Apenas puede exagerarse lo crucial que es el nuevo libro de Claudio Lomnitz, El tejido social rasgado (Era, 2022), para entender la realidad mexicana, las abdicaciones del Estado, la economía ilícita y la informal, la persistente violencia. Ofrecemos el capítulo 6, que corresponde a su conferencia en El Colegio Nacional del 29 de octubre de 2021. El tejido social rasgado está llegando a librerías mexicanas.
La era de la contingencia
En enero de 2014 publiqué un artículo en La Jornada sobre el auge de las autodefensas en Michoacán, en que hacía notar que existía “una tensión recurrente entre formas sociales inspiradas en el orden militar y formas inspiradas en el orden familiar o comunitario”. La idea que tenía en ese entonces —y que exploré con mayor profundidad en un estudio de caso sobre la razia a un albergue de menores en Michoacán llamado “La Gran Familia” era que en el caso michoacano se daba un movimiento oscilatorio —una “espiral recursiva”— entre las estrategias de control formal y territorial inspiradas en imágenes de un mando burocrático, vertical y racionalizado, que tenían al ejército como su modelo paradigmático, y las estrategias de control que apelaban a formas de organización social informales, inspiradas siempre en la familia y en la comunidad. Era notable, eso sí, que ninguna de estas dos modalidades de organización social conseguía un dominio estable.1
En esos trabajos concluí, además, que la tensión entre un orden fundado en una imagen de poder racional-burocrático y otro fundado en el poder familiar y comunitario era una característica compartida tanto por las organizaciones criminales como por las propias instituciones del gobierno, como vimos en el segundo y el tercer capítulo, sobre nuestras policías. En Michoacán, las organizaciones criminales basculaban entre apelar a un orden familiar o comunitario (“La Familia” michoacana, los Caballeros Templarios —guardianes de la moral y de la religión— o las autodefensas comunitarias) y otro orden corporativo y racional-burocrático, enarbolado en organizaciones como la de los Zetas y, más recientemente, el Cártel Jalisco Nueva Generación, que ostentan mandos militares y una organización inspirada en un modelo empresarial-corporativo. En el interior del gobierno sucede una cosa parecida, donde las cadenas de mando se disuelven en las mieles de la amistad, y donde la retórica oscila entre llamados al ejercicio del Estado de derecho e invocaciones nacionalistas o localistas que apelan a la moralidad comunitaria. El péndulo entre la organización racional-burocrática y la organización familiar-comunitaria sin duda es un efecto de la tensión entre economías informales y formales que examiné en el capítulo anterior, acerca del nuevo Estado mexicano.
Aquí partimos de esta idea y damos un paso más. El centro de mi análisis es la oscilación misma. Propongo que los órdenes institucionales del país son ya estructuralmente inestables y que tienden a bascular entre alternativas organizacionales contrastadas, sin decidirse de manera definitiva ninguna. Parte del supuesto de que las instituciones estatales pueden optar por una retórica o un principio normativo que proviene del ámbito informal, para con ellos negociar a partir de un lienzo de conceptos que escapa a las normas formales: la confianza, la lealtad, el padrinazgo, la hermandad, etcétera. Y por otra parte, las organizaciones que viven de la explotación de economías ilícitas pueden optar por una retórica racional-burocrática, que imite el orden de las grandes corporaciones o de las Fuerzas Armadas o ambas cosas. Aquí no me preocupo ya tanto por estudiar los dos polos que había propuesto en los capítulos anteriores, sino de las implicaciones ideológicas y culturales de la oscilación en sí misma.
La inestabilidad del orden institucional —tanto familiar como gubernamental— ha sido una característica central del nuevo Estado y de la nueva sociedad que lo parió. Aun así, me parece que esta característica —la oscilación— no consiguió una expresión simbólica definida sino hasta muy recientemente, con la pandemia del covid, cuando el término “la contingencia” comenzó a ser ubicuo. La operación práctica de La Contingencia, con mayúsculas, resume la cultura política de esta nueva era, pues no sólo nombra una estrategia de gobernanza del nuevo Estado, sino que resuena también con la toma de decisiones familiares en el nivel micro. Por eso, “la contingencia” es un símbolo que condensa el espíritu de la época —eso que los alemanes llaman el Zeitgeist— tanto como la idea de “La Crisis” condensaba y resumía el espíritu de los años 1980 y 1990. En este capítulo exploro una clave de lectura de este espíritu de la época, a partir de una mirada a lo que le ha sucedido a nuestra sociedad en el ámbito de las estrategias de reproducción familiar.
Salida, voz, lealtad, “hedging”
En 1970 Albert Hirschman publicó su célebre estudio sobre salida, voz y lealtad, en que discutía las alternativas que se les presentan a los actores sociales cuando le hacen frente a una institución que se está deteriorando, y las implicaciones que podía tener para la institución el que sus miembros optaran por una u otra alternativa.2 Sus ideas son un punto de partida útil para nuestra discusión, porque nuestra época ha estado marcada por el deterioro o declive de modos de vida enteros —el del campesinado, por ejemplo— y por la quiebra o la reestructuración de ramas de actividad enteras. Este proceso acelerado de “creación destructiva”, como calificaba Joseph Schumpeter al capitalismo, está en el trasfondo de la sociología que quiero explorar.
Hirschman decía que ante el decaímiento institucional los actores sociales enfrentan un gran dilema: abandonar la institución o tratar de cambiarla a través de una mayor participación: Hisrchman resumía la primera opción en su concepto de “salida” (exit) , y la segunda con el término de “voz” (voice). El tercer concepto relevante explorado por Hirschman, la lealtad, influye en la decisión de si abandonar o no el barco, cuando esa también en la forma en que un actor social habla, calla o se va. Así, por ejemplo, una persona que opta por emigrar puede ser vista como un traidor —como sucedía antes en México, cuando quienes migraban a Estados Unidos eran retratados como desleales (malinchistas o pochos)— o puede ser vista como un emprendedor que tuvo el valor de explorar alternativas mejores, como sucedió en tiempos de Vicente Fox, quien decía que “se iban los mejores”, o como el presidente actual, que a los migrantes nos califica de “héroes”, siempre y cuando sigamos enviando remesas a México. La tesis clásica de Hirschman ha servido, entonces, no sólo para analizar las decisiones de los empleados de las corporaciones o de los padres de familia ante el deterioro de las escuelas públicas, por ejemplo, sino también para entender las decisiones migratorias. Y nos servirá igualmente en nuestro análisis del auge de “la contingencia” como signo de época, aunque con una importante enmienda.
Se trata de lo siguiente: a la disyuntiva entre salida y voz, agrego una tercera opción, que ha ganado terreno en la vida económica del capitalismo mundial, al grado que se ha formalizado en el mundo de las finanzas con el concepto de “hedging”, el cual se refiere a una estrategia basada en un cálculo de riesgos, donde un actor trata de disminuir los riesgos de una inversión diversificando su “portafolio”, de manera que si una de sus apuestas pierde, habrá otra que gane, y que pueda así impedir la catástrofe de la pérdida total.3
Pienso explorar tres clases de situaciones que han marcado las estrategias familiares de la nueva sociedad mexicana y que llamaré “apuestas desesperadas”, en las que se opta ya sea por la salida o por la voz, apuestas diversificadas(“hedging”) en las que, ante la adversidad, no se ejerce ni la salida ni la voz, sino que calladamente se procura una estrategia de sobrevivencia a partir de la diversificación de las apuestas, y apuestas estratégicas, que se forman con el objeto de ampliar el poder político y alargarlo en el tiempo.
La consideración que motiva la enmienda que le agrego al modelo de Hirschman tiene que ver con la salud de las redes sociales de los actores sociales, más allá de la institución en decadencia con la que estén lidiando. Mi idea es que, debido en parte al hecho de que México no ha tenido nunca un Estado de derecho y a la preponderancia de las economías informales en el país, los actores sociales suelen reaccionar ante la decadencia institucional no como individuos, sino como miembros de familias, con estrategias económicas familiares. Este hecho lleva a que prevalezca, con mucha frecuencia, una tercera opción, que no es ni la de la voz ni la de la salida, y que se podría caracterizar en su conjunto como eso que James Scott calificó como las armas de los débiles (“weapons of the weak”), o sea, estrategias para reducir el compromiso laboral con un patrón o una institución, sin abandonar el trabajo ni criticarlo abiertamente.4 Scott considera que estas prácticas en su conjunto son y han sido formas de resistencia; yo las entiendo más bien como modalidades de resentimiento y enajenación que están orientadas a liberar el tiempo propio para poder realizar otras actividades, las cuales pueden o no ser económicamente rentables, pero que estarán siempre dirigidas a profundizar o ampliar la red social del actor. Creo que calificar esta clase de acción como “resistencia”, como lo hizo James Scott, la ubica en una teleología muy específica, que es la de la lucha de clases, cuando la misma acción puede ser narrada también de otra manera: como un episodio de la saga del orden familiar o de la protección de la comunidad.
Así, aunque el socorrido dicho de “tú haces como que me pagas y yo hago como que trabajo” habla en parte de una táctica de resistencia por parte del trabajador, esta orientación práctica puede responder también a una lógica de diversificación de sus actividades, adoptada no tanto como una decisión existencial individual sino como un aspecto de una estrategia familiar, que sirve ante todo para tratar de sobrellevar cualquier adversidad colectiva y que la familia continúe. El trabajador en esa situación ni le alza la voz a su patrón ni abandona su trabajo, sino que busca en cambio disminuir su inversión en ese trabajo para cultivar actividades suplementarias. Se trata de una situación en la que hay poca lealtad, pero no nula. Es decir que el parámetro de la lealtad con el patrón o la institución empleadora no desaparece. Por otra parte, esta clase de orientación práctica no es resultado exclusivamente de los malos salarios en tal o cual institución; por el contrario, puede llegar a ser una orientación social donde la red informal de la familia, los amigos y los aliados sea el referente clave en la toma de estas decisiones.
Grand récit y contingencia
El punto de partida de mi análisis es que estamos en un tiempo caracterizado por la inestabilidad institucional, marcado por cambios económicos profundos y por una modificación en la arquitectura misma del Estado, donde priva cierto descontrol gubernamental e incluso se da el abandono de algunas de las funciones tradicionales del Estado, como la de ser en primer lugar garante de la seguridad pública. Llama la atención el hecho de que ésta sea, también y al mismo tiempo, una época de grandes narrativas teleológicas. Así, la primera era de nuestra transformación contemporánea, la transición neoliberal, con todo su desorden, se narró como la historia de la transición democrática, y la segunda transformación política de nuestra era —la actual— se relata a sí misma como la culminación y “cuarta fase” de una larguísima historia de la Revolución en México. Llama la atención la importancia que tiene la teleología en una época que se caracteriza por tanta inestabilidad y por tantas dificultades para que los gobiernos retengan hilos del ordenamiento de la economía en los territorios del país.
La teleología lo que hace es proponer una trama, una dirección, para la historia, y por eso es lógico que haya tenido un papel importante en dos etapas caracterizadas por fuertes reformas al Estado y a la economía, como lo han sido la etapa de reformas políticas y económicas de los años 1980 y 1990, por una parte, y la de las reformas de la llamada “Cuarta Transformación”, por la otra. Los grandes cambios siempre van de la mano de eso que los franceses llaman un grand récit, y los anglófonos una master narrative, es decir que requieren una narrativa que les otorgue una finalidad y que marque una dirección a los cambios: la transición democrática y la modernización, en un caso, y la “Cuarta Transformación” —con su obsesión con “la recuperación de la soberanía”—, en el otro.
Por otra parte, e independientemente de cuán viable, realista o deseable haya sido la dirección marcada por estas dos narrativas, las teleologías tienen otra función: lograr que la gente tolere el descontrol gubernamental y se haga de la vista gorda respecto de la incapacidad que tuvo y tiene el Estado mexicano para mitigar los resultados catastróficos de las políticas que ha puesto en marcha. Los cambios que han sobrevenido en México en los pasados treinta años han desplazado a masas humanas, han provocado quiebras y han llevado a la explosión del uso de la violencia como instrumento para ordenar los espacios económicos. La teleología —la linda historia de la democracia o de la “Cuarta Transformación”— sirve también para minimizar estos hechos, los cuales parecen poca cosa frente a la grandiosidad de una serie de metas que se vislumbran en el horizonte. La incapacidad que han tenido los gobiernos mexicanos de hacerles frente a las pequeñas y a veces no tan pequeñas catástrofes cotidianas que reverberan por todo el territorio es la caverna en que se agranda el eco de esta retórica.
Pongo un ejemplo reciente. El 30 de septiembre de 2021 apareció la noticia de que en Iguala una organización criminal que se hace llamar “Los Tlacos” capturó, torturó y ejecutó a veintiún supuestos sicarios de otra organización, “La Bandera”.5 Tres días después, el 2 de octubre, para conmemorar el aniversario de la matanza de Tlatelolco, el presidente de México firmó con bombo y platillo un decreto para crear la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las violaciones graves a los derechos humanos cometidas de 1965 a 1990.6 La yuxtaposición de estos dos eventos es un perfecto ejemplo de la relación entre teleología y descontrol. El gobierno mexicano no consigue armar investigaciones criminales ni eficaces ni creíbles en el presente, así que las desplaza al pasado, para desde allí seguir prometiendo un futuro luminoso. Las matanzas se siguen unas a otras sin freno ni consecuencias. La impunidad ante el asesinato sigue rondando el 95%, como ha sido el caso desde hace años, y la capacidad para garantizar la paz en regiones como Iguala sigue siendo nula. Pero nada de eso impide que se celebre con gran solemnidad el aniversario de la matanza del 2 de octubre de 1968 —que dejó menos muertos que los asesinatos que hay hoy en México casi cualquier semana del año— firmando decretos para llegar a la “verdadera verdad” de lo que sucedió entre 1965 y 1990, represión que se utiliza para justificar los cambios introducidos por el gobierno actual y la dirección de la historia. “Hay descontrol”, a veces reconocen, “pero estamos enderezando el pasado”; “hay descontrol, pero vamos bien”.
La teleología hoy en México tiene mucho de siniestro y mucho de mala fe. Los entusiastas del gobierno se llenan la boca con la Historia, con hache mayúscula, para minimizar los efectos desastrosos de sus políticas y presentarlas como un mal menor o como un efecto retardado del sistema anterior. Nunca se acepta que los muertos de hoy, los desplazados de hoy, las quiebras de hoy, las migraciones de hoy sean responsabilidad ni del gobierno de hoy, ni —mucho menos todavía— del Estado de hoy. Nuestros gobiernos han estado implementando cambios importantes en el funcionamiento mismo del Estado sin tener en sus manos los hilos para impedir que hubiera resultados catastróficos y sin que hubiera siempre instrumentos para mitigar esos resultados catastróficos. La teleología sirve para distraernos de eso.
Así, se llega a acuerdos migratorios con Estados Unidos que transfieren la regulación de la frontera sur de Estados Unidos a la frontera sur de Méico, y Chiapas se convierte en otra presa del crimen organizado, al grado que hoy el EZLN advierte que la región se encuentra al borde de una guerra civil.7 De manera análoga, la prensa reporta que el megaproyecto gubernamental del ferrocarril transístmico ha atraído de inmediato al Cártel de Sinaloa, al CNJG y a otras organizaciones menores, quienes se disputan el control no sólo del territorio, sino de todos los negocios relacionados con el proyecto.8 Por otra parte, en agosto de 2020 la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) anunciaba que el número de desplazados internos en México había llegado a 346 000,9 muchos de ellos de regiones como Chiapas, donde el gobierno en lugar de ser regulador de la economía, es tan sólo un actor violento más.
Junto al homicidio y la desaparición forzada, el desplazamiento es el síntoma más dramático de las consecuencias catastróficas de los cambios sociales y económicos que se escapan de la capacidad de nuestros gobiernos para gobernar a partir de las normas y el entramado institucional que supuestamente nos rigen. Pero estas formas catastróficas del fracaso de la normatividad no son las únicas. Al contrario, junto a ellas hay una serie de pequeñas catástrofes, menos horrorosas quizá pero de mucha consecuencia: quiebras, desempleo, crisis de salud que depauperan a familias enteras…
La inversión sostenida en la teleología —en la Gran Historia que explica y legitima todo lo que hace o no hace el gobierno— busca transformar a todas y cada una de estas grandes y pequeñas catástrofes en eventos secundarios, en riesgos calculados, en pequeñas crisis pasajeras. En lugar de ser comprendidas como efectos estructurales, previsibles, ante las cuales el Estado mexicano tendría alguna responsabilidad, se convierten en instancias de mala suerte o de desviaciones de la moral. El crimen organizado debe aprender a “portarse bien”, por ejemplo, como lo hizo, según el presidente de la República, durante las pasadas elecciones del 2021.10 Los noventa políticos asesinados en las elecciones de 2021 no dieron paso a una reorientación de las condiciones en que opera eso que llamamos “democracia”,11 y el crimen organizado incluso fue alabado por el presidente porque las cosas hubieran podido ser peores. Asimismo, las migraciones masivas que vienen de Centroamérica, Sudamérica y el Caribe son retratadas apenas como “una crisis” —cuando son ya un fenómeno estructural, regular.12 Y sucede algo parecido con respecto a la contaminación ambiental, la falta de agua o el cambio climático.
La recepción de la pandemia y su procesamiento político ocurren precisamente en este contexto, por lo cual se le da el nombre de contingencia, que rima con otras “contingencias” que tampoco eran contingentes, como las llamadas “contingencias ambientales” que se administraban rutinariamente en la Ciudad de México desde los años 1980. Unas y otra tienen como condición la pertenencia de México a un mundo globalizado, del que el país no puede sustraerse y en el que participa, quiéralo o no. Y tienen en común, también, que son enfrentadas desde el gobierno como si la única acción relevante que puede realizar la colectividad nacional fuese dar el trago amargo, aguantarse y seguir el camino trazado por la teleología, por la Gran Historia que el gobierno cuenta de manera cada vez más insistente y con cada vez más cinismo.
La historicidad de la pandemia y la consolidación de “la contingencia” como símbolo clave
El concepto de historicidad se refiere a las formas en que el pasado y el futuro son movilizados en el presente. La historicidad es entonces un concepto que reconoce que, entre los humanos, el presente está siempre lleno tanto de pasado —que se nos presenta a modo de experiencia— como de futuro —que se manifiesta a modo de expectativas. La historicidad es, entonces, el doble horizonte de las experiencias y las expectativas que se percibe desde el presente. Mi idea es que para manejar la pandemia el gobierno echó mano de un horizonte de experiencias y del manejo de expectativas que se había ido forjando en años previos y que se resumía en una idea: la contingencia.
Se trata de una noción que tiene algunas características muy útiles para el nuevo Estado: primero, una contingencia señala la incidencia de un elemento aleatorio, imprevisible, que se puede hacer presente en cualquier momento; segundo, la contingencia sugiere que ese elemento tendrá una duración limitada —las contingencias pasan, y la normalidad regresa—; tercero, las personas que quedan perjudicadas directamente por las contingencias no son víctimas del Estado, aunque en algunos casos pueden ser imaginados como responsables de su propio destino, como por ejemplo cuando el presidente sugirió, al inicio de la pandemia, que una muy buena protección contra el covid era ser fiel a sus promesas de campaña: “no mentir, no robar, no traicionar”.13
Así, la contingencia promueve al mismo tiempo cierta orientación pragmática ante el riesgo, que puede ser útil para que el ciudadano de a pie consiga sobrellevar la angustia provocada por un riesgo imprevisible, y una estrategia de gobernanza orientada a sostener todos los elementos de la narrativa: el énfasis en lo aleatorio de la contingencia y no en sus aspectos previsibles, la afirmación de su carácter pasajero y la falta de responsabilidad última del gobierno. Este manejo de la narración se realiza normalizando y estandarizando la contingencia y llevando a cabo algunas acciones para mitigar el desastre, para mostrar que el gobierno protege. En México —y en la Ciudad de México particularmente— se ensayó con la idea de la contingencia durante muchos años en el caso de la llamada “contingencia ambiental”, que se refería a problemas ambientales que el gobierno no conseguía tomarse del todo en serio, como si fuesen “situaciones lamentables”, heridas inevitables, sobre las cuales el gobierno aplicará, humanitariamente, alguna curita.
Así, en México la contingencia como un hecho político se fue naturalizando. Tal como hoy amaneció nublado o con lluvia, asimismo hoy amaneció contaminado. Mala suerte. Mañana será otro día. Así como hoy amaneció el covid en semáforo rojo, mañana amanecerá en verde. Todo normal, todo natural.
Las inversiones materiales del gobierno en este proceso de naturalización, de lo supuestamene inevitable de la tragedia, no han sido menores. En los inicios de la pandemia, López Obrador recomendó protegerse con amuletos —el Detente—, lo que equivalía a reconocer que la enfermedad era cuestión de suerte o de la Gracia Divina.14 Lo mismo que el desplazamiento, el secuestro o el asesinato: “le tocó la de malas” o “en algo andaría”. Es interesante reparar en por qué fue tan importante para el gobierno retratar las catástrofes que manaran de la pandemia como mala suerte: finalmente lo que estaba en juego era una abdicación de uno de los atributos torales del Estado de bienestar, que es la regulación y defensa de la vida. Para señalar esta abdicación, el soberano fue presentado desde la propia Secretaría de Salud como una fuerza de “contagio moral”, que no debía usar mascarilla porque con ese gesto atrevido contagiaría a la población no el covid, sino el espíritu de lucha del Nuevo Estado.
Importa reconocer que el éxito del símbolo de la contingencia se montó sobre dos hechos diferentes: primero, que el país estaba ya acostumbrado a un gobierno proveedor de narrativas —un gobierno entusiasmado por la teleología como instrumento para mitigar los desastres que no sabía o no quería ni prevenir ni remediar— y, segundo, que la población estaba acostumbrada a tomar decisiones familiares con base en consideraciones muy parecidas a la idea de la contingencia. Es por esto que esa noción expresa tan bien el espíritu de los tiempos —apunta a la vez una estrategia de gobernanza y una orientación pragmática de la sociedad.
El “hedging” o “Cobertura”
La diversificación de las apuestas económicas —una serie de estrategias que se han formalizado en el mundo de las finanzas en torno a un concepto que proviene del terreno de las apuestas y del juego—, el llamado hedging, que en español se conoce como “cobertura”, es la práctica de reducción de riesgos de pérdida a través de la diversificación de las apuestas. Yo invierto mucho dinero en compañías dedicadas a la energía limpia, pero también invierto una cantidad algo menor, digamos, en una empresa automotriz que fabrica autos con motores eléctricos pero también de gasolina, de modo que si mi apuesta en energías limpias no prospera, mi apuesta secundaria estará garantizada, y mis pérdidas no serán catastróficas. Se “cubre” una apuesta con otra.
Esta clase de “cobertura” se da también en la vida social y política, desde luego, y no sólo a nivel de las estrategias de los individuos, sino sobre todo a nivel familiar y aun comunitario. Así, por ejemplo, un individuo forma parte del equipo de un candidato, pero conserva amigos, contactos o parientes en el equipo del candidato contrario, de modo que si su candidato pierde, puede quizá aspirar a algún puesto menor en el equipo triunfante. Una familia campesina que depende de las remesas enviadas desde el extranjero por alguno de sus miembros siembra también una milpa, por si el migrante pierde su trabajo o sufre algún accidente. Un profesor universitario pierde su seguro médico de calidad por una nueva política del gobierno, pero opta en contra de salir de la academia y decide tampoco ejercer su voz de protesta, porque piensa que, si mantiene la disciplina, podrá aspirar a ofrecer alguna asesoría en el gobierno, que cubra al menos parte de su pérdida.
Esta clase de diversificación de las apuestas económicas ha sido una estrategia decisiva para las familias mexicanas desde siempre. A mediados del siglo XX, por ejemplo, era común que las familias campesinas, padres y hermanos mayores, invirtieran en la educación de alguno de sus hijos menores, para que estudiara en la Normal, que era una carrera corta y comparativamente barata, y fuera maestro. De esa manera se buscaba conseguir algún ingreso fijo —un salario de gobierno, por modesto que fuera— para disminuir la inseguridad que le es intrínseca a la economía campesina. No es casual que los estados con un campesinado robusto, como Oaxaca, tengan también un número muy abultado de maestros, ni que el campesinado oaxaqueño haya tendido a apoyar o al menos tolerar al magisterio en sus largas huelgas aun cuando esta estrategia afectara la escolaridad de sus hijos.
También era frecuente que las familias campesinas enviaran a alguna hija a trabajar a la ciudad donde, debido a la baja escolaridad en el campo y a las restricciones de acceso femenino al mercado laboral, esas mujeres ingresaban a la fuerza laboral como trabajadoras domésticas. Con esta estrategia de migración rural-urbana selectiva, las familias campesinas reducían sus gastos —la migración de la joven significaría una boca menos que alimentar— y a veces obtenían de ellas apoyos monetarios ocasionales. La opresión que han enfrentado las trabajadoras domésticas mexicanas a veces les ha venido en partida doble: de las casas de sus patrones y de los chantajes y extorsiones de sus propios padres y hermanos.
La migración a Estados Unidos, que en ese entonces solía ser “circular”, o sea, con muchas ideas y venidas entre Estados Unidos y México, encajaba también en esta lógica de diversificación o de “cobertura”: si faltaba trabajo en Estados Unidos, ahí estarían los recursos familiares en México, donde el trabajador no pagaba renta, y tenía bajos costos de manutención, gracias a una red familiar que le daría de comer. Por su parte, el trabajador migrante aportaba recursos para costear los principales rituales de reproducción familiar y comunitaria —bodas, bautizos, fiestas de quince años y fiestas patronales— y daba dinero para modernización y mejora de su casa: la compra de electrodomésticos, la construcción de un segundo piso, etc. Tampoco es casualidad que una de las mayores fortunas de México —la de Ricardo Salinas Pliego— se haya construido con un negocio diseñado para canalizar las remesas de estos migrantes hacia la compra a plazos de muebles y electrodomésticos. Ni es casualidad que la banca de este mismo señor, que se fundó para canalizar el flujo de remesas de Estados Unidos a México, haya sida escogida por el gobierno actual para manejar las transferencias del gobierno, a través del llamado “Banco del Bienestar”: hay un traslape entre la red de cobertura provista por los migrantes y la que han ido construyendo los gobiernos neoliberales y post—neoliberales en sus programas de transferencias directas.
En la economía informal la estrategia de diversificación familiar ha sido crucial, como lo mostró desde 1975 Larissa Adler Lomnitz en su libro Cómo sobreviven los marginados, que sigue siendo vigente en este punto. Las personas ocupadas en la economía informal dependen de manera superlativa del apoyo de vecinos y parientes, porque sus trabajos son inciertos y porque los apoyos del Estado son insuficientes. Así, la economía informal se monta sobre redes sociales caracterizadas por la diversificación interna, es decir, por algo así como la “cobertura” que hoy le interesa tanto a los expertos en finanzas, para que cuando un trabajador tenga poco trabajo, pueda ser apoyado por otro, que sí lo tendrá.
Como hemos mencionado ya, esta diversificación de estrategias a nivel familiar es la que nos ha llevado a enmendar el modelo de Hirschman: un trabajador que sobrevive gracias a su red puede enfrentar un empeoramiento de sus condiciones laborales sin recurrir ni a la voz ni a la salida, sino a otro remedio, conocido en México como el del agua y el ajo: a aguantarse y a joderse. Ante la adversidad, un miembro de una familia que está acostumbrada a operar como una unidad económica diversificada puede aguantar mucho más que un trabajador en alguno de los esquemas familiares que se convirtieron en el prototipo normativo de la modernidad, es decir, familias nucleares que dependen del ingreso del padre o de la madre o de ambos.
Por otra parte, en las clases medias y altas ha habido también estrategias análogas, aunque no idénticas, a las que observamos en la economía informal: inversiones en objetos de consumo conspicuo —auto, ropa— o en rituales dispendiosos —fiestas o restoranes— para afianzar las probabilidades de un matrimonio provechoso para algún hijo o hija; inversiones múltiples y diversas en la consolidación de las redes sociales de sus hijos; o actividades complementarias a la del trabajo principal para suplementar los ingresos —venta de pasteles o chambritas— o participación en empresas del llamado “Multilevel Marketing” —Amway, Herbalife y un larguísimo etcétera de empresas menores— que utilizan las redes sociales de sus vendedores para comercializar sus productor. Hay en esas empresas un maridaje interesante entre negocios formales y organización social informal, expresada frecuentemente en un lenguaje corporativo peculiar, donde cada vendedor es considerado un “socio” o un “asociado” y no un empleado, y donde cada cliente es un socio en potencia. Tampoco es casualidad que otra de las grandes empresas mexicanas, Omnilife, pertenezca precisamente a esta clase de negocio, ni nos debemos extrañar del éxito en México de eso que en inglés llaman el “gig economy”: la economía de chambitas o de ingresos suplementarios, poblada, en sus inicios al menos, de corporaciones como Uber o Airbnb. Son empresas en que el capital organiza, estandariza y comercializa los negocios antigüitos de la economía informal y de las clases medias.
Las clases medias mexicanas tienen entonces una amplia y profunda inversión en las redes sociales, es decir, en la diversificación como estrategia económica de la familia, comparable en magnitud a la de quienes viven en la informalidad. Esto se debe no únicamente a la importancia de las redes en la colocación en el mercado laboral, sino también a la que tienen las relaciones personales para lidiar con un Estado que no ha sido nunca un Estado de derecho (entendido como un principio donde todas las personas e instituciones están sometidas a la ley). Para las clases medias, tener acceso informal a diferentes dependencias de gobierno a través de conocidos puede facilitar la obtención de un permiso para abrir un negocio, la aceleración de un trámite, el acceso a un hospital público ante una enfermedad catastrófica, a un trabajo o a información que pueda ser indispensable para ganar una licitación, por ejemplo.
En este aspecto, las clases trabajadores también han dependido de la diversificación familiar, y esto vale igualmente para la clase obrera industrial. En México, los sindicatos han sido, en buena medida, negocios familiares, y, más allá de eso, los trabajadores informales calificados han tenido —desde un ángulo familiar al menos— un paso asegurado a las clases medias, por lo cual las familias obreras operan con estrategias idénticas a las que hemos identificado ya tanto en el campesinado como en las clases medias.
En resumen, la sociedad mexicana en su conjunto ha desarrollado formas de una sociabilidad orientada a la reciprocidad, a sostener redes sociales y a cultivar alguna diversificación interna en esas redes. Esto explica la pasión que había en México en torno a las sucesiones presidenciales cuando no había democracia. Se sabía qué partido continuaría en el poder y quién escogería el próximo presidente, pero la identidad específica del candidato afectaba a un amplísimo sector social, porque cada candidato tenía su propia red que estaba diversificada internamente, y cada miembro de esa red tenía, a su vez, su propia red. Por eso, el llamado “destape” era un suceso mucho más enraizado, más popular, de lo que frecuentemente se recuerda: era una ocasión para que cada persona o familia pensara si tenía algún contacto en alguna parte del gobierno: si no directamente con el presidente, con el secretario; si no con el secretario, con algún director de oficina. El sistema político era autoritario, pero movilizaba las redes sociales de una amplia capa de sectores medios y aun populares. Y así se gobernaba en México. Era un sistema montado sobre una organización social poco individualista, caracterizada por redes sociales internamente diferenciadas en que cada actor buscaba alguna “cobertura” respecto a eventualidades catastróficas, como el desempleo. La propensión que tenía la sociedad mexicana a la diversificación como estrategia familiar ha sido la razón de su resiliencia todos estos años.
¿Qué pasó?
¿Qué pasó entonces? Quisiera concluir este capítulo con un primer esbozo de respuesta que presenta más bien un programa de investigación que un conjunto de conclusiones firmes, basadas en evidencia terminante. Con todo, eso sí, este programa se basa en los resultados de investigaciones parciales.
El punto de partida es el hecho de que la liberalización de la economía en los años 1980 y 1990 produjo grandes quiebras, de una magnitud tal que colocaron a sectores importantes de la población en la situación prevista en el modelo de Albert Hirschman, voz o salida, y que en México se encontraba inhibido por la relevancia de las estrategias de cobertura o hedging que hemos explorado, como estrategias reproductivas de grandes sectores de la sociedad mexicana y de manera muy especial en sectores de empleo precarizado, como las actividades de la economía informal y las del campesinado.
El número y la extensión de las quiebras en el campo —tanto entre campesinos como en economías rancheras— en muchos casos llevaron a que las estrategias de diversificación de la red fa miliar ya no alcanzaran, y a que mucha gente enfrentara la alternativa hirschmaniana de salida o voz. Salida a modo de migración que ya no sería circular, sí, pero también a veces al abandono de la unidad familiar para buscar alternativas totalmente individuales: jóvenes que no podrían ya aspirar al estatus adulto de jefe de familia, mujeres migrantes, migración de menores o, en el caso de los desplazados de las pasadas décadas, migración de familias enteras.
La situación de salida de la institución familiar es uno de los grandes temas de investigación necesarios para entender eso que han llamado “el tejido social rasgado”, porque ante los límites de la estrategia de diversificación familiar en algunas zonas del país o sectores de la economía se da una precarización de la familia misma. Esta precarización puede ser detonada por decisiones de miembros aislados de la familia: situaciones, por ejemplo, en que se toman decisiones de migrar que ya no cuadran con una estrategia de reproducción familiar, sino con una lógica de sálvese quien pueda; pero puede también operar de afuera para adentro, por decirlo así, cuando organizaciones violentas reclutan a jóvenes —o incluso los raptan— para que pertenezcan a una nueva organización, a veces imaginada como si fuera una nueva familia, como sucede, por ejemplo, entre algunas pandillas urbanas. En otras palabras, la precarización de la familia como unidad reproductiva hace que las “salidas” —apelando de nuevo a la idea de Hirschman— sean producto de la voluntad del individuo, sino que a veces resultan de la debilidad de las familias y de las comunidades a las que pertenecen, y de su limitada capacidad para defender y retener a sus miembros.
En el caso de las quiebras que ocurrieron en la economía ranchera, los efectos fueron algo distintos. En los 1980 y 1990, muchos ranchos resintieron el proceso de liberalización y enfrentaron crisis de créditos y quiebras, justo en el momento en que aumentaban vertiginosamente las ganancias del narcotráfico. Esta coincidencia llevó a una integración de los “narcos” con las economías rancheras de un buen número de regiones del país. Los narcos se volvieron prestamistas, adquirieron nuevos ranchos, ingresaron a negocios que habían sido propios de la clase ranchera y pudieron aprovechar la capitalización de las nuevas economías agrícolas de exportación. Esta situación consolidó el poder político de las economías ilícitas, así como su diversificación, e hizo mucho más difícil establecer diferencias claras entre lo legal y lo ilegal, la autoridad mafiosa y la autoridad política.
Visto esto desde la problemática de Hirschman, en algunos sectores de la economía el uso de la voz quedó “ensuciado” por la integración entre las economías ilícitas y las lícitas, y por la llamada “captura del Estado” por parte de algunas organizaciones de la economía ilícita. La relación entre este hecho y el recurso general a la voz a partir de la transición neoliberal es uno de los temas importantes del análisis político en la actualidad, porque el uso de la voz aumentó de manera radical, debido a cambios económicos que fueron —para algunos sectores— verdaderamente radicales. Una sociología orientada a esta cuestión sería necesaria para comprender la naturaleza de la transición democrática mexicana, así como el desprestigio —que ha sido tan costoso— de la política y de la clase política en general.
Por último, el tercer tema que me parece relevante es el de la fe que se depositó durante la primera etapa de la transición actual en la importación de capitales como el único mecanismo capaz de dirigir y ordenar el proceso de modernización. Esta fe venía reforzada por una realidad que estaba fuera del control de los políticos: había que competir para atraer capitales, lo que significaba darles condiciones muy buenas, lo que significaba cobrar pocos impuestos, lo que significaba un Estado con capacidades de gestión limitadas.
Esta capacidad de gestión limitada —que ha ido aumentando rápidamente en la fase actual del Estado mexicano— significa que el gobierno ha tenido reducidas posibilidades de hacerles frente a las situaciones catastróficas que enfrenta la población. Hoy en México hay mucha voz y poca respuesta desde el Estado a esas voces. Hay salida, pero la posibilidad de la salida se ha ido limitando, en la medida en que Estados Unidos cierra su frontera y en que la economía mexicana se estanca.
La situación actual, entonces, se caracteriza por nuevas combinaciones en la dinámica prevista por Hirschman: hay mucho recurso a la voz, pero poca efectividad de la participación democrática; hay muchas ganas de salir, de huir, pero un horizonte cada vez más constreñido para hacerlo. Hay interés en el hedging pero un horizonte más acotado para lograr una diversificación familiar que garantice alguna estabilidad.
Un contexto así, que se parece cada vez más al viejo juego de las “sillas musicales” —y que ha sido dramatizado a nivel global en teleseries como los Juegos del hambre o el Juego del calamar—, se ha manejado en México con una gobernanza que se legitima diariamente con la noción de contingencia, donde el desastre es visto como un resultado o bien de la mala suerte o bien del pecado, de la falla moral. El gobierno se queja entonces de una crisis moral de la sociedad, de un tejido social rasgado, cuando lo que en realidad sucede es que el Estado ha abdicado a algunas de sus funciones clásicas.
La ideología de la contingencia es una fórmula que busca reforzar los mecanismos tradicionales de sobrevivencia familiar —y por eso los elogios constantes del gobierno, incluso del gobierno actual, a la familia tradicional—, y al mismo tiempo insiste en mantener cierta capacidad de narrar el desastre, de retener el control sobre los tiempos en que se desenvuelven nuestros pequeños desastres cotidianos, a la vez que el Estado se declara tácita o explícitamente incapaz de mitigar los efectos del desastre, que en cambio se individualizan. La idea de que los problemas de México provienen de una crisis moral —de un tejido social rasgado— forma parte, entonces, de la ideología de un nuevo Estado que le ha cedido sus responsabilidades al Dios de la contingencia.
Claudio Lomnitz
Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.
1 “Tierra caliente: Lectura en clave antropológica”, La Jornada, 22 de enero de 2014; “Michoacán: Fantasía de la familia, fantasía del Estado”, en La nación desdibujada: México en trece ensayos, México, Malpaso, 2016, pp. 13-40.
2 Albert O. Hirschman, Exit, Voice, and Loyalty: Responses to Decline in Firms, Organizations, and States, Cambridge, Harvard University Press, 1970.
3 Le debo la idea de ver al“hedging” en el terreno financiero como modalidad de la evasión a la doctora Alejandra Azuero, que presentó esta idea en el “Evasion Workshop”, organizado por Kevin O”Neill, Universidad de Toronto, el 24 de septiembre de 2021.
4 James Scott, Weapons of the Weak, New Haven, Yale University Press, 1985.
5 “La violencia se recrudece en Iguala con la matanza de sicarios de cárteles rivales”, El País, 30 de septiembre de 2021.
6 “Investigarán violaciones a derechos humanos durante la ‘Guerra Sucia’”, El Informador, 2 de octubre de 2021.
7 Luis Hernández Navarro, “Chiapas, de paramilitares a crimen organizado”, NODAL, 22 de julio de 2021; Ramón Zurita Sahagún, “Chiapas es un polvorín”, Elpopular.mx, 22 de octubre de 2021.
8 Raymundo Riva Palacio, “En mensaje del presidente”, El Financiero, 16 de diciembre de 2021.
9 “México acumula 346 mil desplazados internos: CMDPDH”, Pie de página, 20 de agosto de 2020.
10 “Delincuencia organizada se ‘portó bien’ en elecciones, afirma López Obrador”, El Financiero, 7 de junio de 2021.
11 “Con 90 políticos asesinados, en 2021, las campañas más violentas desde 2000”, Expansión Política, 5 de junio de 2021.
12 Fernando Escalante Gonzalbo, “No es una crisis”, Milenio, 15 de septiembre de 2021.
13 “‘No mentir, no robar y no traicionar ayuda mucho para que no dé coronavirus’: AMLO”, Animal Político, 4 de junio de 2020.
14 Diego Badillo, “AMLO y sus polémicas declaraciones sobre el coronavirus”, El Economista, 21 de marzo de 2020.
