No cuento con la respuesta precisa y, en este caso, prefiero no consultar ni a amigos expertos en el tema ni libros ad hoc. Me refiero a la obsesión o, más bien, al ser obsesivo, cuyo universo engloba a la persona como tal y a las conductas derivadas de esa forma de ser. Ser obsesivo contiene dos vertientes: la persona —su “forma de estar”— y las acciones derivadas propias de la personalidad de dichos individuos. La obsesión no es necesariamente una enfermedad; en ocasiones, cuando no rebasa ciertos límites, es una vía para buscar respuestas y mejorar actos u obras cuasiculminadas.

Mi apreciación, “cuando no rebasa ciertos límites”, choca con el concepto de la Asociación Americana de Psiquiatría cuyos síntomas, englobados bajo el rubro trastorno obsesivo-compulsivo, incluyen ansiedad, ideas recurrentes, preocupaciones, temores, diferentes niveles de aprensión, así como conductas repetitivas encaminadas a disminuir la ansiedad. En el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la asociación mencionada, el trastorno obsesivo-compulsivo se considera una enfermedad. Mi idea —soy obsesivo, me repito—: “Cuando la obsesión no rebasa ciertos límites”, permite crear, invita a repasar, a afirmar y a perfeccionar.
¿Cuántos grandes artistas pintan el mismo cuadro con pequeñas diferencias?, ¿cuántos compositores componen la misma obra con mínimas sutilezas?, ¿cuántos escritores reproducen ideas similares en sus libros? Dosis pequeñas de obsesiones no significan enfermedad. Todas las ideas previas desembocan en una de mis grandes obsesiones: el ejercicio de la medicina contemporánea ha dejado de ser el espacio adecuado para la inmensa mayoría de la población. La siguiente cascada explica mi postura:
1. El enfermo acude al médico buscando ayuda.
2. Transferencia y una dosis mínima de empatía son esenciales. Si el enfermo así lo percibe, el proceso —i. e., la relación médico-paciente— será cimental y parteaguas. Tanto doliente como galeno se beneficiarán.
3. Para que el punto anterior se cumpla, es necesario que el profesionista escuche e interprete. La palabra escuchofilia no aparece en los diccionarios; sería prudente agregar la entrada y, a renglón seguido, escuchofobia. Cuando no se escucha, la comunicación deviene incomunicación.
4. En el caso de la medicina y el arte, la obligación de escuchar tiende a desaparecer. Los galenos de antaño escuchaban; los actuales poco cultivan ese vínculo. No es un mal exclusivamente médico. Es un problema frecuente en la mayoría de las sociedades contemporáneas.
5. Los doctores deben conocer la historia del enfermo. Dicha práctica es fundamental. De no conocerse el pasado, las razones por la cuales se consulta no serán ni claras ni suficientes. La historia médica y no médica es esencial. Sin ella, la atención siempre será insuficiente.
6. La aparatización de la vida, de la cual hablaba Karl Jaspers, hoy es norma. La medicina contemporánea crece ilimitadamente en esa dirección. Poco a poco los galenos se han convertido en aparatos de sus aparatos. La magia de la biotecnología apabulla.
7. No debería existir tensión entre las manos del galeno y los tubos de la resonancia. La distancia —in crescendo, imparable y feroz— entre mirar rostros y escrutar imágenes radiológicas o resultados de laboratorio es realidad, y la distancia entre otear caras y diagnosticar radiografías sin siquiera conocer al individuo es la tónica actual.
8. El divorcio entre médicos y enfermos aumentará con el tiempo. En el futuro los robots médicos serán los encargados de atender a las personas que acudan en busca de seres humanos.
La cascada es infinita, el espacio no lo es. Ante los límites del papel y la realidad del fin de la medicina, busco ayuda: “Qué difícil es/ cuando todo se hunde/ no hundirse también”, reza el haikú de Julio Hernanz.
Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.