En septiembre de este año se cumplen 52 de la muerte de Walter Benjamin en Port Bou, en la frontera con España. Este artículo reconstruye el perfil de las tres mujeres que Benjamin amó: Dora Kellner, Jula Cohn y Asja Lacis bajo una inquietante intuición freudiana: “el destino de cada hombre asume la forma de las mujeres que amó”.


“He conocido a tres mujeres diferentes en mi vida, y a tres hombres distintos en mí. Escribir la historia de mi vida significaría presentar la formación y decadencia de estos tres hombres, y los compromisos establecidos entre ellos”. Walter Benjamin escribió esto en 1931, la primera vez que pensó seriamente en el suicidio. Esta idea recuerda a Freud, quien asegura que el destino de cada hombre asume la forma de las mujeres que amó. No obstante su extrema discreción, se sabe que hubo muchas mujeres en la vida de Benjamin, pero él sólo amó a Dora Kellner, Jula Cohn y Asja Lacis. Sus amores son, benjaminianamente, una forma de acercarse a su obra. Cada una de estas tres mujeres lo marcó, influyó de manera determinante en los temas y su tratamiento, en la dirección de sus ideas.

Lo mismo en sentido inverso: podemos entender un poco más de su vida si atendemos a lo que nos dice en sus páginas, así sea dándole la vuelta; hay que saber leerlo entre líneas. Sus emociones estuvieron detrás del rumbo que tomaron sus inquietudes intelectuales.

Antes que los logros, fascina en Benjamin sus intentos y proyectos, lo que encuentra en rodeos y laberintos, su modo de perderse por los enigmas del tiempo y del espacio. En el tiempo, parece decirnos, sólo se puede ser lo que se es y ha sido; no da plazos, no espera. El tiempo no es propicio para la reflexión. Pensemos en sus páginas sobre el Angel Novus de Klee, imagen que le sirve para decirnos lo que piensa del ángel de la historia, el paso del tiempo y el progreso.

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En cambio, el espacio es un conjunto de verticalidades que ignoran reloj y calendario. En ellas podemos ser libres, perdernos sin urgencia, ser siempre otros. La geografía, física e intelectual, incluso afectiva, es vasta y está llena de posibilidades, posiciones, intersecciones, giros, pasajes, calles, callejones, atrios. Para Benjamin se trata de convertir tiempo en espacio, de vivir no en la dimensión horizontal del tiempo sino en los múltiples espacios simultáneamente (no es casual que viajara tanto), y en ellos emprender la búsqueda, por así decirlo, hacia las profundidades. Esta concepción de tiempo y espacio incidió en el cómo de sus incursiones en los distintos campos del saber, y en su modo de amar también. “En nuestros espacios”, escribió, “el conocimiento se da como un relámpago, el texto es como el trueno que resuena largamente después”. Si la verdad es la resonancia producida por la relación entre las esencias o ideas, y el conocimiento la interpretación de dicha resonancia, entender es entonces recordar, descifrar; es un trabajo de arqueología para dar con el equivalente espacial de cada experiencia y su estructura premonitoria. Es construirle una topografía, trazarle un mapa y deambular por él.

Los caminantes, hombre y mujer, no se buscan sino que se encuentran, también, como un relámpago. Las mujeres que amó, como las ideas: cada una un sol que se relaciona con las otras igual que los soles entre sí, en un misterioso equilibrio de fuerzas gravitacionales. Mujer y conocimiento son en Benjamin una revelación, espacios a descifrar. El amor, texto y memoria, esa resonancia de la luminosa aparición, revelación inesperada para detenerse en ella. Benjamin quiere descubrir en cada idea, en cada mujer, la imagen abreviada que le ofrece del mundo, sentirla y dejarse maravillar por los enigmas que encierra.

Walter Benjamin no dejó de ser metafísico ni abandonó la teología cuando incursionó en el marxismo. Tampoco dejó de amar a una mujer al enamorarse de otra. No pensaba, ni sentía, ni amaba linealmente. Sus frases son redondas y literarias, no discurren, les pide que sean las únicas y lo digan todo. “Es propio de la escritura detenerse y comenzar desde el principio en cada frase. La forma de exposición contemplativa, más que cualquier otra, tiene que ajustarse a este principio. Pues su objetivo no es arrebatar al lector, ni entusiasmarlo. Sólo está segura de sí misma cuando lo obliga a detenerse en los momentos de la observación”.

Sus tres mujeres como cada frase y cada idea, no instantes que pasan y se olvidan —como aquellos ángeles que menciona la Cábala: creados por Dios cada segundo y “cuyo efímero destino es cantar alabanzas a su trono antes de disolverse en la nada”- sino espacios vivos en el tiempo, tierra fértil para sembrarse y crecer en ella, continente, brújula e íntima certeza. Benjamin mantuvo abiertas sus posiciones: teológica, surrealista y marxista; así Dora, Jula y Asja cohabitaron en su corazón aunque fuera en frágil armonía, cada una en realidades y espacios propios, cada una estímulo y aliento para las distintas partes del hombre que fue Benjamin.

Dora le significó el judaísmo, el sustrato esotérico que lo acompañó siempre —fue muy amiga de Gershom Scholem, cabalista a quien conoció con Benjamin en 1915 y emigró a Palestina en 1923—. Asja lo hizo poner su atención en el marxismo, le presentó a Brecht y por ella fue a Moscú. Jula estaba en el centro de su interés por la literatura, por el fenómeno estético inasible e inexplicable, el más pleno e integral de todos. Amándola escribió El origen del drama barroco alemán y a ella dedicó el ensayo sobre Die Wahlverwandtschaften (título que en rigor alude al parentesco electivo, en este caso al matrimonio por libre voluntad) de Goethe. Jula, artista ella, representa esa síntesis de pensamiento imposible, el amor promisorio y jamás logrado cabalmente. A pesar de sostener la tesis de que no hay amor desdichado, Benjamin no fue feliz, con ninguna de las mujeres que amó pudo conquistar la pasión serena que sólo el amor pleno sabe ofrecer. Su vida amorosa estuvo tan fragmentada como su pensamiento mismo.

Cuando —en 1932— por segunda vez contempló el suicidio como única salida, dejó en su testamento una nota para Jula: “Tú sabes lo mucho que he llegado a amarte. En el momento en que estoy a punto de morir, no cuenta mi vida con dones más preciosos que los otorgados por aquellos instantes en que por ti sufrí. Con este adiós habrá de bastarte. Tuyo, Walter”. Ninguna palabra para Dora o para Asja, acaso porque con ambas habló lo suficiente y a tiempo.

Se dice que Benjamin tuvo mala suerte, ese “jorobadito”, su tenaz compañero que desde niño le metió una zancadilla tras otra, que vivió en los oscuros tiempos de las dos guerras y al que por azares del destino nada le salía como lo planeaba. Puede ser cierto, y sin embargo no lo es menos que mucho de su infortunio se lo debió a su propio temperamento. Al melancólico le eran propios el secreto y el disimulo, la necesidad de escabullirse siempre. Tímido con los desconocidos —esa cortesía casi china que señala Scholem— y temeroso con las personas que defendían su bienestar, Benjamin dejó en manos de las condiciones exteriores, o en los demás, la conducción de su vida y se dejó atropellar por los acontecimientos. Lamentó su soledad pero la procuró; mantuvo vivos a los opuestos para que uno a otro se anularan, y así evitó decidir. Su relación con el tiempo, los objetos y la muerte fue muy singular: un cierto desapego afectivo. Le costaba asumir las responsabilidades amorosas. No toleraba la cercanía, la intimidad con la mujer amada; tenía que mantenerla a distancia y serle de algún modo inaccesible. Sin problemas, un psicoanalista podría afirmar que su estructura era la obsesiva, aunque Freud mismo aclaró que si se trata de un verdadero autor, no importa su neurosis sino los mecanismos psíquicos que compromete en la creación, y que para el artista su componente “patológico” es un fenómeno apenas residual. Y Benjamin, que leyó al profesor de Viena, prefería decir que su temperamento se lo debía a la influencia de Saturno: “El planeta con el movimiento de traslación más lento, la estrella de la indecisión y del retraso”.

En 1915 Benjamin, a los 23 años, conoce a Scholem; éste le presenta a Grete Radt como su prometida, incluso lleva un anillo de compromiso. Viajaron juntos a los Alpes bávaros en julio de ese año. Tres meses antes había ido con Dora, ya esposa de Max Pollak, a Ginebra. Eran amigos y ella siempre manifestó su atracción por Benjamin. Porque en realidad no la amaba y su matrimonio fue concertado con base en un malentendido, cuando a mediados de 1916 él partió para Munich la distancia enfrió su pacto con Grete hasta disolverlo. Benjamin y Dora se amaron entonces. Ella vivía en Seeshaupt a orillas del lago Starnberg con su riquísimo marido, del que se divorció ese año para casarse con Benjamin en 1917. Scholem estuvo muy cerca de ellos esa época, y nos cuenta que muy pronto su matrimonio se fracturó, peleaban por insignificancias todos los días. Ya en 1921 decidieron vivir separados por largas temporadas, y a partir de 1923 no eran sino amigos. Que permanecieron juntos por Stefan, su hijo nacido en 1918, cuya educación importaba particularmente a Benjamin y acaso también —agrega Scholem— por consideraciones económicas. Eran atentos uno con el otro y su trato amable, cuidadosos como si no quisieran lastimarse. Su convivencia era respetuosa y había afecto entre ellos, cierta ternura, pero no entrega verdadera ni erotismo.

Vienesa de origen, hija de Leon Kellner —un conocido especialista en Shakespeare y sionista, amigo íntimo y albacea testamentario de Theodor Herzl—, Dora hablaba un perfecto inglés y estaba muy dotada para la música. Era en extremo receptiva y sensible, una mujer de gran vivacidad, seductora cuando quería, notablemente hermosa y elegante, cabellos color rubio oscuro y un poco más alta que Benjamin. De carácter apasionado y fácilmente irritable, hasta caer en francos ataques de histeria, asegura Scholem.

La crisis en el matrimonio de Walter y Dora estalló a principios de 1921 cuando Jula Cohn llegó a Berlín. Se conocían ya porque era hermana de Alfred, un amigo de Benjamin desde la infancia. El suyo fue un reencuentro. Ya antes de la Gran Guerra Jula había representado, en palabras de Benjamin, el “centro del destino” en su círculo. Rompió con ella en 1917 ya casado porque —de nuevo y oscuramente el propio Benjamin— “a pesar de todos los intentos que hicimos Jula, mi mujer y yo por mantener una relación armoniosa y razonable, no fue posible una vida en común”. Además, a la reaparición de Jula se sumó el enamoramiento de Dora con Ernst Schoen. Walter y Dora lo hablaban, cada uno decía estar seguro de haber encontrado al amor de su vida y pensaban casarse, ella con Ernst, él con Jula. Ningún matrimonio sobrevive a una situación así.

Y sin embargo no se divorciaron sino muchos años después, luego de amargas disputas y tediosos trámites. Pero ni Dora se casaría con Ernst ni Walter con Jula. Durante un viaje a Capri en 1924, Benjamin conoció a Asja Lacis y se enamoró de ella. Al año siguiente fue a verla a Riga, su lugar de origen, y a Moscú en 1926. Ella tenía pareja entonces y estaba enferma, de lo infeliz que resultó su encuentro dejó testimonio Benjamin en su Diario de Moscú. Aun así, Asja vivió con él después, en el cambio de año 1928-1929, y malogró la última oportunidad de Benjamin para emigrar a Palestina donde Scholem lo esperaba hacía años. Tampoco se afilió al partido comunista.

Asja lo apartó de Jula. Y despertó el interés de Benjamin por el marxismo. En particular por el concepto de superestructura. Quiso saber cómo se manifiesta el espíritu en la materia, descubrir el secreto mecanismo que los articula. “A estos proyectos filosóficos (arte, lenguaje, historia) —escribió— les es inherente una dimensión esotérica que no pueden descartar, que les está prohibido negar y de la que, sin embargo, no pueden vanagloriarse sin pronunciar su propia condena”. Si Scholem era para Benjamin el judaísmo vivo y Dora la encarnación del sionismo, Asja fue la decisión que exige la praxis —era una activa revolucionaria— y Brecht esa necesidad de claridad y concreción que a él le faltaba, su contrapunto obligado.

Aun antes de su giro hacia el marxismo, la estructura de los textos de Benjamin es dialéctica. Nos presenta ideas y las pone a jugar, las enfrenta unas con otras en una atmósfera propicia a la reflexión. Toda su obra está conformada a la manera de un calidoscopio, es un campo de luciérnagas en el que las citas son un elemento principal. Es difícil seguirlo, según lo que busquen en sus páginas algunos lo encuentran teólogo marxista, y otros llaman materialismo mesiánico a su visión del mundo. Y es que en Benjamin es posible hallar cualquier cosa, está lleno de sorpresas igual en su obra que en su vida amorosa; por otra razón, muchos lectores se pierden en el camino.

Su genio es inclasificable. Estuvo interesado en el lenguaje, sus estrategias, misterios y alcances. Escribió sobre filosofía, historia, fotografía, cine, y crítica de la cultura; tradujo a Proust y Baudelaire. Y dejó sin terminar su libro sobre París, capital del siglo XIX, y sus Pasajes. Sobresalen los ensayos de literatura: Green, Kafka, Kraus, Proust, el de la narración y la novela y sobre todo el consagrado a Las afinidades electivas. Goethe le atraía por aquello del mito y una vida “enteramente fundada sobre el encubrimiento”, por las oportunidades amorosas perdidas a causa de la vacilación ante la responsabilidad.

Hay quien insiste en la frialdad e insensibilidad de Jula, en su no respuesta a los reclamos amorosos de Benjamin. Es un juicio apresurado. Porque, para empezar y si hemos de creer a Scholem y las mujeres con quien habló, aquellas que lo conocieron en la intimidad, la atracción que Benjamin ejercía no era física sino que las hechizaba por su conversación. La propia Dora insinuó lo mismo con otras palabras. Y ninguna relación amorosa se sostiene sin erotismo. Hacer el amor no es sino metáfora física de la unión en las almas; al parecer en Benjamin había ternura pero no un deseo vivo y consistente, su energía estaba toda puesta en otra parte. El entendimiento de sus cuerpos es el cimiento que mantiene unidos a hombre y mujer, sobre el que se construye el amor verdadero. Pero además es difícil imaginar, desde la perspectiva femenina, que en el éxtasis de su relación él se hubiera enamorado de otra mujer en Capri, lo que nos lleva a ver las cosas bajo la mirada de Jula. Tal vez no sintió en el amante la firmeza y determinación que pide un compromiso matrimonial. Se casó, es cierto, en 1925 con Franz Radt —hermano de Grete— pero mantuvo viva su relación con Benjamin, “muy intensa” como él se lo hizo saber a Scholem en 1927. Jula era una mujer resuelta que aceptó los términos que impuso Benjamin porque, sin duda, lo amaba.

Y a su manera, él también amaba la cara limpia, los ojos algo tristes, un vago aire de ingenuidad que le daban las pecas sobre sus mejillas. Jula, directa y sensible, era escultora y nos dejó el rostro de Benjamin en bronce. “No es culpa moral sino natural, en la que caen los hombres no por sus acciones y decisiones sino por sus demoras y solemnidades. Cuando caen por desatender lo humano (libertad, voluntad, decisión) la vida natural misma se convierte en culpable, los jala hacia abajo y somete al poder de la naturaleza —escribió Benjamin en sus páginas sobre Goethe—. Adquieren poder las cosas muertas y ellas determinan el curso de los acontecimientos”. Y entonces define al destino como el sistema de culpas que heredan los padres a sus hijos. La afinidad o inclinación, también dice, nos libera de la pasión, es ya tránsito de la esfera de las apariencias al reino de las esencias; pero la afinidad es en sí misma propia de los elementos naturales. El amor perfecto que se quiere redención de la inacabada naturaleza del hombre, expiación en virtud de la presencia de Dios, exige para ser de un acto rotundo de voluntad que respalde a la palabra dicha. El fundamento del amor verdadero no es otro que la fidelidad. Benjamin, no por azar, menciona justamente lo que faltó para cristalizar su amor con Jula. Lo hace no sin cierto pesar, resignado.

En 1930 muere la madre de Benjamin —cuatro años antes había muerto su padre—. Ese año se divorcia de Dora y Asja regresa a Moscú donde es arrestada por el régimen estalinista; jamás vuelve a verla. De Jula nada sabemos a partir de entonces. El antijudaísmo cobra importancia en Alemania. Los problemas económicos, un permanente agobio, se agravan para Benjamin. No es difícil entender que su mundo se le desmorone, y que piense en el suicidio después y luego en 1932. Comienzan los años de exilio y penuria, ingresa al Instituto de Investigaciones de Frankfurt donde recibe un exiguo pago por sus colaboraciones, y se enfrenta a conflictos de todo orden. Aun así, la concentración en su obra no disminuye. No quiso emigrar a Inglaterra con Dora y Stefan en 1939, al comenzar la guerra. Y ese año es preso en un campo para judíos, lo liberan sus amigos franceses. Benjamin se refugia en París a escribir los Pasajes.

Proclive al silencio, taciturno, jugador de ajedrez y ocasionalmente de juegos de azar, discreto, amante elusivo, inhábil para los asuntos cotidianos y bibliófilo, Walter Benjamin nació el 15 de julio de 1892 en el seno de una familia rica, judía y asimilada de Berlín; su padre era anticuario y comerciante en objetos de arte, ortodoxo uno de sus abuelos. Benjamin coleccionaba juguetes, estampillas, libros y miniaturas (como minúscula era su letra y él grafólogo nato). Si se colecciona un objeto, pierde su valor de uso y de cambio, deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo; es entonces redimido, pensaba Benjamin. Toda colección es incompleta, siempre le falta algo y sus piezas no son sino fragmentos de una totalidad imposible.

Eso responde al mosaico vivo de su pensamiento, a su obra inconclusa y a la no resolución de su vida amorosa; a una concepción del mundo en la que el tiempo se precipita siempre y vuelve a la memoria cálida y necesaria, en la que la generosidad es atributo del espacio. Es ocioso pensar si la vida y la obra de Benjamin hubiesen podido ser distintas, o qué hubiera pasado si hubiera asumido cabalmente su amor por Jula. El mejor crítico literario del siglo vivió en función de sus proyectos, que corrieron parejos con los hechos de su existencia, en íntima relación con ellos y sin contradecirse unos a otros. No estaba en su naturaleza escribir, amar o vivir de otra manera.

¿Qué pensó Walter Benjamin la última noche? Se quedó solo en la cima de la montaña y bajo un cielo estrellado, esperando a sus compañeros para seguir el viaje hasta la frontera con España —padecía del corazón y lo fatigaban las largas caminatas—. Si llega a Port Bou un día antes o un día después, hubiera podido emigrar a los Estados Unidos como tenía planeado, pero no aquel 25 de septiembre de 1940. La imposibilidad coyuntural lo abatió, ya no le alcanzaron ni las fuerzas ni la esperanza, y esa noche tomó las pastillas de morfina que llevaba consigo hacía tiempo; murió al día siguiente por la mañana. Jamás sabremos dónde quedó el portafolios negro que cuidaba con tanto celo, ni siquiera qué contenía. Tampoco sabemos de su sepulcro.

 

Patricia Morales.
Escritora, colaboradora del periódico El Nacional, ha publicado en Nexos anteriores.