Descripción o narración: he aquí una disyuntiva clásica que todo novelista esgrime ante la página en blanco. Describir significa poner en pausa la acción y concentrar la mirada del lector hacia un determinado objeto, paisaje o personaje. Narrar implica dirigir la mirada sobre una cadena de sucesos que fijan unos hitos, de alcance variable, en el desarrollo de la trama. El común denominador de estas dos disciplinas es el punto de vista: miramos algo, una cosa o una acción, algo que está o algo que sucede. La descripción nos acerca a su objeto, lo explora, lo recorre, puede llegar a destruirlo al revelar, debido a un giro de la perspectiva, que se trataba de otra cosa… La narración, en cambio, ya sea desde el futuro, ya sea en directo, ya sea con disimulo impertinente, espía un proceso físico o anímico y registra, comprimiendo o dilatando el tiempo, su carrera. Es una cuestión de mirada dedicarles 190 páginas a tres horas, como hace Proust, o tres líneas a doce años, también como hace Proust, lo cual nos llevaría, por redondeo, a una página para un minuto o a una página para un siglo.
Pero a la mirada del que escribe se añade la mirada del que ve: el personaje visto mientras mira, el atisbo articulado en un reflejo que involucra en su ejercicio crítico y dinámico al lector.
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