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Cuando no se tiene con qué entender lo que pasa, la metáfora sufre. Así ocurre hoy ante el terror, que nos lleva a declarar con precipitación iniciadas las hostilidades del siglo XXI en una guerra sin enemigo al frente, o a desenterrar las más vetustas e ineficaces teorías de las clases y sus luchas para no hacernos cargo plenamente de la solidaridad a que obligan el horror y el dolor entre los que se debate el pueblo norteamericano (que tiene nombres y apellidos, como lo dice Raúl Trejo al transmitirnos un estrujante relato del escritor del New York Times, Anthony Lewis). En medio, arrinconadas, quedan la razón como posibilidad liberadora y la paz como construcción humana, carentes ambas hoy de soportes suficientes para convocar a lo mejor del espíritu que nos dejó la “era de los extremos” para ponerse a trabajar por un mundo realmente distinto al que nos legó el siglo de los horrores y las maravillas.

Después del acto criminal ignominioso, el perfil del milenio aparece cargado de dureza y renuencia a la reflexión. Es la hora de los hombres probos, que no entienden de otra cosa que del orden y la disciplina, la obediencia y el régimen que todos han de aceptar sin chistar porque eso es lo que conviene.

Atrás quedaron las fantasías del Mundo Feliz de los globalizadores que soñaron un futuro único para la especie, y por delante se tiene al Brave New World de un orden mundial sustentado en la firmeza y el rigor de los intérpretes de la libertad restringida. Se presenta a esta última como obligadamente sometida a los criterios de la razón instrumental que cuadricula los pasos de la inteligencia destinada a la vigilancia y el control de personas, comunidades, naciones enteras, en aras de la seguridad nacional e internacional tal y como ésta se interpreta por los magos del cálculo de las probabilidades, que suelen fallar pero que no se arredran. De la razón histórica para qué acordarse.

La dureza del orden que viene puede ser, sin embargo, la perspectiva menos mala. La otra, que cultivan los guerreros y machos de siempre y de todos lados, nos remite a la destrucción salvaje aunque aséptica por ignorada, a la reproducción masiva del odio y el rencor, la desazón y el abandono, donde se nutren las fantasías demenciales de los terroristas y se refuerzan los racismos y las tentaciones totalitarias.

Sólo una opinión ilustrada y firme, como la que puede desarrollarse en Europa y podría germinar aquí, en este vapuleado extremo occidente, será capaz de salir al paso de la avidez de guerra y venganza, pero también de afirmación imperial y de expansión de los negocios, que se apodera con los días de la política del poder americana. Antes, sin embargo, tendremos que vivir con escenarios extremos, listos para volverse realidad y envolver al mundo en nuevas y terribles jornadas de autodestrucción y negro narcisismo.

Asumir la dureza con que iniciará la construcción del nuevo orden es obligado si se quiere conservar la lucidez y volverla fuerza productiva de la política nacional e internacional. Pero confundir esta necesidad de asumir tal perspectiva con la sumisión al interés inmediato que pueda privar en Estados Unidos o servir designios de facción o partido, es el primer paso para abrir dentro del país un momento de discordia que puede llevarnos muy lejos y muy pronto por el camino de la desintegración mental y espiritual de una democracia que apenas avizora sus primeras pruebas de fuego y de Dios.

Poner en el centro el evangelio de los derechos del hombre y el ciudadano, volver el credo de los derechos civiles una ética laica y pública que nos dé a todos puntos mínimos de apoyo para navegar a través de la tormenta desatada por el terror criminal, parecería ser la agenda elemental de la que se quiere ver como una nueva era mexicana. Si a ese esfuerzo reflexivo y de compromiso con una ciudadanía que no nos caerá del cielo y que hay que inventar y construir piedra a piedra, podemos unir también un mínimo de solidaridad, que le permita a México ir dejando atrás el abismo actual de miseria y desesperanza en que se debate la mitad de su población, entonces habremos adquirido la autoridad moral requerida para reclamar lugar y voz en la construcción de ese nuevo orden que surgirá de las cenizas y el temor profundo, y que por eso no tiene más derrotero inicial que la angostura de sus primeros senderos. Ampliarlos tendrá que ser tarea terrenal, de destreza y responsabilidad, que ahora tiene que ir más allá de la política para ser responsabilidad con los prójimos que la globalización ha vuelto vecinos de todos, hasta para matar y ser matados. n