Si uno desea situar con precisión el principal resorte tiránico que amenaza a la incipiente democracia mexicana, encontrará varios candidatos: la centralización política, la anulación de los contrapesos al Poder Ejecutivo y el uso faccioso del aparato estatal para intimidar a críticos y opositores. Sin embargo, es posible que el espíritu de la tiranía resida en la prisión preventiva oficiosa (PPO) que el presidente y sus adláteres han impulsado con vigor en los últimos meses. En la utilización de la cárcel como un instrumento del poder el gobierno mexicano se reencuentra con una venerable tradición política: la del despotismo. La PPO habría sido identificada sin problema por Montesquieu en el siglo XVIII como un instrumento despótico.
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