A fines de los años 40, el historiador Arthur Schlesinger tuvo la iniciativa de juntar a Hannah Arendt y a Isaiah Berlin. La reunión fue un desastre desde el primer momento. Ella, escribió Schlesinger más tarde, “era demasiado solemne, portentosa, teutónica y hegeliana para él”. Para Arendt, el ingenio y el humor de Berlin eran signos de frivolidad. Nunca le resultó un pensador interesante. Él la aborrecía intensamente; ella sentía más bien indiferencia por un hombre que, a su juicio, servía de poco más que de entretenimiento intelectual del establishment angloamericano.
El historiador Kei Hiruta vivió durante años entre los archivos de ambos para reconstruir esta animosidad. En el origen de su investigación está una sorpresa. ¿Por qué, a pesar de todo lo que compartían, a pesar de los amigos en común, no pudieron tener nunca una conversación grata? Había experiencias que los podrían haber acercado. Ambos eran intelectuales judíos obligados al exilio. Estuvieron muy cerca de los peores horrores del siglo y dedicaron su vida a desentrañar la naturaleza del nuevo despotismo. Lectores atentísimos de la tradición intelectual de Occidente con ambición de incidencia. Académicos dispuestos a salir de la muralla universitaria. Habría, en principio, elementos propicios a la comprensión y el diálogo, sino es que al afecto.
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