Breve historia del arte de perfumarse

El siguiente es un fragmento adaptado por la autora de su más reciente investigación: De belleza y misoginia. Los afeites en las literaturas medieval, áurea y virreinal, Iberoamericana Vervuert / UAM-I, Madrid, 2021.

María Magdalena es una de las primeras mujeres que usa ungüentos y perfumes. Por lo común la representan con un frasco de alabastro de perfume, alusiones tal vez a las vanidades de su vida pecaminosa o bien para ungir los pies de Cristo, que bañó con sus lágrimas y secó con sus cabellos.1 Otras versiones afirman que fue en la cabeza de Jesús donde derramó un frasco de alabastro con perfume de gran precio.2 El perfume se había fabricado con una libra de nardos puros, que costaban caros, y luego de secarlos con sus cabellos dejó una agradable fragancia en la casa de Simón.3 En ambos casos, los apóstoles protestan por derramar algo tan costoso que se podía haber dado a los pobres.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco
Ilustración: Alma Rosa Pacheco

El arte de perfumarse ha existido desde tiempos remotos. Los judíos y los babilonios se untaban el cuerpo con aceites perfumados, los griegos con agua de rosas. En Oriente Medio, las mujeres llevaban bolsitas de benjuí y de mirra atadas a su cuello, y en Japón las damas de la corte perfumaban sus kimonos con pebeteros que desprendían olores de jazmín y crisantemo.4 Con las Cruzadas se traen de Oriente a Francia y a toda Europa occidental nuevas sustancias de origen animal y vegetal que se usan para la elaboración de perfumes, tales como el almizcle, la algalia, el ámbar, el sándalo, la mirra, el clavo de olor.

De la civilización romana heredamos el azafrán, que se ponía lo mismo en las ropas que en las habitaciones, además de fabricar con él pócimas y aceites. Los romanos se rociaban de colonia todo el cuerpo y el pelo como signo de distinción.5

De la cultura árabe y su predilección por los perfumes como necesarios para la salud y el régimen del cuerpo trata una curiosa obra, el Libro del cuidado de la salud durante las estaciones del año o Libro de la higiene, del médico granadino Muhammad B. Abdallah Ibn al-Jatib (1313-1375), probablemente escrito entre 1362 y 1371.6 Entre los alimentos, las bebidas, el sueño, los baños, el coito y los deportes incluye también los tejidos de los vestidos y los perfumes que deben inhalarse en cada estación, los colores que pueden mirarse y las conversaciones que deben oírse, o sea, todos los deleites para conseguir una vida saludable. En primavera prescribe tejidos de lino y algodón, conversaciones amenas, recitar poesías y eludir el juego y la alegría excesiva. En el verano deben inhalarse “flores refrigerantes y aromáticas como rosas, sauces, violetas, nenúfares y flores de mirto; aguas y perfumes equilibrados y que contengan sustancias refrescantes, por ejemplo, lalajij de ámbar, mezclado con alcanfor, y los óleos pertinentes, por ejemplo de violeta, sándalo y similares”.7 En otoño, recomienda “para perfumar, los óleos aromáticos, como el beleño y similares y al-lajalij de ámbar”.8 Para tener una buena complexión en invierno las inhalaciones

se realizarán con flores y perfumes cálidos en justa proporción, como el ámbar en sus distintas variedades, ramas y gomas aromáticas y, también, las algalias, los lalajis preparados, aguas de flores cálidas, como de naranja ácida, rosa blanca almizclada, jazmín, alhelí, clavos, nuez moscada, flor de nuez moscada, y los óleos aromáticos, por ejemplo, bálsamos triturados con almizcle, ámbar y almizcle superior.9

Los perfumes van cambiando según las estaciones y según otras complexiones: la sanguínea, la biliar amarilla y la flemática. A los flemáticos en invierno les recomienda contemplar colores rojos, púrpuras jaspeados y amarillos fuertes; evitar las alegorías y los preceptos incomprensibles y frecuentar las poesías heroicas. Los perfumes han de ser de “fuerte calidez, como castóreo, almizcle tibetano, algalia aromática y los medicamentos indios, por ejemplo, clavo, nuez moscada, valeriana, juncia, estrombo, ámbar o beleño”.10

En la Edad Media se usaban perfumes tanto individuales, a base de aceites, pastillas olorosas, jabones, como ambientales, a través de pomas, que eran “bolas de diversos metales, que, agujereadas y rellenas de materias olorosas, se llevaban en la mano con el objeto de transformar el aire del entorno más inmediato que una persona respiraba”;11 también se calentaban recipientes que contenían sustancias olorosas o se colocaban saquitos de olor en lugares cerrados. Castilla hereda la elaboración de perfumes de la influencia andalusí y, sobre todo, las técnicas de la maceración —sumergir una sustancia sólida en un líquido a temperatura ambiente para ablandarla o extraerle sus partes solubles— y la destilación —separar las sustancias volátiles de las que no lo son mediante el fuego—.12

En un laboratorio medieval, como el de Celestina, se hacían perfumes de estoraques, menjuy, animes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes y aguas para oler de infinidad de flores: de rosas, de jazmín, de azahar, de madreselvas, tréboles, clavellinas mosquetadas y almizcladas, polvorizadas con vino. Con algún mortero podía reducir a polvo las flores secas y rellenar saquitos o almohadas para vender. Dioscórides menciona una hierba muy olorosa, la bacara, la cual se echa seca y pulverizada sobre el cuerpo, a causa de su buen olor.13 Se destinaban tanto a las casas como al uso personal o a los objetos. Se hacían aguas de olor por destilación con alambique de rosas, de azahar, de enebro, de ángeles, de menta, de canela y clavo, especias que perfumaban el agua de rosas.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco
Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Las habitaciones se podían perfumar con aguardiente y almizcle que por maceración da un agua de olor que se vierte en un cántaro y se baldea en la habitación. También se podían perfumar los aposentos con las pomas o vasijas o cazoletas, que contienen confección de olores y podían estar perforadas para dejar salir el perfume. Otras modalidades son las pastillas, pasticas o pastas y los pebetes, que se echan al fuego y salen en forma de humo. Por último, los objetos se perfumaban con polvillos de flores, polvos de Chipre y de Alejandría, almohadillas de rosas y perfumes para la ropa, que las mujeres medievales solían guardar “en arcas y arcones y gustaban de hacerlo poniendo entre las prendas unas bolsitas, a veces elaboradas con ricas telas, que desprendían un agradable aroma”.14

Sobre el perfume disertan, además, predicadores y moralistas alegando que los buenos olores que desprenden las damas perfumadas no son sino para tapar el mal olor natural de sus cuerpos. El perfume, afirma Georges Vigarello, “es una herramienta modelo en este arte de la apariencia: es más engañoso cuanto más escapa a las referencias visibles”.15 Ya sea en forma de polvos en los baúles, como agua de canela para el buen olor del aliento, en aromas en los pebeteros, desde la Edad Media, según algunos inventarios revisados por Vigarello, el ámbar o el almizcle se encuentran encerrados en pomos de oro y piedras preciosas o en cajitas de plata. En Montpellier, se descubre la fórmula del aqua ardens vitae, que es alcohol puro, de extrema importancia para la industria de la perfumería,16 pues se mezclaba con polvos aromáticos y se convertía en “líquidos volátiles”.17 En el siglo XVI se empezaron a fabricar frascos de vidrio en Venecia, en las fábricas de Murano. En el XVII, en Bohemia, se emplea el cuarzo y un vidrio muy puro tallado, teñido, grabado o dorado; es decir, los frascos se vuelven preciados objetos. En el XVIII, además de los frascos hay “cofrecillos llenos de pequeñas cajas para guardar utensilios de perfumería de lo más insólitos: un pequeño embudo, una varilla, bolas aromáticas […] vinagreras, cajitas de plata dorada o de ágata, donde se hallan minúsculas esponjas embebidas en vinagre aromático. (Los perfumistas de la época eran llamados maestros vinagreros)”.18 Todos ellos, sustancias olorosas, utensilios y recipientes, contribuyen a lo que un crítico ha llamado “el arte del enmascaramiento y de la apariencia”, porque “el perfume borra tanto como disimula […] limpia, rechaza y borra. La ilusión ha llegado a convertirse en realidad”.19 Los perfumes decaen a fines del XVIII, porque ya no engañan a nadie en esta época, ya no ocultan los malos olores corporales, sólo sustituyen unos por otros, “lo más que consigue es desempeñar el papel de máscara”, prosigue Vigarello.20

Después de esta breve historia, veamos su auge en la época áurea, en cuyos elegantes tocadores “no podían faltar agua de rosas y de azahar, jaboncillo de Venecia, aceite de estoraque, de benjuí, de violetas, de piñones y de altramuces; cañutillo de albayalde, solimán labrado para blanquear el cutis, tuétano de corzo, pastillas olorosas y otros ingredientes guardados en salserillas”.21 Tantas salserillas confunden a Sancho, el criado de don Bernardo, de El desprecio agradecido, de Lope de Vega, quien, acuciado por el hambre, encuentra en el tocador de las damas un bote que cree ser jalea y dice que creyó reventar porque:

Era algún embeleco
de aceite de mata y lirios
limón y claras de huevos,
o cosas tan endiabladas
que parece que me dieron
Tártago, o si hay otra cosa
más amarga, fuera desto.22

Entre algunos de estos ingredientes olorosos, según Dioscórides y los comentarios del doctor Andrés Laguna, destaca el agua de azahar hecha de la flor del naranjo, “odoriferisima sobre todas las otras”.23 Dioscórides decía que el estoraque líquido se obtenía de la mirra bañada con agua, aunque el doctor Laguna admite que él prefiere bañarla con vino oloroso y que no es más que la grasa que se saca de la corteza del estoraque, porque si fuera licor de la mirra los mercaderes de Levante no podrían darlo por un precio tan vil; el de benjuí que, según Laguna, es “oloroso en extremo, suaue al gusto, traslucido y de color muy roxo […] Administrado en perfume, resuelue toda la corrupción, infection y malignidad del ayre”.24

Los perfumes eran parte esencial del acicalamiento femenino no sólo de cabellos, rostro, manos y vestidos, sino que también perfumaban los objetos personales con algalia, almizcle y agua de ángeles,25 y las estancias de las casas cuando iban a recibir una visita importante. Madame d’Aulnoy se admiraba de cómo perfumaban sus criadas a doña Teresa: “Una de sus doncellas la perfumó de la cabeza a los pies con excelentes pastillas, cuyo humo impulsaban sobre ella; otra la roció, llenándose la boca con agua de azahar, y apretando sus dientes, la hacía caer sobre ella como una lluvia”.26 El alférez Campuzano, en El casamiento engañoso, de Cervantes, cuando disfrutaba de la buena vida con su engañosa amante decía: “Mis camisas, cuellos y pañuelos eran un nuevo Aranjuez de flores, según olían, bañados en el agua de ángeles y de azahar que sobre ellos se derramaba”.27 En El Quijote, Sancho se queja cuando le quieren lavar las barbas los criados de los duques y dice que no hay tanta diferencia entre él y su amo, “que a él le laven con agua de ángeles y a mí con lejía de diablos”.28

Los buenos olores tenían que abarcar también al aliento y los personajes de Cervantes son muy sensibles a la hediondez: según Lope Asturiano, a la Argüello, una de las mozas de La ilustre fregona, que lo acosa de amores, “le huele el aliento a rasuras desde una legua: todos los dientes de arriba son postizos y tengo para mí que los cabellos son cabellera; y, para adobar y suplir estas faltas, después que me descubrió su mal pensamiento, ha dado en afeitarse con albayalde, y así se jalbega el rostro, que no parece sino mascarón de yeso puro”.29 Las rasuras, el tártaro o sarro acarreaban un gran deterioro en los dientes, que se traducía en olores insoportables, pero además, según los moralistas misóginos, los tintes del cabello también provocaban un gran daño en la dentadura, amén de los continuos dolores de cabeza, la vejez prematura o la resequedad en el cuero cabelludo. Para ellos el hedor estaba estrechamente relacionado y era la consecuencia nefasta del abuso de los afeites.

Acabo con Quevedo, quien, en una de sus obras festivas, una pragmática contra las cotorreras (las prostitutas), para que se diferencien de las demás mujeres les manda “que no gastéis pastillas de boca, alcorzas ni azahares para sahumar vuestro aliento”, pero como están acostumbradas a comer salpicón y mondongo, se les permite “incensarse con anís […] no confitado, regaliz o romero, cosa barata que para el beso al vuelo de gente bahúna y con hambre basta”.30

 

María José Rodilla León
Profesora-investigadora de la UAM-I y miembro del SNI (III). Es autora de ‘Aquestas son de México las señas’. La capital de la Nueva España según los cronistas, poetas y viajeros (siglos del XVI al XVIII), entre otros libros.


1 Lucas 7, 36-50.

2 Juan 12, 1-8 y Marcos 14, 3-9.

3 Mateo 26, 6-13.

4 Colombani, M. J., y Bourrec, J. R. El libro del amante del perfume, José J. de Olañeta Editor, Barcelona, 2005, pp. 76-77.

5 Bravo, Á. Femenino singular. La belleza a través de la historia, Alianza Editorial, Madrid, 1996, pp. 300-301.

6 Vázquez de Benito, Mc. Intro. a Abdallah B. Al Jatib, M. B. Libro del cuidado de la salud durante las estaciones del año o libro de higiene, Universidad de Salamanca, Salamanca, 1984, p. 21.

7 Ibid., p. 198.

8 Ibid., p. 201.

9 Ibid., pp. 204-205.

10 Ibid., p. 241.

11 Cabré y Pairet, M. “Cosmética y perfumería en la Castilla bajomedieval”, en Historia de la ciencia y de la técnica en la Corona de Castilla, vol. II, Luis García Ballester (ed.), Junta de Castilla y León, Valladolid, 2002, p. 774.

12 Criado Vega, T. “Las artes de la paz. Técnicas de perfumería y cosmética en recetarios castellanos de los siglos XV y XVI”. Anuario de Estudios Medievales, núm. 41 (julio-diciembre 2011), p. 867.

13 Laguna, A. Pedacio Dioscórides Anazarbeo. Acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos (facsímil de la ed. de Amberes, 1555), Consejería de Agricultura y Cooperación de la Comunidad de Madrid, Madrid, 1991, III, XLVII, p. 297.

14 Criado Vega, T., ob. cit., p. 879.

15 Vigarello, G. Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media, Alianza Editorial, Madrid, 1991, pp. 114-115.

16 Colombani y Bourrec, ob. cit., pp. 26-28.

17 Bravo, ob. cit., p. 305.

18 Colombani y Bourrec, ob. cit., pp. 82-83.

19 Vigarello, ob. cit., pp. 118-119.

20 Ibid., p. 176.

21 Deleito y Piñuela, J. La mujer, la casa y la moda (en la España del Rey Poeta), Espasa-Calpe, Madrid, 1946, p. 189.

22 Cervantesvirtual.com, vv. 527-535.

23 Laguna-Dioscórides, ob. cit., I, XXXI, p. 106.

24 Laguna-Dioscórides, 1991, III, LXXXVIII, p. 326.

25 Según el Livro de receptas, de pivetes, pastillas, e luvas perfumadas y conserbas, el agua de ángeles se hacía con unos algodones de algalia que se metían en el alambique de la alquitara y éste, a su vez, se metía en una redoma muy justa para que no saliera ningún vapor fuera, a fuego manso para que no se quemen las flores ni hierbas que se echen en ella: junquillos, alhelíes amarillos, violetas, rosas castellanas, de Alejandría y mosqueta, retama, madreselva, flor de espino, jazmines, flor del árbol del paraíso, trébol, almoradux, toronjil, yerba de Santamaría, tomillo salsero, cantueso, manzanilla, albahaca y claveles, es decir, hierbas y flores que tengan mucho olor; después se debe coger en el mes de mayo una boñiga de buey que no coma paja sino yerba del campo y se pone a secar y se echa en la alquitara y encima unos pocos de jazmines y flor de árbol del paraíso y se rocía con vino blanco, lo más añejo y fuerte que se pueda, se muele un grano o dos de almizcle, se echan en ella y se pone al sol hasta octubre y en la noche se quita del sereno y se cubre con ropa (mss. 1462, fols. 26 y 27).

26 D’Aulnoy, M. C. Relación del viaje de España, J. García Mercadal (ed.), Akal, Madrid, 1986, p. 216.

27 Cervantes, M. Novelas ejemplares, tomo III, Castalia, Madrid, 1987, pp. 227-228.

28 Cervantes, M. Don Quijote de la Mancha, Alberto Blecua y Andrés Pozo (eds.), Austral, Madrid, 2001, II, p. 833.

29 Cervantes, M. Novelas ejemplares, ob. cit., p. 76.

30 Quevedo, F. Los mejores textos en prosa de Francisco Quevedo, Ignacio Arellano (ed.), Homo Legens, Madrid, 2006, p. 341.

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Publicado en: 2022 Julio, Ciudad de libros