En la violencia
2008-2022

El lunes 20 de junio fueron asesinados en Cerocahui, en la sierra Tarahumara, los jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora. El caso estuvo en la prensa durante semanas. Algo bastante raro, porque en la práctica nos hemos habituado a la violencia. Tanto que casi no es noticia. Hay en el país cuatro o cinco veces más asesinatos de los que había hace quince años, pero se habla mucho menos de esta violencia. Todos los días hay información escueta sobre una masacre: una familia, los invitados de una fiesta, y de vez en cuando pequeños reportajes con historias de extorsiones, amenazas, secuestros, las rutinas del miedo. Nos hemos habituado, pero seguimos sin entender bien a bien.

El primer problema es la falta de información. En la práctica, la mayor parte de las noticias que recibimos vienen de la policía, el Ministerio Público, el Ejército, y por eso conviene tomarlas con alguna reserva. Porque no son sólo los datos: cuántos muertos, heridos, detenidos, y dónde, sino la interpretación de esos datos que está implícita en los boletines de prensa. Por la policía o el Ejército sabemos que las víctimas pertenecían a un cártel u otro, que están peleando por una plaza, un mercado, pero no hay modo de comprobar nada. Desde hace quince años tenemos una explicación estándar que lo remite todo a una historia de cárteles, plazas, rutas, alianzas y rupturas, y siempre al contrabando de droga. Muy probablemente haya todo eso, pero la explicación es insuficiente para dar cuenta del casi medio millón de muertos que ha habido, según la cuenta oficial.

Otro problema, y no menor, es que no sabemos con qué plan actúa el Ejército (Ejército, Marina, Guardia Nacional, da lo mismo). Se anuncia cada tanto el despliegue de 1000, 5000, 10 000 soldados que irán a la zona que haya sido noticia en esos días, pero no es posible saber qué van a hacer: vigilar, sí, pero ¿qué exactamente quiere decir vigilar? No es posible saber con qué hipótesis trabaja el Estado Mayor ni qué estrategia ni qué objetivos se plantea, qué escenarios contempla ni cómo imagina los varios teatros de operaciones, de modo que es imposible saber qué podría contar como un éxito, qué sería una victoria. No sabemos qué guerra está peleando el Ejército.

Adelanto una conjetura. El mayor obstáculo está en que se piense la violencia —la delincuencia, el crimen— como si fuese algo ajeno, separado del resto de la vida social, como si existiera en un plano distinto y hubiese que explicarlo con otro lenguaje, otros argumentos, otros datos. Para todo lo demás: la economía, las elecciones, la burocracia, la obra pública, para todo aparece la delincuencia como amenaza de contaminación. Las explicaciones tanto como las estrategias están teñidas por esa idea. Y bien: según yo, la reducción es engañosa, porque la economía de las drogas es una de las claves de la violencia, pero no la única ni mucho menos, y el crimen no es algo que se pueda separar de la economía, la política, la vida cotidiana.

Ilustración: Víctor Solís

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Publicado en: 2022 Agosto, Expediente