Fray García Guerra era religioso dominico y aficionado a la música y por tanto visitaba el convento de Jesús María, para escuchar a sor Mariana de la Encarnación y a sor Inés de la Cruz, diestras en la música: tañían el órgano con dulce perfección; y sabían tocar el laúd y el rabel. Además, cantaban con voces frescas y límpidas. “Estas monjas bajan el cielo con la garganta”, decía fray García Guerra.
Ya que era arzobispo, estas dos monjas le manifestaron varias veces su deseo de fundar un convento bajo la regla de la reforma carmelitana dictada por Santa Teresa. Él contestaba siempre: “¡Ay, madrecitas mías! Si Dios Nuestro Señor fuese servido de hacerme virrey les daría amplio gusto, fundándoles el convento que con tanta razón apetecen vuestras reverencias. ¡Y qué gran lujo pondría en él!”. Ellas: “¿Hasta entonces, Ilustrísimo señor?”. Él: “Hasta entonces, cuando yo sea virrey”. Sor Inés de la Cruz le rogaba a Dios que así fuera.
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