El último libro de Jesús Silva-Herzog Márquez, La casa de la contradicción, es un notable ejercicio por comprender la circunstancia política mexicana que abreva en una rica tradición ensayística. Su propósito explícito es explorar las causas de la frustración democrática. El ensayo es, sobre todo, un poderoso microscopio para observar la singularidad de Andrés Manuel López Obrador. Como Montaigne, Silva-Herzog Márquez es un moralista. Lo es en la mejor tradición del ensayo. Vista la realidad con esa lente es posible apreciar ciertos aspectos, en particular la constitución de los personajes protagónicos de la política. Por ello puede comprender con gran sagacidad al presidente: “Idólatra de sí mismo [López Obrador] está convencido de que la solución para México es él”. Nadie ha dado cuenta de la naturaleza performativa de su accionar político con tanta lucidez y precisión como Silva-Herzog Márquez: “El presidente López Obrador cree que, cuando habla, no comunica: hace. Piensa que en sus palabras hay una fuerza mágica que produce realidad”. Por eso para él “la política es voluntad y teatro. Poco más”. La crítica es implacable: “Su proyecto responde al narcisismo de quien se mira en el espejo como si admirara una leyenda”.
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