Tarahumara

Hace alrededor de un año acudí a una fiesta de 15 años en una de las localidades de la Tarahumara, habitada por poco más de mil habitantes, la mayoría de ellos raramuri. La quinceañera era sobrina de uno de los jefes que controlan distintas plazas entre Chihuahua y Sonora. En la pequeña y modesta iglesia se colocó una alfombra roja por donde desfilaron la quinceañera y sus invitados. Alrededor, decenas de hombres y mujeres raramuri se agruparon como espectadores. La fiesta se celebró en el exterior del salón ejidal. Se instalaron carpas y dentro de ellas se colocaron varias mesas vestidas de manera elegante.

Mientras yo iba hacia la fiesta, me alcanzó una amiga raramuri, nos saludamos y juntas caminamos hacia el lugar. Justo al cruzar la entrada del salón ejidal y antes de acercarnos a las carpas me di cuenta de que estaba hablando sola; mi amiga se había detenido de repente unos pasos atrás. Me giré y vi que toda la comunidad raramuri se quedaba en el mismo lugar, esperando fuera de las carpas como si hubiera un límite invisible. Al mismo tiempo, escuché mi nombre desde el interior de las carpas, haciéndome saber que había un sitio para mí en una de las mesas. Estaba muy claro que el espacio no era para todes. Mi amiga se unió a la larga fila de personas raramuri que hacían cola para recibir un plato de comida y luego buscar cualquier lugarcito en el suelo para sentarse. Yo ocupé mi asiento, en compañía del sacerdote, los seminaristas, el representante de la sección municipal y su familia y el jefe de plaza de otro pueblo importante.

Para muchos esta escena puede resultar paradójica. ¿Por qué el representante del poder estatal, el sacerdote, la defensora de los derechos humanos y el jefe de plaza están sentados en la misma mesa? ¿De qué estaba hecha esa carpa que a nosotros nos permitía tener un espacio compartido dentro de ella y excluía a los raramuri aunque eran mayoría? El elemento común más evidente era que todes éramos no indígenas, mestizos o chabochis, como nos identifican los raramuri.

Existe una estructura de complicidad patriarcal/racial tácita que hace posible que, de manera aparentemente contradictoria, se puedan sentar a la mesa del control territorial los representantes de la autoridad estatal, los representantes de los grupos armados y los representantes de la autoridad religiosa. Todos ellos herederos del poder masculino mestizo que determina el ritmo económico, político y social de la zona. De los vínculos entre estos poderes dependen en gran medida los niveles de estabilidad, paz y gobernanza en las comunidades.

Entre estas representaciones del poder en la zona, la Iglesia ha sido el único actor abiertamente aliado de los pueblos indígenas y de las luchas por la justicia social. En el Centro de Capacitación y Defensa de los Derechos Humanos e Indígenas A. C. recordamos y reconocemos, por ejemplo, todo el apoyo que los jesuitas Javier Campos Morales, el Gallo, y Joaquín César Mora Salazar brindaron a nuestro trabajo como asesoras legales de varias comunidades raramuri de la baja Tarahumara en su lucha contra la construcción del gasoducto El Encino-Topolobampo.

Ilustración: David Peón

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Publicado en: 2022 Agosto, Expediente