Microhistoria de una bruja del siglo XVII

Es mayo del año 1618. En el pequeño poblado de Leonberg, en la región de Wurtemberg, a poco más de diez kilómetros de Stuttgart en lo que hoy se conoce como Alemania, Katharina ––una viuda de más de 70 años que no sabe leer ni escribir–– escucha que alguien toca tímidamente a su puerta.

La Guerra de los Treinta Años está comenzando. En el aire del Sacro Imperio Romano Germánico se respira miedo y desconfianza. La Lex Carolina es la pauta del orden desde el reinado de Carlos V. En este conjunto de leyes ––dictado por el Estado y no por una institución religiosa–– se estipula como delito grave la brujería, en específico se considera que, en caso de comprobarse que son brujas, las culpables deberán ser ejecutadas en la hoguera. Se estima que alrededor de 100 000 personas en Europa fueron acusadas de brujería y cerca de la mitad fueron ejecutadas por ese crimen. Se cree que cerca del 80 % fueron mujeres, casi todas ya habían pasado por la menopausia o la estaban atravesando, la mayoría eran viudas y de bajos recursos.

La manera más común de ejecutarlas era en la hoguera y, si la misericordia se apoderaba del verdugo, se ponía un puñado de pólvora en el pecho de la bruja para que su corazón explotara y la agonía del último adiós no fuera tan larga. Para llegar a la hoguera se requería que la acusada fuera cuestionada bajo juramento y sólo en la presencia de un representante legal varón. La Lex Carolina también indicaba la prohibición de torturar a la acusada sin que dos testigos confiables la hubieran señalado previamente. También se podía permitir la tortura si se contaba con algún testigo fidedigno y evidencia de que la imputada tenía parentesco con una bruja anteriormente acusada; asunto bastante actual, por cierto, ese de lograr confesiones a base de tortura.

Ilustración: Jaque Jours
Ilustración: Jaque Jours

 

Katharina abre la puerta de su casa y ve que la timidez del llamado se debe a que se trata de un niño. El pequeño le dice que Lukas Einhorn, el nuevo duque de la región, requiere su presencia. La viuda le pregunta de qué trata el asunto, pero el pequeño dice que él sólo es el mensajero y que no sabe más.

Katharina confía en cualquier persona que cuida de las vacas de manera gentil y generosa. Para ella, dedicarle tiempo y paciencia a un animal habla mejor de una persona que haber comulgado en misa. Incluso, para la viuda, cuidar de una vaca es mejor carta de presentación que tener una dentadura completa.

De niña descubrió que todos los animales esconden su verdadero nombre y que hay que poner atención para descifrarlo. Muy temprano, todos los días, ella alimentaba a los animales y una mañana mientras acariciaba a Lunes, el nombre falso de la vaca de la familia, comenzó a recitar los nombres de los bebés que habían muerto antes de ser bautizados en Eltingen, su pueblo natal. Parece un poco tétrico y a la vez trágico hacer una canción con los nombres de los bebés muertos, pero Katharina lo hacía con una sonrisa en el rostro. Siempre tuvo un cariño especial por los recién nacidos, por sus uñas diminutas, por sus ojos grandes y en especial por esa sensación de que parecen ser más sabios que los padres. La vaca comenzó a llorar y fue así como supo su verdadero nombre: Apolonia.

Antes de salir de su casa para atender el llamado del duque, Katharina se despide de su vaca adorada: Manzanilla, con una caricia en la frente y la promesa de que pronto volverá a verla. Mientras camina hacia la residencia ducal siente el aire cálido a su alrededor; la primavera trajo consigo las flores y el zumbido de los insectos; también la risa de los niños que juegan en las calles.

No se imagina lo pronto que sus gastos se multiplicarán, que los ingresos de sus sembradíos serán congelados y que los escasos bienes de su casa serán confiscados.
Katharina supone que se trata de su hijo Johannes, el matemático imperial también conocido por sus estudios astronómicos y astrológicos. Hombres como el duque siempre quieren saber qué dicen las estrellas sobre ellos mismos, sobre su legado como gobernantes, sobre su riqueza. Vanidad y altanería de políticos y aristócratas. Katharina se seca el sudor de las manos mientras entra al vestíbulo donde le piden que espere, no sabe cómo decirle al duque que con gusto su hijo Hans le puede hacer una lectura astrológica, pero que no lo hará a menos que se le pague lo justo por su trabajo.

Los miembros de la realeza solicitan a menudo los servicios de Hans, pero rara vez le pagan. Incluso el emperador Rudolf le pidió que preguntara a las estrellas: “¿Qué va a suceder con la guerra?”; “¿quién la va a ganar?”. Pero él tampoco le pagó. La nobleza cree que Hans puede vivir del estatus que le da ser reconocido en las cortes más importantes del Imperio.

Los ojos de vidrio del faisán disecado que adorna el vestíbulo le ponen los nervios de punta a Katharina. Prefiere levantarse para mirar hacia la entrada principal de la casa y observar cómo preparan los últimos detalles para colocar el escudo del nuevo duque Einhorn, con un unicornio relinchando que se impulsa sobre sus dos patas traseras, suspendido en el aire.

La duquesa Sybillie murió hace poco, de una muerte repentina, y su esposo, el heredero legítimo del ducado, estaba ocupado contando soldados y firmando tratados para la guerra. Fue así como el Falso Unicornio —como apoda a Einhorn— logró usurpar este cargo que no le correspondía. Después de autoproclamarse el nuevo duque de Leonberg, comenzó a vestir un collar más grande que su cabeza y dejó que el cabello le creciera hasta los hombros. Cada que alguien le prestaba atención contaba el mismo chiste: las mujeres eran más atractivas en Stuttgart, en Leonberg no había nada que hacer ni a quien cogerse, mientras reía y sacaba el pecho, como el faisán disecado y hueco de su vestíbulo.

Katharina escuchó una voz grave que la llamó. El Falso Unicornio estaba encorvado en la silla detrás de su escritorio. En la habitación también se encontraba Úrsula Reibold, una mujer corpulenta que nunca pudo tener hijos. Se dice que en su pueblo natal tuvo un amorío con el apotecario, quien le dio una mezcla tan fuerte de hierbas que, se rumora, la dejó estéril y un poco lenta de la cabeza. Ahora está casada con un vidriero de cuarta, a cuyas labores no recurre nadie a menos que se vean en apuros y con poco presupuesto. Su esposo, el vidriero, no estaba aquel día en el salón del duque. Junto a ella estaba sentado uno de sus hermanos, Urban Kraulin, a quien Katharina llama la Col, porque es el administrador forestal del pueblo y es tan blando y con tan poca personalidad como una col hervida. La capa de cazador que trae puesta parece quedarle grande, al igual que su puesto. Su postura es casi tan retorcida como la de su hermana, tan chueca que, de hecho, tras unos segundos, Katharina cae en cuenta de que los tres están borrachos. Al mirar detenidamente a Úrsula, Katharina decide en ese momento bautizarla el Hombre Lobo, por su complexión robusta y tosca. La frente del Hombre Lobo brilla con la luz del sol que logra entrar por las ventanas, su sudor es tan fuerte que puede oler el alcohol que bebió. La Col y el Falso Unicornio huelen similar, es obvio que los tres salieron anoche y que se amanecieron, ya que parecen trovadores apesadumbrados que despilfarraron todo su dinero en cualquier taberna.

Ilustración: Jaque Jours
Ilustración: Jaque Jours

El nuevo duque empieza diciendo:

—Ha llegado a mi atención que usted ha utilizado el conocimiento de la magia negra en contra de la esposa del vidriero ––quien asintió con la cabeza––, para hacerla gemir, llorar, retorcerse, ser infértil y ocasionar que sus huesos crujan como las hojas del otoño al romperse.

El Hombre Lobo añade enseguida:

—Fue un vino amargo el que me dio, un brebaje envenenado con magia negra —dijo con una sonrisa que inmediatamente borró y sustituyó por una especie de gesto de dolor, no muy convincente para Katharina.

El Falso Unicornio dice con prisa, como si una acusación tan grave fuera un asunto aburrido y sin importancia:

—Con el poder de mi cargo exijo que repare el daño que le ocasionó a la esposa del vidriero con la elaboración de un remedio para la pócima, le doy permiso de usar sus poderes satánicos para curar a esta pobre mujer que se encuentra aquí ante nosotros.

El Hombre Lobo continúa asintiendo con la cabeza y sonriendo.

Katharina contesta con voz agitada que acusaciones de tal gravedad debían hacerse frente a una corte y que una mujer no podía ser inculpada sin un representante varón presente. La Col y su hermana protestan de inmediato, los dos hablando al mismo tiempo, pero Katharina repite que ella es una simple viuda que está siendo acusada sin fundamentos ante la ley.

De pronto, como si hubiera visto un fantasma, el duque Einhorn se endereza y se pone a organizar algunos papeles de su escritorio, como si los efectos del alcohol se hubieran esfumado de su cuerpo.

—Eh, claro, la ley —dice con voz nerviosa, mientras le daba tres peniques a Katharina por la inconveniencia del desencuentro, la cual, insistió más de una vez, jamás había ocurrido—. Este día ha sido como un sueño, invisible ante la ley y, por consecuencia, ante los ojos del Señor —concluye. El Falso Unicornio empuja a Katharina de su despacho, a quien le deja un sabor amargo y duradero en la garganta.

 

Katharina ya no vive en Leonberg, tuvo que huir como si fuera culpable, como si fuera una bruja. Ahora vive en Linz, en casa de su hijo Hans, con su segunda esposa, Susanna, y su nieta Marusch de apenas cinco años. Todos los días extraña a su adorada vaca Manzanilla, la cual tuvo que encargarle a Simón, su gentil vecino.

A menudo recuerda lo sucedido en Leonberg como una pesadilla que a veces se siente lejana y otros días regresa a apretarle el pecho, como la marea del mar. El terror se acerca cuando su otro hijo Christoph o su hija Greta le escriben cartas con alguna novedad del caso.

El error fue ir a denunciar después del incidente en la casa ducal. Su hijo Cristoph insistió en que era lo mejor, tenía que quedar por escrito que el Falso Unicornio había abusado de su poder y había acusado a su madre de ser una bruja sin respetar la Lex Carolina. El problema, después se enteraron, fue que el duque Einhorn lo tomó personal. Él le había insistido en que ese día no había pasado, que ese suceso había sido invisible. Después de la denuncia, él se obstinó, con pasión obsesiva, en comprobar que Katharina era una bruja, y comenzó a liderar el caso en su contra. Ella tenía que caer antes que la reputación de él y no iba a permitir que lo tomaran por corrupto.

Enseguida salió un testigo más, la madre de una joven que insistió en que su hija había sufrido una quemadura en la mano después de que Katharina la mirara con sus ojos endemoniados. Los vecinos empezaron a esparcir rumores. Y la ola sería imparable. Katharina recuerda que empezó a sentirse como una fiera extraña con garras y dientes afilados caminando entre palomas blancas, pues todo el pueblo se alejaba de ella por las calles; todos susurraban a sus espaldas.

La panadera la denunció porque una vez le pidió prestado su horno para cocer una pierna de cerdo y lo hizo de una forma en que una mujer mayor no debe de pedir favores; había sido demasiado directa, además, ¿de dónde había sacado una anciana una pierna de cerdo? Seguramente era una pierna de cabra, una cabra que ella misma había matado con sus poderes de bruja. Un compañero de Hans de la primaria, que ahora era el director de esa escuela, la denunció porque no era posible que una mujer analfabeta criara a un hijo tan inteligente y un hijo, además, que escribiera libros y que comprendiera el funcionamiento de los planetas y las estrellas y que fuera tan brillante en las matemáticas, un genio que nunca le mandó ni una sola copia de ninguno de sus escritos; el mismo Hans, confesó el director de la escuela, fue quien le dijo que su madre era una bruja, o bueno no se lo dijo, lo había escrito en uno de sus libros o algo parecido, declaró en su testimonio. El carnicero la denunció porque una vez le dolió la pierna después de que Katharina pasara frente a su puesto y porque las viudas deben ser calladas, deben recluirse en casa y ella se comportaba como un hombre joven de veinte años, hablaba demasiado y su presencia en el pueblo se hacía notar, definitivamente tenía que haber brujería involucrada. El sastre la acusó de haber sido muy entrometida cuando sus dos hijos cayeron enfermos, Katharina preguntaba demasiado por la condición del pequeño David y de la pequeña Lucía; también era muy metiche al llevarles comida y al visitar sin previo aviso para cantarles una canción de cuna a los pequeños, lo cual, asegura el sastre, fue el motivo de que sus hijos fallecieran; esa canción debió de haber sido algún canto satánico.

Katharina pasaba las tardes con la pequeña Marusch y con la vaca de la familia de Hans, que al poco tiempo descubrió que su verdadero nombre era Romero. Su nieta le aligeraba los días, la pequeña la mantenía activa y le pedía que le contara cuentos y con ella se refugiaba en el mundo de la fantasía, de las fábulas.

Hans viajaba mucho a Praga o a Fránkfurt para cobrar por trabajos que no le habían pagado, para pelear con la imprenta que le quería cobrar demasiado por su nuevo libro y demás. Susanna estaba embarazada, a punto de dar a luz; la ilusión de tener un bebé en casa la mantenía esperanzada; la vida no parecía ser tan mala en Linz a pesar de la falta de dinero.

A pesar de tener mil asuntos a la vez, fue Hans quien se encargó de llevar la defensa del caso de su madre; el poco poder que tenía era como el humo: un poco de aire era suficiente para desaparecerlo, pero él utilizó todas las influencias a su alcance. Cuando Katharina fue junto con su otro hijo Cristoph a denunciar al Falso Unicornio por su abuso de poder, la defensa del duque se basó en que él estaba haciendo lo correcto al acusar a la viuda sin seguir el orden de la Lex Carolina porque estaba defendiendo a los pobladores de Leonberg de los peligros de una bruja tan poderosa y mala como Katharina.

Entonces, Hans se dispuso a hacer entrevistas para detallar el carácter moral de los testigos acusadores y descubrió que había intereses económicos detrás de la mayoría de los testimonios, en especial el de Úrsula y su hermano. Incluso, aludió al caso de su madre en una de sus publicaciones, Harmonices mundi (1619): dijo conocer a una mujer que había nacido bajo un patrón astrológico similar al suyo, pero que era conflictiva, testaruda y de una naturaleza totalmente diferente. Esta mujer rebelde, escribió, era la autora de su propia desgracia.

A la recién nacida le pusieron Katharina. Eso no le gustó mucho a la viuda, pero nadie le preguntó su opinión. La vida con un bebé le parecía espléndida, hasta que Marush enfermó, la niña tuvo fiebre y comezón por todo el cuerpo. Se levantaba en las noches confundida y llorando. Katharina fue a buscar hierbas al campo para ayudarla. Cuando Hans era pequeño también había sido enfermizo; todo mundo le decía que iba a morir joven, pero ella siempre le dio sus mejores remedios y logró que viviera hasta la adultez. Marusch iba a ser como su padre, iba a salir de esta enfermedad.

A las tres semanas la pequeña Marusch murió; a la semana la acompañó la bebé Katharina. La vida en Linz ya no tenía sentido, ¿de qué estaba huyendo en Leonberg? Nada podía ser tan malo en casa después de esta tragedia. A los pocos días decidió huir. Al no saber escribir hizo un dibujo que dejó en la cocina de Hans esperando que lograran entender su mensaje: que era su decisión regresar, que ya no podía quedarse ahí. Mientras caminaba antes del amanecer hacia Leonberg entre penumbras se preguntó si serían ciertos los rumores y si por eso habrían muerto las pequeñas, ¿podía ser posible que fuera una bruja?

Leonberg, 5 de noviembre de 1620

Ilustre y misericordioso Duque de Wurtemberg:

Mi madre, en sus setenta y cuatro años de vida, nunca ha tenido problemas con la ley. Sin embargo, ha pasado estos últimos cuatro meses en prisión, destrozada de cuerpo y espíritu, soportando un tormento sin condena legal. Todo este dolor se ve agravado por el hecho de que sus supuestas maldades no han sido debidamente examinadas y sostengo que ella no ha cometido ni la más mínima ofensa.

Y aún más perjudiciales son los dos guardias encargados de vigilarla. Estos hombres, profundamente endeudados, sólo planean prolongar sus contratos lo más posible mediante cualquier tipo de bajeza. Interpretan como algo vil las palabras de una anciana desanimada por sus muchos problemas, así que sobre ella pesan ahora más sospechas que nunca.

Yo mismo he apelado a Dios en el cielo, ya que he tenido que dejar atrás a mi pobre esposa, cerca de Regensburg, sin medios para seguir adelante. Al no tener crédito en este país, pronto tendré que volver con las manos vacías, avergonzado y con el corazón roto.

Mi madre y yo solicitamos humildemente la intercesión misericordiosa en su favor.

De manera servil y obediente,
Johannes Kepler

 

El juicio terminó con la defensa de Hans y los señalamientos por parte del duque; todo el papeleo fue enviado a las autoridades correspondientes de Tübingen, para tener imparcialidad en el caso. Katharina tuvo que esperar otras cinco semanas en prisión en lo que esperaban el dictamen del caso. Finalmente, se decidió que Frau Kepler sería liberada y que Úrsula y su esposo debían pagar una multa de casi mil peniques por difamación, pero la libertad de la anciana dependía de una última sesión de tortura en la que una vez más ella sostuviera su inocencia.

Una vez que logró salir de la cárcel, Katharina se fue a vivir a Heumaden con su hija Greta. No tenía permitido regresar a Leonberg. El Falso Unicornio y el Hombre Lobo se aseguraron de amenazarla de muerte para que jamás pudiera pisar su casa; le dijeron que su cabeza sería puesta en una estaca, su cuerpo asado en la plaza central del pueblo y que su sangre sería utilizada como tinta para hacer un cartel que advirtiera a los demás, que la historia del mal que había hecho viviría mucho tiempo, y sobreviviría como un cuento para asustar a los niños hasta el final de los días.

En el siglo XVII en la botica de Leonberg se vendía polvo de cuerno de unicornio para curar un resfriado. La vida cotidiana estaba plagada de fantasía y supersticiones. La línea que divide la magia de la realidad objetiva era tan delgada en ese entonces que, incluso, parecía inexistente en la mente de los científicos.

Ilustración: Jaque Jours
Ilustración: Jaque Jours

La ciencia de Johannes Kepler nació de los sueños. Su tesis doctoral titulada Somnium (1634) es una de las aportaciones más importantes al campo de la astronomía y, al mismo tiempo, hay quienes la consideran la primera obra de ciencia ficción. En este libro casi tan delgado como un panfleto, Kepler asegura que la Tierra no es inmóvil, como antes se creía, y nos garantiza que los planetas giran alrededor del Sol trazando una elipse. Para llegar a esta asombrosa conclusión Kepler recurre al mundo de la fantasía, porque narra un viaje que hacen a la Luna él y su madre con ayuda de un demonio. Aunque los nombres de sus protagonistas sean otros, pareciera que acusa a su madre de tener contacto con espíritus, de ser una bruja, cosa que se dedicó a desmentir años después.

Es esta mezcolanza entre la magia y la racionalidad lo que permitió muchos de los aportes científicos durante la Ilustración.

Es curioso que la ciencia tuviera una relación tan estrecha con lo fantástico y lo imaginario y, paradójicamente, ser acusada de ser bruja tuviera tan poco que ver con la magia. Ser acusada de ser bruja dependía del carácter, de ser una mujer preguntona, de ser opinionada, de ser una madre soltera con un hijo genio, de ser una viuda analfabeta con un amplio conocimiento de plantas medicinales. Ser vista como bruja dependía poco de verdaderos asuntos demoniacos y mucho tenía que ver con lo que se esperaba del comportamiento de las mujeres, sobre todo en la vejez.

Katharina murió al poco tiempo de salir de prisión, su hijo y defensor, Johannes Kepler, murió en 1630 con poco dinero a pesar de haber sido una de las mentes pioneras de la revolución científica que aún vivimos.

 

Melissa Cassab
Editora

Fuente: Rivka Galchen, Everyone Knows Your Mother Is a Witch, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2021, 275 pp.

Nota editorial: Esta crónica es una interpretación del libro de Galchen, que a su vez interpreta los hechos reales. Respecto al recuento histórico del caso de la madre de Johannes Kepler se recomienda el libro de la historiadora alemana Ulinka Rublack, en su versión en inglés: The Astronomer and the Witch: Johannes Kepler’s Fight for his Mother (2015).

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: 2022 Agosto, Ciudad de libros