Roberto González Echevarría es uno de los críticos literarios más importantes del siglo XX. Nacido en Cuba y exiliado en Estados Unidos después de la llegada de Castro al poder, sus muchos libros —entre ellos Mito y archivo y La prole de Celestina— revolucionaron el estudio de las literaturas hispánicas y latinoamericanas.
Profesor durante décadas en Yale, donde ocupó la Cátedra Sterling, el más alto honor conferido por la universidad, González Echevarría ha educado a generaciones enteras de críticos y lectores. Yo soy uno de ellos. Le debo una deuda enorme: toda mi concepción de la literatura es producto de su enseñanza.
Fue esta deuda la que me llevó a visitarlo hace unos meses en Tampa, Florida. La ocasión de mi visita era hacerle una entrevista en el marco de la publicación de su autobiografía, Memorias del archivo: una vida (Semilla-Renacimiento, 2022). A continuación presento fragmentos de nuestra plática, en la que tocamos temas tan diversos como su infancia en Cuba, la evolución de la teoría crítica y las alegrías y dificultades de la vida académica. Más que otra cosa, sin embargo, hablamos de libros, como hacíamos hace ya diez años, cuando él aceptaba ir a cenar conmigo al único restaurante mexicano de New Haven y responder a mis preguntas ingenuas con la generosidad que lo caracteriza.
Nicolás Medina Mora Pérez: Usted dice en Mito y archivo que la literatura latinoamericana tiene una obsesión por los orígenes. Así, tenía la esperanza de que comenzáramos hablando de su pueblo natal, Sagua la Grande.
Roberto González Echevarría: Sagua era —ya no lo es, después de la catástrofe castrista— un pueblo próspero de unos 40 000 habitantes, de donde habían salido figuras como Wifredo Lam, el gran pintor, pero también escritores notables, como Jorge Mañach, Enrique Labrador Ruiz y Carlos Loveira. Había una cierta tradición cultural que se vio enriquecida cuando se fundó el Instituto de Segunda Enseñanza. Para mí fue muy importante ese instituto, porque mi mamá y mi padre fueron profesores. Vivíamos en una casa que mi abuela Dolores se había hecho construir; ella era muy frugal y ahorraba su dinerito y se hizo una casa grande de madera. Allí nací —me recibió de comadrona mi propia abuela— el 28 de noviembre de 1943.
Estábamos en la época de la primera presidencia de Fulgencio Batista —una presidencia ganada en elecciones limpias— y vivíamos la prosperidad que la Segunda Guerra Mundial trajo a Cuba por la venta del azúcar a los aliados. Así que Sagua era un pueblo próspero: había cinco centrales azucareras en la región que les daban trabajo a muchos y también una fundición de acero.
El recuerdo más remoto que tengo —y con esto empiezo mi libro de memorias— es estar sentado en el patio de la casa de mi abuela y hundir las manos en la tierra debajo de la gravilla y sentir un frescor. Yo soy lector de san Agustín, de Rousseau, de Freud, así que sé cómo nos engañamos sobre nosotros mismos y cómo nuestras memorias suelen tener mucho de falsas. Pero eso es lo que recuerdo con mayor claridad.
Empecé a estudiar en la escuela pública. Quizá podía haber ido a un colegio privado, pero mi mamá era una devota de la república y quería mandarme a una escuela pública. Así que fui a la escuela pública José Luis Robau por los primeros tres años. Pero después mi mamá, con más aspiraciones que ideología, decidió mandarme a estudiar con los jesuitas, porque allí iban los hijos de una clase superior a la de ella, y ella pensaba que allí podría recibir una educación más rigurosa. Con los jesuitas aprendí a ser hipócrita. Yo no era creyente —todo aquello que me decían no me parecía digno de ser creído— pero tenía que aceptarlo sin decir nada. Lo mismo pasaba con el patriotismo. Era un patriotismo exaltado, una especie de religión, con Martí como figura central. A mí me resultaba empalagoso, pero tampoco decía nada.
NMMP: Me interesa cómo vivieron la revolución usted y su familia. ¿Les llegaban noticias preocupantes, cómo era el ambiente en ese momento?
RGE: En Cuba se veía ya en los primeros meses que aquello no iba a ser simplemente un cambio de gobierno, sino que iba a haber una transformación de la sociedad. La revolución de 1933 estaba fresca en la memoria, sobre todo en la de mi mamá. Los comunistas decían que ésa había sido una revolución frustrada: no lograron tomar el poder, pero eso era lo que querían y, en algunos lugares, lo lograron. Mi mamá fue siempre muy liberal, pero también muy anticomunista. A mi papá nunca lo oí hablar mucho de política, pero me contaba que cuando la del 33 lo metieron a la cárcel en La Habana, porque iba hablando mal del gobierno en una guagua y lo cogió la policía secreta. Pasó una o dos noches en la cárcel, donde dice que quienes lo ayudaron fueron los comunistas, porque ellos ya estaban acostumbrados a estar en la cárcel.
NMMP: ¿Y estuvo usted presente en La Habana en la entrada de Castro?
RGE: Claro, yo estaba allí. Todo lo vimos por televisión. Fue una revolución televisada, porque Cuba tenía más televisores por habitante que ningún otro país de América Latina.
NMMP: ¿Había miedo? ¿Preocupación?
RGE: Había miedo en tanto que empezaron muy pronto con los fusilamientos en la fortaleza de la Cabaña, presididos en gran medida por Ernesto Guevara, quien mandó al paredón a cientos, sin juicio ni nada. Y eso metía miedo, porque transmitían las ejecuciones por televisión. Pero por otra parte, La Habana era todavía la gran ciudad que había sido en los años cincuenta. La vida cotidiana seguía más o menos igual. La liga de pelota suspendió los juegos la primera semana de enero, pero después siguió jugando. Y nosotros seguimos en la escuela. Pero mi mamá, que conocía mejor la historia, temía que lo que pudo haber sido la revolución del 33 ahora sí se avecinaba.
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