El mito de la soberanía, la guerra y la contrarreforma

Hace unos días me preguntaban en varios noticiarios si había un riesgo de que la invasión de Rusia a Ucrania pudiera desencadenar una subida en los precios del gas y por ende de la electricidad en México. La respuesta tajante —en este momento, con las condiciones actuales— es  que no. Dicho esto, hay que hacer algunas precisiones.

Ilustración: Augusto Mora

El gas es considerado por muchos países como el combustible de transición. Su uso genera muchas menos emisiones que el diesel o combustóleo; su uso, además, es mucho más eficiente que otras fuentes de energía, pues no se tiene que preparar, lo que baja los costos de generación. Debido a esto, Europa ha apostado de alguna forma por él. Pero el problema es que la parte occidental de Europa no tiene mucho gas y por lo tanto lo importa de zonas como Argelia, pero también de Rusia. El conflicto armado actual disminuiría los flujos de gas de Rusia a Europa, lo cual puede tener efecto de incremento de precios de la electricidad o de plano el riesgo de que Europa se quede sin gas.

¿Cómo está la cosa en México? Recordemos que alrededor del 60 % de la generación de energía eléctrica en México se realiza por medio de centrales de ciclo combinado que usan gas natural. A su vez, cerca del 70 %  del gas que usan esas centrales proviene de Texas a un costo muy bajo. De aprobarse la reforma eléctrica que propuso el presidente Andrés Manuel López Obrador en octubre pasado, el plan sería construir seis centrales de ciclo combinado adicionales desde la Comisión Federal de Electricidad (CFE), y así casi triplicar la generación con gas natural de dicha empresa estatal de aquí a 2024. Las mismas proyecciones indican una disminución de generación privada con gas, pero esta sería equivalente a la mitad de lo que aumentaría la capacidad de generación de la CFE. En suma, la realidad es que el actual gobierno pretende incrementar el uso de gas natural en la generación de energía eléctrica, con la idea de que tenemos el más barato del mundo del otro lado de la frontera.

Pero ¿qué puede suceder en el futuro? Para mucha gente suena “natural” que, a falta de gas en Europa, Estados Unidos incremente sus exportaciones de gas al viejo continente. El problema es que, en el corto y mediano plazo, esto sencillamente no es posible. No hay la infraestructura necesaria para incrementar la exportación a Europa, y por lo tanto es difícil que Europa se vuelva competencia para México como destino del gas natural.

Pero la cosa puede cambiar. Las empresas norteamericanas tienen planes y desarrollan ya proyectos e infraestructura para licuar gas natural, transportarlo en barcos y exportar tanto a Asia como a Europa. El problema es que esos proyectos tardan años en planearse y también en construirse. Pero una vez concluidos, México tendrá que competir duramente con Europa por el gas norteamericano.

Finalmente, el asunto de la “renegociación” de los gasoductos, así como los alrededor de veinte arbitrajes internacionales en los que actualmente está metida la CFE, le han dado mala fama a México —o al menos a la empresa estatal— con la idea de que no cumple sus compromisos. Eso hizo que fuéramos relegados en la fila de compra de gas, pasando de ser el primer cliente a un jugador que los productores y comercializadores prefieren evitar.

Juntas, estas dinámicas podrían configurar una tormenta perfecta. Además, ponen en entredicho el argumento de la seguridad y soberanía energéticas como fundamentos de la iniciativa que se discute en la cámara de diputados. Me explico:

De aprobarse la reforma, entonces, tendríamos en cuatro años una dependencia mayor del gas texano —si es que el gobierno efectivamente construye las seis plantas que ha propuesto— al mismo tiempo en el que tendríamos que competir con Europa por ese mismo gas, lo cual incrementaría los precios. Encima de todo, la falta de credibilidad de la CFE como socio comercial resultaría en un aumento en los costos de los instrumentos financieros que usamos para adquirir gas.

Si se aprueba la reforma y se siguen los planes de Manuel Bartlett, la soberanía se quedaría en una promesa alejada de la realidad, con costos altos de gas —sí, como en España—, mayor dependencia de Estados Unidos y la generación centrada en el gas. La reforma no promueve la soberanía, a menos que depender de Texas y competir con Europa sea el nuevo concepto de soberanía. La apuesta debe ser por diversificar la matriz energética, apoyar a las energías renovables, considerar al hidrógeno como vector energético, favorecer la generación distribuida, y procurar una generación lo más limpia posible y que no dependa del suministro. La contrarreforma, lamentablemente, hace todo lo contrario. De nuevo me pregunto: ¿habrá leído algo de eso el presidente? ¿Se lo habrán explicado?

 

Víctor Florencio Ramírez Cabrera
Vocero de la Plataforma México Clima y Energía

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Publicado en: Energía