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Salvador Novo soñó siempre escribir una novela y no pudo realizar este sueño. Pero de esta imposibilidad, de este fantasma a medio camino entre el orgullo y el deseo indeciso, proviene en buena parte su vida novelesca y su práctica, a lo largo de los años, de un género de escritura multiforme y personal mediante el que dominó al fantasma y se reconcilió con aquella imposibilidad. Sus intentos de escribir novela se resumen en El joven, un trozo narrativo que concluyó en 1923 y publicó en 1928, y en el fragmento de una obra que se llamaría Lota de loco, que escribió en 1929 y publicó en 1931. Entrevistado en la vejez sobre estos intentos dirá del primero: “Es un folleto inmundo, por supuesto que no en el terreno de la estética. Es un poco el resumen de mi regreso a México en 1917, y de mi vida estudiantil. Narra mis primeros esponsales con la gran ciudad”. El segundo intento lo verá así: “Es una novela un tanto huxleyana. Sucede en la ciudad de México, y cuenta los amoríos de una taquígrafa con un tipo, el cual se enreda con el hermano de ella. Era un tanto atrevida para su época. Tal vez por eso la dejé a medio hacer”.

Desde los dieciséis años de edad, Salvador Novo fue consciente del poder prospectivo y reafirmador de la escritura: a través de ella se reflejaba su temperamento moderno y su diferencia homosexual. Esto queda claro por el siguiente testimonio de sus Memorias: “por emplear el tiempo, y todavía persuadido (a pesar de las constantes, caudalosas comprobaciones en contrario) de la singularidad excepcional de mi carácter, empecé a escribir una minuciosa y romántica autobiografía novelada que titularía ‘Yo’”. Novo destruyó esta primera confesión, que retomará décadas más tarde con sus Memorias, pero en ese cuaderno indiscreto se encontraban ya los componentes distintivos de su obra: el empeño íntimo, el afán protagónico, el relato conversatorio y el cariz confidencial o provocador. Durante treinta años, Novo escribió al menos veinticinco mil cuartillas de poesía, ensayos, artículos y crónicas, que eligió llamar “Diario” o “Cartas”, y cuyo perfil, con el tiempo, se le revelaría como una “novela por entregas”.

Bajo el acoso de las normas morales que prescribían la entereza familiar, la monogamia heterosexual, la decencia, el trabajo y la fortaleza varonil, Salvador Novo supo desarrollar una inteligencia culta y desenfadada, que transitaba del alarde público a la clandestinidad, de las revelaciones al secreto. De ahí su gusto por los lugares de cita o encuentro exclusivo, los consabidos “estudios”, los velos y las máscaras, los encubrimientos y las palabras como signos de afecto o tráfico íntimo y grupal. Este juego oponente fue el emblema de la juventud de Novo que acudió, sobre todo a finales de los años veinte y principios de los treinta, al uso en la escritura del anónimo y el seudónimo, de las suplantaciones, los libelos, las parodias, los epigramas y los versos satíricos. Por ejemplo, entre enero y marzo de 1929, Salvador Novo publicó en el diario Excélsior una columna de humor que tituló “Consultorio” y firmaba “A cargo del Niño Fidencio”. En 1926, con sus sonetos satíricos contra Diego Rivera, se hizo notorio su ingenio verbal que culminará hacia 1932, cuando se hará pública la existencia de un libro dedicado a tal oficio. Otra muestra del juego oponente de Novo se encuentra en el envío al diario La Prensa de 1933 de una carta “firmada” por el escritor Rubén M. Campos, y en la que se impugnaba el afán protagónico de… Salvador Novo. Días después, el mismo diario publicó una carta, esta sí de Campos, en la que negaba ser el autor de la primera y protestaba contra “la mendacidad del falsario” que la había escrito. Así, Novo creó a su alrededor un aura pública que se beneficiaba de las admiraciones y los temores ajenos, e incluso era capaz de escribir, bajo su firma, este elogio de sí mismo destinado a los lectores de Excélsior del 19 de mayo de 1933:

Instruido en las más graves disciplinas estéticas, Salvador Novo, norteño de La Laguna, ha ido formándose un perfil que suscita la atención, el interés y la curiosidad; su carrera como escritor, todavía breve, es un extraordinario caso de fortuna literaria: dentro de pocos años su nombre pasará, en la crítica, junto a los de Alfonso Reyes, Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán. Con una amplitud, con una agilidad que es prueba de lo vivo de su ingenio y de su talento, así como de su suerte, Novo continúa, modernizándola, la tradición mexicana que quiere que los literatos sirvan al Estado: es Jefe del Departamento de Publicidad, en la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Si con los años Novo llegó a reincidir en estos juegos, será siempre como un eco de aquellos fervores juveniles.

Salvador Novo se inició en la burocracia en la Secretaría de Educación, bajo las órdenes del secretario J. M. Puig Casauranc; luego, entre 1929 y 1932, trabajó en la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo, convocado por su titular, Ramón P. de Negri. Esa tradición mexicana de los literatos al servicio del Estado de la que Novo hablaba, fue un rasgo generacional, que en el caso de Jaime Torres Bodet se mostró precoz y vitalicio. Torres Bodet fue secretario de la Escuela Nacional Preparatoria y secretario particular de José Vasconcelos en 1921; Jefe del Departamento de Bibliotecas de la Secretaría de Educación de 1922 a 1924; secretario particular del Jefe de Salubridad Bernardo J. Gastélum entre 1925 y 1929 y, a partir de estas fechas ingresó en el servicio exterior hasta ascender a subsecretario de Relaciones Exteriores a principios de los años cuarenta. En 1943 ocupó la Secretaría de Educación Pública y, con el gobierno alemanista, volvió a Relaciones Exteriores como secretario. Más tarde fue representante y embajador de México en el extranjero, y al llegar a la presidencia Adolfo López Mateos lo nombró secretario de Educación Pública. Novo, en cambio, luego de su paso por Relaciones Exteriores en los años treinta aceptó un nombramiento oficial hasta 1946, en que asume la Dirección de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes. En la vejez, Salvador Novo guardaba este recuerdo de Jaime Torres Bodet:

En 1919 conocí a Jaime como secretario de la Escuela Nacional Preparatoria. Vivíamos ambos en la colonia San Rafael: casi todas las mañanas coincidíamos en el camión. En 1920, Vasconcelos se llevó a Jaime a la Universidad como secretario particular. Allí se inició, acaso planeó, la larga carrera de funcionario irreprochable y brillante que ha seguido desde entonces por pasos previstos, contados, firmes. Los contemporáneos trataron, en vista de su éxito, de imitarlo en todo. (…)

En mi único distanciamiento con él,* quemé todos los libros suyos de mi biblioteca. Cuando Vasconcelos llegó a la Secretaría de Educación Pública nombró a Jaime jefe del Departamento de bibliotecas. Allí nos reuníamos: llegábamos todas las mañanas, a eso de las once. En estas páginas seconflagró la revista La Falange. Jaime llevó a trabajar a su lado a todo el grupo: Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia. Con todos ellos me hablaba de tú, menos con el.(…) Jaime no ha tenido vida, ha tenido desde pequeño biografía.

Novo, que en cambio opinaba que él sí había tenido vida, porque la biografía de un hombre como él “heriría las buenas costumbres”, recibió de Jaime Torres Bodet el siguiente recuerdo de aquellos años en su Autobiografía:

Novo, más humano y menos estricto que Villaurrutia, usaba en aquellos años una cabellera que la vida le ha dado derecho a recuperar; obtenía de sus maestros más venerables, como don Ezequiel, consejos que comentaba con irónico escepticismo y nos sorprendía a todos por la plasticidad de una inteligencia que, a fuerza de ser flexible, parecía dócil, pero que no abandonaba jamás las aptitudes intransferibles que habrían de constituir, con el tiempo, su mejor mérito.

Novo juzgaba insoportable el talante marmóreo que distinguió la vida y obra de Torres Bodet, aunque este sentimiento no impidió una amistad permanente entre ambos.

Hay un episodio en la trayectoria de Salvador Novo que es necesario documentar. A principios de 1932, el periodista A. Núñez Alonso entrevista a Novo para El Universal Ilustrado. En un momento le pregunta éste qué hace entonces, y Novo responde:

Nada… Labor burocrática. Tengo comenzada una novela compleja y de complejo. Un tema virgen en nuestra literatura mexicana. Se trata de un hermano y una hermana que encuentran el amor en una misma persona. Escribí los primeros capítulos. No pude seguir porque me faltó la serenidad precisa. Pero algún día la concluiré. Durante bastante tiempo estudié los tipos documentales… Los vi venir cerca de mí y los observé. Ahora los he perdido de vista… Mientras tanto yo me analizo, me escudriño y me estudio. Este autoanálisis me ha de proporcionar mucho material para la obra. (…) Yo no sé escribir sino de mí.(…) Y ya ve, lo más interesante en la literatura actual, es aquello que se escribe autobiográficamente. Vivo en constante autoanálisis. Tengo la suficiente lealtad conmigo mismo para interpretarme en lo mas íntimo. Todo mi caudal psíquico lo analizo atentamente. Mi carácter, mi conducta, mis actitudes morales, deseos, pasiones, preferencias, inquietudes, desde lo más frívolo a lo más profundo, lo someto a un apremiante ¿porqué?

Las reflexiones del Novo de 1933 expresan su dilema central ante la vida y la literatura: entre el narrador y el confidente se cerró el nudo complejo que obstaculizó, bajo el acoso circundante de la moral pública, el desenlace de la novela Lota de loco. Las dualidades y triangulaciones de la novela proyectaban “el caudal psíquico” del joven Novo que analizaba el escritor Novo. Es obvio que al final los propósitos terapéuticos que entrañaba la novela impidieron la plenitud literaria.

La plática con el periodista Núñez Alonso se dio cuando, a decir de éste, Novo era una figura inquietante y agresiva: “Se le teme, se le huye o se le acepta deliberadamente. Se huye de la persona por previsión. Se teme su juicio, su crítica”. Así, en otro momento el entrevistador le pregunta a Novo: “¿Y esos terribles sonetos que usted ha escrito?”. El testimonio de Núnez Alonso es un hallazgo que vale reproducir. Ante aquella pregunta:

Novo sonríe. Observo en él un cambio de expresión súbito. La complacencia aparece en su rostro. Parece que le acaban de dar una buena noticia. Decididamente Novo es un hombre peligroso. Y con una diligencia asombrosa abre el cajón de la mesa. Esta es la sorpresa de su biblioteca. Del cajón saca una carpeta. Allí están los sonetos de la injuria.

Novo se sienta. Antes lanza una mirada vigilante hacia la puerta que comunica al portal. Una visita inoportuna podría oír poesía que no es panegírica precisamente. Y lee… uno, dos, cinco, diez, hasta sesenta sonetos. Perfectos en ejecución, íntegros en la intención, despiadados en el concepto. Nadie se salva. Ni Sor Juana. Todo bicho viviente en el mundillo artístico y literario tiene su soneto que Novo ha escrito como el más agrio de los poetas epitafistas. Y lo grave es que algunas personas que se mueven y viven entre nosotros están muertas, sin resurrección posible, en los sonetos de Novo. Despiadados, hirientes, aniquiladores.(…) Salvador Novo lee los sonetos como si fuera un hallazgo de inestimable valor que él hubiera hecho. Los lee como si no fueran suyos, como la obra maestra de literatura por él preferida. En esto también es admirable este joven e ilustre escritor. En los sonetos, Novo supera el entusiasmo del lector a la satisfacción del autor.

Antes de que Novo guardara en su cajón secreto aquellos sonetos satíricos, Núnez Alonso le preguntó si se publicarían éstos alguna vez. Novo respondió:

Serán mi obra póstuma. Constituyen una historia satírica completa del México actual. Un estupendo documento. No se publicarán sino a mi muerte. Además si trascendieran al público, alguno de estos individuos me mataba. Así es que nadie los librará de su condición de mortaja.

En 1955 y luego en 1970, Salvador Novo decidió publicar, en un libro quevediano que tituló Sátira, algunos materiales de aquella vena; pero la “historia satírica completa” de que Novo hablaba no ha vuelto a aparecer. Por fortuna, entre los papeles que dejó al morir se encuentra un soneto, sin duda compañero de los que escuchó Núñez Alonso en 1933, y que se ocupa de Jaime Torres Bodet. Muertos los protagonistas del episodio y a dieciocho años del fallecimiento de Novo, es posible cumplir, al menos en parte, con su voluntad expresa al respecto, y recordar al mismo tiempo que Novo jamás escribió nada contra nadie que no hubiera escrito también contra sí mismo. El soneto se llama “Jaime Torres” y dice así:

Fruto de prostituta y alcahuete,
hijastro putativo de la musa
que la sonrisa y las arrugas usa
cuando arroja sus versos al retrete.

Tánto gustó a tu madre el clarinete
que aun hoy está de tu creación confusa;
no sabe si te hicieron por la exclusa
o si te le saliste del ojete.

Yo te quiero advertir, hijo bastardo
que el apellido arrastras de Bodete,
que o dejas de escribir o te enalbardo.

Y si tu culo fácil compromete
el chile y el estilo de Bernardo,
dile que ya no más libros excrete.

En 1944, ante la campaña alfabetizadora de la Secretaría de Educación Pública que encabezaba Jaime Torres Bodet, Salvador Novo volvió a ironizar sobre su amigo, al que dispensaba un trato cordial en público y en privado, como consta en sus crónicas de La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Avila Camacho. Así escribió este epigrama:

Exclamó la comunidat
al escuchar la novedat:
“¿dejar de ser analfabet
para leer a Torres Bodet?
Francamente ¡qué atrocidat!”.

Estos desahogos satíricos no impidieron que Novo sostuviera su amistad con Torres Bodet hasta el fin. Una muestra de tal amistad puede hallarse en la cercanía que representaba el ser sobrevivientes del grupo Contemporáneos. En una carta desconocida de Salvador Novo a su también amigo el empresario de Monterrey Carlos Guajardo, con fecha del 31 de julio de 1968, se lee el siguiente testimonio:

Del Club de los Cumpleaños ya le he hablado. Lo instituyó Jaime Torres Bodet hace dos años, en el suyo; y sus escasos miembros (nueve en total: los Torres Bodet, Jaime y Josefina; los Gorostiza, Pepe y Josefina; los Fournier, Raoul y Carito; y los Villaseñor, Eduardo y Laura, más yo soltero) se obligan a invitar a comer al grupo en sus respectivos cumpleaños. Ayer, pues, me visitaron. Mesa redonda y minuta sencilla: blinis con caviar, suprema de apio, langosta a la armoricaine, quesos y crepes Suzette. Y para facilidad de escanciamiento, champagne rosée con todo.

Pero ya todos somos, mas o menos, una birria. Jaime llegó pálido al subir a su coche, se sintió mareado; un cognac medio lo compuso, pero casi no habló durante la comida. En cuanto a Pepe, camina arrastrando los pies como un ancianito. Temo que esta decadencia sea psicótica: coincide en ambos con la pérdida del poder político, que echan tanto de menos. Raoul nos tomó a todos la presión después de comer, y me increpó: “Eres un sinvergüenza: tienes presión de 20 años: 80-120″. Es posible: pero no todo es presión para una llanta tan rodada.

De todos modos, permanecimos a la mesa hasta las seis; y me vine a casa.

La visión desencantada de su propia vejez y la de sus compañeros generacionales, fue recurrente en los últimos años de Novo. Quizá como a ninguno de los otros Contemporáneos, el examen del pasado se le presentaba inevitable y conmovedor, pero lleno de esclarecimientos críticos. En otra carta al mismo Guajardo, ésta del 18 de marzo de 1969, Novo sintetiza su vida y obra con estas palabras reveladoras del narrador y el confidente que llevó Novo siempre consigo:

Con usted quiero confesarme, quitarme todas las máscaras y los vendajes de la circulación pública, descender de lodos los pedestales de merengue en que me han encumbrado premios, distinciones, alabanzas, aplausos, etc., y confiarle la desoladora convicción de que mi vida como escritor ha sido un verdadero fracaso. No quiero por esto decir que no vaya a pasar o que no haya ingresado ya en la historia de las letras mexicanas como un pequeño fenómeno de fecundidad y versatilidad, de ingenio, etc., etc.; lo que quiero decir es que sin jactancia creo haber sido dotado por la naturaleza y bendecido por Dios, con facultades de imaginación, sensibilidad y capacidad creadora que no he sabido aprovechar debidamente en la producción de la Obra Maestra con que todos soñamos y con que todo artista debe tender a justificar su presencia transitoria en el mundo. He sucumbido al halago de la facilidad con que me ha sido dable realizar cualquier cosa que emprenda: he sucumbido también al llamado de todas las sirenas que me convocaban a desperdiciar mi tiempo y mi talento en pequeñas empresas, colaboraciones y otras basuras que se han llevado la mayor parte de mi vida y ocupan la mayor parte de mi bibliografía.

En ese balance crepuscular, Novo enfrentaba el nudo básico de sus propósitos literarios y vitales: el anhelo autobiográfico, el sueño de la novela que nunca escribió, el hallazgo de su propia vida como una obra de arte, más bien como una novela. Así lo expresa en la misma carta a Guajardo:

Soñé siempre, por ejemplo, con escribir una novela, y la pensé y estructuré hace muchísimos años de una manera tal que habría sido una verdadera revelación en su tiempo. Pasados los años, si ahora publicara lo entonces escrito o realizara lo entonces planeado, nos encontraríamos con un adefesio fuera de toda moda, así de mucho ha avanzado no sé si degenerándose o superándose, el género novelístico. Pero estoy persuadido de que mi vida sí ha sido una verdadera y grandiosa novela. He visitado tantas atmósferas, conocido a tantas gentes, visto discurrir tantos episodios de la historia moderna de México, transformarse a la ciudad, etc., que una autobiografía sería quizás mi mejor y más sincera y valiosa novela. Ojalá tenga todavía tiempo de concluirla, y digo concluirla porque la tengo comenzada e interrumpida desde hace 22 años.

Hasta donde se ha podido saber, Novo no continuó la escritura de esa autobiografía o memorias que tituló La estatua de sal. Cuatro años después de sus confidencias a Carlos Guajardo, Salvador Novo murió en la ciudad de México; ese mismo año, falleció también Jaime Torres Bodet. Sus respectivas existencias y obras, distintas y convergentes, recuerdan que lo que hace prevalecer la amistad no es la voluntad de uno sobre otro, sino las comprensiones mutuas. Y este cumplimiento en el caso de ambos, merece hoy el homenaje de nuestra lectura, de nuestro aprecio literario.

 

Sergio González Rodríguez
Escritor y ensayista, es autor, entre otros libros, de El centavo en el paisaje, recopilación de ensayos que publicará Anagrama. La Editorial Cal y arena publicará próximamente su antología Los amorosos, relatos eróticos mexicanos.

 

Bibliografía

· Campos, Rubén M., “Don Rubén M. Campos no escribió ninguna carta y protesta”, carta, La Prensa, 30 de junio de 1933.

· Carballo, Emmanuel, Protagonistas de la literatura mexicana, México, SEP, Lecturas Mexicanas, segunda serie, núm. 48, 1986, 578 pp.

· Monsiváis, Carlos, Amor perdido, México, ERA, 1977, 348 pp.

· Mussachio, Humberto, Diccionario Enciclopédico de México Ilustrado, 4 vols., México, Andrés León Editor, 1989.

· Novo, Salvador, “Carta a Carlos Guajardo”, 31 de julio de 1968.

“Carta a Carlos Guajardo”, 18 de marzo de 1969.

“Consultorio”, A cargo del Niño Fidencio (seud.), Excélsior, enero a marzo de 1929.

“El Joven”, Toda la prosa, México, Empresas Editoriales, 819 pp.

“Existe la Suerte”, Excélsior, 19 de mayo de 1933.

“Jaime Torres”, poema, copia mecanográfica.

Lota de loco, México, suplemento de Barandal, I, 4, noviembre de 1931.

La estatua de sal, Memorias, copia mecanográfica.

“Por la honestidad de las letras mexicanas. Salvador Novo y Alfonso Reyes”, carta, La Prensa, 22 de mayo de 1933.

. Núñez, Alonso, A., “Salvador Novo visto y oído por mí”, El Universal Ilustrado, 25 de febrero de 1932.

. Torres Bodet, Jaime, Obras escogidas, México, FCE, 1983, 1120 pp.


* Alfonso Taracena escribió una versión de ese distanciamiento: “Había unos perros que no dejaban dormir a los vecinos de su rumbo, ni a él [Novo], por supuesto. Quiso poner el remedio y se dirigió por correo a Torres Bodet, secretario particular o algo así, del jefe del departamento de Salubridad, el Dr. Bernardo Gastélum, a quien antes había tratado en la Secretaría de Educación a raíz de la renuncia de Vasconcelos. Torres Bodet se limitó a contestarle enviándole unos versos suyos para la revista de Novo, Ulises. Viendo Novo que su correligionario Jaime rehuída librar a la sociedad de los ladridos de unos canes, resolvió evitar allá la lectura de los poemas de Torres Bodet”.(El Universal, 4 de mayo de 1992)