Afirmar que en los dos siglos de relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos ha habido continuidad y cambio equivale a una verdad de Perogrullo, esto es: a no decir nada. Existe, obviamente, la continuidad de la geografía, de la asimetría, de las diferencias de origen como naciones, de la pertenencia permanente a lo que se ha convenido en llamar el mundo occidental. Algunos incluirían la agresión y la voluntad de dominación como continuidad de un país, y la resistencia constante como continuidad del otro. Salta a la vista también el cambio: entre las guerras, las invasiones y las conquistas, por un lado, y la convergencia y la amistad cercana, obligada o no, durante largos periodos de nuestra historia común, por el otro.
Reflexionar sobre estos doscientos años en un breve ensayo significa entonces escoger algunos temas y momentos y excluir otros. Implica la decisión de examinar los intereses de cada vecino, en lugar de recordar y enfatizar los acontecimientos más conocidos. Y obliga a realizar cortes en el tiempo, ya que no todo es lo mismo a lo largo de dos siglos: México y Estados Unidos son unos a partir de la Revolución mexicana y de la ascendencia de Estados Unidos al rango de gran potencia al concluir la Primera Guerra Mundial; eran otros antes de esos parteaguas.
Aquí se ha optado por describir la manera en que los intereses de ambas naciones se reflejaron en sus relaciones durante los siglos XX y XXI, dejando a un lado la época anterior y las otras ópticas que podrían adoptarse. El interés primordial mexicano a partir de 1920 y hasta la fecha, en la relación con Estados Unidos, ha consistido en defenderse ante la realidad avasalladora de la vecindad y del ADN del vecino, a la vez que se buscaba aprovechar al máximo las ventajas innegables de la cercanía geográfica y de la riqueza del mismo vecino. Los gobiernos del viejo sistema político, así como los de la alternancia, siempre se desempeñaron entre esos márgenes. En algunas etapas se privilegió la defensa con una postura pasivo-agresiva; en otras, el énfasis recayó en el acercamiento activo con propósitos de beneficio nacional, tal y como los gobernantes lo entendían. Tratándose de gobiernos autoritarios durante 80 de los 102 años en cuestión no sabemos bien a bien qué pensaban los mexicanos al respecto. La opinión pública, los medios, la oposición o el Congreso importaban poco. Pero las realidades económicas, políticas, migratorias y geopolíticas forzaban las cosas: era indispensable mantenerse entre los dos polos señalados. Si un gobierno se excedía en la defensa frente a la abrumadora asimetría, ponía en peligro la economía, la estabilidad política y la soberanía; pronto venía una rectificación. Si otro gobierno se extralimitaba en el empeño por buscar la prosperidad mexicana —y la perpetuación en el poder— a través de un mayor alineamiento con Estados Unidos, arriesgaba elementos significativos de independencia, de autonomía y de sentimiento nacional, sin que se supiera exactamente qué era eso ni cómo se medía. Una corrección surgía casi de manera espontánea.
El principal interés estadunidense en México, a partir de Woodrow Wilson y sobre todo de los Acuerdos de Bucareli, fue la estabilidad. A su manera, Washington padeció también los efectos de los diez años de revolución en México, desde los daños a propiedades de estadunidenses hasta la incursión de Villa en Columbus, incluida la amenaza hipotética de una alianza mexicana con Alemania. Pero resueltos los temas de reclamaciones estadunidenses y el fin de los vacíos de gobernabilidad en México, el vecino del norte centraría toda su atención en la estabilidad política, económica y social mexicana, incluso a costa de otros intereses no despreciables. Con una excepción que México nunca cuestionó: la prohibición radical de una verdadera alianza mexicana con un enemigo internacional de Estados Unidos. Esta postura, o principio rector, rige hasta hoy. Lo cual no significa que, en determinados momentos, Washington no haya esquivado la norma, provocando consecuencias significativas para ambos países. Pero al igual que con México, pronto aparecía una rectificación y volvía por sus fueros el factor dominante de la estabilidad.
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