Hace unos años asistí a un congreso académico donde un prominente investigador de la literatura latinoamericana anunció desde el podio que odiaba Los detectives salvajes. La declaración provocó un ululato entusiasmado al fondo del auditorio, una aparente expresión de alegría al presenciar el quiebre de un tabú. Después de la ponencia me acerqué al crítico y le confesé que admiraba la novela. Bolaño sólo tiene un truco, respondió: parodiar y vaciar los géneros de la literatura latinoamericana —la novela del dictador, la novela negra, la novela de testimonio, etcétera—. Este truco, siguió el crítico, organizaba su obra al nivel de la frase, el capítulo y la novela. Respondí que el truco me parecía por lo menos interesante; él concedió que Bolaño era en efecto un maestro de ese ejercicio, pero añadió que, en el momento en que uno entendía el truco, también se daba cuenta de que no había nada más. De ahí, siguió el investigador, que los escritores hispanohablantes hubieran perdido interés en su obra. Le pregunté por qué, en su opinión, tantos lectores en Estados Unidos —la mayoría de los cuales no sabían nada de esos géneros— habían acogido a Bolaño. Esta recepción entusiasta, me dijo el crítico, era el resultado de una ingeniosa campaña de marketing: los libros importantes de Bolaño habían sido publicados junto con nuevas ediciones de Kerouac y muchos lectores estadunidenses habían sido persuadidos de que el escritor chileno era una especie de Beatnik del Cono Sur. Expresé cierto escepticismo: ¿alguien se acordaba de esa campaña de marketing? Mi interlocutor perdió la paciencia. Me dijo que la obra de Bolaño excusaba a los lectores estadunidenses de leer a cualquier otro escritor latinoamericano. Cuando lees Los detectives salvajes, me dijo, no te estás divirtiendo tanto como crees.
Quedé impresionado por la altivez de estas proclamaciones, pero no estaba seguro de que el crítico se equivocara. Esta incertidumbre era en parte sólo un aspecto del funcionamiento normal del juicio estético. El gusto personal, precisamente porque es un asunto intensamente privado que sin embargo sentimos todos deberían compartir, es un juego repleto de malos sentimientos. El aguafiestas siempre le lleva ventaja al fan ardiente, ventaja que el teórico de literatura Gérard Genette llamaba “la autoridad de la negación”. La pregunta “¿Cómo puede gustarte eso?” es siempre más perturbadora que “¿Cómo puede no gustarte?”. La solución más fácil para resolver este sentimiento de incomodidad es imitar al detractor: renunciar a tu propio gusto, aprender a despreciar —o a creer que desprecias— lo que antes disfrutabas. En mi caso, esta incomodidad era un asunto tan geopolítico como estético. El crítico al que acaba de conocer decía que el gozo que Bolaño me ofrecía no era exactamente real y que la parte de ese disfrute que yo sentía como real no era nada más que el resultado de la ignorancia gringa.
La conversación no estropeó el placer que encontraba en la lectura de Bolaño, pero las palabras del crítico se quedaron conmigo, pues le habían dado forma concreta a una noción que empezaba a extenderse en el mundo académico y paraacadémico en el que me muevo: la idea de que un cierto modo de consumir a Bolaño se había convertido en un emblema de la estupidez estadunidense.
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