El Mago Luis

Si alguna vez llega el día en el que ya no podamos estar juntos,
guárdame en tu corazón. Me quedaré ahí para siempre.
Winnie-the-Pooh

I

En el duelo existe vida. Después del fallecimiento de un hijo también hay mucha vida.

En la nebulosidad del silencio he rozado algunas respuestas. Durante meses busqué sin hallar las palabras mágicas que explicaran la muerte de Jorge, ocurrida hoy hace tres años. Y no: esas palabras de hechizo y sabiduría, de paz anhelada, aún no están aún escritas. Quizá no son siquiera pensamiento.

—Es que no existen, Luis —me dijo María Elena con sosiego desde su propia pérdida—. Tienes que transitar el dolor en soledad. Lo lamento.

Así ha sido. Al menos ese es mi testimonio. Leí sobre el duelo y me volví experto en él, pero no encontraba consuelo. Leí varios textos de padres que han perdido hijos que alentaron la esperanza de que, en efecto, en el futuro hay esperanza cimentada desde el presente.

Amigos y conocidos que sufren el mismo trance me han texteado sin prisas, con sus creencias y descreencias, desde la orfandad de padres y con la contradictoria ilusión de compartir su dolor.

—Aquí estoy, cuando quieras o necesites hablar —fueron las palabras pausadas y cariñosas de Francisco.

—Pa’delante, mi Chino. Complicado, pero no hay de otra —me advirtió Ponza.

—Este dolor, hondo y desconcertante, tiene un sentido. El reto es identificarlo —sintetizó Olivia.

—Sólo nos queda seguir los vericuetos de la montaña. Ya encontraremos la ruta —dijo Gerardo, compañero senderista del Tepozteco.

La muerte tiene sus ritos. La agonía de Jorge fue de ocho días, en Portugal, en terapia intensiva y con un cuerpo afiebrado a tope. Su accidente fue el día del padre, a manera de recordatorio inmarcesible de los festejos subsecuentes: la certeza permanente de una paternidad truncada.

II

En la madrugada del 24 de junio mi hijo Javier recibió la llamada del doctor António Márques, jefe de la unidad de terapia intensiva del hospital Santo António. Era la 1:20 a.m. Jorge acababa de morir. Yo recién había cerrado los ojos, dopado con Tafil. A lo lejos escuché susurros y llantos que me sonaban reprimidos. Alguien se acercó a mi cama y, sacudiéndome, me apremió:

—¡Luis! ¡Luis! Jorge se acaba de ir. Arréglate rápido.

El hospital, construido en 1770, de arquitectura sencilla y simétrica, lucía sombrío y monástico, con claroscuros delineados por la luna llena. La indicación era que entrásemos por el área de urgencias. Los médicos andaban como autómatas y los pacientes aparecían como espectros canibalizados por la muerte. Un preludio de mi propia experiencia.

Sedado y desvelado, reprimía el llanto. Abotagado con mis sentimientos, lo único que quería era despertar y, ya en la cama chilanga, respingar:

—Uta, ¡qué espanto de pesadilla!

La luna me regresó a la realidad. No recuerdo cómo llegamos a terapia intensiva. Una cohorte médica nos dio la bienvenida luctuosa. El ambiente nocturno proyectaba un color sepia, que coincidía con nuestro estado anímico. Como guerreros vencidos, en forma desordenada nos dirigimos al altar de un cuerpo inerte que al fin había aceptado su derrota.

Mi esposa Gisela y nuestros tres hijos —Gisela, Andrea y Javier— lloraban. Mi sobrina María y Montserrat, amiga cercana de Jorge, eran parte del mismo coro. El rostro de él exudaba la ausencia de vida. Toqué, incómodo y con miedo, su brazo. Con fijación obsesiva miré su mano, la mano que de recién nacido apretaba mi dedo índice, cuando empezaba a ilustrarse de vida. Su expresión reflejaba paz y el cansancio de una fragorosa batalla. En mí sólo había lágrimas.

En la sombra su cara insinuaba una sonrisa rebelde. En sus ojos se dibujaban unas gotas suspendidas como lágrimas. Estuve seguro de que, en la conciencia de su inconsciencia profunda, él también lloraba nuestro abandono. No nos veríamos nunca más. ¡Nunca! Esto duele a los vivos —me cala en la médula—, ¿por qué no ha de dolerle a los muertos?

—¡Misión cumplida, mi viejo! —exclamó su madre.

—¡Misión cumplida, Jorge! —replicamos todos.

Entonces empezó mi llanto, fluido y cadencioso.

Puse mi oreja en su pecho, fantaseando por más corazón con vida. Coloqué mi mejilla en la suya, como hacía de niño. Con mi mano izquierda recorrí su cara, aprendiéndome las latitudes de su efigie. Nuestras barbas, a medio crecer, se cruzaron como lijas. Besé su frente: un último beso para mi hijo ya ausente. Lo abracé con ternura, como no queriendo lacerar más su cuerpo herido.

—Vámonos —dijo alguien.

Al retirarnos, miré otra vez su mano, al tiempo en que mis ojos la fotografiaban. Entonces estaba seguro de que nunca la olvidaría. El dedo índice apuntaba al frente, como señalando el camino que él había tomado.

—Adiós, Yuyín. Nos vemos pronto —me despedí, afónico.

Así, como levitando, corrimos tras el pelotón médico que trotaba mecánicamente en silencio. Nada nuevo: murió porque eso era lo que tocaba después de ocho días de gravedad extrema. Ante el reporte inicial de un traumatismo cerebral severo y un hematoma subdural generalizado, la única posibilidad era mantenerlo con vida artificial de manera indefinida.

—Preferimos que lo desconecten —fue la petición familiar desde un inicio.

—Lo sentimos, pero las leyes portuguesas y la comisión ética del hospital no lo permiten —nos explicó con paciencia el doctor António Márques, con un inglés refinado aprendido en su práctica médica en Boston, precisamente en donde Jorge vivía.

—¿Entonces?

—No tendríamos problema con suspender ayudas médicas adicionales —nos dijo otro de los doctores—. No más cirugías ni antibióticos, por ejemplo. Solo tratamientos paliativos para esperar su muerte.

—Que así sea —fue nuestra exigencia unánime—. Nada que mantenga artificialmente su vida.

—Ni hablar —me dije en silencio, ahora representado en estas hojas en blanco.

Los doctores nos acompañaron a la salida. Eran las 3:00 a.m., quizá más tarde. Yo seguía dopado, pero no por el Tafil, sino por un grito reprimido. La luna llena estaba en el cenit, cuya redondez reafirmó Galileo y en la que Neil Armstrong dio su “pequeño paso para el hombre". Era la luna de mis azoros infantiles.

Los arreboles de unas luces de bengala festejaban el inicio del día de San Juan, patrono de la ciudad de Porto. La noche era bella, el clima templado y la pirotecnia, espectacular.

—Es una buena noche para morir —pensé calculadoramente—. Una noche mágica. Un abrazo cálido de los ángeles para recibir a Jorge en las profundidades del universo.

III

El duelo es egocéntrico y monotemático. Han sido meses de cansancio mortuorio: de dolor, insomnio y enfado. Cientos de horas perdidas —¿invertidas?— en tratar de explicar lo que hoy me resulta claramente inexplicable. La muerte es una realidad de la vida. La estadística, desde tiempos milenarios, es abrumadora y perfecta: el 100% de las personas han muerto y moriremos. En la infinidad del universo y en la inconmensurabilidad del tiempo, ¿qué son diez o setenta años? ¿Qué representa la edad de Jorge al morir: veintisiete años, cinco meses y cuatro días? Las personas mueren; los hijos también mueren. No se trata, para mí, de encontrar el sentido de la muerte, sino de descubrir el sentido de la vida en el vértigo de nuestros tiempos. Lo que nace y vive tiene que morir. Es la ley divina.

—No importa cómo y cuándo morimos, sino cómo vivimos— escuché al padre Benjamín en una homilía fúnebre.

En el duelo, lo natural es buscar la manera de sobrellevarlo. Yo, acaso por accidente, me refugié en la astrofísica. Dimensionar nuestra existencia en los 14 000 millones de años del universo, en las 100 000 millones de galaxias y en los posibles multiversos —una infinidad de otros universos— me dio serenidad.

Cuando visitaba a Jorge en Estados Unidos, en donde trabajaba, nuestra rutina después de cenar era merodear en una librería local que cerraba a medianoche. Era raro que comprásemos libros, pero siempre la pasábamos bien, en silencio. La última vez que estuvimos ahí me llegó con un libro: Astrophysics for People in a Hurry (“Astrofísica para gente con prisa —o en aprietos—”).

—Ten, te lo regalo.

—¿Ya lo leíste? —pregunté.

—No, pero sé que te va a servir —respondió con un gesto enigmático.

—Gracias —repliqué. El precio era una ganga: $4.90 dólares.

Al poco tiempo, Jorge murió. El libro me repelía y yo lo miraba de reojo. Pero el "sé que te va a servir” resonaba en mi interior. En estos tres años, me frustra que nunca haya soñado con él; pero sí, en cambio, con el libro.

Nueve meses después, tuvimos que recluirnos en casa. El duelo quedó en suspenso; su lugar lo secuestró la pandemia. A un dolor en ebullición se empalmó el desconcierto de un nuevo mundo. Me dolía la muerte de mi hijo y me atemorizaba la vida de mi familia, en particular de mi esposa y nuestros tres hijos. Confusión y pérdida: una pócima maligna. En el silencio llevaba el recuento de los fallecimientos por Covid de amigos y parientes cercanos —hijos incluidos—, lo que me ayudó a contextualizar mi duelo.

—No soy sólo yo y la muerte de Jorge —me recriminé—. Es la vida que reclama más vidas y un mundo que exige otro modelo de vivir. Así fue como encontré otro resto de paz en mí.

IV

La alegría de cada luna llena resguarda la memoria de Jorge. Hace algunos meses, me invadió la angustia de no recordar… ¡su mano! Significaba una traición de mi parte, como olvidar un fragmento de su existencia. Ahora, después de numerosas sesiones con Marianna, mi tanatóloga, caigo en cuenta de que el recuerdo físico se transfiguró en la proyección de su esencia en mi persona.

La brevedad de la vida de mi hijo replanteó la fugacidad de la mía. En la infinidad del cosmos, ¿qué diferencia hace la vida de una persona respecto de los miles de millones que hemos existido? Somos sólo la huella que dejamos en el planeta, en la tierra y en los océanos, en la familia y en los amigos. ¿Qué diferencia hay entre vivir veintisiete años o los 62 que estoy por cumplir? Ninguna: vivimos lo que nos corresponde vivir, porque queramos o no —y entendiblemente nos olvidemos de ello— tendremos que morir.

La muerte de alguien querido es dura; la de un hijo, devastadora. Hoy lloro, y lloro mucho. En este aniversario, fantaseo con el reinicio de una vida personal y familiar que colapsó el día del padre de 2019. Pero la realidad se impone y cada luna llena me lo recuerda: de mi Yuyín solo queda la maravilla de su ser. Su alma la preservo en mí, como un testimonio mágico de su ser. Olvidé su mano, pero nunca borraré su presencia.

La muerte de un hijo trae aparejadas otras pérdidas. Unas son manifestaciones naturales de necesidades insatisfechas: los hijos —mis nietos— en potencia, sus éxitos no alcanzados, el pasmo de sus interminables excentricidades, los viajes programados, las celebraciones no festejadas y las felicitaciones ausentes del día del padre. Otras pérdidas son estructurales: en el sistema familiar, la falta de uno de los planetas desarticuló nuestro universo. Rediseñamos otra familia —ni mejor ni peor, simplemente otra—, pues la anterior quedó en el ayer.

En lo personal, las etapas del duelo fluyen libremente. En la desolación de los primeros meses, la sensación de asfixia y la confusión marcaron el ritmo de mis días. Tirado en la cama, mirando el techo de día e insomne de noche, o hecho un ovillo en la alfombra pensando en la nada. La angustia sincronizada con el trepidar de mi piel y con un anhelo, también ansioso, de que la pesadilla llegara a su fin. Hoy, el diagnóstico de Sujey, mi terapeuta, es que me encuentro en tránsito hacia la aceptación, aunque con espasmos de negación y tristeza.

En algún momento mi hermana Tere me recordó un pasaje bíblico que recoge las palabras de Jesús: "Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”. En un principio, la expresión fue un shock. A las pocas semanas, resultó un campanazo que trastocó mi percepción fatalista: el turno de Jorge no fue el mío. Enterrarme con él no es lo que procede. Lo que toca es que él —su esencia y su magia— trascienda a través de mí.

Yo no morí con Jorge, aunque a veces anhelo hacerlo. Él vive en mí, lo cual me reconforta. Las aportaciones del monje zen Thich Nhat Hanh en su libro La muerte es una ilusión son sublimes: nada ni nadie muere, ni deja de existir. El vapor de los mares se convierte en nubes, éstas en lluvia y a su vez en ríos, y esa agua alimenta plantas que dan frutos y flores bellas. De ese modo, la existencia de Jorge renace y florece en mí y en quienes lo conocimos y queremos. Mi hijo sigue vivo y de ello yo soy responsable. Isabel Allende, cuya hija murió hace varios años, lo resume así: “La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo”.

Sé que arriesgo una ridícula intelectualización y hasta en la irresponsabilidad peligrosa, pero constato la autenticidad de un cambio en mí. Y esto deseo confesar hoy, frente a la efímera presencia corpórea de Jorge. No es tan solo que su muerte tenga un sentido —que lo tiene, por supuesto—, sino ampliar la idea y profundizarla más: ¿cuál fue y sigue siendo el sentido de su vida?

Hace poco mi esposa me regaló un libro: Encuentra el significado. La sexta etapa del duelo, de David Kessler, renombrado psicólogo y tanatólogo, quien perdió un hijo. Sus reflexiones y enseñanzas son fascinantes, y reafirmaron la convicción de que, al igual que las huellas digitales, el duelo es distinto en cada persona. La conciencia de la brevedad de la vida me conminó a vivirla a plenitud, en lo que en este día ofrende: leer, reír, senderear, estudiar, meditar, llorar, cantar y bailar, trabajar, pescar, tristear, jugar pádel y ajedrez, convivir con la familia y amigos, comer, explorar y, sobre todo, ponerme en situaciones límite.

Después de la muerte de un hijo, pocas cosas —poquísimas— constituyen un problema. De seguro, la enfermedad grave o la muerte de otro hijo. La enseñanza es que un mismo duelo tiene sus matices. Pero, ¿para qué sufrir ante un futuro incierto y especulativo? Hoy debo vivir al máximo las únicas veinticuatro horas de este día, que para mañana serán un simple pasado. Si en el presente Jorge pervive en mí, su existencia queda en un pasado fantástico. Lamentarme plañideramente de su muerte no me regala vida; en cambio, una vida auténticamente vivida lo mantiene vivo.

“Vive y deja vivir”, recitamos en Alcohólicos Anónimos. En un retiro de silencio coordinado por la maestra Ingeborg, todavía en una etapa desquiciante del duelo, un chispazo de luz me dio oportunidad de idear un monólogo de Jorge, fantasioso pero igualmente mágico:

—Pa, ¿por qué me matas? Sigo vivo, aquí estoy en tí y contigo. Tu sufrimiento me retiene y me impide disfrutar de mi nueva vida. Tú eres cuerpo y mente; yo soy espíritu y cosmos. Vive tu vida, alcanza tus ilusiones, cumple con tus responsabilidades y deja que los demás vivan la suya. Al fin que, algún día, nos reencontraremos. Acá te espero.

Salir de mi ensimismamiento, propio del duelo, ha sido un proceso lento y fatigoso. Justo en este día me siento triste y fastidiado. Hoy no tengo porqué dar la espalda al dolor y al llanto. Jorge está muerto; no hay remedio. La solidaridad de la familia y el cariño de los amigos renuevan la esperanza de que mañana sábado —que en pocas horas será mi presente— reviva a mi hijo en mí y lo deje vivir su nuevo estatus. Es lo único que queda para dar significado a su existencia. Mi compromiso con él es dar testimonio a otros padres de que en el duelo existe vida, y que tras el fallecimiento de un hijo también hay mucha vida.

Yo no soy el mago. El hechizo es de Jorge y de su legado. La magia es de su madre y de nuestros hijos, de mi madre y nuestros ancestros, de mis hermanos y sobrinos, y de todos quienes con su aliento apuntalan mi vida. Como escribió Jaime Sabines: “Alguien me habló todos los días de mi vida al oído, despacio, lentamente. Me dijo: ¡¡vive, vive, vive!! Era la muerte”.

 

Luis Pérez de Acha

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Publicado en: Sólo en línea