Ideas para confrontar el final

Acercarse al final es ineludible. En Occidente se evade el tema. En algunas regiones de Oriente se vive con esa idea. No se trata de necrofilia, se trata de comprender el inexorable final y aligerar el camino antes del deceso. Se trata de incluir a los niños, de compartir con ellos información apropiada y no edulcorar la realidad. Quizás ésa sea una medida adecuada: incluirlos en el mundo del final de la vida. Ocultarles a los pequeños la muerte, sobre todo de los seres cercanos, colorear el final, “Se fue al cielo”, es erróneo. Los niños comprenden bien: proveerles de información acerca de la finitud de su propia existencia, al igual que la de todos los seres humanos, depararía beneficios: tendrían armas, como sucede en comunidades tibetanas, para comprender que quien nace fallecerá. Esconder la realidad no funciona. Ni para uno mismo ni para quienes forman parte de uno mismo. Replantear el reto de la muerte es necesario. Vivir con entereza los últimos días permite adueñarse del final.

Ilustración: David Peón
Ilustración: David Peón

Las ideas previas encuentran resguardo en Mortalidad, inmortalidad y otras estrategias de la vida, de Zygmunt Bauman (Sequitur, 2014): “Tendemos a mentir para evitar el silencio en que estaríamos irremediablemente sumidos de querer o poder decir lo que sabemos pero no queremos recordar cada vez que hablamos de la muerte; mentimos cuando nos referimos a la muerte como ‘un tránsito’ y a los muertos como ‘los que nos han dejado’”.

La conciencia de la muerte es el motor principal de la vida. Sin ésta, la construcción de la existencia tendría menos vigor, menos ímpetu. Si se cavila en la idea del final, i. e., el mayor evento de la vida, y si se acompaña a morir a quienes padecen procesos terminales, a pesar del dolor y la pérdida, el proceso se acepta y se entiende “mejor”. El desafío, lo explica con brillantez Norbert Elias, en La soledad de los moribundos (Fondo de Cultura Económica, México, 1989), consiste en acercarse a los moribundos: “En la actualidad, las personas allegadas o vinculadas con los moribundos se ven muchas veces imposibilitadas de ofrecerles apoyo y consuelo mostrándoles su ternura y su afecto. Les resulta difícil cogerles de la mano o acariciarlos a fin de hacerles sentir una sensación de cobijo y de que siguen perteneciendo al mundo de los vivos”. La invitación de Elias es evidente: romper los tabús impuestos por la modernidad y por el uso excesivo de la tecnología es imprescindible. Acompañar, virtud en decadencia, forja y, en el caso del final, es escuela.

Elias Canetti pregunta: “¿Cuántas personas pensarían que merece la pena vivir sabiendo que no van a morir?”. Infiero que pocos y estoy seguro de que la conciencia de la muerte empuja, exige y es fuente de creación y de construcción. La pregunta del nobel encuentra eco en otra realidad contundente: los seres humanos, a diferencia de los animales, no sólo entendemos y comprendemos, sabemos que sabemos. Eludir la realidad es insano y equivocado. Reconocer la presencia de la muerte es imprescindible. Hacerlo, lo han vivido las personas que han abrazado en el camino hacia la muerte a enfermos terminales, labra.

Freud mueve el tinglado: “Nadie cree en su propia muerte, en nuestro inconsciente todos estamos convencidos de nuestra inmortalidad”. La inmortalidad es una bella ilusión: evita pensar en su contraparte, es una suerte de vacuna contra la crudeza del final. Por ahora, la ciencia no la ha conseguido. Cavilar sobre el final, cuando la vida está enfrente, vale la pena. Hacerlo con los pequeños y al lado de quienes están por fenecer es deseable.

 

Arnoldo Kraus
Profesor en la Facultad de Medicina de la UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.

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Publicado en: 2022 Marzo, Bioéticas