En un fragmento temprano Nietzsche compara las palabras que usamos para hablar sobre la verdad con ”monedas tan gastadas por el uso que han perdido sus sellos, de tal forma que comenzamos a verlas como metal en lugar de como divisas”. En su primer libro, The Currency of Politics (Princeton, 2022), Stefan Eich argumenta que lo mismo sucede con palabras como moneda, divisa y dinero. En el curso de los milenios que nos separan de la Grecia clásica, nos dice, olvidamos que el significado de estos términos era en un principio eminentemente político y sólo en segundo término económico.
Eich encuentra el origen de este olvido en un error filológico que ha empañado los lentes de muchos intérpretes de Aristóteles. La gran mayoría de las traducciones modernas de la Política y la Ética usan una sola palabra (money, dinero) como equivalente de dos vocablos griegos que nombran conceptos muy diferentes: nomisma (currency, divisa) y chremata (wealth, riqueza). El segundo de estos términos es el objeto de estudio de la oikonomia, la ciencia de la administración de la hacienda; el primero, aquél de la politeia, la teoría del gobierno del Estado. Para los griegos, en corto, la moneda era un instrumento no de acumulación sino de justicia.
The Currency of Politics traza el devenir de esta mala traducción en la historia del pensamiento occidental. Eich excava las obras de Locke, Fichte, Marx y Keynes para demostrar que todo concepto de la naturaleza del dinero responde a valores, prejuicios e ideas que exceden a lo económico. Sostener que la gobernanza del dinero no debería ser un tema sujeto al debate y la deliberación pública, sino la materia exclusiva de técnicos especializados, implica asumir una posición política que Eich califica como antidemocrática. De allí la importancia de rescatar la distinción entre nomisma y chremata: recuperar un vocabulario para discutir el dinero en términos políticos podría ayudarnos a reparar nuestras maltrechas democracias.
A continuación presento un intercambio epistolar que sostuve con Eich, quien nació en Alemania, estudió en Oxford y en Yale, y ahora enseña teoría política en Georgetown.
Nicolás Medina Mora Pérez: En la introducción a The Currency of Justice describes dos narrativas sobre los orígenes del dinero. Por un lado, tenemos la explicación “ortodoxa” que aparece en la mayoría de los libros de texto de economía: el dinero emergió de forma orgánica para facilitar el comercio, por lo que la divisa no es más que una “mercancía de conveniencia” que surgió cuando las sociedades abandonaron el trueque en favor del mercado. Por otro lado, tenemos la historia “cartalista” que favorecen ciertos economistas “heterodoxos”: el dinero nació para facilitar la recaudación de impuestos, por lo que la divisa es una convención impuesta por las élites gobernantes que apareció cuando las sociedades tribales dieron lugar a los primeros Estados. Tu posición es que ambas explicaciones son incorrectas. ¿Por qué?
Stefan Eich: Tanto la historia ortodoxa como la “cartalista” ofrecen narrativas seductoras de los orígenes del dinero que pretenden iluminar su naturaleza. Lo que llama la atención es que ambas explicaciones son esquemáticas, más conjeturas que historia. Hoy en día sabemos que la narrativa ortodoxa es llanamente falsa. El problema con la contranarrativa ”cartalista” es que, en lugar de contrarrestar el mito con una descripción histórica, termina por ofrecer su propio relato mítico. Lo que se pierde en el camino es una apreciación más rica de los supuestos políticos que subyacen a nuestras ideas sobre el origen del dinero. ¿Cuál es la teoría del Estado implícita en estas narrativas? ¿Qué concepto tienen del poder monetario y de quien debería ejercerlo?
En lugar de ofrecer mi propio relato sobre los orígenes del dinero, me pareció más interesante replantear el debate en términos de un conflicto entre diferentes teorías políticas. Lo que salta a la vista desde esta perspectiva es que el dinero es irreducible al comercio o a la fuerza bruta. El dinero, más bien, existe entre la violencia y la confianza, como una peculiar ficción colectiva con intrigantes dimensiones lingüísticas y legales. Esta manera de ver las cosas nos revela que el dinero siempre está atado a nuestra imaginación, a las historias que nos contamos los unos a los otros, pero también a nuestras concepciones del futuro. Un sistema monetario en el que no creemos, incluso si es solvente y técnicamente sólido, sencillamente no funciona.
Ahora bien, cuando digo que el dinero es una ficción colectiva no pretendo minimizar su importancia, mucho menos contrastarlo con algo “real”. ¡El dinero no es menos real por ser una ficción! Como con el Estado, nuestra tarea consiste en hacer habitable a esa ficción.
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