Se me pierden las frases. Las voy diciendo al aire, una tras otra sin llegar al final. Yo sé que en mi cabeza terminan, pero eso no tiene por qué saberlo la inquebrantable mujer, sentada al volante junto a mí, escrutando al mundo con su mirada rápida y aguda, oyéndome sin la condescendencia de otros y con la lúcida sensatez de su cabeza.
—Por favor, Angelita, termina las frases, has empezado cinco y están ahí volando. No sé a dónde vas.
—Tienes razón. Por el Viaducto, aunque, mira, “Se vende”, no traje zapatos buenos para lo que, este tráfico, deberían, otro perro sin dueño, dejan que, pusieron una tienda y me, ¿tazas? No. Los azulejos ya no exiten, ¿tenemos las de talavera?, ¿los van a encontrar?, yo qué me meto, está la delegación cerca, hay que ponerse la vacuna contra el herpes, pero dicen…
—Angelita, por favor. No te entiendo nada.
—En esta posición me duele —digo.
—¿Estás segura de que quieres venir?
—Claro que quiero ir. ¿Tú quieres que vaya?
—No me preguntes eso, estamos yendo. Por mí, feliz.
—Otra que se vende.
—¿Quién se vende?
—Otra casa. Está el letrero. “Se vende”. Pero queda muy lejos.
—Media ciudad se vende, Angelita, pero nadie tiene con qué comprar. ¿Qué más da que se vendan?
—A mí me gusta ver los letreros. Ya sabes, imaginar qué hay detrás.
—A mí también, pero en internet. No cuando voy manejando. Tenemos que pasar a la gasolinera.
—Claro —digo. Y callo el ruido, por fin, un minuto mientras ella discierne y pide el tipo de gasolina. Saca el dinero de su cartera, le paga a la muchacha que le ha llenado el tanque, le da una propina que la sorprende y nos vamos con un “Dios le dé más”. Es una muchacha joven, con el pelo pintado de rojo, que habla de Dios. Dichosa ella.
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