Hace como diez años desaparecieron al hermano de “N”. Ella me contó la historia y, al final de nuestra larga entrevista, le pregunté si quería agregar alguna otra cosa. Y sí. Me pidió que no las dejáramos solas.
En los años ochenta, el sociólogo Norbert Elias escribió sobre la soledad de los moribundos. Es un proceso de separación de su mundo social, que los va aislando y dejando solos mientras sus seres queridos se quedan, se abrazan y se consuelan. La desaparición, en cambio, condena no al moribundo sino a los sobrevivientes a una soledad extrema, terrible, envuelta en miedos, y en el estigma creado por el miedo de los demás. Los familiares de los desaparecidos son como fueron antes los leprosos. Unos parias. Y “N” tiene razón: no hay que dejarlos solos.
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