Colentina forever

Con motivo del Premio FIL en Literatura y Lenguas Romances 2022, nexos ofrece un relato inédito del narrador rumano premiado.

Desde hace unos quince años vivo en Colentina, en la calle Nada Florilor. Es una calle en forma de L que atraviesa una especie de gueto obrero: bloques idénticos, pintados de verde oscuro, gris y ocre, colocados a una distancia de un palmo, lo justo para dejar hueco, entre ellos, a unas estrechas zonas de aparcamiento. Una tropilla de gatos de todos los colores se cuela entre los coches, las barras de sacudir alfombras y las basuras volcadas, se llevan a la boca alguna pata pálida de pollo o juegan con sadismo con una rata todavía viva. Las perras de tetas rosas e hinchadas como tumores protegen valientemente a sus cachorros de hocicos negros escondidos bajo alguna placa de hormigón. Los edificios más imponentes de mi calle son la central térmica y el ambulatorio. El tejado del último está siendo reparado estos días: desde la mañana a la tarde, unos trabajadores suben a la azotea, con una polea, unas ruedas de caucho a las que prenden fuego bajo las calderas de alquitrán. El humo, espectacularmente negro, se extiende por todo el barrio con el viento primaveral. En cuanto a la central térmica, se trata de una fortificación de hormigón casi en ruinas en cuyos muros han garabateado palabras sin sentido, acompañadas de la señal de copyright. También han dibujado sexos enormes, pero de una anatomía ilusoria. Junto a la central (por cuya puerta abierta se distinguen a veces misteriosos cilindros pintados de azul) hay un solar tan lleno de chuchos que jamás paso por ahí cuando llevo a mi niña a la guardería. Un enorme montón de basura en medio de ese solar ha provocado siempre mi curiosidad: ¿qué es, de hecho, la basura? Nosotros no distinguimos, como los estadunidenses, entre waste, trash, garbage, etcétera. Sin embargo, la consistencia de eso que llamamos basura difiere mucho de un montón a otro. Los trapos apestosos no abundan ya en las nuevas basuras. Los encuentras sobre todo enganchados a las ramas de los árboles, cada vez más descoloridos, hasta que se pudren por completo. Ahora, los envoltorios de los productos electrónicos made in China constituyen una buena parte de la materia de las basuras. Lo que huele es, naturalmente, otra cosa: el mismo lodo doméstico en el que se incrustan hojas de cuaderno con deberes, las mismas pieles de patata y lavazas cenicientas.

En la planta baja de mi bloque hay una butic de chapa y cristal donde un hombre afable pasa el rato leyendo el periódico, a la espera de clientes. Cuando no funciona el ascensor, bajo por las escaleras, algo que me produce mareos: ¿será esto verdad? En todas las paredes hay grafitis rasguñados con una llave o dibujados con un lápiz negro. Estoy en una antiutopía.

Ilustración: Jaque Jours

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