La reforma electoral de Mussolini

El fascismo no está contra las elecciones,
el fascismo no está contra el Parlamento,
lo único que quiere es que las elecciones colmen
la brecha entre el Parlamento y el país.
—Benito Mussolini, 1923.

Antonio Scurati, en los dos primeros volúmenes de su eximia y escalofriante biografía de Benito Mussolini —El hijo del siglo, 2020, 819 pp. y El hombre de la providencia, 2021, 587 pp., ambos bajo el sello editorial Alfaguara—, da cuenta del inicio marginal del fascismo en Italia, de su auge tan veloz como feroz, de su ascenso al poder, para más tarde barrer con todo atisbo del Estado de derecho y de las libertades democráticas. Para lograr ese golpe fue clave, cual puntilla de sacrificio, una operación política y legal: la reforma electoral impulsada desde y a conveniencia del poder.

Scurati recrea la historia de esa maquinación gradual a la vez que implacable, con el desafortunado papel de sus protagonistas directos.

De esto va a hacer un siglo. Es el 28 de octubre de 1922. El consejo de ministros acuerda por unanimidad proponer al rey Víctor Manuel III la proclamación del Estado de sitio para frenar el movimiento insurreccional fascista que marcha sobre Roma bajo las órdenes de Mussolini, quien aguarda en Milán. El rey, para sorpresa de todos, toma una decisión que alterará el devenir mundial: no firma el decreto. Los fascistas, sin encontrar resistencia a su paso, han triunfado. Tres días después, el 31 de octubre, el Duce jura como jefe de Gobierno.

Mussolini tiene ya el poder mas no el dominio omnipotente que añora. Así lo cuenta Scurati: “La verdadera apuesta es ésta: la reforma electoral. Mussolini puede mantener en el ojo del huracán al Parlamento con la amenaza de la violencia y su disolución, pero cuenta con sólo treinta y seis diputados fascistas. Para que su poder se vuelva estable y absoluto, harían falta nuevas elecciones y una ley electoral que le garantizara una mayoría granítica, un control total sobre los aliados pendencieros y sobre los fascistas disidentes. Por eso, desde febrero, no se habla de otra cosa: la reforma electoral”.1

Los fieles al Duce estudian escenarios y, para abril de 1923, él se decanta por “una ley que otorga dos tercios de los escaños parlamentarios al partido que supere el veinticinco por ciento de los votos, probablemente el Partido Fascista”.2 Sin embargo, el padre Sturzo, fundador del Partido Popular de corte católico, con ciento diez diputados, y hasta ese momento aliado del fascismo, prefiere la ley que contempla la fórmula proporcional para integrar el Parlamento. La anhelada sobrerrepresentación de Mussolini choca, por un momento, con un dique legislativo.

Ilustración: Alberto Caudillo

Lo anterior no obsta para que el 15 de julio se consigne: “La comisión parlamentaria ha aprobado por sorpresa el proyecto de ley propuesto por [el diputado fascista Giacomo] Acerbo que prevé la asignación de dos tercios de los escaños a la lista que obtenga una mayoría relativa y, si el hemiciclo no lo rechaza ahora, las próximas elecciones podrían ser las últimas”.3

El Partido Popular, el más numeroso, debe ser el principal contrapeso. Mientras tanto, los liberales encabezados por Giovanni Gigliotti, quien había sido cinco veces presidente de gobierno, “han decidido aceptar el monstruoso sistema electoral propuesto por Acerbo, albergando su esperanza habitual de que sirva para domesticar al fascismo”, e “incluso muchos socialistas reformistas parecen estar dispuestos a colaborar justificándose con el habitual argumento de la protección de los trabajadores”.4 Para sortear la resistencia de Sturzo, Mussolini ha chantajeado al Vaticano, que también cede. El bloque opositor se diluye como terrón de azúcar en agua que hierve.

En la sesión del pleno ese caluroso verano, Mussolini toma la palabra en el hemiciclo de Montecitorio: “Yo os digo: no dejéis que el país tenga una vez más la impresión de que el Parlamento está lejos del alma de la nación… Porque este es el momento en el que el Parlamento y el país pueden reconciliarse […], escuchad la admonición solemne y secreta de vuestra conciencia”.5

Se vota la propuesta: a favor 325, en contra 139 y 77 abstenciones. Con sólo treinta y seis diputados fascistas, el Parlamento fue sometido con los votos suicidas del resto de las fuerzas políticas.

El 24 de mayo de 1924 es la cita electoral para renovar el Parlamento, donde el Partido Fascista se hace “con una mayoría oceánica de 374 representantes elegidos”.6

Para diciembre, Mussolini vuelve a desconcertar a propios y extraños. Propone un nuevo “decreto ley para la reforma del sistema electoral con colegios uninominales”,7 esto es, para desaparecer la representación proporcional, el adiós a los plurinominales. El propósito es claro: “La oposición socialista, comunista y popular —que debe mucho al sistema proporcional— se verá diezmada; los antiguos notables liberales, que aún disfrutan de una gran seguimiento individual en sus feudos electorales, apreciarán el regalo; los fascistas moderados, cuya base electoral es escasa en ambos casos, elegidos gracias a la marea proporcional, quedarán ahora a merced del chantaje de Mussolini, que, encerrado en su despacho, asignándoles o negándoles una circunscripción ganadora, podrá determinar la reelección o el olvido”.8

En enero de 1925 “la ley fue aprobada con 307 votos a favor y sólo 33 en contra”.9 El Parlamento ha dejado de ser un estorbo para el gobernante, un filtro incómodo para sortear sus propósitos, pues en un solo día la Cámara aprobó 2376 decretos dictados por Mussolini.

Hacia 1928 la tuerca del autócrata continúa su giro, exprimiendo los últimos reductos de vida parlamentaria plural. Es el 16 de marzo: “Los cientos de diputados presentes secretan tan sólo un distraído rezongo de escolares apáticos si bien, a fin de cuentas, serviles. La reforma constitucional del sistema electoral que se disponen a votar prevé una circunscripción única en todo el reino, una lista única elegida en esencia por el Gran Consejo del Fascismo —y en la práctica por Mussolini—, la posibilidad de que el votante se exprese sólo con un ‘sí’ o un ‘no’, por lo demás completamente hipotético”.10 Esa tarde: “La Cámara aprueba por abrumadora mayoría su propia necrosis. Sólo quince votos en contra. Luego se levanta la sesión. Próximamente, se convocará también al Senado para aprobar la reforma electoral”.11

El 10 de marzo se abren las urnas: 8 519 559 votan por el “sí” a la lista y a la dictadura de Mussolini; sólo 135 761 (apenas el 1.56 %) optan por el “no”.

En lo sucesivo: “El Parlamento, formado después del triunfal plebiscito únicamente por fascistas de la más pura fe, podrá seguir reuniéndose libremente con la condición de que no haga uso de su libertad”.12

Se conoce de sobra lo que siguió. Por ello vale retener lo que Scurati delinea: las reformas electorales de inspiración autoritaria pueden ser útiles herramientas para derruir la democracia.

 

Ciro Murayama
Economista. Su más reciente libro es La democracia a prueba, Cal y arena, 2019.


1 El hijo del siglo, pp. 630-631.

2 Ob. cit., p. 631

3 Ob. cit., p. 645

4 Ob. cit., p. 646

5 Ob. cit., p. 648

6 Ob. cit., p. 723

7 Ob. cit., p. 790

8 Ob. cit., pp. 790-91

9 El hombre de la providencia, p. 14.

10 Ob. cit., p. 330

11 Ob. cit., p.333

12 Ob. cit., p. 438

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Publicado en: Sólo en línea

Un comentario en “La reforma electoral de Mussolini

  1. Tratar de entender a esa sociedad Italiana del pirque deciden por un sistema de gobierno autoritario y con ello dejar atrás siglos – no uno sino más de 20- y no solo eso, sino también el aprobar cambios que significaba renunciar a ese pasado histórico de sus predecesores, con toda la sapiencia y un hecho incontrovertilble y comprobado que es el de un sistema democrático es simplemente irrefutable – por ello insisto – cambiar el TODO por iba promesa de vida mejor me resulta simple y sencillamente incomprensible. Sin embargo – en mi opinión- eso sólo puede atribuirse a un pueblo desesperado porque sus gobiernos no han sabido cumplir con todos sus satisfactorios; lo cual si biem es cierto que estos otros tampoco lo harán; pero esa esperanza antes mencionada ños lleva a cometer un error peor que el primero

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