En El final del amor, publicado por primera vez en 2011 y merecedor del II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, Marcos Giralt Torrente nos trae cuatro historias cargadas de emoción, intensidad y profundidad, en las que todos los elementos se alían para despertar en el lector una acuciante necesidad de llegar hasta el final.

… Recuerdo los primeros momentos. Hay una escena que me aguijonea con frecuencia la memoria, aunque resulta arbitrario resaltarla.
Apenas quedaba una hora de luz. Pusimos las maletas en un rincón y miramos alrededor. La exótica pobreza de nuestro alojamiento (ocho metros cuadrados con tela de saco cubriendo la única ventana y dos colchones viejos de gomaespuma sobre sendos camastros de madera y cuerda trenzada) habría merecido un comentario, pero hablé animado por la novedad de estar solos:
—Es una pena la compañía.
—Ten cuidado, te pueden oír.
Marta se había agachado para buscar algo en su maleta, y no repliqué hasta que se incorporó:
—Olvidas que no hablan español.
En una mano sostenía una tela coloreada que habíamos comprado el día anterior, y en la otra, la mosquitera de la que no nos desprendíamos desde el comienzo del viaje. Tendió esta hacia mí.
—No lo sabemos… Mira el lado bueno: si no viniéramos con ellos a lo mejor no habríamos encontrado un barco dispuesto a traernos.
—No me gustan.
—Reconoce que nadie te gustaría…
Marta se había arrimado a una de las camas y me escrutaba con la tela desplegada, como si se dispusiera a extenderla, pero sin extenderla aún. Tuve, por indicación suya, que desplazar la mirada hacia el techo, donde descubrí una argolla, para entender lo que quería.
—No es eso… —Me alcé sobre la cama y enganché la mosquitera—. Pero da igual. Nos vienen bien. Esto está más perdido de lo que imaginaba. Quién sabe lo que puede suceder.
—Cómo has cambiado…
Marta había extendido la tela sobre el colchón, la había remetido por la esquinas y, sin detenerse a observar el resultado, había vuelto a acuclillarse para rebuscar en su maleta.
—¿Qué quieres decir? —pregunté mientras la veía levantarse con el neceser.
—Nada. Simplemente que antes eras un poco más intrépido.
—Vaya, primero me reprochas que me queje de no estar solos y ahora, cuando lo acepto, resulta que soy un cobardón.
Marta sonrió al escuchar la palabra cobardón y me alegré de haberla elegido. Había volcado el neceser en la cama donde no dormiríamos y apartaba del revoltijo las lociones contra los mosquitos.
—No me gustó la actitud de ella… —añadí—. No es bueno dar excesiva confianza a la tripulación. ¿Te fijaste en cómo la miraba el capitán?
Debió de ser ahí, en el silencio que se produjo enseguida, cuando sentí un primer atisbo de lo que estaba por venir. Marta no consideró necesario responderme y yo me quedé callado. Nada había sido demasiado chirriante hasta ese momento; si acaso fastidiosamente normal. Lo que acabó siendo resultó tan distinto de lo previsto… El calor, la lluvia…
Creo que debo enderezar el rumbo. Ni siquiera he mencionado dónde nos encontrábamos. Nos rodeaban palmeras. Atardecía. El paisaje estaba cubierto por una fina película lechosa, pero a través de ella todo brillaba con tonos rojizos: la tierra, los monos que nos habían seguido al dejar la playa, la cara de la gente, las rocas. No había una razón específica para nuestra presencia allí. Todas, ninguna. Quiero decir que podíamos estar en cualquier sitio. En otro continente, en otro mar. Pero no. Estábamos en una isla del Índico africano a la que acabábamos de llegar desde una isla vecina. La que habíamos abandonado, favorecida por un pequeño aeródromo, tenía turismo y un floreciente comercio, mientras que la que nos acogía carecía casi de todo. Para llegar, habíamos alquilado una de las barcas de vela que los pescadores de la zona ponían a disposición de los turistas, generalmente para salidas de unas pocas horas. Más infrecuente era contratarlas, como nosotros, durante más de un día. Por esa razón, habíamos tenido que sumarnos a una excursión ya apalabrada. Disgustado, ni me había preocupado de conocer por anticipado el número de quienes vendrían con nosotros. Intentaba no considerarlos más que como un imponderable que me proponía ignorar, reducir, si era posible, a la invisibilidad. Aquella mañana en el muelle, al echar el primer vistazo a nuestros compañeros de viaje, había sentido, sin embargo, cierta inquietud. Podían surgir desavenencias, diferencias de criterio. Dos días con sus noches, en según qué condiciones, es mucho tiempo, y al fin y al cabo deberíamos compartir algo más que las atenciones de los marineros que nos llevarían y velarían por nosotros. Nuestra intención era conocer la población principal de la isla, donde alguien nos había dicho que aún se encontraban a un precio irrisorio muebles y objetos antiguos; la de ellos no la conocíamos. Era temprano, no había roto el día, y, antes de que su imagen se me hiciera del todo nítida y pudiera averiguar por mí mismo cuántos eran, Marta me sacó de dudas:
—Estupendo, son solo dos.
—No te creas —contesté—. Habría sido mejor dos parejas, se habrían entretenido entre ellas.
Mi primera impresión fue algo equívoca, estereotipada. Él era alemán, de origen austriaco, y probablemente había cumplido ya los sesenta y cinco. No pasaban inadvertidas ni la rigidez de su espalda intentando mantenerse erguida, ni la incipiente derrota con la que el cuello, hundido entre los hombros, empezaba a dejarse vencer por el peso de la cabeza. Tenía, en cambio, el cuerpo delgado y fibroso; el pelo, canoso, muy corto, y los ojos azules, tan vivaces e inquisitivos que, si quien lo observaba no era perspicaz, con facilidad le habría supuesto diez o quince años menos. A este probable dictamen contribuirían su actitud y su manera de vestir; no porque esta fuera informal y juvenil, que lo era, sino porque no causaba ese efecto exacerbado que caracteriza a quienes, no siéndolo, se disfrazan de jóvenes. Su ropa, la cartera donde guardaba el pasaporte, sus gafas de sol e incluso la pulsera que adornaba una de sus muñecas no parecían recién sacadas de las vitrinas de una tienda, sino verdaderamente suyas. No averigüé su profesión; puede que no tuviera ninguna, que desempeñara varias o que disfrutara de una vida alternativa como logista o cabecilla de alguna comuna. Llevaba el año 1968 pintado en la frente con sol y yodo californiano y todo el óxido de quién sabe cuántas toneladas de doctrina budista y pensamiento newage originario, pero al principio no advertí que, detrás de los restos del fracaso de su generación, de sus educadas maneras de seductor maduro, de su ánimo conciliador y democrático, subyacía, asimismo, una inquietante ansiedad, una secreta inhibición reflejo del niño que tal vez había sido, criado sin padre entre las ruinas de Dresde o Berlín. Su acompañante, alemana también aunque de origen hindú, parecía a su vez un tozudo producto de su tiempo, en su caso el de esas mujeres, hijas de los más variados traumas infantiles (el desarraigo, el divorcio de sus padres, su propia belleza), que se han hecho mayores cuando aún jugaban a novios y a heroínas de novela, y que, conscientes del descalabro, han acabado apergaminándose en el descabellado intento de retener lo que ya saben perdido. Superaba apenas los cuarenta años; perfectamente podía ser hija de él, y, de hecho, en sus ademanes de amante-enfermera, de amante-geisha, de amante-confesora, más que la de un verdadero amante, se adivinaba la entrega de un discípulo. Lo que no se advertía tan a primera vista era que, detrás de su belleza —intacta, en gran parte, pese al almíbar—, palpitaban reconocibles los estragos producidos por una sexualidad expansiva aunque no necesariamente voraz. Todo esto no lo pensé al verlos en el muelle; es el producto de las desordenadas impresiones que fui recolectando a lo largo del viaje. En el muelle había sido más pueril y prosaico; tan solo reparé en su diferencia de edad. Una cosa sí me llamó la atención: tanto él como ella me dieron de lado y se concentraron en Marta, como si pretendiesen llegar a mí a través de ella o yo no les interesara.
La travesía fue larga a causa del viento. Navegamos en zigzag por la lengua de mar que separaba nuestra isla de origen del continente; arriada la vela y ayudados por pértigas, nos internamos más tarde entre manglares, y finalmente, con el viento a favor, alcanzamos mar abierto; en total ocho horas de viaje, tres más de las previstas, hasta que tocamos puerto. Y eso gracias a la suerte, ya que el trayecto se
habría complicado si, sorprendidos por una tormenta, hubiésemos tenido que refugiarnos en tierra. A la suerte y a que la tripulación, cuatro marineros de piel coloreada por todas las sangres del Índico, hizo su labor con diligencia. De ellos, solo el capitán, menudo y con el pelo largo peinado a lo rasta, nos había dirigido la palabra en una mezcla de inglés e italiano. Su trabajo, además de llevar el timón y dirigir a sus compañeros, había consistido en ayudarlos a cambiar de lado el contrapeso del barco cada vez que hubo que modificar el rumbo. Desde el principio, junto a los tópicos necesarios para despertar nuestro interés, había deslizado en la conversación discretos anzuelos con los que pretendía llevarnos a esa falsa camaradería que, mediando un intercambio comercial, sobre todo si es en lugares remotos, muchas veces no tiene otro fin que el de multiplicar las situaciones de las que extraer beneficio. De todas formas, no parecía violento ni conspirador, y, cuando comprendí que destinaba sus preguntas a calibrar nuestra permisividad con lo que llamaba soft drugs, me tranquilizó pensar que solo quería liar un cigarrillo de marihuana. No me gustó, por el contrario, que nuestra compañera de viaje aceptara fumar. Ella misma dudó, ya que miró a su pareja pidiéndole permiso, y él, que un instante antes había rehusado, se lo concedió con un guiño.
En realidad, a eso me refería horas después en el cuarto donde dormiríamos, cuando Marta se sintió obligada a defenderlos. Tras ordenar las medicinas, se había quitado las sandalias y estaba calzándose unos zapatos para proteger sus tobillos de los mosquitos vespertinos.
—No le des más vueltas… —dijo risueña, aunque también tajante—. Hemos tenido suerte. Son gente normal. Ni han querido irse a otro sitio ni nos han propuesto nada extravagante.
—Solo faltaba. El barco lo hemos alquilado a medias y el acuerdo era regresar pasado mañana.
—No vamos a tener problemas. Ya lo verás.
Marta zanjó la conversación, pero lo cierto es que casi habíamos tenido ya el primer conflicto. Si disponíamos de alojamiento, se debía a la propia Marta, que, al desembarcar en la playa y observar las cabañas donde el capitán pretendía que durmiéramos, se había empeñado en buscar una alternativa más cómoda. Ellos no se habían negado, pero habían tardado en decidirse, y sé, porque esas cosas se intuyen, que en el fondo nos siguieron renuentes. Diría más: no solo no les había disgustado, parecía haberles agradado la perspectiva de compartir espacio con la tripulación. Al menos a él, que fue quien más animoso se había mostrado.
Ninguno de nosotros se arrepentía ahora. No era para menos. Aunque precarias, ocupábamos habitaciones contiguas en la azotea de una casa construida en torno a un patio en el que crecían tres palmeras, y disfrutábamos de unas vistas impresionantes. La misma manera de encontrar el lugar había merecido la pena. Decenas de niños habían salido a nuestro encuentro al aproximarnos a la aldea y nos habían conducido hasta allí casi en volandas. A causa del dispar ímpetu del enjambre que nos guiaba, habíamos traspasado separados la puerta, y por un momento, antes de que el dueño nos descubriera al alemán y a mí, había podido contemplar su cara de incredulidad y susto al ver a las mujeres irrumpir en el patio.
Marta quería terminar la conversación y no insistí. Se levantó de la cama donde se había sentado para calzarse, sonrió y me dio un beso. Esta era una forma más eficaz que el ruego de decir basta ya, concentrémonos en lo importante. Y lo importante era disfrutar de nuestras necesarias vacaciones africanas. No recuerdo si añadimos algo; enseguida se oyó la llamada a la oración de un muecín, al que de inmediato fueron sumándose otros, y nos quedamos paralizados. Cuando estos cesaron, entró en el cuarto nuestra compañera de excursión. Olía a perfume y había sustituido su vestido del barco por unos pantalones y una camisa. Le tocaba tomar la pastilla de la malaria, nos explicó, y se le había acabado el agua.
—Tenemos que comprar —dijo Marta, tendiéndole nuestra última botella—. Supongo que encontraremos en algún sitio.
La alemana cogió la botella, tragó la pastilla y se quedó donde estaba visiblemente turbada. Imaginé que necesitaría algo que le avergonzaba pedir en mi presencia y salí a la azotea para esperar. Antes, al llegar a la casa, habíamos convenido repartirnos las obligaciones pendientes para aprovechar mejor lo que quedaba de luz: unos pondrían al tanto de nuestra llegada al jefe de la aldea, como nos habían recomendado que hiciéramos, y los otros regresarían a la playa para avisar al capitán del barco de que habíamos encontrado dónde dormir. Con ánimo de provocarme, o respondiendo tal vez a un deseo que no supe calibrar, cuando le propuse este reparto de tareas, el alemán había contestado rápidamente que sí y había sugerido que fuéramos los dos a visitar al jefe del pueblo y que Marta y su mujer fueran a la playa donde habíamos dejado a la tripulación. Aunque luego había aguardado callado mi respuesta y su ademán grave no me inducía a ello, había preferido tomármelo a broma:
—Sí, claro, o se las vendemos directamente al dueño de la casa por un par de camellos.
Llevaba un rato entretenido en observar a nuestro hospedero encender un fuego en el patio, cuando un ruido me hizo mirar hacia la parte más elevada de la casa, una torre abierta a la que se accedía por unas escaleras que partían de la azotea donde me encontraba. Allí estaba otra vez. Me daba la espalda de medio perfil, asomado a la baranda. No sé cuánto tiempo llevaba en ese lugar, desde luego más que yo en el mío. Aparentemente no se había dado cuenta de mi presencia. Estaba abstraído, mirando algo con unos prismáticos. Llegué a su lado y me asomé como él. Al cabo de unos segundos, retiró los anteojos de su cara y me los puso delante. Al principio mi mirada vagó sin rumbo hasta que, tras una ayuda suya, descubrí de qué se trataba. En uno de los patios vecinos había un pozo y, junto al pozo, una chica muy joven se lavaba las axilas con el pecho descubierto. Aparté la mirada instantáneamente, tan perplejo que no acerté a decir nada.
—Es una pena que aquí las mujeres sean tan inaccesibles —me dijo mientras me arrebataba los prismáticos y volvía a usarlos.
—Pero ¿qué hace? ¿Está loco? —reaccioné al fin—. ¿No ve que si alguien nos descubre podemos buscarnos un problema?
—No sabría qué es lo que miramos. Además, aquí no son tan estrictos. —Bajó, displicente, los prismáticos—. Eso es cosa de las ciudades, no de las sociedades pequeñas donde prácticamente todos son familia. ¿No se ha dado cuenta de que las mujeres no se tapan el rostro?
Me había dado cuenta, sí. Había visto, incluso, a más de una con el pelo al aire y me había fijado en que el velo de las que se lo cubrían no era negro sino de llamativos colores. Pero su explicación no me tranquilizó, no pudo hacerlo. También había comprobado que, tras nuestra llegada, las mujeres de la casa habían desaparecido y que el único que se ocupaba de nosotros era el hombre. Me daba miedo imaginar de qué habría sido capaz si en ese momeno nos hubiera sorprendido y, en lugar de a una vecina, hubiéramos estado espiando a una de sus hijas.
—Da igual, no vuelva a hacerlo —concluí, rotundo.
Como no quería que Marta me acusara de ponerme siempre en lo peor, decidí no contarle nada cuando finalmente ella y la alemana salieron del dormitorio. Sí le pregunté por qué habían tardado. Habíamos dejado a los alemanes camino de la playa y, guiados por el hospedero, avanzábamos por las calles rumbo a la casa del jefe del pueblo. Era difícil hablar, evitando al tiempo a la mucha gente que nos salía al paso, y Marta no contestó. Llevaba la cámara conmigo, pero no hice ninguna foto. Lo lamento. De haberlas hecho, hoy en día serían las fotos de lo que pudo haber sido. La casa del jefe, un cargo civil sin relevancia tribal, estaba a las afueras y tuvimos que dar un rodeo para llegar. Por el camino pasamos por lugares a los que ya no volveríamos: un recodo entre calles en el que crecía un solitario baobab; las ruinas de una antigua mezquita frente a la que nuestro hospedero se detuvo esperando la foto que no hacíamos… Recuerdo la legión de niños a nuestro alrededor que nos pedía monedas, y una fila de jovencitas, casi niñas, con cántaros de agua en la cabeza, que detuvo su paso para mirarnos cuando pasamos por un prado.
El jefe del pueblo, alto, desgarbado, entrado en la cincuentena, de cara alargada y tez amarillenta picada de viruelas, estaba cenando con un amigo, tan grande como él, en un cobertizo adosado al cuerpo principal de su casa. Tras la sorpresa, observó más de lo debido a Marta, pero no tardó en recomponerse con normalidad de burócrata. Le informamos de cuánto tiempo nos quedaríamos en la isla, rechazamos su no muy convincente invitación a sentarnos a la mesa y prometió visitarnos esa misma noche o al día siguiente.
En el trayecto de vuelta, después de comprar cuatro botellas de agua que nuestro hospedero no consintió que cargáramos, Marta respondió la pregunta que había dejado sin contestar al comienzo del paseo. Lo hizo sin querer; desde luego no tuvo que ver ni la conciencia de haber pospuesto nada ni, por supuesto, el deseo de alimentar lo que, desde hacía tiempo, llamaba mi exasperante necesidad de información.
—Es raro. ¿No tienes la sensación de conocerlos?
—¿A quién?
—A Christine y Paul.
Era la primera vez que oía los nombres de los alemanes desde que por la mañana los pronunciaron para presentarse, y tardé en comprender.
—No. ¿Por qué?
—Yo sí. Sobre todo a ella. No me lo quito de la cabeza desde que nos dejaste en el cuarto. Parece tan frágil…
Esperé a que continuara y, como no lo hizo, aproveché para preguntarle si le había pedido algo.
—No, nada. Estuvimos hablando. Me contó el viaje que estaban haciendo y me preguntó por nosotros.
Eché de menos que Marta fuera más explícita, pero en ese momento la multitud que nos seguía nos obligó a emplearnos a fondo para avanzar y perdí la ocasión de indagar. No lo hice tampoco más tarde, al llegar a la casa ya sin luz. En la azotea, sobre una estera, encontramos dispuesta la cena. Nuestros compañeros de viaje no estaban, no habían regresado a pesar de la cercanía de la playa. Pretendimos esperarlos, pero fue imposible hacérselo comprender a nuestro hospedero, el cual, antes de que nos diéramos cuenta, había traído un cuenco de agua para lavarnos las manos y nos servía el té. Luego se sentó con nosotros y fue abriendo las fuentes de arroz con coco, de verduras, de pescado… Me extrañaba la ausencia de los alemanes y empezaba a temer que les hubiera ocurrido algo. De todas formas, apaciguado por la aparente tranquilidad de Marta, acabé por olvidarlos y me concentré en nuestro anfitrión, en su habilidad para escoger para sí lo peor de cada plato pero dejando claro, en los recovecos de su alambicada cortesía, que antes que clientes nos consideraba sus invitados. Por dos veces se ausentó para traer algo de la cocina.
—¿Te fijaste en el amigo del jefe? —me preguntó Marta, en la primera ocasión—. Daba miedo.
Yo acababa de deducir, no sin melancolía, que, a pesar de su aspecto envejecido, el hospedero debía de tener mi edad, y tardé en contestar. Algo me decía, además, que Marta, como tantas veces, solo buscaba llenar el silencio.
—Y él… —contesté—. No sé si hicimos bien yendo a visitarlo. Parecían dos mafiosos.
No fue, sin embargo, hasta la siguiente ocasión en que nos quedamos a solas cuando Marta mencionó la tardanza de los alemanes. Tuvo que resultarle difícil, ya que violaba nuestro eterno reparto de papeles: a mí me corresponde preocuparme, indagar; y a ella poner en cuestión mis dudas, aniquilar mi enfermizo escepticismo con su caudal de vitalismo. Yo soy el que ya nada espera y ella la que siempre espera más.
—¿No te parece raro que no vuelvan?
Acababa de formular la pregunta cuando oímos dos aldabonazos. Instantes después, precedido de nuestro anfitrión, apareció el jefe de la aldea. Venía, como había prometido, a devolvernos la visita, pero estaba enterado ya de que nos acompañaba otra pareja, y lo primero que hizo, antes de sentarse, fue inquirirnos por su paradero. Intuí que conocía la respuesta mejor que nosotros y le conté cuanto sabía.
—Es un poco tarde para estar en la playa —replicó—. Este pueblo no es tan peligroso como otros de la isla, pero no es prudente.
Parecía haber sopesado sus palabras con antelación: un sutil subrayado de su autoridad y una disimulada exhibición de sus méritos. Seguramente, tras la poca airosa recepción en su casa, había hecho el camino ensayando su papel.
—Sí, deberían haber regresado ya —intervino Marta. Intentaba dejar bien a nuestros amigos, explicar que nada de lo que estuvieran haciendo debía retenerlos mucho más, pero pareció una demostración de inquietud.
Inesperadamente, nuestro visitante pasó por alto sus palabras y se dedicó a sacarnos información. Se valió del hospedero, a quien ahora traducía, para disfrazar de casual lo que no era sino un soterrado interrogatorio. Cuando se hizo una idea de quiénes éramos y qué hacíamos, llegaron las advertencias. Mediante circunvalaciones, comenzó a trazar una frontera entre él y nosotros, a ponernos en nuestro lugar, a recordarnos nuestra condición de turistas privilegiados. No estaba claro qué buscaba, si una propina postrera o sensibilizarnos acerca de la realidad de la isla. No encontré, de todas formas, razones para la alarma. Parecía uno de esos funcionarios, huérfanos en confines provincianos de estados casi inexistentes, que tienen su fidelidad dividida entre sus inservibles ideales juveniles y los necesarios pactos a los que la realidad les obliga, pero que, precisamente por eso, nunca tomarán esta por asalto ni, en consecuencia, excederá de un mero menudeo (siempre sugerido, jamás exigido) la corrupción que entre tanto se abra paso en ellos. Cuando ya se despedía tuvo un gesto que me hizo preguntarme si el equilibrio no empezaba a ceder.
—La gente de aquí no entiende ciertas cosas. Con ustedes veo que no hay problema. Pero díganselo a sus amigos. No quisiera que le pasara nada a la señorita.
No me gustó el momento elegido para la advertencia: demasiada geometría. Pero lo que sobre todo no me gustó, ya que implicaba cierto afán intimidatorio, fue que no le importara contradecir tan abiertamente su relativa indiferencia al inicio de la velada, cuando le había contado el paradero de nuestros compañeros de viaje.
¿Qué cosas eran las que la gente de allí no entendía?
¿Un retraso de apenas una hora en recogerse? Marta, que desde su intervención inicial no había vuelto a abrir la boca, debió de preguntarse lo mismo, ya que, en cuanto nos quedamos a solas, me emplazó a acompañarla a la playa.
—¿Para qué? —pregunté—. ¿Qué les vamos a decir? Es preferible no involucrarse.
En total, no permanecimos ni cuarenta y ocho horas en la isla. Dos días con sus noches son un período escaso, pero lo mejor y lo peor a menudo ocurre en menos tiempo. Si bien no sabría decir qué, algo sucedió entre Marta y yo en esos días. Es evidente. Fuera lo que fuese, malogró unas vacaciones pensadas para unirnos. En ese instante, por lo que a nosotros se refiere, todo se había decantado: la determinación de Marta en seguir su instinto sin considerar mis reticencias, y mi progresiva sensación de que algo desconocido (acaso no tanto) amenazaba con engullirnos. Supe que Marta sentía un irresistible interés por nuestros compañeros de viaje y, diluido como en un sueño, sentí que en ese interés influía la comparación con nosotros. Una insólita comprensión femenina, que, espoleada por lo que eufemísticamente denominábamos nuestro constante desencuentro, escapaba a toda razón.
—Espérame aquí, si quieres —dijo, resuelta—. Hay que avisarlos, simplemente para que lo sepan.
Nos dirigimos a la playa, guiados por el hospedero, con uno de los quinqués que nos habían alumbrado durante la cena. Poco después de dejar el pueblo divisamos el resplandor de una hoguera y, enseguida, escuchamos unas voces. Para verlos tuvimos que esperar a superar la duna donde la playa comenzaba. Habían dispuesto alrededor del fuego tres troncos de palmera y estaban en compañía del capitán y de uno de los marineros.
—¡Pero mira quién ha venido! —exclamó el alemán cuando nos vio surgir de la penumbra—. Nos habéis asustado. Mientras su mujer sonreía, se diría que aliviada por nuestra aparición, nuestro compañero de viaje sonó empalagoso y no muy amigable. Parecía bebido. Puesto que la iniciativa había sido suya, esperé que Marta contestara, pero no lo hizo. Entre tanto llegamos a su lado y nos detuvimos ante uno de los ángulos del imperfecto triángulo que formaban los troncos que les servían de asiento: los marineros, apenas reconocibles por el humo y la noche, compartiendo uno, y ellos, sentados por separado, en los dos restantes.
—Nos extrañaba que no vinierais a cenar —respondí acuciado por el silencio de Marta.
Iba a aclarar que ya habíamos cenado, pero el alemán se anticipó para anunciar lo mismo. Lo sentía. Los marineros habían guisado unos pescados a la brasa y no habían podido resistirse. Creían que no los esperaríamos. Repliqué que no lo habíamos hecho, y, de pronto, ya no se dirigió a mí sino al hospedero.
—No lo necesitamos, no se preocupe —dijo—. Deje aquí la luz y vuelva a casa.
Lo que ocurrió a continuación lo recuerdo como en una sucesión de fotogramas mudos. Lo miré a él (un destello desafiante en las pupilas), la miré a ella (indecisa, cohibida), miré a los dos miembros de la tripulación (encogido sobre las rodillas, pendiente de mi reacción, el capitán; la cabeza gacha, como si quisiese fundirse con la oscuridad, el marinero), miré a nuestro hospedero (ajeno a lo que se decidía, con el quinqué coronado por una aureola de mosquitos), miré a Marta (opaca, concentrada) y, en un instante en el que la alemana se estiró para coger un trozo de fruta de una bandeja que había sobre la arena y, al hacerlo, captó la atención inmediata de su pareja y, con la de este, la de Marta y el capitán, sentí el tiempo dilatarse y tuve la certeza de que algo se me escapaba.
—Hemos recibido la visita del jefe del pueblo —dije—. No parece gustarle que estéis aquí.
—Que venga también, si quiere —contestó, con sorna, el alemán—. Sentaos. Seguro que no habéis tomado postre.
Debo a Marta la decisión de quedarnos, y en ello influyó, supongo, algo que, sensibilizado como estaba, no dejé de percibir: mientras me mordía la lengua para no responder, el marinero se retiró a la cabaña donde ya dormían sus compañeros, el capitán se removió en su asiento como si se dispusiera a imitarlo y su amago fue inmediatamente abortado por el alemán, que lo conminó a que se sentara con su mujer. Marta lo evitó apresurándose a sentarse ella, y lo que ocurrió después, hasta que el jefe de la aldea apareció, pertenece al terreno de las especulaciones, de lo no nombrado. Insinuaciones, palabras de doble sentido, procacidades; la sensación de que ninguno de ellos, ni siquiera quien lo había forzado, se sentía a gusto con nosotros allí; y, por debajo, el azote de una doble tensión: la innata a cualquier cortejo, más aún si este es de naturaleza tan anómala como parecía, y la añadida que se derivaba de nuestra presencia como testigos. Que Marta se arriesgara a tomar partido no dejó, no obstante, de asombrarme. De hecho esa fue la causa de mi resistencia a aceptar lo que nos acontecía, de la incredulidad que, pese a todo, perdura. ¿Cómo estaba segura de no inmiscuirse? El papel instigador del alemán, aunque desconcertante, estaba más que claro. Asimismo, el oportunista hedonismo del capitán del barco. En cambio, no resultaba tan fácil de interpretar la actitud de la mujer. Su indefinición, su timidez, más que a una verdadera renuencia a involucrarse en el juego de su pareja, podían deberse al efecto intimidante de nuestra presencia. A no ser, claro, que las motivaciones de Marta fueran otras y no las que imaginaba… Se me ocurrió, sí. ¿Cómo no? El mal de Kurtz, el sonido de la selva.
¿No lo llamaba así Conrad en El corazón de las tinieblas? Invocar lo irracional es una solución socorrida. No hay culpables, solo fuerzas ocultas. Ocurre que estas no se despiertan sin que algo las desencadene, una insatisfacción o una pena, y si para explicar el repentino interés de Marta por nuestros compañeros de viaje descartaba veleidades, digamos, civilizadas (la compasión, por ejemplo, o el ímpetu justiciero), estaba obligado a contar con algo… ¿Cómo decirlo? Algo que nadie asume fácilmente. ¿Acaso era yo culpable de que nuestro matrimonio hubiera alcanzado esa llanura en la que todo resulta demasiado conocido? Sí, supongo que a eso me refería al mencionar que en el interés de Marta por los alemanes tal vez influía la comparación con nosotros…
Nada se había decidido cuando el jefe de la aldea apareció, ninguna frontera había sido cruzada.
—Espero no interrumpir.
Venía a pedirnos que disolviéramos la reunión y, aunque las palabras fueron prudentes, su retórica sonó más desinhibida que un rato antes, en la casa. Supongo que le bastó un instante para hacerse cargo de la situación o que la intuía de antemano.
Intimidado, el capitán optó por escabullirse, y, repentinamente huérfano de planes, nuestro compañero de viaje no protestó sino que se limitó a observar con resentida arrogancia al culpable de la desbandada mientras este le sostenía el envite. ¿Cómo describirlo? Fue un desafío recíproco, una radiografía mutua en la que todo cupo. Fue un duelo y un armisticio temporal en el que ninguno se rindió y lo que aconteció, en todo caso, fue un regateo de los términos del litigio.
Regresamos a casa en fila india: el alemán encabezando la procesión, después su mujer, luego Marta y al final yo. Nadie habló. La locuacidad, la euforia habían desaparecido. Éramos una procesión de penitentes, el más contrito yo.
Lo recuerdo tal y como lo acabo de describir, pero imagino que nada fue tan simple. Lo simple es lo que puede explicarse con sencillez. Los pálpitos no pueden explicarse; son sensaciones por anticipado y tampoco estas, cuando son normales, se definen fácilmente.
En cuanto estuvimos en nuestra habitación le pregunté a Marta lo que entonces me parecía indubitable.
—¿No crees que a Christine le faltó muy poco para acabar con el capitán?
Marta no lo negó en un principio, aunque se tomó su tiempo para contestar y, cuando lo hizo, dio a entender que no se le había pasado por la cabeza.
—Qué tontería.
—Vamos, si era evidente.
—Yo solo vi que a Paul y al capitán no les hubiese importado.
—Y a ella tampoco.
Estábamos ya en la cama y no respondió. Se limitó a darme la espalda. Luego encogió las piernas, se encorvó, exhaló un suspiro y cayó dormida. Creo que no llegó a oír el alboroto que enseguida se desencadenó en la habitación de al lado. A lo mejor lo incorporó a su sueño. El mío fue agitado: estábamos en una isla mucho más pequeña que la real, nuestras espaldas se habían pegado y, aunque lo intentáramos, no podíamos vernos.
Amanecí con los primeros rezos de los muecines y, como Marta aún dormía, salí a la terraza resignado a compartir una larga espera con el alemán, al que suponía tan madrugador como yo. Sin embargo, fue su mujer quien se despertó primero. Probablemente no esperaba encontrarse tan temprano con nadie y, durante unos segundos, no me vio. Iba hacia el baño y, al descubrirme sentado sobre la estera donde nos habían servido el desayuno, se tapó instintivamente la cara con una mano mientras con la otra cerraba el blusón que llevaba la noche anterior, su única vestimenta ahora. Cuando regresó (la cara lavada, la camisa abotonada) se sentó conmigo. Lo hizo al estilo árabe, con las rodillas en direcciones opuestas. El faldón de la camisa se tensó y por un momento dejó ver la negrura de su sexo, parapetado al fondo de los muslos como un erizo entre las rocas. Su tardanza en hablar dio cuenta de su timidez, si bien en lo demás se comportó como alguien que ha abrazado un objetivo y no está dispuesto a cejar hasta verlo cumplido. Durante un rato conversamos del clima, de los mosquitos, de otros viajes, y luego sacó el tema de la noche anterior.
—Anoche estábamos todos un poco borrachos. Sobre todo Paul. Supongo que te incomodó que apareciera el jefe.
—Francamente preferiría que no nos vigilara tan de cerca. Había supuesto que me hablaría de la discusión nocturna, no de lo que había sucedido en la playa, pero no lo lamenté, ya que mi respuesta pareció animarla.
—Sí, es verdad. Es una lata sentir su aliento en la nuca.
Por mí no me preocupa. Me preocupa por Paul.
—En todo caso me preocuparía por el capitán. A nosotros jamás se atrevería a hacernos nada, pero él sí puede buscarse un lío.
Al instante me arrepentí. Había sido demasiado directo y Christine lo acusó bajando la mirada.
—¿Por qué dices lo de Paul? —rectifiqué.
—No está acostumbrado a ese tipo de presiones —contestó—. Es demasiado libre.
Me tanteaba. Había vuelto a alzar la mirada, aunque ahora sus ojos negros tenían un brillo desconfiado que los hacía más escurridizos. Pensé que callarme era lo mejor. Si se proponía descargar a Paul de culpa, no sería yo quien le señalase que su intento de exonerarlo constituía ya una acusación. Me desasosegaba la desigual mezcla que se daba en ella: el más estereotipado candor oriental junto con la más necia estulticia occidental, la desinhibición corporal de una secretaria de Hamburgo aficionada a las carreras nudistas en un cuerpo que parecía hecho para el ocultamiento y el erotismo. Mi silencio surtió efecto: se llevó a la boca uno de los pasteles del desayuno y, después de masticarlo, siguió hablando:
—A mí también me desconcertaba cuando nos conocimos. Me daba miedo. —Hizo otra pausa y me miró como si calibrara el grado de atención que le prestaba—. Soy adoptada. Mi familia es maravillosa pero muy conservadora: pastores luteranos desde hace cuatro generaciones. Me costó romper con los prejuicios que me inculcaron; por poco me pierdo en el camino. Estaba totalmente destrozada cuando encontré a Paul. No era nadie, un despojo que pasaba de mano en mano. Él me rescató, volvió a centrarme.
—Pero dices que te daba miedo —repuse.
—Sí, no le creía. Me había tropezado en tantas ocasiones con gente que pretendía ser diferente de lo que era… Hasta que me demostró que no pide nada que no dé… Su problema es el alcohol. Cuando se emborracha, pierde la cabeza y olvida que los demás no comparten su misma libertad. Por eso me preocupa el jefe de la aldea. Y me preocupasteis vosotros, hasta que ayer hablé con Marta.
Christine hizo una nueva pausa, pero esta vez no me escrutó, sino que me sonrió confiada. Me habría gustado preguntarle cómo disipó Marta su preocupación, pero fui prudente. No acababa de creerla, además. En la playa me había parecido intimidada. Me limité a asentir, y ella retomó el hilo después de coger otro pastel.
—Fíjate si es libre y generoso que quiere que tengamos un hijo. Él no puede, pero lo voy a tener yo y será como si fuera suyo.
No me había repuesto de esta confesión cuando oí un trasiego en el patio. Christine también lo oyó y escapó poco antes de que la cabeza arcillosa del jefe de la aldea asomara por las escaleras. No sé si él llegó a verla. Por lo menos, no la mencionó y no creo que hubiera desaprovechado la ocasión. De hecho, me pareció algo decepcionado por encontrarme solo. Quería mostrar que se trataba de una visita casual, pero no tardó en desvelar su objetivo. Quizá no el verdadero, pero sí el único esgrimible. Prescindió de las insinuaciones y lo atacó frontalmente: no iba a permitir que se repitiera lo de la noche anterior. Si solo hubiésemos estado Marta y yo, no habría tenido ningún inconveniente, pero el comportamiento de nuestros compañeros de viaje… Aunque no me fuera nada en ello, le espeté que no habían hecho nada inadecuado. No me contradijo, no hizo falta: el mensaje había sido emitido y yo lo había recibido. Poco después de su marcha, sin huellas en el rostro de la noche pasada, salió de su habitación el alemán, y a continuación, como si hubiesen estado sincronizados, irrumpió Marta, ella sí parpadeando deslumbrada por la luz y, al igual que antes Christine, vestida con la misma ropa con la que había dormido. Parecía de buen humor, enterrado el recuerdo de nuestro desencuentro nocturno, pero, por si acaso, la dejé desayunar y dediqué mi atención a nuestro compañero de viaje. Exultante, proclamaba su contento por el cielo despejado con un énfasis que me molestó y que relacioné con nuestra forzada marcha nocturna de la playa y con los gritos en su habitación que había oído tras dormirse Marta.
—Vaya, qué pena no haber estado —respondió cuando le conté la visita del jefe de la aldea—. Tal vez vaya a verlo. No conviene estar a mal con la autoridad.
Habíamos convenido que ellos usarían el barco para hacer una excursión por la otra parte de la isla y que nosotros nos quedaríamos en el pueblo comprobando si era cierto que todavía era posible encontrar antigüedades a la venta, y, alegre por las horas que íbamos a pasar sin él, preferí no replicar.
Cuando Marta estuvo lista y por fin salíamos, nos cruzamos en las escaleras con el capitán. Venía a conocer los planes del día. Estaba reluciente, untado el pelo con grasa, pero su andar era cauto, temeroso. Tras dejarlo atrás, callejeamos por la medina durante cuatro o cinco horas, seguidos de una marabunta de niños aún mayor que la del día anterior. Como Christine no había vuelto a dejarse ver y Marta no me había preguntado por ella, preferí no contarle la conversación que habíamos mantenido. Sí le referí la visita del jefe, pero no le di detalles y obvié la rivalidad que empezaba a intuir entre él y el alemán. Temía que, presa de renovados recelos, optara por regresar antes de tiempo. Creo que eso fue todo. Acudimos a la llamada de hombres y mujeres que nos ofrecían con aparatosa ceremonia objetos de desecho, nada destacable a excepción de una tetera de cobre que nos vendió una vieja a la puerta de su casa, y completamos la excursión visitando una madraza abandonada y dos casas palaciegas que solo retenían de su pasado esplendor los patios solados y la recta hechura de sus muros. Al emprender el regreso, el cielo estaba totalmente cubierto y se vislumbraban relámpagos de tormenta. No hablábamos, imagino que agotados por el esfuerzo de transfigurar en desilusión por nuestro exiguo botín el desánimo de estar aletargados de nuevo en una espera. En lugar de reencontrarnos, como había sido el objetivo del viaje, con la espontaneidad y la ligereza, de suspender el tiempo, otra vez esperábamos. La espera era compartida, pero no por eso el desencuentro era menor, ya que uno y otro aguardábamos al parecer resultados distintos. No consigo explicarme, así las cosas, por qué consintió Marta en acompañarme esa mañana.
¿Un paliativo a su manera de concluir nuestro diálogo nocturno? ¿Un intento de conjurar, desestimándola, la amenaza que sentía cernirse? ¿Un desliz? ¿El cálculo errado de que sus temores encontrarían su confirmación al amparo de la noche?
Caían ya las primeras gotas cuando llegamos a casa. Encontramos al hospedero en la terraza ocupado en trasladar la comida a cubierto. Nos recibió algo fríamente y continuó silencioso su tarea hasta que Marta se metió en el baño. Entonces la interrumpió y vino hacia mí.
—El otro hombre me ha dicho que no lo esperen.
Parecía insinuarme algo, pero también podía tratarse de una impresión errónea, fomentada por su nulo inglés.
—¿Qué quiere decir? —pregunté.
—No come aquí.
—¿Y ella?
—No lo sé.
—¿Siguen fuera, con el barco?
—No, el barco está en la playa.
Marta salió del baño antes de que yo hubiera asimilado la extraña información dada por el hospedero. Si no estaban en el barco, ¿dónde estaban? En la aldea no, ya que de allí veníamos.
—¿Qué te ha dicho, qué te pasa?
Marta me miraba desde la puerta del baño. No muy seguro aún de sus implicaciones, habría preferido ocultarle lo que acababa de saber.
—Nada, que parece que nuestros amigos han vuelto ya de la excursión y no quieren acompañarnos en la comida.
—¿Y dónde están?
—… Les habrá sorprendido la lluvia y se habrán refugiado en las cabañas de la playa —aventuré.
—Vamos allí.
—No digas tonterías. Está lloviendo.
—No digo tonterías.
—Es absurdo —contesté—. Piénsalo. Son mayorcitos.
Esta vez Marta aguardó unos segundos, parada aún ante la puerta del baño como si cavilara, y luego se encaminó, encorvada para protegerse de la lluvia, al techado bajo el que el hospedero acababa de instalar los enseres del almuerzo. Le pidió que repitiera lo que me había dicho, cosa que este hizo con la misma torpeza que exhibió conmigo. Lo raro fue que Marta se sentó sobre la estera aparentemente conforme con la explicación. Por supuesto no la hice reparar en que el hospedero solo había disculpado la ausencia del alemán. La mera duda de si había sido voluntario incrementaba mi desasosiego. Pensaba en el desconcertante cortejo del alemán al capitán; pensaba en su actitud desafiante con el jefe de la aldea; pensaba en la extraña fijación de este, pensaba en Christine, en su charla de por la mañana; en Marta y en mí, en el naufragio de nuestras anheladas vacaciones; en la lluvia.
Almorzamos lo mismo que la noche anterior mientras nuestro anfitrión reincidía en los gestos ya conocidos de hipertrofiada cortesía. No se sintió, sin embargo, obligado a darnos conversación. Comió en silencio, limitándose a incitarnos con cabezadas de ánimo cada vez que nos ofrecía un plato. Incómodos, tampoco hablamos Marta y yo. Creo que ambos agradecíamos la presencia de un extraño precisamente porque nos eximía de conversar, conscientes de la comezón que, como una invisible barrera, iba interponiéndose entre nosotros al compás de la insistente lluvia. Fue al quedarnos a solas, tras terminar la comida, cuando intenté provocarla con una broma a cuenta de la vieja a la que habíamos comprado la tetera. Dejó pasar unos segundos antes de encarar lo que ninguno de los dos lográbamos apartar de nuestra cabeza.
—Tenemos que salir a buscarlos.
—Marta, de verdad, no tiene sentido.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Algo les pasa. No es normal…
Había hablado atropelladamente, como si por ello su preocupación fuera a parecerme más fundada, y me forcé a contestarle despacio, quizás en exceso:
—Nos han dicho que el barco está en la playa. No les ha ocurrido nada. Se habrán quedado a comer con la tripulación.
Estábamos el uno frente al otro, con la estera de por medio, pero nuestras miradas no se rozaban. Marta alzaba la suya para hablar, y yo, cada vez que lo hacía, la evitaba deliberadamente. Éramos como dos náufragos que rehúyen mirarse para no tener que reconocer en los ojos del otro su propia condición.
—No me fío de él. Temo que le haga algo.
—¿A quién? ¿A Christine?
Marta afirmó con la cabeza casi avergonzada, y yo no supe ver cuánta renuncia se contenía en ese gesto, qué ruego.
—¡Oh, venga! —exclamé.
Quería tan solo que recapacitara, protegerla de sí misma y de mí, apartar de una vez la niebla que nos envolvía.
Marta devolvió la mirada a la estera, y añadí, incapaz de contenerme, intuyendo que me adentraba en un sendero sin vuelta atrás:
—Ella no es ninguna santa tampoco. Cualquier cosa que él haga se la tiene bien merecida.
La reacción de Marta no fue inmediata. Durante unos instantes se quedó con la cabeza gacha, abismada en el repiqueteo de la lluvia sobre la encharcada terraza, y luego la levantó y me dijo tajante:
—No vuelvas a decir eso. No la conoces, no está bien que la juzgues.
—¿Y tú a él? —le pregunté.
—No es lo mismo —contestó—. Él es distinto, ¿no te das cuenta? Él es un manipulador. Él es un provocador…
—Un majadero, sí —corté—. Pero ella también. No vamos a disculparla porque sea más joven.
—No digas eso. No es lo mismo. Él no tiene escrúpulos y ella está en sus manos, no hay más que verla.
—Sí, claro, el viejo cuento de la debilidad femenina.
Lo dije sin pensar, pero nada más decirlo me di cuenta de que había transgredido una ley no escrita cuando hablábamos de otros: no generalizar. Marta lo acusó quedándose callada, considerando las implicaciones de mi comentario, y yo di un arriesgado paso adelante para intentar diluirlo:
—Parece mentira que seamos tan liberales. Tanto rollo feminista para al final llegar a esto.
—No me ridiculices —repuso Marta—. No viene a cuento. Estamos hablando de un caso particular.
—Claro que hablamos de un caso particular. Precisamente por eso. No sabemos nada de ellos.
—Mira, no sé por qué tengo miedo, pero lo tengo. No puedo evitarlo. ¿Qué quieres que haga?
—Es una descerebrada, Marta.
—No hables así.
—De verdad que lo es. Marta me miró llena de ira.
—Tal vez lo sea, pero necesita ayuda.
—¿Y después? ¿Qué pasará cuando ya no estemos con ella para protegerla? En serio, Marta, no tiene sentido. Piénsalo.
—Para ti nunca nada tiene sentido. Solo tu vida ordenada, solo tus costumbres, solo tu desidia. No puedo más. Me ahogo.
Esta vez Marta no bajó la vista, no hizo falta. Esbozó una sonrisa amarga, despreciativa, y se levantó. Mientras cruzaba la terraza anegada y desaparecía en nuestra habitación, tomé conciencia de la brecha que se había abierto entre nosotros. Fui tras ella imaginando que se estaría preparando para ir en busca de los alemanes, y me disponía a no impedírselo, a animarla incluso, pero la encontré en la cama, húmeda como estaba, parapetada tras la espesa mosquitera.
—Qué barbaridad, qué forma de llover.
Mi intención era la de restablecer un puente entre nosotros, pero Marta no contestó. Ni siquiera me miró. Para qué, debió de pensar. Lo intenté con otro comentario y siguió sin responder. Lo intenté una vez más, y el resultado fue idéntico. Marta estaba muda. Marta no hablaba. Marta tenía el ademán transfigurado.
Ya se sabe que una poderosa tentación de la memoria es identificar aquellos instantes en los que todavía hubiese sido posible modificar el curso de los acontecimientos. Tal vez sea esta la razón de que esa escena en el dormitorio con Marta sea, junto con la de nuestra llegada a la isla, una de las que recuerdo más frecuentemente de nuestro viaje. Casi veinticuatro horas habían transcurrido desde que Marta cubriera con una tela la cama donde ahora yacía tumbada.
¿Qué habría sucedido si hubiese sabido pronunciar las frases adecuadas y no las desafortunadas que pronuncié? ¿Qué habría ocurrido si hubiera tomado a tiempo la iniciativa en lugar de perseguir una reconciliación vacía de contenido? No puedo evitar pensar que todo terminó de decidirse entonces. Una hora después aún no sabíamos nada de nuestros compañeros de viaje. La lluvia, densa, cálida, torrencial, no había cesado. Seguíamos en nuestra balsa de náufragos. Más huraño el gesto, más angustiado; más reacios a reconocernos en el otro, desesperanzados de poder gritar tierra. Cuando, entrecortadas y débiles, regresaron las palabras, cuando su cantidad, aunque exigua, nos permitió improvisar una vela, Marta emergió de la mosquitera, sacó una chaqueta de la maleta, se la colocó con las dos manos por encima de su cabeza a modo de precario toldo y salió decidida a la lluvia. No intenté retenerla, no me habría dejado. Afortunadamente el hospedero tenía un paraguas, y, gracias a que fue mía la iniciativa de pedírselo, pude imponerle mi compañía. Atravesamos el portón de la casa, dejamos atrás las laberínticas calles de la aldea, superamos las dunas y, al asomarnos a la playa, me alivió que el barco estuviera efectivamente anclado en ella.
No duró mucho la tregua. Encontramos a la tripulación refugiada de la lluvia en la primera cabaña a la que nos dirigimos, pero, tal como temía desde el diálogo con el hospedero, faltaban los alemanes. Según el capitán, que salió a recibirnos, habían subido por la mañana al barco acompañados por el jefe de la aldea, y, ante la amenaza de tormenta, habían regresado a tierra y se habían ido con él, no sabía adónde, creía que a encontrarse con nosotros.
—Con nosotros no están —se apresuró a aclarar Marta.
—¿Ha pasado algo? —pregunté, sorprendido de que la hostilidad del jefe de la aldea se hubiera diluido hasta el punto de haberse querido sumar a la excursión matinal en barco.
El capitán cogió al vuelo las razones de mi extrañeza y se permitió cierta ironía:
—No, todos son muy buenos amigos ahora.
Noté la conmoción que esta declaración producía en Marta. Confusa, cruzó el umbral de la cabaña para comprobar que el capitán decía la verdad y, cuando volvió, le propuse que fuéramos a casa del jefe. Qué poco atento a los signos, qué arrogancia. Me sentía pletórico, creía tener el triunfo en el bolsillo y cometí la tontería de ofrecerle tardíamente lo que apenas una hora antes habría sido un bálsamo. Fue innecesario, una imprudencia. No creo ni siquiera que la propia Marta se hubiese atrevido a proponerlo. Pese a ello, no tuve que insistir.
Dejamos al capitán y nos encaminamos hacía allí. No fue fácil. Varias veces nos perdimos y varias veces estuve a punto de claudicar. Varias veces me asaltó el presentimiento de que el alemán y Christine no andaban lejos, pero ni ellos ni nadie nos salieron al paso. No hablamos, no nos dijimos una palabra más allá de las necesarias cada vez que en una encrucijada tuvimos que decidir qué dirección seguir. Al final, tras una hora o más de dar vueltas por los caseríos de alrededor de la aldea, dimos con la casa. Si perseveré no fue por Marta sino por mí. Me veía al final del camino premiándola con mi comprensión, asegurada así la placidez de los días por venir.
El cobertizo donde el jefe de la aldea nos había recibido la noche anterior en compañía de su amigo estaba cerrado. Llamamos, pero nadie abrió. Tuvimos más suerte en la casa, donde, al poco de golpear la puerta, salió una mujer. Parecía asustada, no hablaba inglés, y apenas nos dio oportunidad de hacernos entender. Hacía rato que habíamos oído el coro de muecines de las mezquitas de la aldea, la oscuridad de la noche se abría paso entre los últimos rayos solares, no llovía ya pero estábamos empapados a pesar del paraguas, y lo cierto es que no debíamos de inspirar mucha confianza. Cerró la puerta en cuanto pudo, y Marta y yo nos quedamos inmóviles. Antes de decidir si llamar de nuevo o darnos por vencidos, oímos un sonido en el cobertizo vecino. Alguien había llegado hasta él por detrás de la casa y manipulaba su puerta para abrirla. La sorpresa nos sobrecogió. Creo que ambos habríamos corrido a escondernos, pero, pendientes el uno del otro, no fuimos capaces. Seguíamos en el mismo lugar cuando el jefe de la aldea dobló la esquina de la casa. Lo que hubiera hecho en el cobertizo le había llevado poco tiempo. Parecía agitado y era evidente que no esperaba encontrarnos.
—Ah, son ustedes —dijo, recuperándose de la sorpresa.
—¿Y nuestros amigos? —preguntó Marta.
El jefe no contestó. Se llevó el brazo derecho a la mejilla, como para secársela con el puño de la camisa, y subió la escalera del estrecho porche. Cuando llegó a nuestra altura, Marta y yo dejamos libre el espacio frente a la puerta y descendimos hacia atrás, al primer peldaño.
—Se han mojado —dijo entonces mientras volvía a llevarse el brazo a la mejilla arcillosa—. Esperen a que les dé una toalla. Gracias a su última observación reparé en que él no parecía mojado; solo sus zapatos marrones de ciudad, que calzaba sobre los pies desnudos, lo parecían. Creo que Marta también lo observó, e insistió más nerviosa en su pregunta:
—¿Y nuestros amigos? ¿Ha pasado algo? Por primera vez la noté impaciente.
—No, nada, ¿por qué?
Nos había dado la espalda y estaba abriendo la puerta de su casa con una llave que había sacado de una rendija en el muro de adobe.
—Salimos esta mañana a navegar, pero tuvimos que regresar por culpa de la lluvia y han comido aquí. —Ladeó la cabeza hacia el lateral del cobertizo—. Se han ido hace un rato, cuando dejó de llover. Los he acompañado hasta la mitad del camino.
Había conseguido abrir la puerta, pero, en lugar de entrar, se había vuelto hacia nosotros y nos miraba, con el cuerpo erguido, como si así quisiera hacer frente a cualquier suspicacia acerca de su repentina amistad con nuestros compañeros de excursión. Parecía un gigante. Detrás de él, en la penumbra de la casa, vi el resplandor de un fuego y unos ojos que desde la oscuridad nos observaban. También vi, pero de eso no estoy seguro, un húmedo reflejo purpúreo en la mejilla que por dos veces se había frotado con la manga de su camisa.
No esperamos a que nos diera la toalla. Marta le pidió que nos indicara el camino más corto para llegar a nuestro alojamiento, nos lo señaló, y lo dejamos con la palabra en la boca, mientras nos invitaba otra vez a cenar con él y se ofrecía a acompañarnos más tarde, como había hecho con los alemanes.
No recuerdo nada del regreso; tan solo que fue Marta quien llevó la iniciativa la mayor parte del tiempo y que nuevamente nos embargó el silencio. Caminamos deprisa, casi corriendo. Volvimos a perdernos, pero no tan a menudo como a la ida. No sé lo que pensaba. No me hacía preguntas. No pensaba en los alemanes ni en Marta ni en mí. Tenía la sensación de que mi triunfo había sido efímero, de que nunca había sido mío, ni tal vez de Marta, y me limitaba a ir tras ella sin pensar en nada ni sentir inquietud por lo que ella pensaba, si esperaba algo del futuro o si creía que nosotros lo teníamos. La frágil balsa que habíamos fletado había hecho agua y estábamos de vuelta a nuestra isla, otra vez espalda contra espalda.
Era ya noche cerrada cuando llegamos al portón. Nos abrió el hospedero.
—Sus amigos acaban de llegar —anunció, como siempre, dirigiéndose solo a mí.
Subimos las escaleras casi a la carrera, y, al desembocar en la azotea, allí estaban en efecto los dos, sentados en las esteras donde ya era costumbre que Marta y yo distrajéramos nuestras diferencias aguardando impacientes su llegada. Él sonreía ufano mientras que ella, con el pelo sobre el rostro, me pareció que tenía el dedo índice de una mano metido en la boca, como si se arrancara un padrastro o se chupara una herida.
—¿Ves como no había nada de lo que preocuparse? —susurré a Marta.
Mucho más tarde, en la cama, quise abrazarla, pero se zafó.
Marcos Giralt Torrente