El síndrome jacobino y la Revolución mexicana

El siguiente es un extracto, adaptado por su autor e inédito hasta ahora en español, del nuevo libro de Alan Knight: Bandits and Liberals. Rebels and Saints: Latin America since Independence, que publica la Universidad de Nebraska.

Trotsky creía que las trayectorias de las revoluciones seguían “leyes de movimiento” discernibles, las cuales podían ser reveladas por el marxista diligente quien, al hacerlo, volvía posible no sólo los análisis retrospectivos, sino incluso las predicciones futuras. De manera similar, los historiadores y los científicos sociales —en su mayoría no marxistas— han tratado de discernir patrones recurrentes en las situaciones revolucionarias: etapas de revolución (moderada, radical y la “reacción de Termidor”) o dinámicas sociopsicológicas (“privación relativa”, la “curva en J”). Yo soy muy escéptico. Si comparamos las “grandes” revoluciones del mundo, observamos una gran variedad de trayectorias, cadenas de causalidad y desenlaces. Las revoluciones, como las guerras, son —usando la frase de Kipling— “Just-so stories”, trayectorias que desafían la generalización sencilla y no siguen ninguna “ley de movimiento”.

Sin embargo, eso no significa que no exista utilidad en comparar y contrastar revoluciones distintas: la mexicana (mi objeto principal), la francesa, la rusa, la española, la china, la boliviana, la cubana y así sucesivamente. Las historias pueden variar y divergir mucho, pero los actores colectivos —los grupos que toman partido en el conflicto revolucionario— sí muestran rasgos comunes identificables que, en consecuencia, ayudan a explicar sus roles, tanto revolucionarios como contrarrevolucionarios. De tal forma que, mientras las tramas individuales y sus desenlaces son muy distintos, las dramatis personae —los actores colectivos— muestran similitudes significativas que nos permiten analizar las revoluciones de manera comparada y así entenderlas mejor. En términos esquemáticos, propongo que cuatro actores colectivos son evidentes en las revoluciones principales de la era moderna —aproximadamente desde 1789. Primero debemos incluir los intereses sociopolíticos asociados al antiguo régimen —típicamente un régimen autoritario, dinástico o dictatorial, alineado a la élite terrateniente, carente de legitimidad y por lo tanto dependiente de la coerción: las dinastías Borbón, Manchú y otomanas, el Porfiriato, la Rosca boliviana y, en Cuba, el régimen de Batista después de 1952. En segundo término, el antiguo régimen era confrontado por una oposición burguesa, vagamente liberal, comprometida con la reforma democrática y el gobierno representativo, pero reticente de políticas socioeconómicas radicales: Barnave y los feuillants franceses, los Cadetes Rusos, Sun Yat-sen en China, Francisco Madero, los primeros aliados liberales de Fidel Castro. Un tercer actor colectivo es la clase trabajadora urbana: ideológicamente ecléctica, comprende liberales, anarquistas y socialistas; en la mayoría de los casos (Francia, China, Turquía y México, mas no en Rusia), compuesta por artesanos alfabetizados, es decir, trabajadores de pequeños talleres y no el proletariado industrial masivo de la mitología marxista. Finalmente, el cuarto actor colectivo, y el más grande, era el campesinado: la población mayoritaria, también ideológicamente ecléctica, caracterizada por sus fuertes lealtades locales y su conveniente capacidad para la resistencia armada; siguiendo el argumento de Eric Wolf, puede ser convenientemente dividida —y no sólo en México— entre campesinos “periféricos”, serranos (por ejemplo, Pancho Villa y sus seguidores norteños), que resienten el control político centralizado, y agraristas, tipificados por Emiliano Zapata, hostiles a la oligarquía terrateniente y comprometidos con una reforma agraria radical.

Ilustración: David Peón

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Publicado en: 2022 Junio, Ciudad de libros