Mi mejor amigo

Los dos últimos años cursados en mi escuela primaria Pedro María Anaya, cuyo edificio fue un diseño de Juan O’Gorman (los más amedrentados económicamente tenemos que obtener algún lustre de nuestro pasado), tuve lo que en ese entonces consideré “mi mejor amigo”, esa categoría dudosa, excepcional y en verdad indefinible. Afirmar que alguien es tu “mejor amigo” es practicar el engaño, la retórica o la marrullería sentimental. Ese niño, al que consideraba el baluarte de la amistad escolar y primaria, llevaba por nombre Édgar Celis y, según despierta mi memoria, conversábamos muy bien e incluso podríamos haber formado parte de alguna novela de formación o aprendizaje (bildungsroman). Él solía visitarme en casa durante algunas tardes y mi madre nos preparaba algún bocadillo, un agua de sabor y enseguida se apoltronaba en su sillón para ver sus telenovelas. Es decir: nos dejaba en paz, animada porque su hijo recibiera visitas a los 9 o 10 años. El quid de esta breve crónica radica en que mi amigo Édgar nunca me reveló la dirección de su casa en la colonia Portales, ni mucho menos me invitó a pasar alguna tarde en ella o a conocer a su familia.

Ilustración: Kathia Recio

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