A finales de diciembre de 1822, poco después de la Independencia, José Manuel Zozaya Bermúdez —el primer diplomático mexicano en Estados Unidos— envió al gobierno de Agustín de Iturbide una misiva profética:
La soberbia de estos republicanos [estadunidenses] no les permite vernos como iguales, sino como inferiores; su envanecimiento se extiende en mi juicio a creer que su capital lo será de todas las Américas; aman entrañablemente a nuestro dinero, no a nosotros, ni son capaces de entrar en convenio de alianza o comercio sino por su propia conveniencia. Con el tiempo han de ser nuestros enemigos jurados y con tal previsión los debemos tratar desde hoy.
En los doscientos años que han transcurrido desde entonces, el pesimismo de Zozaya se ha convertido en un lugar común: la idea recibida de que Estados Unidos desprecia a México. De este cliché solemos derivar otro: la noción de que, al ser más poderoso, el vecino del norte puede dictar los términos de una relación regida no por el amor, sino por la conveniencia de los fuertes.
Lo curioso es que en 1822 la diferencia de poder entre ambos países aún no era tan importante como llegó a ser. El territorio del primer México independiente era entonces más extenso que el de Estados Unidos; su población, mayor; su riqueza, comparable. En un universo paralelo nuestro país bien pudo haberse erigido como la potencia de América del Norte. Para nuestra fortuna o desgracia, la historia tomó otro camino. Esto, sin embargo, no significa que el lugar común que nació con la misiva de Zozaya sea una representación justa de la realidad.
Como demuestran los cinco ensayos que aquí presentamos a propósito del bicentenario de la diplomacia entre México y Estados Unidos, la historia de encuentros y desencuentros que compartimos con nuestros vecinos es complicada. Estados Unidos ha sido el socio dominante, pero no lo ha sido siempre; muchas veces México ha salido perdiendo, pero también se ha beneficiado enormemente de su vecindad norteña.
Quizá la única constante en la historia binacional sea la importancia vital que los dos países han tenido el uno para el otro a lo largo de dos siglos. Más que una dialéctica del amo y el esclavo o una lucha entre David y Goliat, la relación entre México y Estados Unidos es cada vez más la historia de una simbiosis.
Esta suma de ambivalencias y contradicciones queda reflejada en la diversidad de los textos que integran este dossier. Mientras que Jorge G. Castañeda refuta, entre otras cosas, la idea de que Carlos Salinas de Gortari fue el principal artífice del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Christy Thornton argumenta que durante buena parte del siglo XX los términos de la relación económica entre los dos países fueron dictados por funcionarios mexicanos. Mientras que Steven Hahn se esfuerza por combatir el peligroso desinterés de los estadu-nidenses en la historia que comparten con los mexicanos, José Antonio Aguilar Rivera se empeña en desmantelar el fatalismo ideológico con el que los mexicanos solemos contemplar nuestra relación con los estadunidenses.
El resultado es una pequeña antología de ensayos que, además de ofrecer un amplio panorama del pensamiento contemporáneo sobre los encuentros y desencuentros de dos países condenados a lidiar el uno con el otro, nos recuerda que la historia de las relaciones internacionales, si busca enriquecer nuestra visión del pasado, no puede ni debe aspirar al consenso. Al contrario: la historia, para ser crítica, debe celebrar y admitir la contradicción.