Todo sugiere que el gobierno, y en estos días que corren quien dice gobierno dice presidente de la República, ha perdido de vista que las reglas del juego de poder internacional no son las mismas que las que rigen la política interna. Esto es: lo que un presidente puede hacer en el país que gobierna, las más de las veces, es inaceptable en el plano internacional en el que no se le reconoce, por ejemplo, la autoridad para modificar a voluntad los códigos de conducta establecidos, tal y como puede hacerlo internamente.
Ésa sería la explicación de por qué una y otra vez nos hemos equivocado. Tanto así que sólo quedan cenizas del prestigio internacional que México construyó durante décadas y que hemos tirado por la ventana en menos de seis años. Titubeos, decisiones cuestionables, alianzas efímeras y descortesías durables han erosionado la reputación de México como un aliado confiable sin, por lo tanto, ganarle nuevos amigos.
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