En este agosto, el narrador nicaragüense Sergio Ramírez cumple 80 años. Como celebración, publicamos el siguiente cuento: juego de espejos entre el pasado y el terror.
¡Cuántos han caído allí!
Tropiezan toda la noche con los huesos de los muertos,
Y sienten que ignoran todo menos la inquietud…
William Blake
La voz del viejo bardo
Y aunque el olvido, que todo destruye
Los hechos ocurridos el sábado 17 de julio de 1982 en San Francisco Nentón aparecieron referidos en la sección de Ciencias de la edición dominical de The New York Times, entre otros artículos sobre terapia de los genes y vacunas contra la hepatitis, y como un asunto de interés arqueológico.
San Francisco Nentón fue una aldea habitada por familias mayas de la etnia chuj, en el departamento de Huehuetenango, en las vecindades de la frontera de Guatemala con México, al noroeste del país. El artículo, firmado por Malcolm W. Browne, se publicó el 23 de febrero de 1999 bajo el título Pistas del terror sepultadas en la ladera de una colina: científicos desentierran evidencias de una masacre.
Un equipo de arqueólogos, etnólogos, antropólogos y especialistas forenses de Estados Unidos, Argentina y Guatemala, organizado por la Fundación de Antropología Forense, llegó hasta aquellas lejanías rurales con el fin de establecer campamento, delimitar un área de excavaciones y, de acuerdo con el plan de su bitácora, iniciar el trabajo de campo.
Guatemala es un país rico en tesoros arqueológicos de la civilización maya, muchos de ellos aún por explorar. Por ejemplo, gracias a una nueva tecnología láser llamada lídar, no hace mucho se ha descubierto en las selvas del Petén una muralla de catorce kilómetros, conectada a un complejo sistema de torres y calzadas, alrededor de Tikal, una de las ciudades de la era preclásica, lo que revela la existencia de toda una megalópolis, cuatro veces más grande que el área hasta ahora conocida.
En las cercanías de la extinta aldea de San Francisco Nentón existe una pequeña pirámide del periodo clásico, pero esta vez no se trataba de la búsqueda de los restos de un centro ceremonial o de la tumba de algún rey de una dinastía ignorada. Se trataba de dar con los restos óseos de cerca de 350 personas, la casi totalidad de los habitantes de la aldea, asesinados por el Ejército Nacional bajo las órdenes del presidente de la República, el general Efraín Ríos Montt, quien el 23 de marzo de ese mismo año de 1982 había tomado el poder tras un golpe de Estado.
El equipo científico, llegado a aquel lugar remoto en la geografía y remoto a sus afanes académicos habituales, se entregó a su tarea con pasión y perseverancia, tratando de encontrar las pistas de un crimen masivo que habían permanecido ocultas por casi dos décadas. Cráneos limpiados pacientemente con brochas, vértebras y cavidades oculares frotadas con cepillos de dientes; huesos enteros o fracturados o en astillas, cuidadosamente librados de sus sudarios de tierra y agrupados en busca de conseguir la armazón completa de los esqueletos, o lo que se pudiera reconstruir de ellos.
Una vez concluida esa tarea, los restos son fotografiados in situ y metidos en bolsas de plástico y cajas de cartón para ser trasladados a la ciudad de Guatemala, donde serán sometidos a exámenes de rayos X en el laboratorio que el doctor Freddy Peccerelli, presidente de la fundación, ha dispuesto en su propia casa.

El doctor Clyde Collins Snow, un antropólogo forense llegado desde Norman, Oklahoma, se integró al equipo. Tenía 71 años para el tiempo de la expedición; ahora ya ha muerto. De un pozo han sacado una quijada, y él, examinándola cuidadosamente tras sus lentes, explica:
“Éste es el pozo de una casa que se dice que perteneció a Felipe Silvestre. Tenemos aquí un cráneo infantil con varias fracturas, probablemente post mortem. Dos de los dientes son de leche, pero un molar ya le había salido. Este niño tenía entre 6 y 7 años. Sexo indeterminado, pero puede establecerse a partir de mediciones de laboratorio y un programa informático estadístico llamado Análisis de Función Discriminante”.
La doctora Claudia Rivera, guatemalteca, es también antropóloga forense. Tanto ella como el doctor Peccerelli son muy jóvenes entonces, según puedo ver en una foto que se han tomado con el doctor Snow, y en la que aparece otro miembro del equipo, el doctor Leonel Paiz, arqueólogo, muy joven también. El doctor Snow abraza a los tres desde atrás, una pipa entre los dientes; lleva un traje claro y luce un sombrero de lona y una corbata estampada con flores, como un personaje de Indiana Jones.
“Es muy parecido a excavar un sitio arqueológico”, le dice al periodista la doctora Rivera. “A medida que pasan los años, todo decae en un lugar como este y se vuelve cada vez más difícil de interpretar. Pero para nosotros esto no es arqueología académica. Este lugar, ¿cómo podría decirlo?, es como si estuviera lleno de voces que quieren decirnos algo”.
Y es entonces, desde la bruma del trabajo científico de campo, de las excavaciones, clasificaciones, mediciones antropológicas y pruebas forenses que surge la historia de lo que pasó en San Francisco de Nentón aquel 17 de julio de 1982.
Pongan atenciones, señores, lo que les voy a contar
El 22 de junio, un contingente formado por cincuenta soldados ya había entrado a San Francisco Nentón por el camino que viene de la frontera con México, y el jefe del contingente mandó que tocaran el cuerno que sirve para llamar a cabildo a los pobladores. Entonces les hizo la advertencia de que no se metieran con las guerrillas, de que no se dejaran tentar por su prédica porque eran falsos y mentirosos, “o iban a morir por el delito de ellos”. Antes de irse repartieron confites a los niños y sardinas enlatadas a los adultos.
A partir de comienzos de ese año el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), una de las cuatro fuerzas guerrilleras que operaba en el país, se había venido haciendo fuerte en el departamento de Huehuetenango, en un área que iba de las tierras bajas a la sierra de los Cuchumatanes, desde donde tenía un corredor abierto hacia México. Sus columnas controlaban algunas carreteras troncales, dinamitaban puentes, habían incendiado las alcaldías en varios municipios y reclutaban combatientes entre los habitantes indígenas de las aldeas.
Hay una foto donde se ve a un grupo de guerrilleros subidos en los escalones de la pirámide maya cercana a San Francisco Nentón, enarbolando en triunfo sus fusiles.
Esa foto sirve de portada al libro Huehuetenango: Historia de una guerra, de Paul Kobrak, publicado en 2003 por el Centro de Estudios y Documentación de la Frontera Occidental de Guatemala, donde se relata la masacre de San Francisco Nentón; igual que se relata en el libro Negreaba de zopilotes… Masacre y sobrevivencia en la finca San Francisco Nentón, escrito por el padre jesuita Ricardo Falla, publicado en 2011 por la Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales en Guatemala.
Los mandos del EGP sabían que tras el golpe de Estado se avecinaba una ofensiva militar y advirtieron en las aldeas que era mejor buscar los campamentos de refugiados al otro lado de la frontera para no exponerse a las represalias del ejército.
En San Francisco Nentón la decisión fue quedarse y someterse a las autoridades. Al día siguiente de la visita del contingente armado una comisión de vecinos viajó hasta la cabecera del departamento para transmitir al comando militar una declaración de lealtad al general Ríos Montt. Y aquel 17 de julio habían mandado otra comisión a la cabecera municipal para solicitar una bandera de Guatemala, exigencia que ahora se hacía, pues el EGP tenía su propia bandera roja y negra con la efigie del Che Guevara; también mandaban a comunicar su disposición a formar su propia patrulla de autodefensa. Las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC) eran la fuerza paramilitar que el ejército seguía organizando y las proveía de armas y entrenamiento básico.
La comisión aún no había regresado cuando una tropa, ahora mucho más numerosa, unos cuatrocientos soldados, entró en la aldea al mando de un capitán. Y nadie buscó cómo ocultarse ni correrse. Al poco rato aterrizaron tres helicópteros que traían más soldados y algunas cajas de abastecimiento. Los pobladores se ofrecieron para transportar la carga.
El capitán anunció que iba a celebrarse una fiesta, mandó que tocaran el cuerno de llamada y mandó también que fueran a los potreros a lazar dos novillos para carnearlos y cocinarlos. “Dos animales gordos, de buen peso, para que hasta nos sobre la carne”, dijo.
Los jefes de la comunidad estuvieron de acuerdo en que valía la pena sacrificar otra vez algo de su ganado para estar en paz con los militares. Comería la tropa a costillas de ellos, pero no era la primera vez que ocurría desde que había llegado la guerra a Nentón. “Vamos a darles su buena comida y no nos va a pasar nada”, pensaron.
Pero la ilusión les duró hasta que oyeron los gritos de las mujeres. Estaban siendo arreadas a la fuerza para encerrarlas junto con los niños en la capilla que sólo se abría algunos domingos cuando aparecía el cura itinerante, y allí adentro matarlas a bala. A otras las retenían antes dentro de las casas y les hacían mancilla de sus cuerpos, sin importarles que fueran ancianas, madres, viudas, doncellas, niñas que apenas despuntaban de los pechitos.
Enseguida empezaron la mortandad con los niños. Los amarraban de los piececitos y de las manitos, igual que se hace con las gallinas cuando las llevan al mercado, y así amarrados les daban contra los horcones de las casas y contra el tronco de un ciprés que estaba sembrado frente a la puerta de la capilla, o los partían con los machetes cercenando cabecitas y brazos.
Uno de los habitantes de San Francisco Nentón que logró huir porque lo creyeron muerto, entrevistado por el padre Falla en uno de los campamentos en Chiapas, dice: “Lo sacaron y lo cuchillaron, pues, lo atriparon, pues. El pobre patojito está gritando. Y porque no muere, más bien ahí lo prendió al pobre patojito ese señor y le dio su golpazo. Quebró la cabeza y lo tiró, pues, adentro. Entonces yo, yo lo miré al muchachito. Yo creo que de tres años. Apenas están andando a los tres años. Cómo la pata lo agarra, veo… con un palo duro, macizo, allá le da, le bota la cabeza. Se acaba de morir, tira el cuerpito a la mierda. Eso lo vi yo, pues”.
Y ya le llegó por fin el turno de muerte a los hombres. Los fueron acorralando para que se pusieran todos juntos. Les hicieron vaciar los bolsillos, les quitaron el dinero, los obligaron a entregar sus relojes y los empujaron hacia el juzgado donde también fueron encerrados. Después los fueron sacando en partidas de diez.
Primero los más viejitos. Los acababan “clavándoles el cuchillo en la garganta igual que se degüella una res”, declaró otro de los pocos que pudo escaparse a Chiapas. Luego sacaron a los “hombres de trabajo”, les amarraron trapos en la cara para taparles los ojos, los forzaron a acostarse bocarriba y les fueron dando los tiros en la cabeza. “Indios cerotes, hijos de puta”, repetían los que así los mataban.
Venía llegando la noche, y todavía les faltaba gente que matar. Y ya estaban cansados los soldados de tanto matar porque a los últimos que quedaban vivos les tiraron granadas para reventarlos de una vez por todas dentro del juzgado. Pero algunos, dados por muertos entre ese montón de cadáveres, aprovecharon que venían las sombras y buscaron escaparse. Se enteraron los militares de la fuga y a unos los sorprendieron cuando corrían y los fusilaron, pero otros, como los que ya vimos, amparados por un aguacero que empezó a caer, lograron llegar a los campamentos de Chiapas.
Conforme la memoria de los sobrevivientes, el padre Fallas logró ir concertando la lista de los muertos, unos que recordaban nombres y otros que recordaban caras, y juntando nombres con caras fue saliendo la nómina, por familias, por casas. La señora tullida, la otra que era algo gorda, la regañona de mal carácter. El marido que los sábados se embolaba y lloraba de desconsuelo. El que tenía el caballito barcino de paso llano. Los patojos insolentes de una casa, los sumisos de otra, que no daban querella a sus padres, los que jugaban chamuscas en el solar frente a la capilla. La niña a la que la abuela peinaba las trenzas poniéndole aceite de zapuyul en el pelo. Algo parecido a lo que los arqueólogos hacían con los fémures, las tibias, los cráneos, armar, componer. Esa lista vino a ser de 302 víctimas, pero la cifra real llega muy probable a los 350 muertos.
La única de las mujeres en librarse de la matanza fue “una señorita impedida de sus piernas que se llamaba María Ramos”. La hallaron los soldados en su silla de palo de donde no podía moverse, se la llevaron cargada para meterla con las demás en la capilla, pero a saber por qué decidieron dejarla tirada en el camino; allí la olvidaron, y luego pudo arrastrarse hasta una casa que por milagro no fue quemada. Se estuvo quieta adentro, recluida en un rincón haciéndose un ovillo, los dientes apretados y los ojos cerrados esperando que en cualquier momento aparecieran los soldados.

Su testimonio quedó recogido en el libro de Paul Kobrak. No vio nada de lo que les hicieron a los demás, dijo, sólo oyó la tirazón y los estallidos de las granadas. Y refugiada en esa casa estaba, cuando una noche apareció en espíritu su cuñada, que ya moraba entre los muertos, y le dejó un cántaro de agua para que al menos consolara su sed.
A los días pasaron unos guerrilleros que hacían un reconocimiento del terreno y la hallaron en su escondite. La pudieron sacar a México en parihuela hasta uno de los campamentos, allí contó su sucedido y a los tres años se murió.
Pues ésa es más o menos la historia. Tiempo después, la aldea fue arrasada hasta sus cimientos, y la tierra baldía aplanada con bulldozers, como para que quedara en el olvido San Francisco de Nentón. Cuando la misión científica llegó con sus maletas y cajones de instrumentos de trabajo, hubo que limpiar a machete la maleza.
Hay cementerios solos, tumbas llenas de huesos sin sonido…
“Después de la masacre los soldados comieron, bebieron y bailaron”, afirma otro de los sobrevivientes de San Francisco Nentón, uno de los que se hizo el muerto entre la pila de cadáveres.
Comen con voracidad los pedazos de carne de las reses que los jefes habían mandado a traer a los potreros para la fiesta anunciada a los moradores que ya estaban muertos. Comen con la mano o habrán llevado platos de cartón entre las provisiones transportadas en los helicópteros. Los lomos, las entrañas, los costillares asándose al aire libre. Parlantes, un equipo de sonido. Música estridente. Los soldados bailando entre ellos, las pesadas botas asentándose con torpeza sobre el lodo ensangrentado. Uno de ellos, flaco y rapado, quiere pasarse de gracioso y baila agarrándose por las mangas los pantalones de fajina, que le quedan flojos, como si fuera una falda.
Se fueron ya llegada la noche y no dejaron ninguna vigilancia en el sitio. “Para ellos San Francisco Nentón había dejado de existir como objetivo militar. Era asunto del pasado, y nadie vigila el pasado”, dice otro sobreviviente. Y antes de levantar campo regaron gasolina y les pegaron fuego a las casas, y como estaban hechas la mayoría de caña brava, de pajón y varas, no fue mucho lo que tardaron en quemarse.
De ahora en adelante el trabajo sería de los zopilotes, que llegaron apenas amaneció. Zopilotes de plumas resecas que bajaban con vuelo pesado, se posaban sobre las piedras, vigilaban, se acercaban con cautela, los picos filudos inclinados hacia el suelo. De pronto eran decenas y seguían llegando. Era como si entre ellos se avisaran de que había suficiente para regalarse a sus anchas.
Después, no se sabe a los cuántos días, regresaron los soldados para abrir zanjas y mal enterrar a los muertos, zanjas que no eran tan profundas y era poca la tierra que les echaron encima, con desgano.
Hay otro testigo, que entró en la aldea varios días después de la masacre, y dice: “No quedaba nada vivo en toda la aldea, excepto por los perros y algún ganado suelto. Mataron a todos. Se veía un reguero de cuerpos quemados. Algunos tenían sus cabezas cortadas con machete o con hacha. Los cuerpos estaban amontonados en el juzgado y algunos estaban en las casas. Quemaron todas las casas. Los perros habían comenzado a comerse los cuerpos que no estaban quemados. Había multitud de zopilotes. Olía muy mal. Yo nunca había visto nada así. ¡Tantos muertos! Estaba yo abrumado, quería llorar. Sólo pude quedarme un ratito. Las personas tenían ya tres o cuatro días de estar muertas”.
Serán ceniza, mas tendrá sentido
“Lo extraño de todo esto”, dijo el doctor Snow mientras lleva adelante su trabajo de campo en el sitio, sentado en una sillita plegable de lona, “es que hemos encontrado montones de fragmentos de cráneos, pelvis, vértebras y costillas, pero no hemos hallado fémures”.
Lo que pasó es que después de haber enterrado los cadáveres, los soldados volvieron para arrancar los fémures que sobresalían a flor de tierra, deslavados por las lluvias, y los dispersaron lejos, para no dejar ningún rastro. Pero no les pareció suficiente, y más tarde un batallón de ingeniería llegó con los bulldozers para aplanar el terreno.
Una vez recuperados los fémures y reconstruidos los esqueletos, se pasó a la fase de agruparlos por familias: abuelos, padres, hijos, las madres con sus niños. Para encontrar los lazos familiares, según el doctor Peccerelli, fue necesario guiarse por elementos como el ancho del puente de la nariz, las características del hueso frontal, el diámetro de las cuencas donde una vez estuvieron los ojos; y para calcular las edades, se determinó el grado de fusión de los huesos pélvicos. También se usó para la identificación familiar el DNA de la pulpa de los dientes, protegida de la decadencia por la dentina, la capa de marfil que la recubre. Tras meses de trabajo, las familias volvieron a estar juntas.
También se logró determinar las formas en que las víctimas fueron asesinadas por las señales de los alambres con que fueron amarradas de pies y manos, los golpes de machete que cercenaron los huesos, el tipo y calibre de las balas que les destrozaron el cráneo o les penetraron el tórax.
La desaparición de San Francisco Nentón fue parte de un plan de contrainsurgencia que tenía el nombre en código Sofía, iniciado en julio de 1982, y que se extendió hasta el 19 de agosto del mismo año. El propósito era “conducir operaciones contrainsurgentes de seguridad y de guerra ideológica con el objetivo de localizar, capturar o destruir grupos y elementos subversivos, para garantizar la paz y seguridad de la nación”.
Fue articulado con base en la participación del Primer Batallón de Paracaidistas de la Base Militar General Felipe Cruz, “el cual se desplazó por tierra desde su sede en Puerto San José, Escuintla, hasta la Zona Militar de Huehuetenango, donde inició sus operaciones ofensivas y psicológicas, con la finalidad de darles mayor ímpetu a las operaciones de la Fuerza de Tarea Gumarcaj, la que proporcionó el apoyo logístico requerido”, según puede leerse en los informes militares.
Gumarcaj significa “casa grande”, y corresponde al nombre de la capital del reino maya quiché en el periodo posclásico, cuyos vestigios se localizan en las cercanías de la ciudad de Santa Cruz del Quiché.
El quinto jinete del Apocalipsis
Al general Ríos Montt le gustaba que le repitieran la leyenda milagrosa que él mismo había inventado, de que el 23 de marzo de 1982 se encontraba, Biblia en mano, explicando el mensaje milenarista de los Misioneros del Verbo a un grupo de recientes conversos, cuando una patrulla de soldados apareció para anunciarle que el general Fernando Romeo Lucas García acababa de ser derrocado y que los cabecillas del golpe le rogaban encarecidamente que asumiera la presidencia.
Era la providencia misma la que lo buscaba para que cumpliera su misión de salvar a Guatemala de la subversión diabólica del comunismo ateo y guiara al país hacia los brazos de Cristo, en un tiempo en que los generales se arrebataban el poder unos a otros.
La Iglesia del Verbo pertenece a la denominación neopentecostal de la Gospel Outreach, que ese mismo año del golpe cumplía cien años de haber sido fundada en Eureka, California. Empezó a crecer en Guatemala a partir del año 1976, cuando la capital fue golpeada por un terremoto, y su arraigo entre las clases medias y en las barriadas ha llegado a ser inmenso, junto con el de otras iglesias pentecostales, al punto de que sus miles de fieles se vuelven decisivos en las campañas políticas.
Ríos Montt, que tras pedir su baja en el ejército se había presentado como candidato a las elecciones en 1974, en nombre de una alianza que encabezaba la Democracia Cristiana, ganó aparentemente entonces, pero la cúpula militar decidió que el triunfo era del general Kjell Laugerud, su propio candidato, y mandó al derrotado como agregado militar en España. A su regreso de aquel exilio en 1978, fue que se convirtió en feligrés neopentecostal.
Cuando se dio el golpe en 1982 era parte del consejo de ancianos de la Iglesia del Verbo, una suerte de sínodo episcopal. Y a las once de la mañana de ese día comparecía en uniforme de campaña, rodeado de sus cómplices, para anunciar el golpe y hacer una serie de advertencias, la primera de ellas que quien fuera encontrando con armas en la mano sería fusilado. “Fusilado y no asesinado, ¿estamos?”, dijo frente a las cámaras, sin un solo parpadeo.
La guerra santa había empezado y cada semana habría de aparecer en la televisión para dar sermones, la Biblia siempre en la mano, en los que predicaba el alcance purificador de su régimen. El buen cristiano, sentenciaba, es “aquel que se desenvuelve con la Biblia y la metralleta”. Su misión era acabar con “los cuatro jinetes del moderno Apocalipsis”: el hambre, la miseria, la ignorancia… y la subversión. Él sería el quinto de esos jinetes.

El pastor de ovejas descarriadas, que anunciaba la llegada de la era del amor divino y la conquista del país para Cristo, lo que se montó desde el mismo día de su ascensión al poder fue un programa de represión sistemática que involucraba al ejército, a los cuerpos de seguridad y a las recién creadas Patrullas de Autodefensa Civil, verdaderas escuadras de ejecución.
Según el informe de Recuperación de la Memoria Histórica presentado por el obispo Juan Gerardi, asesinado a golpes con un bloque de hormigón en la casa cural de la parroquia de San Sebastián de la ciudad de Guatemala el 26 de abril de 1998, en los escasos dieciocho meses que duró la dictadura de Ríos Montt se cometieron al menos diez mil asesinatos en las áreas rurales habitadas por etnias indígenas y cien mil personas debieron huir de sus aldeas, de las que casi quinientas fueron exterminadas del mapa. Y campearon los juicios secretos sumarios, las desapariciones, los cementerios clandestinos.
La política de “tierra arrasada” de Ríos Montt no había tenido precedentes en su magnitud, lo que ya es bastante decir en un país marcado por la más oscura y desenfrenada represión, desde el golpe militar que derrocó en 1954 al presidente Jacobo Árbenz.
Herodes y los chocolates
A partir del año 1986 hubo gobiernos civiles en Guatemala. Y Ríos Montt siguió en la política y en posiciones de poder. Fundó un partido, fue electo diputado, fue presidente del Congreso Nacional y en 2003 fue candidato a la presidencia, habiendo quedado en tercer lugar, con el 20 por ciento de los votos. Medio millón de votos.
Para entonces pesaban sobre su cabeza diversos juicios, uno de ellos promovido desde España por genocidio contra el pueblo ixil. No era el primero de los ancianos militares, extravagantes y sombríos, que a pesar de arrastrar tras de sí una sangrienta cauda de crímenes subía a las tribunas para hablar delante de grandes masas de partidarios y se hacía fotografiar sosteniendo niños en brazos y abrazando indígenas de las etnias que había mandado a exterminar.
Por fin, el 19 de marzo de 2013, a los 87 años, compareció delante de un tribunal civil en un juicio oral y público. Más de cien testigos, aún con el temblor del miedo en la voz, prestaron testimonio, muchos en sus propias lenguas, los auriculares puestos para entender lo que decían los abogados y jueces, y en las cabinas los intérpretes traducían sus propias palabras.
En aquellos años de la ejecución del plan Sofía no pocos de esos testigos eran niños que lograron escapar de la sentencia de muerte indiscriminada que pesaba sobre sus cabezas. Ríos Montt sabía muy bien de historia sagrada y sus planes contrainsurgentes se parecían mucho a los del rey Herodes, sólo que más sofisticados. Los niños indígenas tenían un nombre cifrado en esos planes: chocolate. No había que dejar a un solo chocolate vivo.
En un reporte de operaciones, el jefe de la Cuarta Patrulla informa que en una quebrada se encontraba escondida una mujer y al advertir presencia extraña el soldado punta del contingente hizo fuego contra el enemigo (ENO, en el argot militar), eliminándola a ella y a dos chocolates (niños, en el argot militar), “eliminándose también un elemento vestido de civil y sin documentación que intentó huir al ver a la patrulla y otro elemento de aproximadamente 17 años de edad que huía también de la patrulla en compañía de otros hombres NI (no identificados, en el argot militar), lo mismo que una persona indocumentada del sexo masculino que salió de unas peñas con los brazos en alto…”.
Los testigos relatan en las vistas del juicio escenas de soldados que se comían los sesos de los niños después de que sus cabezas habían sido abiertas a golpes contra las rocas. Niños lanzados al aire y ensartados en bayonetas. Niños rociados con kerosín y quemados vivos.
Francisco Velasco cuenta que mataron a once familiares suyos y a su hija de 12 años la encontró tirada en el piso de su vivienda con el pecho abierto y sin corazón. “Los soldados le sacaron el corazón, no sé si con cuchillo o machete. ¿Mi niña qué delito tenía? ¿Mi mamá qué delito tenía?”.
Nicolás Toma, de San Juan Cotzal, dice que una patrulla de soldados llegó a su aldea Villa Hortensia Antigua y mataron a todos los niños: “Les metieron bala en el pecho que salió por la espalda”.
“No hubo perdón para ancianos ni niños ni mujeres embarazadas”, dice otro, “en ocasiones los niños se iban vivos a las fosas en los rebozos de las madres. Cuando una fosa estaba llena de víctimas, le echaban tierra. Ellos los agarraban del pelo y los puyaban en el pecho, y después los empujaban a la fosa”.
Otro testigo declara que cuando fueron a buscar a su hijo Pedro de 5 años, “ahí estaba tirado, mi chiquito muerto”. Tuvieron que dejarlo en la huida, y “ahora por fin está enterrado en el cementerio de Cunén”, después de que los antropólogos forenses identificaron sus restos.
Y dice otro: “Los soldados primero quemaron las casas y a los niños que estaban allí les cortaron el pescuezo con cuchillo, la cabeza la usaban como pelota, nunca se me ha olvidado y nunca se me va a olvidar”.
Los lomos, las entrañas, los costillares asándose al aire libre en San Francisco Nentón. Huele a chamusquina. En el helicóptero venían dos cajas de ron Botrán, también los pobladores las acarrearon solícitos. Un cabo va, botella en mano, llenando los vasos de cartón. Parlantes, un equipo de sonido que toca un corrido norteño. Sigue de moda La banda del carro rojo. Están de moda Los Tigres del Norte. Los soldados de cabezas rapadas bailan entre ellos, las pesadas botas asentándose con torpeza sobre el lodo ensangrentado. Uno que quiere pasarse de gracioso se agarra los pantalones de camuflaje, que le quedan flojos, como si fuera una falda.
El acusado tiene también los auriculares puestos, y no se inmuta. Siguen las historias contadas en un idioma que no entiende. Vientres de mujeres abiertos a cuchillo para sacarles a los hijos en gestación. Los soldados hacían fila para violar a las mujeres, fueran ancianas o fueran jóvenes, y luego las degollaban. Una niña de 13 años terminó muerta después de que tantos pasaron por ella. A un padre lo obligaron a ver cómo torturaban a su esposa y a sus hijos.

El 10 de mayo de 2013 el tribunal dictó sentencia condenando al acusado a la pena de ochenta años de prisión inconmutable: cincuenta años por genocidio y treinta años por delitos contra los deberes de humanidad. Ese mismo día fue trasladado al cuartel de Matamoros en calidad de prisionero.
La sentencia fue recurrida ante la Corte de Constitucionalidad, y, en el entretanto, la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala hizo publicar pronunciamientos amenazando con sacar a las calles a cincuenta mil paramilitares de las Patrullas de Autodefensa Civil. El Comité Coordinador de Asociaciones Comerciales, Industriales y Financieras (CACIF) demandó también la nulidad de la sentencia.
El 20 de mayo de 2013, en una votación de tres contra dos, la Corte de Constitucionalidad anuló todo lo actuado por el tribunal y ordenó que el juicio regresara al Estado en el que se encontraba en noviembre de 2011. El acusado fue liberado de la prisión militar y puesto bajo arresto domiciliario.
Se programó un nuevo juicio para el mes de enero de 2015, pero no comenzó sino en marzo de 2016 debido a dilatorias procesales. Para ese entonces, un dictamen forense solicitado por la defensa había establecido que el acusado padecía de “demencia vascular mixta cortical y subcortical de naturaleza senil”.
El tribunal dio por bueno el dictamen y resolvió que, con base en la condición del reo, no se demandaría su presencia en las vistas, que se realizarían a puerta cerrada; y que, de ser hallado culpable, no cumpliría ninguna pena de prisión. Tras nuevos retrasos, el juicio no comenzó sino en octubre de 2017, con una sola audiencia semanal, los viernes por la mañana.
A pesar de que estaba eximido de presentarse en el juicio, los familiares decidieron llevar al acusado en camilla a la sala de audiencias, asistido por una enfermera. En las fotos se le ve cobijado hasta el cuello, con lentes oscuros y una cánula de oxígeno en la nariz. Su hija Zuri aparece en primer plano, envuelta en un chal rojo, en actitud de cuidarlo, mientras a sus espaldas abogados y jueces escuchan uno de los alegatos, indiferentes a la escena. Al centro, entre las mesas a las que están sentados, hay media docena de contenedores plásticos con documentos del juicio.
Murió pocos meses después, a los 91 años, el 1 de abril de 2018, Domingo de Resurrección. Su abogado informó de manera escueta que había sufrido un paro respiratorio, consecuencia de su avanzada edad.
Fue sepultado ese mismo domingo en el cementerio de La Villa de Guadalupe de la ciudad de Guatemala. Se gritaron vivas al fallecido, y mueras al comunismo. Hubo discursos encendidos de sus partidarios. Su hija Zuri dijo frente a la tumba: “Mi padre murió libre, recuérdenlo todos, libre”.
Se le rindieron honores militares. Miembros del Estado Mayor de las fuerzas armadas, en uniforme de gala, condujeron el féretro, cubierto con la bandera nacional, y una escuadra de fusilería disparó tres salvas mientras descendía a la fosa.
En 2019 Zuri se presentó como candidata a la presidencia. Cuando el Tribunal Supremo Electoral anuló su participación, porque la Constitución lo prohíbe a los responsables de un golpe de Estado y sus parientes inmediatos, aparecía en las encuestas como segunda en intención de voto.
Sergio Ramírez
Escritor, Premio Cervantes 2017
Este cuento forma parte del libro Ese día cayó en domingo, que se publicará en septiembre.