El atentado contra Salman Rushdie vuelve a poner en el centro de la atención pública el delicado y criminal tema del fanatismo. Un resorte que se viste de distintos ropajes y que suele generar variados niveles de violencia, pero que invariablemente parte de una premisa: existe una sola manera de ver el mundo y de vivir en él.
Hay fanatismos religiosos, políticos y hasta de corrientes sociales que quisieran que el universo fuera a su imagen y semejanza, y quienes se apartan de sus dictados son, para ellos, apóstatas, enemigos o apestados. Suelen desplegar una superioridad moral autoproclamada y suponen que tienen en un puño la verdad y el monopolio de la virtud. Temen o desprecian la diversidad de las expresiones vitales y activan una catapulta intolerante contra todo aquello que escapa a su estrecho marco valorativo.
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