Reporte desde Mykolaiv

Lo que sigue es la versión sin censura de uno de los últimos partes de guerra que la periodista rusa Elena Kostyuchenko publicó en la Novaya Gazeta, quizás el último medio independiente en Rusia, antes de que las amenazas del régimen de Vladimir Putin obligaran al periódico a cerrar sus puertas. Se trata, pues, de un texto doblemente urgente: primero, porque es un relato vívido y compasivo del horror que el gobierno ruso ha desatado en Ucrania; segundo, porque es un documento de la represión a la que el mismo gobierno ha sometido a aquellos de sus ciudadanos que se atreven a disentir.  El reportaje de Kostyuchenko se publicó por primera vez el 12 de marzo. Desde entonces, Mykolaiv —un puerto sobre el mar Negro en el sudoeste de Ucrania— continúa resistiendo. La pieza periodística aparece en nexos con autorización de la autora y gracias a la generosidad de la revista estadunidense n+1. Aprovechamos esta oportunidad para expresar nuestra admiración por Kostyuchenko y sus colegas en Novaya Gazeta, a quienes ofrecemos toda nuestra solidaridad.

La ciudad de Mykolaiv se extiende a ambos lados del espejo plateado del ancho cauce del río Bug. De vez en cuando, levantan el puente que lo cruza. Cada día autobuses cargados de mujeres y niños salen de aquí con dirección a Odesa, por lo pronto un lugar más seguro. Algunos huyen más lejos: a Moldavia, a las partes de Ucrania que la guerra aún no ha alcanzado. Las afueras de la ciudad están bajo fuego de artillería. Mykolaiv ha sido rodeada. Al norte y al este, a menos de veinte kilómetros, espera el ejército ruso.

El gobernador militar Vitaly Kim se ha convertido en una estrella. Su canal de Telegram tiene 650 000 seguidores. Sus mensajes —se graba a sí mismo con la cámara de su celular— comienzan siempre con la misma consigna: “¡SOMOS UCRANIANOS!”. Kim lo dice en ucraniano, pero su idioma nativo es el ruso: el gobernador es mitad ruso, mitad coreano, un hecho que los locales han convertido en material para infinitas bromas sobre “los nazis que han tomado el poder en Ucrania’’ (la televisión rusa nunca se cansa de recordarnos a los nazis).

La ciudad ha adoptado una política de “cielo negro”. Las autoridades han prohibido encender la luz después del anochecer; si alguien desobedece, los empleados del Comité Ejecutivo de la ciudad prometen que cortaran la electricidad de todo el edificio. Salvo las tiendas de comida y las farmacias, todas las tiendas han cerrado. Las escuelas y los preescolares han estado de vacaciones desde el inicio de la guerra. La intención es evitar separar a los niños de los adultos. Muchas de las rutas de autobús han sido cerradas: el ejército tomó posesión de algunos de los autobuses y el resto ha sido destinado a las evacuaciones.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

En las intersecciones se apilan llantas. Les prenderán fuego cuando los soldados rusos entren a la ciudad. En muchas de ellas es posible discernir restos de pintura: solían albergar flores. “Lo único bueno de esta guerra —dijo el alcalde— es que nos desharemos de los cisnes de hule”.1

La gente hace cola ordenadamente para recibir ayuda humanitaria. Sémola, comida enlatada, mantequilla.

Las alarmas que advierten de ataques aéreos interrumpen la vida. La sala de urgencias ha sido transformada en un hospital de servicio completo: los pacientes son evacuados en cuanto terminan sus cirugías o el tratamiento de sus heridas. Las camas deben quedar libres para los próximos pacientes. El personal lleva dos semanas —desde el inicio de la guerra— viviendo en el hospital.

La ayuda humanitaria llega de Odesa. Odesa ama a Mykolaiv: sus residentes están convencidos que es gracias a Mykolaiv que su ciudad aún no está bajo asedio.

“Mykolaiv está parcialmente rodeada”, dice Yaroslav Chepurnoi, el oficial de prensa de la Brigada 79 del ejército ucraniano, encargada de defender Mykolaiv. Continúa:

En torno a la ciudad hay diecisiete batallones tácticos de tropas rusas. Si suponemos que cada batallón táctico tiene 1000 soldados, estamos hablando de 17 000 soldados. Eso implica entre 500 o 1000 unidades de equipamiento militar. Desconocemos, por supuesto, los planes de los comandantes rusos, pero asumimos que algunos de estos batallones técnicos marcharán hacia el norte, posiblemente con dirección a Kryvyi Rih. Y, bueno, alguna fracción se quedará aquí para tomar la ciudad por asalto. Entendemos que los comandantes rusos tienen instrucciones de tomar Mykolaiv, de tomar Odesa; todo esto, al parecer, para abrir un corredor terrestre hacia Transnistria. Es por eso que nos estamos preparando para la defensa. Cada día que nos ceden, cada día que no atacan Mykolaiv, nuestra defensa se fortalece.

Vienen por el este, por el norte… Ya están intentando desembarcar tropas en algún punto cerca de Mykolaiv, aparentemente para organizar un cruce de la parte sur del Bug. Cerca de Nueva Odesa el río es más estrecho que aquí. En la región de Mykolaiv el Bug se hace tan ancho que, pasado el Puente Varvarsky, se le conoce como el estuario del Bug del Sur. Es enorme. Y si destruimos los puentes, tendrán muchas dificultades para cruzar: los bancos del río son muy empinados. Por lo tanto, es probable que intenten construir un puente de pontones en algún punto más al norte, en la región de Nueva Odesa. Además, gracias a nuestras fuentes de inteligencia, sabemos que vienen cargando con pontones y lanchas rápidas, que son precisamente lo que necesitas para construir ese tipo de estructura.

Las tropas rusas ya han atacado la ciudad cuatro veces. Las primeras tres fueron misiones de reconocimiento con fuerzas muy pequeñas. Los repetimos y quemamos sus equipos… Entonces, el 7 de marzo, llegó el ataque más fuerte. Primero cohetes y misiles. Luego un asalto a nuestras posiciones con una fuerza de dos batallones tácticos.

Un detalle interesante: estaban significativamente mejor equipados que nosotros, pero logramos destruir varios tanques y vehículos acorazados. Y eso bastó para que se retiraran. Habiendo sufrido daños menores —insignificantes, incluso— a sus tropas, por alguna razón decidieron dar la media vuelta. No lo esperábamos. Porque cuando inicia una ofensiva con tanques, con vehículos acorazados, significa que se avecina una batalla, y perder un puñado de vehículos no debería ser un obstáculo para el desarrollo de la ofensiva. Desde entonces los grupos de reconocimiento han regresado, pero sólo para volverse a ir.

De acuerdo con cifras oficiales —cifras en las que confío— en toda Ucrania hoy en día hay más de 3000 prisioneros de guerra rusos. Incluso en nuestra región: son varias docenas. Hace dos días, después de los últimos choques, doce personas se rindieron. Desde entonces no ha habido más incursiones.

Están bombardeando la ciudad con misiles tipo “Smerch”, “Huracán” y “Granizo”. Éstos últimos son de apenas 122 mm, pero los Huracanes son de 240 y los Smerch, de 320. Los tres tipos de municiones, cada uno con una carga explosiva específica, son disparados por el mismo sistema de lanzamiento. Los primeros ataques fueron contra instalaciones militares: el 24 de febrero, nuestro Aeródromo Militar Kulbakino fue atacado exitosamente, pero para entonces ya no teníamos aviones allí —estaba prácticamente vacío—. La tarde del 4 de marzo atacaron la estación ferroviaria, tanques de combustible y luego —no entiendo por qué— una panadería… Y entonces, el 5 o el 6, su artillería comenzó a bombardear una unidad militar, pero también áreas residenciales. Las instalaciones de tratamiento de aguas cerca de Mykolaiv también han sido atacadas varias veces, y pensamos que esto es un intento de cortar el acceso al agua para los civiles de la ciudad. Entre Mykolaiv y Kherson hay varios pueblos, y allí es donde los rusos han instalado sus posiciones de artillería.

La calle Kherson ha sufrido algunos de los peores embates. Está en el distrito de los astilleros; el sector cerrado más sureño, llamado Balabanovka. Las casas allí han sufrido daños: parece que estuvieran a medio construir. Las tejas cayeron de las cercas; los techos se colapsaron; fragmentos de la vida normal han quedado regados en las calles. Una barda de ladrillo quedó pulverizada pero, de alguna manera, la placa de metal con el número de la casa, el 22, permaneció intacta. Ya no hay vidrio en las ventanas, lo que hace que las casas parezcan deshabitadas. Detrás del portón verde se esconde una camioneta destruida.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Un jardín recientemente podado. Los árboles de cerezo, cortados: las ramas en el cálido suelo. En el techo del ático se abren tres boquetes.

Sasha sube una escalera para barrer las tejas destruidas del techo. Llora sin darse cuenta: no se limpia las lágrimas.

“Primero nos bombardearon”, dice. “Luego escuchamos un zumbido sobre los campos de trigo y de pronto nuestras ventanas explotaron. Se hizo el silencio. Mi esposa estaba allí, en el pasillo; yo estaba en la cocina. Ella se sentó. Yo me asomé rápidamente a la ventana y vi pasar dos aviones de caza. Mi esposa cayó al piso y entonces… ¡Tra-tra-tra! Y una especie de humo blanco. Me tiré al piso, como mi esposa, y nos arrastramos. Mira, recogí todos los fragmentos de los misiles. Cualquiera de éstos podría cortar a una persona en dos”.

Nadya, su esposa, se sienta con las manos sobre las rodillas.

“Estaba sentada justamente así”, dice. “Aquí mismo. Y no escuchaba nada. Nada, al menos, que me diera miedo. Dos aviones, pintados del más aterrador gris oscuro, y no moví un músculo. Pensé: ‘No le dispararían a los civiles’. Y justo en ese momento empezaron a dispararle al techo… Qué espanto… Mira al portón, mira los hoyos que le hicieron. ¿Qué si me hubieran dado a mí? Y pues estoy en tal estado de shock que no me puedo mover. Tengo miedo, ¿sabes? Pero marcharse también da miedo, porque nada te asegura que vayas a llegar a donde vas. Vi en las noticias que una familia se estaba yendo cuando quedaron bajo fuego. Los niños murieron. Los padres también”.
El Centro para la Rehabilitación Social y Psicológica Infantil de Mykolaiv, un refugio para niños del gobierno local, fue evacuado inmediatamente después del inicio de la guerra. Noventa y tres niños de entre 3 y 18 años de edad. Son huérfanos sociales: sus padres viven, pero por alguna u otra razón no son capaces de cuidar de ellos. Las autoridades evacuaron a los niños a Antonovka, una aldea a 67 kilómetros de la ciudad, cerca de Kropyvynytski, antes llamada Kirovograd. Hace cinco días un grupo de tropas rusas estableció un campamento cerca de la aldea. El 8 de marzo, a las 9:20 am, el ejército ruso disparó contra un automóvil que circulaba por la carretera a Kirovograd. A bordo viajaba un grupo de maestros del orfanato. Tres mujeres murieron.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

El conductor, Anatoly Alexandrovich Gerashchenko, se balancea de un pie al otro. Tiene un pedazo de metralla enterrado en la pierna derecha. Sacarlo resultó imposible. “El cirujano me dijo que me operarían si se empezaba a pudrir”, dice. Masha, una chica con un ojo azul y el otro café, se aferra a su padre. “Tengo tres hijos y dos hijas”, presume Anatoly Alexandrovich. Empieza a tiritar. “Hace frío”, dice.

Ese día era su tercer viaje a Antonovka. No cobraba más que el costo de la gasolina. Había pegado una cruz roja hecha de cinta eléctrica en el parabrisas de su coche, un Mercedes Sprinter que, como los cuerpos, quedó calcinado.

“Era la tercera vez que llevaba a los maestros”, dice Anatoly Alexandrovich:

Habíamos pasado todos los retenes. Mostraron sus pasaportes. Tenía a seis mujeres en los asientos traseros y a dos conmigo adelante. En el retén nos dijeron que algo había pasado la noche anterior, así que en teoría no deberían dejarnos pasar.

No se veían coches. La carretera estaba vacía. Condujimos 25 kilómetros. Y entonces, a 250 metros… Bueno, yo no veo bien, pero una de las mujeres lo vio y dijo: ‘Algo pasa adelante, hay vehículos militares’. Yo dije: ‘¿Qué hacemos?’. Desaceleré. Al principio eran disparos de advertencia. Pero yo no los vi ni los oí. Lo único que vi fue que la grava al lado de la carretera saltaba. No fue hasta después que entendí lo que estaba pasando.

No recuerdo cómo fue que nos dispararon: si el coche ya se había detenido o si seguíamos avanzando. No vi la explosión. Sólo sentí que caían cosas del cielo. Algo brilló sobre mis piernas. Salí corriendo del coche. Ellos llegaron corriendo con metralletas. Me tiré bocabajo en el asfalto y grité: ‘¡Allí hay mujeres! ¡Allí hay mujeres! ¡Allí hay mujeres!’ Los rusos abrieron la puerta de atrás, donde había cuatro personas. Las mujeres salieron y ellos las encañonaron. ‘¡Tiren sus teléfonos!’, les gritaron. Las cuatro mujeres obedecieron. Yo lancé mi celular sobre el pasto, el teléfono pequeño que tenía en mi bolsillo. Mi smartphone seguía en el coche, en la guantera.

Entonces regresé al coche y descubrí que el smartphone ya no estaba. Comencé a buscarlo. Una mujer estaba sentada junto a la puerta del coche. Le faltaba parte de la cara. Sólo quedaba carne y hueso. Uno de sus dedos estaba sobre el tapete. ¡No tenía cara! ¡No tenía cara! Detrás de mí había otra mujer muerta, pero intenté no mirarla.

Los rusos dijeron: ‘¡Les advertimos! ¡Disparamos tiros de advertencia!’. Pero yo no soy soldado. No pasa todos los días que te adviertan con tiros de advertencia. Una mujer tenía una herida en el hombro. Los rusos la levantaron. Uno de ellos, Yakut o Buryat, le puso una venda. El segundo era todavía un niño. Traía puestos los mismos lentes oscuros que yo. Todavía recuerdo su cara. Y, bueno, yo tenía una esquirla de ametralladora en la pierna. Y este niño evitaba mirarme. ¿Le daba miedo? Le dije: ‘¿Cómo podemos salir de aquí?’. Él me respondió: ‘Vayan por los campos. Han quitado todas las señales con los nombres de las calles’. Yo dije: ‘Seguiremos el camino de doble sentido. Avísale a tu gente, por si nos cruzamos con ellos’. Ellos dijeron: ‘Ya lo hicimos’.

Parecían tan indiferentes, los rusos. No les importaba que el coche estuviera en llamas; que tal vez alguien estaba atrapado dentro. Les digo: ‘¡Al menos ayúdenme a apagar el fuego!’. Y ellos se quedan parados.

En eso, veo a una persona tirada en la parte trasera del coche. Es una mujer. Su esposo la había dejado en la parada. Le dio un beso. La saqué del coche con la ayuda de otra mujer. La acostamos en el asfalto y levantamos su chamarra, de manera que su espalda quedo descubierta. Estaba cubierta de metralla. No intenté tomarle el pulso ni nada. Hoy me llamó su esposo. Le dije: ‘Su cuerpo no se quemó. La saqué del coche… Quizá siga donde la dejamos’.

Otros dos cuerpos quedaron dentro del coche. El coche se quemó por completo.

Ahora tengo dos fechas de nacimiento: el 11 de noviembre y el 8 de marzo.

Las mujeres que murieron se llamaban Natalya Evgeniya Mikhailova, Elena Aleksandrovna Batygina y Valentina Anatolevna Vidyushenko. Svetalana Mykolaivna, la directora del orfanato, dijo lo siguiente de cada una de ellas:

Natalya Evgeniya Mikhailova llevaba trabajando con nosotros como maestra desde 2014. Era muy experimentada y había trabajado en educación especial. Era un regalo de Dios, un alma buena. Un ejemplo para los otros. Quería mucho a los niños, era muy lista y muy buena para las manualidades. En general todos mis empleados son buenas personas, pero ella se llevaba bien con todo el mundo. Sólo trabajaba con los niños más grandes. El 4 de mayo iba a cumplir cincuenta años. Estábamos preparando una celebración.

Elena Aleksandrovna Batygin cuidaba de los niños: los vestía, los cambiaba, recogía su ropa. Nuestros chicos siempre deben estar bien vestidos. Tenía una gran colección de disfraces y vestidos de fiesta, y los niños también la querían mucho. Era tan amable. Trabajó con nosotros por veinte años. Tenía 64.

Valentina Anatolevna Vidyushenko no estuvo con nosotros por mucho tiempo. Era su segundo año como maestra asistente. Trabajaba con los grupos de niños que acababan de llegar. Tenía uno de los trabajos más difíciles. Los niños recién llegados lloran… Dicen: ‘¿A dónde me han traído?’. Sufren. Y ella era la que los recibía. Los bañaba, les ayudaba a vestirse, los calmaba, les decía que todo iba a estar bien.

Éste es el tipo de gente a la que mataron. Los niños se pusieron muy mal. Las estaban esperando; les habíamos dicho que venían en camino. Los niños lloraron y lloraron.

No fue posible ir a recoger los cuerpos o lo que quedaba de ellos. Así que ahí siguen, tirados, a 25 kilómetros del retén ucraniano más cercano.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Las heridas —la maestra asistente Anna Mykolaiva Smetana y la psicóloga Elena Fedorovna Belanova— están en el Hospital de Mykolaiv. Las maestras sobrevivientes, Galina Ilinichna Litkyna y Natalya Evgenia Vedeneeva, fueron hospitalizadas por “shock psicológico”.

En Antonovka, 93 niños y diez maestros, rodeados por tropas rusas, esperan su evacuación “en el interior de Ucrania”.

Todos los cuerpos de los muertos pasan por la oficina forense de la región. De acuerdo con su directora, Olga Deryugina, desde el inicio de la guerra la oficina ha recibido los cuerpos de más de sesenta soldados ucranianos y más de treinta civiles. “¿Qué quieres decir?”, responde cuando le pregunto si tiene números exactos. “Constantemente nos llegan más”. Cada cuerpo es examinado por el departamento de investigación de la oficina, el cual prepara documentos para la Corte Penal Internacional de La Haya.

“Nunca habíamos tenido tantos cuerpos”, dice Deryugina. “Heridas de metralla, de bala, de bomba… Pero más que nada metralla. Hemos visto cuerpos con municiones sin explotar. Han tenido que venir expertos para desarmar las bombas… Desarmarlas en los cuerpos, dentro de ellos. Tuvimos dos casos y los expertos vinieron y les sacaron las minas”.

“Así es, tuvimos una munición sin explotar”, dice el examinador médico Yury Alexandrovich Zolotarev:

Yo mismo la saqué. El detonador estaba dañado; es por eso que no explotó. Saqué el mecanismo y se lo di a los técnicos en explosivos para que lo investiguen. Les dije a las mujeres que se hicieran a un lado… Eran exmilitares… Y con mucho cuidado lo saqué y se lo di a los técnicos. Las aletas del misil habían quedado atrapadas en la caja torácica del hombre, pero el detonador terminó en su estómago. Por eso no explotó: el estómago es suave. Esto fue cuando estaban bombardeando Ochakov, así que más que otra cosa veíamos cuerpos procedentes de allí… El segundo cuerpo sólo tenía un pedazo de bomba.

Ayer, cuando vinieron las mujeres, las esposas, para identificar los cuerpos, gritaron tan fuerte que toda la calle las escuchó. En veinte años en este oficio nunca había escuchado algo semejante. Yo estuve en la guerra en Bosnia y la verdad es que ni siquiera allí vi atrocidades como éstas. Estuve a cargo de la autopsia de dos de los nuestros. No contentos con dispararles, terminaron apuñalándolos en la columna vertebral… El 6 de marzo, dos jóvenes entraron a una planta rusa de reparación de aviones e intentaron quemarla con cocteles molotov… Fueron descubiertos. Los ataron de manos. Les dispararon en la cabeza. Y luego los remataron en la base del cuello. Tenían heridas de dagas. Esto es una atrocidad: es asesinar a los heridos.

Pero ¿de verdad les dispararon primero y luego los remataron a cuchilladas? ¡He trabajado como examinador médico por veinte años! Puedo distinguir qué herida vino primero y cuál pasó después.

Los cuerpos se apilan en dos secciones del “refrigerador”, un cuarto con aire acondicionado. Pero son tantos que no caben allí, así que los cuerpos que ya han sido examinados —ocho— están alineados afuera, contra la pared, en bolsas negras de plástico. En el edificio, que antes de la guerra era un granero, dos cuartos de veinte metros cuadrados están llenos de cuerpos. Cubren el piso. En la esquina están los cuerpos de cinco soldados rusos. “Mientras haga suficiente frío, los guardaremos”, dice Alexandrovich Zolotarev. “No queda claro a quién deberíamos transferirlos o cómo”.

“Todos éstos son víctimas de la guerra”, continúa. “Quemados. Ya están en bolsas… Pasa sobre ellos, no te preocupes… Aquí tengo más, y aquí todavía más. Y ya que hemos hecho nuestro trabajo, los empacamos en bolsas sanitarias y los apilamos, porque a los cuerpos que ya se les ha hecho autopsia, honestamente… Tú viste los pasillos, no tenemos dónde ponerlos…”.

Pies descalzos o con zapatos. Un tipo quemado yace con los brazos abiertos y un muñón carbonizado en lugar de rostro. La mitad de un cuerpo humano, la carne mezclada con pasto; una cabeza cubierta con una chamarra; la mano de un hombre debajo de una manta. Un hombre desnudo, envuelto en una sábana colorida. Un soldado ruso con las manos detrás de la cabeza, su camuflaje levantado, dejando ver un chaleco limpio y una franja amarilla: su estómago.

En el refrigerador los cuerpos forman montones con varias capas. Dos niñas yacen una encima de la otra. Eran hermanas. La mayor tenía 17 años; no puedo ver de ella más que una mano con dedos largos y delgados y uñas recién pintadas. La más joven, de 3 años, yace sobre su hermana. Tiene cabello rubio, una mandíbula vendada, y las manos entrelazadas sobre el vientre. Su cuerpo lleva las marcas rojas de las heridas de entrada de la metralla. Parece viva.

“Arina Dmitrievna Butym y Veronica Alexandrovna Biryukova”, dice el asistente Nikolai Chan-Chumila, mirándolas. “Tienen la misma madre pero padres distintos. Las trajeron a las 5:00 pm del 5 de marzo. Vivían en la aldea de Meshkovo-Pogorelovo, en la calle Shevchenko. “Yo era su padrino… Sus padres bautizaron a mis hijos. Somos viejos amigos. Las niñas llegaron durante mi turno. Obviamente las reconocí. No puedo describir lo que sentí en ese momento”.

El padre de las niñas, Dmitriy Butym, está de pie del otro lado de la reja. Sus ojos se esconden entre su piel hinchada y roja. “Vera estaba en la cocina, calentando comida”, dice. “Arina había bajado al patio. Ni la grande ni la chica jamás tuvieron oportunidad. La más joven murió de inmediato porque un pedazo de metralla atravesó su corazón. Lograron que el corazón de la más grande volviera a latir por dos minutos, pero luego se detuvo. Su madre está en el hospital de Dubki, con una herida de metralla en el muslo y con daños internos. Le pido que me disculpe. Lo más importante en este momento es enterrar a mis niñas”.

Llega un nuevo cuerpo. Desdoblan la sábana que lo envuelve: un hombre con un tubo de oxígeno todavía emergiendo de su boca. Su cuerpo, hecho pedazos, fue rescatado, pero no salvado. Lo dejan en el patio.

Cuatro hombres con rosas oscuras están parados en una esquina. Están esperando a que les entreguen el cuerpo de uno de sus colegas, un guardia de seguridad civil llamado Igor: “El maldito misil explotó y eso fue todo”.

Sacan del granero a un cuerpo vestido con pantalones de camuflaje. El cuerpo está morado, y en lugar de rostro tiene una incisión. Dos hombres del departamento investigativo se inclinan sobre él. Describen su ropa, le bajan los pantalones, toman una muestra de ADN mojando una venda con su sangre, y entonces uno de los investigadores mete un dedo en el revoltijo que alguna vez fue su boca. Tienen que cerciorarse qué huesos del cráneo fueron fracturados y cuáles no.

Dice una mujer rubia con una pañoleta oscura sobre el pelo: “Mi madre vivía en un quinto piso. No tuvo tiempo de llegar al refugio antibombas del sótano. Los vecinos estaban allí. Nos ayudaron como si fuéramos familia. Murió en la mañana, en paz, o al menos eso me pareció, en paz. Y al día siguiente, a la misma hora, un misil cayó sobre el edificio de al lado, y todas las ventanas de su edificio estallaron. Pero mi madre ya no estaba allí; ya no estaba en el departamento. No sé, es una especie de milagro, pero el domingo murió en paz. Al día siguiente hubiera sufrido horriblemente. Tenía 77. Tengo fotos del departamento, de lo que quedó del departamento. Los vecinos me las enviaron. Mira lo que se ve por la ventana, el edificio vecino, donde cayó el cohete. Fue al día siguiente. No hubiera sobrevivido. Murió el Domingo de la Misericordia. Y el 7 de marzo, todas las ventanas de su departamento estallaron. Hubiera quedado terriblemente herida. Dado que su muerte estaba destinada, es bueno que haya sucedido el 6, no el 7. Estoy llena de gratitud. Mi madre se llamaba Svetlana Nikolaevna. Era mitad rusa. Su esposo, mi padre, nació en Krasnoyarsk. Hizo su servicio militar allí y se conocieron así. Mi abuelo, el padre de mi madre, es de Kursk. Nuestra familia hablaba ruso. Vamos camino al cementerio. Mi hijo está en Kyiv. Me llamo Oksana”.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

La base A0224 es una de dos instalaciones militares en Mykolaiv que han sufrido ataques de artillería. El 7 de marzo, a las 5:15 am, un misil Caliber cayó sobre las barracas. Nueve murieron, de los cuales cinco eran conscriptos que aún no habían participado en ningún enfrentamiento. Catorce resultaron heridos. Dos conscriptos, a los que se presumía desaparecidos, fueron encontrados pocas horas después: habían escapado a otra posición, donde se escondieron.

Un trozo de un edificio de tres pisos quedó convertido en cascajo. En uno de los pedazos del piso que sobrevivieron hay una litera.

Están escarbando los escombros a mano. Los paramédicos trabajan con los soldados, pasando las piedras de mano a mano. Buscan el último cuerpo que aún no ha sido encontrado: se llamaba Stas, era del oeste de Ucrania, y había sido llamado al servicio militar hace ocho meses.

Yaroslav, quien se salvó aquella noche, mira al sol con ojos entrecerrados, una ametralladora en sus manos. “Sonaron la alarma a las 5:15 de la mañana”, dice:

Me levanté y grité: ‘¡Chicos, pronto, salgamos todos de aquí!’. Los primeros salieron del edificio descalzos. Entonces, cuando ya estaban afuera, les grité que volvieran adentro, porque no fuera a ser, Dios mediante, que empezaran a disparar… Los tiros vendrían desde afuera… Y me di la vuelta. Corrí de regreso. Y en el segundo piso, a unos siete metros de mí… A unos siete metros de mí, vi esta escena: estas planchas… Estas planchas de las que caían pedazos de carne humana… Y luego la luz y el fuego. A las 5:17 ya nos habían golpeado.

La explosión me derribó. Me caí, me cubrí la cara, y sentí el vidrio caer sobre mí. Empecé a recobrar la conciencia… Pasaron quince segundos… Encendí mi linterna y me arrastré. Escuché gritos, gritos de mujeres. Seguí arrastrándome, arrastrándome, y de pronto sentí que el suelo se cayó debajo de mí. La tierra ya no estaba allí. Escuché al sargento gritar: ‘¡Todos afuera!’. Me las arreglé para regresar y empecé a correr afuera. Tomé mi arma. Y les grité a todos que quién estaba allí, les dije: ‘Chicos, tenemos que correr, tenemos que correr y cubrirnos’. Así que corrimos. Taras, Danila y los otros estaban atrapados en los escombros. Éramos veintinueve en la barraca.

No quiero andar de bocón… Pero, después de esto, no pienso tomar prisioneros. Y no me importará saber que en algún lado esta gente tiene padres o esposas… No sentiré la menor lástima. Tengo veinte años. Estudié veterinaria. Y ahora ya no tengo piedad.

Junto a Yaroslav está Anthony, quien es moreno. Nació en Moscú y luego vivió once años en Lugansk con su abuela, quien emigró a Estados Unidos antes de la guerra. “Regresé a Ucrania hace ocho meses”, dice. “Quería empezar una nueva vida. Sabía que sería enlistado en el Ejército, pero pensé, tengo 23 años, haré mi servicio y luego comenzaré mi nueva vida. Y entonces, bam, la guerra comenzó. Pero pienso terminar mi servicio, ganar un poco de dinero en Estados Unidos, comprar un departamento en Ucrania, encontrar una esposa. Ahora sé exactamente qué es lo que quiero en la vida, y es vivir en este país”.

Un tanque tipo Tigre fue destruido en la línea del frente. Su tripulación —cuatro rusos— fue tomada prisionera. El comandante piensa que los rusos hacían reconocimiento, pero aquéllos que estaban en la posición dicen que es probable que se hayan perdido.

En su vida civil, Arthur, quien tiene la cara cubierta por una venda negra, es economista y experto en sistemas cibernéticos. “Un coche venía por el camino de Kherson”, dice. “Se nos acercó. Vi que estaba blindado. Abrieron las ventanas y me asomé. Eran rusos uniformados. Les dije: ‘¡Ríndanse!’. Y, bueno, algunas obscenidades también. Entonces un tipo cierra la ventana. Yo quería disparar a través del vidrio, pero no logré hacerlo a tiempo, así que le tiré a las llantas y las ponché. El coche siguió avanzando por unos veinte segundos. Alguien lanzó una granada; el coche se incendió. No lograron salir a tiempo. Rompimos una ventana para sacarlos y se rindieron”.

“¿Hablaste con ellos?”, pregunto.

“Tratamos de no hablarles. Digo, éstos son guerreros que dan miedo”.

Los soldados estallan en carcajadas.

“Dijeron, bueno, lo usual, toda clase de mierda, como los entrenan. ‘No sé cómo acabé aquí’, ese tipo de cosas. Son puras tonterías. Todos lo saben”.

Los soldados rusos fueron entregados al Servicio de Seguridad Ucraniano.

En la línea divisoria alguien ha escrito: Muerte a los enemigos.

Los soldados se calientan junto a la estufa de leña. “Los malditos rusos se robaron la puta primavera”, dicen.

“A mí me dijeron que vino desde allá, desde esas torres”, dice un soldado que usa el alias Artista. “Fue un francotirador o un ametrallador, no estoy seguro. Una bala impactó a cuarenta centímetros de mi pierna. Después del tercer tiro me di cuenta de que me estaban apuntando a mí personalmente”.

“¿Y estás esperando a que asalten la ciudad?”.

“Sólo espero una cosa: que toda esta mierda regrese a ya sabes dónde. Y también quiero pedir que todos los residentes de los territorios ocupados se preparen con cocteles molotov. Y quiero desearle felicidad a mi hija. Tiene 3 años. Se llama Maria. Toda mi familia sigue allí. Mi hermano tiene una casa más grande que la mía. Todos vivimos en la misma aldea: mi madre, mi hermano y yo. Como mi hermano es mayor que yo, él es, por así decirlo, el jefe de la familia. Su tarea era proteger a las mujeres y a los niños; la mía, estar aquí. Cuando atacaron al aeródromo kulbakino, yo estaba en Varvarovka, trabajando en la planta 61 del astillero. Construíamos barcos. Mi tío me despertó a las 6:30 am y el bombardeo ya había comenzado. Podía oírlo. A las 8:20 ya estaba en la oficina de reclutamiento. Me dieron una carta de alistamiento y me dijeron que volviera al día siguiente a las 6:00 am con mis cosas. Le dije a mi esposa que había visitado la oficina de reclutamiento. Pero ella ya sabía que me iba a enlistar”.

“¿A dónde se supone que evacuemos?”, pregunta otro soldado. “Estamos en nuestra tierra. Mi familia está en Odesa. Y mientras Mykolaiv resista, no tocarán a Odesa. Así que aquí estoy”.

“Les decimos todo el tiempo: ‘Rusos, ¡váyanse a casa! Sólo váyanse a casa y acaben con esto. Nosotros nunca les pedimos que vinieran. No tienen por qué morir aquí’”.

“Le disparamos a su gente y la matamos. ¿Por qué no les llaman de regreso?”.

“¿Por qué no recogen los cuerpos? Los cuerpos no son más que fertilizantes para los campos. Lo siento, pero tu hijo vino aquí, y nunca lo volverás a ver, y ni siquiera podrás venir a su tumba. Si algo me pasara a mí, mi mamá vendría a llorarme”.

“Un pueblo que antes era nuestro hermano se ha vuelto nuestro enemigo. Porque nos atacaron. Eso no es de hermanos. Tenemos que defender nuestra tierra, mantener la línea. No queríamos la guerra. No la esperábamos”.

“Yo soy de Mykolaiv. ¿Qué, se supone que me siente a esperar en casa? El primer día fui directo a la oficina de reclutamiento”.

“No queremos pelear contra Rusia. Así que no vengan a pelear con nosotros”.

“Piensan que Ucrania es débil. No. Ucrania es increíble. Conocemos cada piedra y cada hondonada. Ustedes han venido a nuestra tierra”.

“No queremos guerra. Queremos que nos dejen en paz”.

Desde el inicio del conflicto, veintidós niños han nacido en el Hospital de Maternidad No. 3 de Mykolaiv; dos de ellos en el sótano, que se ha convertido en un refugio antibombas. Hasta el momento, todos han sobrevivido. Los médicos han dejado de hacer cesáreas: la incisión requiere de paz y descanso para sanar, y las alarmas antiaéreas no dejan de sonar.

Construyeron un ala de maternidad en el sótano. Pero el quirófano sigue estando en el tercer piso. Es muy peligroso.

Suena la alarma. Las mujeres embarazadas bajan al sótano a esconderse, un escalón a la vez, apoyándose en la pared. Es difícil subir las escaleras. Las parteras cargan a los bebés. Lena Silveistrova está sentada en una silla de ruedas de metal, cubierta con una manta de lana. Su esposo, Alexei, le hace una caricia en el cuello para calmarla. Lena dio a luz a las 4:30 am, por cesárea, tras casi veinticuatro horas de parto. Tiene 28 años; Alexei, 26. Éste es su primer hijo. Sus contracciones comenzaron en la mañana, después del toque de queda, y Alexei la trajo él mismo al hospital.

“La guerra acababa de comenzar”, dice Lena. “Y se suponía que yo ya iba a dar a luz en cualquier momento. Estaba muy preocupada sobre cuándo iba a empezar. Vivía constantemente con miedo, anticipando, esperando que no sucediera durante un ataque aéreo o de artillería. Tuve suerte: me hicieron mi cesárea entre alarmas antiaéreas. Imagínalo, estás teniendo contracciones y lo que quieres es paz y tranquilidad para poder tener a tu bebé, ¡pero la ciudad está bajo ataque!”.

Alexei le acaricia la mejilla.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

“Sólo quiero recordar cómo se siente caminar por la calle sin tenerles miedo a los disparos”.

El sótano está iluminado a medias con lámparas. Las mujeres se sientan contra la pared. Alexei sale detrás del médico jefe. El doctor abre la puerta del archivo del hospital. Allí, sobre un colchón, está una partera con un bulto blanco en las manos.

La partera le pasa el bulto a Alexei. “No hace falta”, él responde.

“Te tienes que acostumbrar”, dice la partera. “No tengas miedo. Por favor, no tengas miedo”.

Alexei toma a Masha en sus manos. Es la primera vez que lo hace; la partera le muestra cómo hacerlo.

“Es tan pequeña”, dice Alexei. Por un momento no dice nada. Se acerca más y más al rostro de su hija. “Mi hija”, dice. “¡Hola! ¿Por qué me sacas la lengua, Masha? ¿Qué haces? ¡Quiero que estemos así, juntos, todos los días!”.

“Sólo queremos paz”, dice una mujer vestida con una bata blanca. “Escribe eso, por favor. Me llamo Nadezhda Sherstova. Soy enfermera anestesióloga. He trabajado aquí por 35 años. ¿Sabes?, desde que empezó la guerra, los padres no sienten alegría al ver nacer a sus hijos”.

“Era muy inquieta cuando estaba en el útero”, Alexei le dice al doctor. “Pateaba todo el tiempo. Sobre todo cuando escuchaba mi voz. De pronto empezaba a bailar. No dejaba dormir a su mamá. Ahora todavía patea un poco. Pensé que se parecería a mí. Los del ultrasonido dijeron que tenía mis facciones. En todo caso es hermosa”.

Mykolaiv fue bombardeada de nuevo el 11 de marzo a las 8:00 pm. El ataque continuó de forma intermitente a lo largo de toda la noche.

De acuerdo con el alcalde Alexander Senkevich, más de 167 edificios de departamentos resultaron dañados. Lo mismo pasó con el Hospital No.3, el cual estaba lleno de civiles; con una fábrica; con once escuelas y preescolares y con un internado. Once casas unifamiliares fueron completamente destruidas. Las bombas cayeron en el patio del Departamento de Oncología y en el de la estación de ambulancias. El perro guardia del hospital, el muy querido Kuzya, murió. Lo cubrieron con una toalla. El cementerio también fue bombardeado. En muchas partes de la ciudad se desataron incendios.

 

Elena Kostyuchenko
Hasta hace unas semanas, reportera de investigación para el periódico ruso Novaya Gazeta

La traducción del ruso original al inglés es de Caroline Tracey, y del inglés al español es de Nicolás Medina Mora Pérez.


1 Nota del traductor: los “cisnes de hule” son esculturas hechas con llantas, comunes en ciertas partes de Ucrania.

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Publicado en: 2022 Mayo, Expediente