The New Republic, septiembre 13, 2001

Blaine Harden: “Physical and Psychological Paralisis of the Nation”, The New York Times, septiembre 12, 2001.

Jeffrey Kluger: “Attack on the Spirit”, Time, septiembre 16, 2001.

Andrea Colombo: “La rabbia e il pánico”, Il Manifesto, septiembre 14, 2001.

Laurie Goodstein: “In U. S., Echoes of Rift of Muslims anc Jews”, The New York Times, septiembre 12, 2001.

“A Terrorist Pearl Harbor”, The Wall Street Journal, septiembre 12, 2001.

Charles Krauthammer: “The Greater the Evil, the More It Disarms”, Time, septiembre 16, 2001.

Yossi Klein Halevi: “Homecoming”, The New Republic, septiembre 12, 2001.

Alexander Cockburn y Jeffrey St. Clair: “Aftershocks” Counterpunch, septiembre 14, 2001.

John Carlin: “El americano herido”. El País, septiembre 12, 2001.

Tonijudt: “Burst”, The New Republic, septiembre 12, 2001.

Joanna Weiss: “Beyond Belief Tragedv Gives Nostradamus’; Words New Weight —Whether He Wrote Them or Not…” The Boston Globe, septiembre 18, 2001.

Anatol Lieven: “La segunda caída. Una historia de los próxi mos dos siglos”, Nexos 280, abril de 2001.

Edward Gibbon: The Decline and Fall of the Roman Empire Penguin Press, 1981.

W. H. Auden: A Certain World. A CommonplaceBook. The Viking Press, New York, 1974. n

Los capítulos “El luto y la ira”, “La cuenta del imperio”, “Terror y civilización”, “Fantasía y fuga de la seguridad”, “Posdata: Es la guerra” son el resultado de la investigación y el trabajo de consulta de Luis Miguel Aguilar. Héctor Aguilar Camín, Rafael Pérez Gay, Andrés Hofmann, Roberto Pliego.