La soberbia, dicen los expertos, fue el pecado de Luzbel, ese personaje al que los comunes y corrientes llamamos diablo. Por eso no conviene tratar con ella. Puede uno enloquecer o pecar del diario como el presidente López Obrador, cuando se mira en el espejo de quienes le sonríen durante sus pláticas de la mañana. “¿Quién es el más simpático, el único honrado, el máximo beisbolista de la república?”. “Usted, señor”, dice el espejo. Y a callarse cualquiera que pueda verlo de otra manera. O a entrar a la pandilla de los antipatriotas.
No sé qué tanto de eso sepa el presidente, pero yo supe, por la mejor maestra de gramática que podía encontrarse en el mundo, que más vale temer a los espejos, porque si uno se mira de más, aparece el diablo.
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