Etcétera

III

A eso de las 11 AM de un domingo próximo, Beatriz decidirá vivir en 1963. Frente al espejo del baño, Bety se estará dando los últimos toques en el pelo recién teñido de “Rubio Cenizo No. 81”, cuando la idea de aquel año se refleje en sus ojos como un avión sobre los charcos.

—Esa es una época feliz… —va a sentenciar con un dedo, y se propondrá sellar la sentencia con una canción. De modo que irá a la sala, enchufará el tocadiscos que le heredaron sus difuntos abuelos y, en tanto se calienta el mecanismo con sus chirridos, Bety va a aprovechar para echarle un ojo a los discos que también son herencia: ¿Los Hooligans?, ¿Sonia López?, ¿La Santanera?

Acabará por elegir a Emilio Pericoli, quien aullará “al-di-laaaaaaaa” no bien la aguja rasguñe el vinilo.

Tomará asiento en el sofá junto la ventana, satisfecha por haberse refugiado en la casa de su infancia, y complacida con la resolana que se cuela por las cortinas y suaviza el entorno: la tele de bulbos incrustada en su mueblecito, los sillones Van Beuren; el tocadiscos en su consola de madera pulida, robusta y negra como un búfalo. La propiedad, con sus dos pisos y el jardincito cercado por buganvilias, se la dejaron sus abuelos en condiciones ideales para el pasado, notará Bety. Ahora puede sentirse a salvo en un año libre de calentamientos globales y del deshielo de los polos; libre del veganismo y otras modas que la desesperan… A salvo de él, en especial, porque él aún no existe.

Él con sus ojos azules, con sus camisas de franela, con sus mocasines. Él con las falsas promesas que ya no puede hacerle a Bety o, más bien, que no le ha hecho: es el 63’ y él no nacerá hasta el 81’, apenas un año antes que ella.

Quizá lo único que rompa la armonía sea el aparato telefónico, pensará Bety: demasiado digital, demasiado inalámbrico. Así que se pondrá de pie e irá a desconectarlo, levantándolo de la mesita en que se apoya y luego llevándolo al armario del recibidor para refundirlo en lo oscuro. Pero no solo eso: el espejo que cuelga junto al armario va a echarle en cara a Bety lo inadmisible de su vestimenta. ¿Pantalones de mezclilla, tenis Adidas de neopreno, tank top? ¡Y, válgame Dios, otro teléfono vibrando en el bolsillo!

Hay que tener tantita coherencia, se dirá Bety, dispuesta a rectificar lo urgente: sacar eso que vibra, leer en su pantalla que él está llamándola, correr de vuelta al baño y ahogar la vibración en el inodoro… Él no puede llamarle porque esas brujerías no se han inventado —y ojalá no se inventen, pensará ella—. Él, además, no figura porque todavía no lo engendran… Y ojalá nunca nazca ese mentiroso, ese irresponsable que sólo va a robarle el tiempo.

Ahora Bety remediará lo otro: su ropa que ni al caso. Y, acordándose del vestido rosa que atesoraba su abuela (el strapless de cintura ceñidísima y amplia falda acampanada), subirá la escalera para meterse a la recámara y abrir el ropero. Qué buen gusto el de mi abue, pensará, mira nomás qué abrigos, qué zapatos, y esos sombreritos… Pero el vestido rosa atraerá sus manos de inmediato, y la seda crujirá entre sus dedos, y se dejará acariciar el corsé bordado con lentejuelas. Es el mismo que puede verse en el retrato que cuelga sobre la cómoda, notará Betty: junto al abuelo, la abuela en el vestido ampón y un ramo de lirios entre sus manos; la fecha —marzo de 1963— inscrita con la caligrafía de una dama en la esquina inferior derecha.

Entonces Bety va a quitarse los pantalones y el top para meterse aprisa en el vestido y, luego, inspeccionarse en la luna del tocador. Se descubrirá rejuvenecida, aunque esto quizá se deba a que el corsé le embute las carnes y a que acaba de pintarse el pelo.

Al conjunto, si bien precioso, le harán falta accesorios, así que Bety sacará de una caja bajo la cama el collar de perlas y los pendientes a juego; del cajón inferior de la cómoda, los guantes de terciopelo rosado; del ropero, las cajas de zapatos donde aguardan los tacones que va a probarse hasta dar con el par ideal (qué fortuna que la abuela también tuviese pies chiquitos).

Al final, lo mejor: hundiendo los brazos enguantados en el armario, Bety descolgará con delicadeza el abrigo de bisonte y correrá el zíper de la funda plástica. Va a sentir el forro helado y sedoso en sus hombros, el pelaje cosquilleándole la barbilla, el terso amparo que buscaba cuando decidió volver a aquella casa.

Por fin podrá arrojarse sobre la cama de la abuela, riendo un poco. Pero antes de quedarse dormida —los viajes en el tiempo cansan—, hará planes: limpiar la casa, ir de compras, preparar una buena cena.

Soñará que él fue otro. Y cuando despierte, Bety no sabrá si empieza una mañana o termina esa noche. La confundirá la luz que bañe la recámara, azul como la duermevela.

Ilustración: Raquel Moreno

II

La taza de té se entibiará en su mano, el reloj sobre el refri soltará los tímidos tictacs de las 11 de la mañana, el piso de la cocina rechinará de limpio, y Bety va a tararear un mambo de Yma Sumac, celebrando la “desinfección” que terminó hace poco. Porque la casa de la abuela ocultaba un número de trastos que contaminaban el propósito de Bety: en el baño, un cepillo de dientes eléctrico; en el cuarto de las visitas, una televisión de pantalla plana; guardada en la alacena, una cafetera de cápsulas. Bety no podía permitirlo, de modo que había sacado los aparatos a la calle, apilándolos junto al enrejado, y adherido una nota improvisada sobre ellos:

ESTO NO EXISTE.

“No faltará —pensó Bety cuando ya volvía a la casa y entraba de nuevo en la cocina—, no faltará quien se los lleve”. Y así ocurre: Bety estará sirviéndose otro té en la cocina, cuando un vagabundo pase frente a la casa, levante la tele con un brazo, la cafetera con el otro —ni de broma tocará el cepillo—, y se aleje por la calle balanceando la carga a su paso.

—Ahora, las compras… —dispondrá ella tras un último sorbo de su taza, y por la puerta trasera se encaminará al garaje donde el Valiant del 65’ acumula polvo bajo una funda de fieltro. Bety va a desenfundar el coche y, ya en el asiento del conductor, notará que las llaves están puestas, de modo que intentará encenderlo en vano.

Ni modo. Bety se verá obligada a hacer memoria: el Valiant se había descompuesto dos décadas atrás, las mismas que llevaba arrumbado; el abuelo había muerto sin conseguir la refacción necesaria para devolverle la vida a su preciado coche. La abuela, pobrecita, le sobrevivió un lustro; optimista, también había buscado la refacción sin llegar a encontrarla. Qué ironía: ¿no había descubierto Bety a su abuela muerta ahí mismo, tan solo unas semanas antes?, ¿y no la había encontrado en el asiento del conductor, con las manos agarrotadas sobre el volante y la cabeza ladeada, mirando hacia quién sabe dónde? ¿No había presentido Bety el corazón infartado de la anciana, como si lo hubiese roto la idea de un último viaje?

También Bety sentirá que se rompe ella misma cuando, acariciando el cuero agrietado del respaldo, rememore los paseos que daba con sus abuelos años atrás, en el auto que ya entonces era antiguo; las tardes en que iban veloces por Paseo de la Reforma: los dos ancianos cantando con la radio a todo volumen y Bety carcajeándose con el descontrol de su pubertad; las ventanillas abiertas, despeinados los tres por el aire tibio de agosto…

¿Contendrá Bety el llanto? La verdad es que no. Pero tampoco tardará en consolarse: no puede dolerle el recuerdo de lo que aún no sucede (en el 63’, sus abuelos ni siquiera han comprado el coche).

Me voy a pie, resolverá Bety, y saldrá de la casa al mediodía, no sin antes recogerse el pelo en un chongo, calzarse los tacones, ponerse las perlas y los guantes y el bisonte, como corresponde a una dama de la época que ha elegido. Andará con remilgo por la banqueta, malmirando el asfalto agrietado y los grafitis en los muros de las casonas que antes fueran el orgullo del barrio. Las bolitas de perros callejeros y el cielo agrisado por el esmog.  Los montones de basura y las cabinas de teléfono oxidadas. ¿Por qué todo se echa a perder?, lamentará, y peor va a lamentarse cuando pase frente a un parque y se encuentre con un grupo de pubertas que se contonean en ombliguera y shorts cacheteros. Esa conducta no es propia de muchachas decentes. ¿Por qué se pierden las buenas costumbres?

A su paso por la calle, Bety enmendará la realidad: es el 63’ y no existen coches tan compactos, ni edificios de setenta pisos, ni estaciones de lo que llaman “el metro”; es el 63’ y no existen viejas fodongas como esas, ni sucios tenderetes ambulantes, ni vagabundos faltándole al respeto a las señoritas; es el 63’ y no existe esa música monocorde y puerca, ni esos descamisados que limpian parabrisas, ni el mal gusto…

Pero ¿qué forzará a Bety a desistir y, de nuevo, a hacer memoria? ¿Qué la llevará a apretar los puños? No el puesto de flores de la esquina, desbordante de astromelias como las que él solía regalarle; tampoco la sucursal de cierta tienda en la que él compraba sus camisas. Nada de esto.

Será el letrero de un restaurante al otro lado de la calle; uno distinto al que recuerda Bety, aunque bastante parecido. Serán sus mesas con sombrillas en una terraza arbolada, escenario idéntico a aquel en el que ella lo esperó más de una hora. Porque él había llegado tarde como siempre y Bety, en su vestido primaveral, se había emperifollado como nunca. Anticipaba una charla decisiva desde que él la llamó por teléfono para acordar la cita de ese sábado por la tarde, y le dijo: “Tenemos que hablar de un asunto muy importante”.

En efecto, sentados a la mesa, habían hablado: del clima delicioso y de la mesera torpe y de lo guapa que se veía Bety. Y habían bebido margaritas, frescas, perfumadas con tamarindo, demasiadas. En la prisa con que él apuró los tragos, Bety interpretó la impaciencia de quien propondrá matrimonio, y ocultó la excitación que la invadía. Pero en la serenidad postiza de Bety, él vio el momento idóneo para darle malas noticias.

“He estado reflexionando —le había dicho él—, voy a serte franco”. Y en cinco minutos se desafanó de Bety.

“Te di mi juventud —le había lloriqueado ella—. ¿Ocho años de noviazgo no significan nada para ti?”. Y durante unos minutos, esperó inútilmente que él se retractara.

“El tiempo es lo de menos, guapa. Tranquilízate. Lo que importa son los recuerdos…”, fue lo último que Bety escuchó, antes de volcar la mesa, pisotear las copas y salir corriendo rumbo a la casa de sus abuelos.

Y sí. Será el recuerdo del restaurante y de la mesa y de lo dicho por él, lo que lleve a Bety a apretar los puños y retroceder. A volver por donde vino. Rehusándose, mientras corre chillando por la calle, a que el futuro contamine su vida. Y decidiendo, cuando por fin entre a la casa, que no permitirá que el exterior —el mundo de élafecte su mundo propio.

Porque él no existe, decretará frente al tocadiscos en el que pondrá el disco de Sonia López. Y se echará en el sillón junto a la ventana como si echara las cartas: su destino es el pasado, un siglo sin fealdad.

No haré memoria en adelante, va a decirse. Entonces tomará una siesta. En el sueño, escuchará una promesa en la que puede creer: “Tus deseos van a cumplirse”.

I

Decidida a evitar la calle a como dé lugar, Bety se acuartelará en la casa. En la alacena, hallará sardinillas y pulpos enlatados, encurtidos y leche en polvo, cajas de té y frascos de café soluble, harinas y chocolates viejos; lo suficiente para alimentarse dos días. Su creatividad se pondrá a prueba: ¿qué puede cocinar con esa gama limitadísima? Tan solo menús que hará tolerables, si acaso, con el vino y el brandy que rescate de la cava de su abuelo.

Pero, notará Bety la mañana del tercer día, pronto tendré que salir de compras… Y la sola idea de exponerse al exterior le arrancará lágrimas. Pedirá en voz alta que su realidad sea la de todos: que el 63’ sustituya al año que corre afuera. Va a cerrar los ojos, concentrada en someter a su voluntad los minutos: hará que la casa se desborde como una presa, y que el tiempo instituido en ella por Bety, se vierta sobre la ciudad. Sí, una marejada que retire el óxido, reescriba los periódicos, restaure las fachadas de las casas, restañe los monumentos y devuelva la suavidad a la ropa, el brillo a las joyas y el honor a los hombres.

¿Cómo se le anunciará a Bety la devastación del presente?

Por ahora, se anunciará solo la llegada de una visita. Porque van a tocar el timbre, y Bety, molesta porque la interrumpen, se encaminará a la puerta para echar un ojo por la cristalera. Verá a una mujer que la observa entre los barrotes de la reja, difusa entre las ramas de las buganvilias. ¿Qué querrá?

—¡Beatriz, hija! —va a sollozar la visitante— ¡Ábreme!

Entreabriendo la puerta apenas, Bety notará que esa mujer es idéntica a ella, aunque sus arrugas y sus canas delaten que es otra.

—Buenas tardes —le dirá Bety—. ¿Qué desea?

—¿Estás loca o qué? —le responderá la mujer a gritos—. ¡Te estoy busque y busque desde el domingo! No te encontré en tu departamento, no me contestabas el teléfono, no sabía dónde andabas… Óscar me contó todo: que se vieron, se pelearon y no sabe de ti desde entonces…

—¿Óscar? —la atajará Bety—. ¿Cuál Óscar?

—Ay, Bety, hija… ¿Cómo que cuál? Pues tu novio… Tu exnovio, pues.

—Se equivoca usted de domicilio, señora. Sí, yo me llamo Bety. Pero aún no tengo novio. Tampoco mamá: ella ni ha nacido.

Esta paradoja, no bien la formule Bety, confundirá a ambas. La intrusa gemirá, jaloneándose el pelo. Pero Bety sonreirá como quien se disculpa por un pequeño exabrupto: ¿quién es ella para juzgar el tiempo y sus caprichos?

—¡Hija! ¡Por favor! ¡Déjate de tonterías y ábreme!

Y el imperativo en la voz de la intrusa despertará en Bety un instinto: obedecer a sus mayores. Así que va a aproximarse a la reja y la abrirá, cediéndole el paso a quien sea que fuere esa mujer, tan parecida a ella.

—Hasta hoy se me prendió el foco. —Irá diciéndole la intrusa en tanto que atraviesen el jardín y entren a la casa y pasen al recibidor—: hasta hoy se me ocurrió buscarte aquí. Ya estaba yo por reportarte como desaparecida…. Hija… Hijita… Ayer te llamaron del corporativo. Tu jefe me pidió avisarte que tienen listo el cheque de tu liquidación desde el mes pasado; dijo que te estuvieron llame y llame pero que nomás no te localizaban. Pues ¿qué pasó?, ¿por qué no me habías dicho que te despidieron? Ya no me cuentas nada desde que te fuiste a vivir sola…

Bety no responderá porque van a ocuparla otras tareas. Primero, cerrar la puerta con llave. Segundo, encender el tocadiscos y poner otra vez el disco de Pericoli. Tercero, acercarse a la ventana para examinar el cielo, que llamó su atención desde que saliese a abrir la reja; le había parecido que las nubes se enroscaban, convergiendo en torno a un punto cercano del horizonte.

—Hija… Bety… ¿Por qué traes la ropa de tu abuela?

La pregunta alertará a Bety, quien va a inspeccionar a la intrusa de pies a cabeza:

—Esos zapatos —le dirá, señalándole los pies con un dedo más tembloroso que su voz—. Esos zapatos no existen todavía. Quíteselos.

—Bety, hija, me estás asustando…

—O se los quita o se va.

Y la intrusa se quitará los Nike de cuero sintético y válvula de aire, para luego tendérselos a Bety y ahogar un gritito cuando la vea abriendo la ventana, arrojando los tenis a la calle, cerrando la ventana con un resoplido aliviado.

—Ay, hija, ¿cómo fuiste a desgraciarte el pelo?

Pero la única desgracia, pensará Betty, es tener que aguantar las imprudencias de una desconocida.

—Nena —proseguirá la visitante—: con lo de tu abue tan reciente, no debiste haber venido a su casa…

La atención de Bety, sin embargo, no estará ahí, sino en las nubes y su convergencia, que parecerá acelerarse.

—Bety, ¿qué pasa, hija? Por favor, déjate de juegos… —le dirá la visita, a lo que Bety responderá:

—No, señora, no estoy jugando.

Poco le importará a Bety si la intrusa le cree o no. Sin embargo, querrá que atestigüe la antesala de la tormenta, y le pedirá asomarse a la ventana; contemplar lo que Bety ya ve… Y que todos veremos: las grietas del asfalto que se cierran, los aviones que desandan el viaje, los rascacielos que pierden pisos… Mientras que el pelo de Bety se decolora, se acorta, se despeina en el aire tibio colándose por las ventanillas del Valiant que mete reversa en Reforma, y vuelve al garaje, y escupe tres tripulantes, etcétera, etcétera.

 

Alberto H. Tizcareño
Narrador. Sus cuentos han aparecido en diversas publicaciones de circulación nacional, tales como nexos, Luvina y Tierra Adentro.

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Publicado en: En la mesa