La población blanca vive más y mejor que la negra. Las personas blancas viven más y mejor que las poblaciones indígenas. La biología no es la responsable de esas disimetrías: los seres humanos tienen el mismo número de cromosomas y de genes. Las ideas previas disculpan a la madre biología: la discriminación, a menos que Immanuel Kant reviva y me corrija, no proviene del ácido desoxirribonucleico. Discriminación y racismo son inherentes a la condición humana. El racismo carece de límites.

Genocidios y crímenes de lesa humanidad atraen la atención mientras son noticia. Cuando uno u otro finalizan, surgen nuevas masacres. Nunca, creo, la humanidad ha vivido sin genocidios. Los “pequeños” no perduran en los medios de comunicación. Los mayores apenan por un tiempo. Las muertes a destiempo, los refugiados, la orfandad temprana, las mutilaciones, los desplazamientos forzados son, entre otras, consecuencias funestas de la discriminación. Las mermas o la pérdida de la salud debidas a la segregación son también realidades ominosas.
Leo, en una revista médica, un artículo publicado en este septiembre: “[…] en Brasil […] en niños menores de 5 años, indígenas, negros, cafés o en razas mezcladas, la mortalidad fue mucho mayor que en hijos de mujeres blancas […] los decesos por causas prevenibles como desnutrición, diarrea, influenza o neumonía fueron frecuentes en las poblaciones antes señaladas”.
Las inequidades sociales se reproducen sin cesar. Las propuestas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 3.2 de las Naciones Unidas que buscan eliminar las muertes prevenibles en niños menores de 5 años en el 2030 no se cumplirán: lo demuestra el estudio mencionado y lo ratifican los decesos prematuros en las comunidades pobres en México y en muchas naciones latinoamericanas y africanas. Las disparidades sociales y raciales fomentan las muertes evitables tanto en niños como en sus progenitoras.
Las intersecciones entre salud, racismo y derechos humanos son múltiples. Jonathan M. Mann, quien murió prematuramente en un accidente aéreo, fue pionero en el estudio del tamiz previo. Tres ecuaciones explican la postura de Mann. Primera: si los Estados proveen salud a sus ciudadanos, es infrecuente la violación de los derechos humanos. La salud, agrego, confiere voz, presencia y la oportunidad de aceptar o no determinadas conductas gubernamentales. Segunda: la salud se deteriora cuando se violan derechos humanos. Violarlos, agrego, repercute negativamente tanto en la esfera mental como psíquica del individuo; situaciones negativas que restan voz y presencia. Tercera: en una sociedad sana las interconexiones entre salud y derechos humanos son múltiples; actúan en forma sinérgica. Pocos son los Estados, agrego, donde ambas variables funcionan: una alimenta a la otra y viceversa. En ninguna nación en América, ni siquiera en Canadá, salud y derechos humanos caminan de la mano.
El racismo, salvo en los países escandinavos, ocasiona, en todo el orbe, enfermedades y muertes. En México, las diversas encuestas sobre discriminación han reportado cuatro variables asociadas a la segregación: pobreza, piel morena, ser indígena y pertenecer al sexo femenino. México como Brasil, Brasil como Latinoamérica, sin soslayar África, Asia…
¿Falla el conocimiento? La humanidad ha acumulado conocimiento. Conocimiento no es sabiduría. Lo que se requiere es buscar cómo impactar a los niños y jóvenes blancos, ricos o clasemedieros acerca de las consecuencias del racismo. Fomentar sabiduría en los pequeños es necesario.
¿Falla la educación? Sí, por supuesto, falla y reprueba. Los planes de estudio en naciones donde la discriminación es constante deberían modificarse. Hoy, en un mundo desbocado, entender el significado del racismo y de los derechos humanos es tan importante como las matemáticas o la literatura.
Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.