Ofrecemos un relato de Geografía de la oscuridad (Páginas de Espuma, 2021), el libro de cuentos más reciente de la escritora peruana Katya Adaui (Lima, 1977) que llega a librerías mexicanas. Con trazo lírico, despojado e irónico, Adaui ensaya su teoría de la paternidad: un mapa opaco en el que los seres humanos rastrean con fuerza e inteligencia cómo sobrevivir a la crianza.

Mi padre y yo nos hemos convertido en guerrilleros. Le grito: Vamos compañero, hay que luchar hasta el final.
Excepto por su barba y la emotividad, nuestro sueño no tiene nada de revolucionario.
Persevero del lado de los vivos mientras mi padre señala sus deseos, cada vez más pequeños, más ridículos.
Se enoja, mira hacia la ventana, dice: Lárgate.
Vuelvo a casa.
La ciudad hace silencio.
Apenas un perro. El mío.
Hemos perdido el ladrido, no la rabia.
Las plantas salpicándose desde sus macetas.
Todo lo que quiero sigue vivo.
La amargura de mi padre me enfurece y poder odiarlo me consuela.
Sus frases salpicadas de:
Yo nunca
Yo hubiera
Yo debí
Ojalá yo
En la ambulancia pide mirar hacia la puerta.
Siempre es mirando hacia la puerta, le dicen.
Su brazo libre:
Aquí paseé con tu madre.
Aquí vivía mi sastre.
Aquí quedaba mi dentista.
Aquí veníamos a comer pasta.
Aquí me prestaste tu bicicleta.
La ciudad lo despide:
Él estuvo aquí.
También fue un niño.
Me llama.
Me toma del brazo mientras habla, no lo suelta. Su mano, antes garra, compresa, torniquete, ahora solo una mano.
Manos de pianista.
Manos de escultor.
Manos de basquetbolista.
Manos para dar cachetadas.
Eso decían de sus manos.
Eso dicen de las mías.
Se alimenta con las dos manos, un bocado detrás de otro, con la misma avidez de quien recupera el placer de los sabores.
Tiene las piernas paralizadas. Una se levanta por reflejo. Está levitando, dice.
Le cuento que una mujer me pidió compartir mesa en la cafetería. Todas las mesas estaban ocupadas.
¿Y cómo era?
Tenía más o menos tu edad. El pelo cenizo. Guapa. La voz grave.
¿Y qué te dijo?
Me dijo: Yo soy dios. Pensé: está loca. Cómo la habré mirado. Se explicó: Soy controladora aérea.
Ah, ¿llegas tarde por eso? ¿Por desayunar con dios?
Una tarde recuerda:
Cuando tú eras chica dijiste: “Si algún día muero”… y yo te corregí: “Algún día vas a morir, tú y todos nosotros, y por eso se dice: cuando yo muera”.
Mi padre tiene prohibido recibir el periódico. Se los llevo camuflándolos en la bolsa del papel higiénico. Recorta y guarda titulares en la clandestinidad. No le dan tijeras en el hospital, usa los dedos. Sus fragmentos, con los bordes irregulares, alguna letra ausente que completamos. Los esconde en cajas de medicamentos. Me muestra su resumen de vida, el noticiero peculiar, los titulares del internamiento:
si fueras una ciencia, ¿cuál serías?
enjambre de icebergs
un sistema para detectar la glucosa en las lágrimas de los diabéticos
el verso nunca es libre
si corres durante 40 años, tu vida se alarga 3 años más
¿por qué se produce la lluvia de peces?
Dice: Qué bueno que no me suscribí al diario este año.
El luto comienza antes que la muerte.
Corro en duelo y la sombra de mi propia muerte me persigue. La certeza de que moriré de la misma enfermedad, el mismo año que mi padre. Necesito radiografías y resonancias, verme por dentro, óseo y blando, el estómago, las arterias, las plantas de los pies y los lunares, cada folículo piloso.
Después este pensamiento se revertirá. Me desdeciré. Sabré vivir con los ojos en suspenso.
Mi padre dice:
Los Órganos y El Silencio. ¿Te das cuenta de que tus playas favoritas son musicales?
Yo recuerdo.
Le he prometido a mi padre un verano más.
Lo lloraba en su féretro.
Puse un pañuelo alrededor de su cabeza. Preservar la dentadura postiza, bajo ese bigote que él cuidaba tanto.
La funeraria arrancó ese gesto. Sustitutos: una sonrisa de algodones y una rosa violeta en la camisa. Yo había entrecruzado sus manos sobre el pecho (hermosas venas, calientes y azules).
Mi madre dijo: Quiero ser la primera en llegar al velorio y decorar.
Decorar, rosas rojas y la dedicatoria de mi madre sobre el féretro: tu esposa que siempre te amó.
Mi padre me había dicho: Si hay un infierno, ya lo conocí con tu madre.
Nunca apestan tanto las flores ni con tanta violencia como en un velorio.
Alguien calla: Huele a muerto.
Otro dice: ¿Si no van a llevarse todos al cementerio, podría quedarme con un ramo?
Sobre una lágrima (redundan en su nombre las flores mortuorias), la inscripción: Tus amigos de la malaria.
Los colegas biólogos de mi hermana.
Vestí a mi padre con el terno que se hizo para el matrimonio de mi hermana.
Mamá:
Sin camisa, no importa, ponle el chaleco directo sobre la piel, nadie podrá notarlo.
Le puse una camisa vieja, desplanchada. La enfermera me ayudaba contra el rigor mortis.
Mamá era un grito con un cigarro. Luego, una voz en la puerta.
Papá había estado las dos últimas semanas en mi casa, en medio de la sala; no tenía calzoncillos, solo bata.
Sin pensarlo demasiado tomé un calzón de mi cómoda.
El chaleco, el pantalón gris, las medias.
Se veía tan bien como puede verse un fantasma listo para un matrimonio.
La voz en la puerta gritó:
No le pongas zapatos, es de mala suerte.
Cumplí la promesa que le hice. No le afeité el bigote.
De la ropa interior nunca hablamos.
Aún no me ocupo de las cenizas.
Cuando vivía detestaba sus cenizas, las del cigarro.
¿Qué habría hecho él con mi cuerpo muerto?
Habría juntado todas las cenizas:
Mis cigarros y tú son lo que más quiero.
Intentó dejar de fumar por mí.
Intenté fumar por él.
Mira, me dijo desde su cama del hospital:
Esos techos de allá y esas luces, ¿no parecen Nueva York?
En Times Square, 1951, mi padre fumó un cigarro, consta en una foto dentro de una maleta que ya no puedo abrir.
Pronto comenzará la temporada de playa.
Cuando lance al viento sus cenizas:
¿Se formará él de nuevo sobre la arena?
¿Volveré a cerrar sus ojos protegiéndolos de la luz?
Un verano más, le prometí a mi padre.
(Geografía de la oscuridad se presentará en Gandhi el próximo jueves 23 de junio a las 19 hrs., en presencia de la autora acompañada por Socorro Venegas y Alberto Medrano. Librearía Mauricio Achar, Miguel Ángel de Quevedo 121).
Katya Adaui
Narradora, es autora de los libros de cuentos Aquí hay icebergs y Algo se nos ha escapado y de la novela Nunca sabré lo que entiendo.