Cuarto con tina (fragmento)

Novela de la quebequesa Hélène Rioux, Cuarto con tina ganó en su momento el Gran Premio Literario del Diario de Montreal y del Premio de la Sociedad de los Escritores Canadienses. La importancia al nimio y ajeno detalle cotidiano zarandea las expectativas del lector ante una narradora expuesta y filosa —marcas de estilo de la autora. A continuación un pasaje de muestra. La traducción es del mexicano Roberto Rueda Monreal y llega a librerías del país de la mano de la Editorial de la UANL.


2

Desde el comienzo, todo fue desesperanzador. Pensábamos de manera distinta, no teníamos los mismos gustos, todo era desesperanzador.

En mi somnolencia, sentí su mano sobre mi hombro. Una presión muy suave. Cálida. En mi sueño, se convirtió en un pájaro que se posaba sobre mi hombro. De cenizo plumaje, de cuello sedoso y anaranjado. Uno que me confundía con un árbol, con una cornisa, con un cable de luz. Un pájaro cabizbajo. En mi somnolencia, pude escuchar su voz que me preguntaba: “¿A poco está dormida?” En mi sueño, era un pájaro que se convertía en príncipe, y yo, que estaba en la enorme cama dorada, era muy bella y muy durmiente.

Me desperté.

“¿A poco se durmió?

No había ningún pájaro, ningún príncipe. Sino él y yo, en un coche gringo que no era ni carroza, ni calabaza, ni una transformada en la otra. La medianoche ya había pasado desde hace mucho. Yo no llevaba puesto un vestido de tul sino una falda de cuero borgoña y una camiseta color arena demasiado grande, tenía puestas unas pantuflas grises afelpadas en vez de unas zapatillas de charol negras (y yo aún tenía el par) y unas pantimedias de encaje. Y él no tenía el traje ceñido, el leotardo de terciopelo, ni la capa bordada, de armiño, sino un sobrio y sencillo saco azul marino de cuello de tortuga negro. Tampoco llevaba puesta ninguna corona, sobre su cabeza de príncipe falso, ni ninguna peluca empolvada, sino una cabellera castaña, ligeramente ondulada, levemente aclarada por las luces de unos reflejos. Dime, ¿dónde estamos, hada madrina? A lo lejos no logro distinguir ningún palacio relumbrante por todos sus tesoros, ningún bosque embrujado. Tan solo una calle ahogada en el silencio. Una imagen ahogada sobre el silencio. Las divas se habían callado. El encanto se había roto. Como sea, de los cuentos de hadas nunca me había hecho soñar más que uno, La Bella y la Bestia, y fue por la Bestia. De la película siempre me decepcionaba cuando el león se convertía en Jean Marais. De niña, recuerdo cuánto esperaba encontrarme algún día con esa bestia por los alrededores de mi camino. Todas las noches, al irme a dormir, le imploraba a Dios que me hiciera el milagro, a cambio yo le prometía hacer todos los sacrificios, juraba que nunca le pediría al gato gordo que se convirtiera en príncipe pero que sí me pasaría la vida en su castillo mágico acariciando su noble cabeza. El milagro nunca sucedió.

El silencio. A lo lejos, no mucho, la montaña. Cerca de mi casa, pues, como de pura casualidad. La noche estaba llegando a su fin. Había dejado de llover. Amo aquel momento, aquel espacio de tiempo suspendido entre la noche y el día. Aquel instante, tan precario. Tímido amanecer o fútil penumbra, cuando los contrastes se ven difuminados. Una línea de luz blanca y borrosa al horizonte. El alba indolente se extendía entre la niebla.

—Nunca sabré a dónde va usted.

—Voy a desayunar. Conozco un restaurantito que abre bien temprano. Que nunca cierra, pues.

—Usted conoce todos los lugares.

—Tengo mucha hambre. Tengo ganas de unos huevos estrellados con papas asadas, de pan tostado con miel y de chocolate caliente.

Resignado, él habría dicho: “Está bien, usted decide”, y fue así como nos encontramos en la cafetería Venus de Milo —pasando el cine Venus, el lugar sobresalía—, sentados en la barra de formica llena de marcas y rayones. Él no pidió más que un café. En un momento dado, se quitó los lentes y los limpió con una servilleta de papel. Me gustó ese gesto, me conmovieron sus ojos de miope, el aire de indefensión que aquello le daba. Me atraían los seres de vista débil, topos o marmotas, que se quedan todos lampareados cuando salen de su madriguera. Al sentirme eufórica, le dije. Le dije que supe tan solo al verlo que no tenía nada de loco. Por ciertos detallitos, los lentes, la Perrier, el tono un tanto cortés con el que lo había saludado el barman. Él objetó que no los llevaba puestos, los lentes, en el bar. Yo le dije que eso no tenía nada que ver, que aún sin traerlos puestos, él parecía ser un hombre con lentes. Y que, además, yo estaba segura de que fumaba pipa de vez en cuando. Él sonrió.

“Ahí sí que no le atinó. Soy asmático y no fumador.”

Yo le dije que su sonrisa era una cosa divina, y que de inmediato se veía que no la desaprovechaba. Yo sabía que él siempre la ponía de oreja a oreja, y eso me mataba. La sonrisa colgate, aséptica, con olor a menta o a chicle, la sonrisa de relaciones públicas, de relación de ayuda, de relación de pareja. De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, insoportable. Él me habría salido con una tontería semejante, que más valía no fiarse de las apariencias o de algo así.

—En lo único que confío es en mi intuición.

Después, él miró su reloj y yo dije:

—¿Qué? ¿Tiene que trabajar… regresar a darse un baño, rasurarse?

—Lo que pasa es que…

—¡Ande, vaya! Yo voy a quedarme un ratito más.

Se escuchó que carraspeó.

—Me gustaría volver a verla, ¿sabe?

—Pero usted no está libre.

Otro carraspeo.

—Al final… no de verdad… no del todo.

Era una tontería, algo sin importancia. Me preguntó si quería otro chocolate o alguna otra cosa más. Yo le dije que otro chocolate pero sin malvaviscos, él lo pidió, luego pidió la cuenta, con discreción y desenvoltura, se veía que estaba acostumbrado a pagar las cuentas en los restaurantes, tanto fresas como de rompe y rasga, se veía que era un hombre de mundo, experimentado en esos menesteres, fue a pagar a la caja, ya podía verlo sacando su tarjeta de crédito American Express, pero no, traía efectivo, regresó para agarrar su impermeable, estaba verdaderamente pálido, así, bajo las luces de neón, bajo aquella luz seca, aquella luz tan cruel, tenía un semblante muy fatigado, era siniestro, me extendió siniestramente la mano siniestra, no la diestra (pues justo con esa estaba agarrando su impermeable), y después, siniestramente, se inclinó para darme un beso en la mejilla, me dijo: “Bueno, ya me tengo que ir”, de la misma manera que en el bar, “Bueno, ya me tengo que ir”, eso sí que lo recuerdo bien, la manera como lo dijo, con un aire verdaderamente de no tener urgencia por irse, verdaderamente falso, por otro lado, qué se traía entre manos, pues añadió: “¿Está segura de que no quiere que la lleve?”, yo hice la señal de que no, después se fue, lo escuché abriendo la puerta de su coche, luego cerrándola, luego encendiendo el motor, luego apagándolo, luego escuché de nuevo la puerta de su coche cerrándose, entró de nuevo al restaurante. Vino a sentarse en el taburete que estaba a mi lado. Puso el codo en la barra y la frente en su mano, con el semblante de un hombre agobiado por el destino.

—Ni siquiera me dijo su nombre.

—Es verdad. Y es que, si nos queremos volver a ver, sin número de teléfono es un poco complicado.

—Más bien muy.

—Pero podríamos confiarle eso al destino.

—Es que es justo de los otros de los que desconfío.

—¿Usted es desconfiado?

—Digamos que soy realista.

—Nos hubiéramos podido ver en el bar Carolle.

—Hubiéramos podido, sí. Pero ahí voy muy rara la vez.

—Yo igual. Me llamo Éléonore.

Él vio su reloj.

—Bueno, de todos modos, ya me habían jodido la mañana.

Pidió que le echaran unos huevos en el plato.

Desde el principio, era evidente que no estábamos en la misma amplitud de onda, tuvimos que haberlo sentido desde entonces, él empezaba a desayunar cuando yo ya había acabado, yo empezaba desde mucho antes o él lo hacía ya tarde, había como un desfase, como un ajuste defectuoso del cronómetro, y aquello siguió así por dos años, cojeando así, tac-tic, pero me estoy adelantando, voy demasiado rápido, flash-back a los huevos que él se estaba echando sin mucha convicción, con cátsup, a mí la cátsup me parece asquerosa, por lo demás, la cátsup es lo que salió justo en estos momentos de mi tina, un montón de cátsup espesa, cátsup que se parece a la sangre del cine.

Uno puede llegar a sorprenderse. Efectivamente, ¿cómo un hombre como él, amante de la ópera y de todos los refinamientos, puede echarle cátsup a sus huevos estrellados? ¿Y cómo yo, consumidora de la noche y de pornografía, puede encontrar eso asqueroso? Podrán objetarme que mis personajes están mal planteados, que son poco creíbles. Y bueno, cómo decirles, realmente no tengo explicación, fue así, eso debe formar parte, presumo, de las grandes contradicciones que marcan el camino de la vida.

Así que, a pesar de que yo encontraba la cátsup completamente asquerosa, sobre todo para acompañar unos huevos estrellados, el rojo insinuándose en medio del amarillo, la sangre en medio del charco del sol, esa pequeña anomalía en su personaje de hombre refinado, esa pseudo trasgresión me conquistó de inmediato.

Él estaba un tanto encorvado hacia su plato, eso me llenaba de ternura, me gusta que los hombres encorven la espalda, y que usen lentes, y que una barba de veinticuatro horas les esté comiendo las mejillas, y que den la impresión de estar desvalidos, de estar siendo rebasados por los acontecimientos, y justo eso es lo que se veía, que él estaba siendo rebasado por los acontecimientos. En la categoría de los antihéroes, él se habría llevado La Palma de Oro. Le pregunté si tenía cambio, él se esculcó en los bolsillos de su saco y me preguntó: “¿Va a hacer una llamada?” Le dije que no, que no iba a hacer ninguna llamada, luego me dirigí a la rockola y puse Lay Lady Lay, era una de esas cosas que apreciaba de ese restaurante, que tenía canciones viejitas pero bonitas en su maquinita de música.

Estábamos completamente solos en el lugar, la mesera, una falsa pelirroja de mediana edad, muy maquillada, con la cara llena de plasta, con las pestañas llenas de rímel, del otro lado de la barra a punto de limpiar las estufas eléctricas, con algo de sudor en los sobacos de su blusa ajustada de poliéster en la que se le marcaban los tirantes de su brasier, uno de los cuales, por cierto, sobresalía de su desembocadura, o de su fuente, sus frondosos pechos que eran un río tranquilo en donde navíos de antaño navegaron, ¡pero qué cosas estoy diciendo! ¿Acaso los celos me están carcomiendo por dentro, a mí, que no soy más que una flacucha debajo de mis camisetas demasiado grandes? Nosotros éramos los únicos, pues, la mesera, él que estaba por terminarse su tercer café dándole un recorrido al periódico matutino, y yo. En un momento dado, el de la leche entró. “¡Buenos días, Bérangère! Creo que hoy vamos a tener un bonito día.” “Ojalá. Pues desde hace diez días que tenemos este chipi chipi que nomás moja todo”, él dejó tres cajas y Bérangère firmó la nota, “¡Hasta mañana, Conrad”, ella metió los tetrapack de a litro en el refrigerador de acero inoxidable debajo de la barra, Philippe cerró el periódico, ninguna noticia digna de ser comentada, excepto que la hambruna continuaba en algún país del Sahel, que los militares habían aplastado otro foco revolucionario en Argentina, que ya habría llegado a doscientos mil veintiocho muertos el saldo del último terremoto en China, que, en Los Ángeles, un chiflado había disparado sobre la muchedumbre, tres muertos, entre ellos un niño, diecisiete heridos se encuentran graves, que en Moscú los policías habían abierto fuego sobre estudiantes, que ya se preparaba la guerra en Medio Oriente, que una madre en plena depresión postparto había sofocado a su bebé con una almohada. ¡Así que nada verdaderamente espectacular, en realidad! Tan solo un recuento normal de horrores. “No sé qué es lo que está pasando, aullaba sin parar. Yo quería que se callara tan solo un minuto. Ya no puedo más”, se justificó ella, “Ya no puedo más.” Su novio la había abandonado, con la cuenta del teléfono sin pagar, con la suspensión de la televisión por cable, su departamento daba la impresión de ser una caja, ella tenía diecinueve años. Los gritos de los bebés vuelven locas a las madres dentro de sus cajas. Algunos bebés protestan desde que nacen, lanzan incansablemente sus berreos más estridentes que una sirena. Los gritos de los niños de pecho son reproches seguidos, hasta llegan a morder las orejas de las madres. No hay mecedora que los tranquilice. Hemos escuchado sobre historias inenarrables –recién nacidos en botes de basura, niños en el fondo de los ríos, con una piedra al cuello, criaturitas abandonadas entre árboles, en pleno invierno, mujeres golpeadas cuyo cadáver es encontrado mutilado en medio del bosque, devorado a medias por los animales salvajes. Estos crímenes son el encabezado con el que los lectores se deleitan. En el caso de la madre mencionada, hay un juicio a puertas cerradas. El periódico no publicó la foto. La libró con una temporada en una clínica psiquiátrica, dos años a prueba, y con una terapia en el consultorio del analista de oficio. ¿Qué es eso de que la libró? ¿Que no más bien uno la libra cuando no le toca un balazo en la cabeza? Cliente a perpetuidad de tranquilizantes y antidepresivos. Diecinueve años. Caso cerrado. La muerte, la vida, la muerte. Él suspiró. Ese tipo de comentarios salían. Sólo por diversión, yo pregunté: “¿En qué trabaja usted, exactamente?” y él farfulló: “¡Ah! En nada excitante en realidad. Estoy en una Secretaría.

—Sí, pero haciendo qué, mi querido amigo.

Él lanzó un suspiro.

Como asesor en economía. En este momento, estoy organizando un encuentro con un grupo de asesores financieros japoneses. Estamos intentando atraer inversionistas extranjeros. Para posteriormente ampliar el mercado de exportaciones. Nosotros estamos pensando que… ¿De verdad le interesa esto?

—La verdad no. Mejor hábleme de la mujer de su vida. La primera, quiero decir.

—¿La primera?

—Es que la segunda soy yo, ¿no?

Fue ahí en dónde él estalló en carcajadas.

“¡Es usted increíble!

—¡Y muuuy cara!”

Él alzó la mirada, se quitó los lentes, los puso en la mesa y me miró fijamente a la cara. Su mirada era honesta y franca, con el blanco de los ojos enrojecido por el insomnio, el azul de los ojos muy transparente y, sin embargo, azul como las corrientes de agua, sus ojos evocaban un río perezoso, un día de verano, trinos de mirlo entre ramas de sauces. Yo tenía verdaderamente ganas de un hombre como él, de mirada honesta y franca, de ojos azul río. Los héroes de las novelas que yo traducía siempre tenían la mirada de acero, de brasas o de carbón.

Nunca había tenido la ocasión de usar la expresión azul río y sin embargo existía uno que serpenteaba en mis sueños. Siempre me prometía que iba a desviar su curso hacia mí, en caso de que nunca se cruzara por mi camino.

—¿Qué es lo que quiere saber usted en realidad?

—¡Todo!

 

• Hélène Rioux. Cuarto con tina. Traducción de Roberto Rueda Monreal. Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022, 308 p. [1.ª ed. en francés 1992]

 

Hélène Rioux
Narradora y traductora. En México se han publicado sus novelas Diálogos íntimos y Almas en pena en el paraíso perdido.

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Publicado en: En la mesa